viernes, 3 de abril de 2020

Orígenes de la vida - La primavera y los pájaros

La primavera es la encantadora estación en la que parece renacer la vida a nuestro alrededor, después de pasadas las frías jornadas de invierno; en que la savia circula, activa y caprichosa, lo mismo en los seres humanos que en las plantas; donde la energía de los rayos solares se transforma en fenómenos luminosos, calóricos, químicos, de todo género, manifestándose en verdes follajes, en nidos encantadores; donde la alegre naturaleza resucita en los rayos de luz y de esperanza. Entonces se olvidan los años que de manera tan rápida se llevan los seres y las cosas y que borran el pasado del cuadro variante de la existencia. Entonces se cree en el presente, se cree en el porvenir, se respira a llenos pulmones la atmósfera vivificadora de los vergeles y de los bosques. 

Los árboles floridos parecen bouquets de nieve, y bajo los primero ardores del sol los pétalos de las brillantes corolas maduran, cuidándose la brisa de llevar el polen a todas partes. Días encantadores, horas magníficas como la noche profunda y divina, como el cielo estrellado, como la luna de plateados rayos, como todos los hermoso cuadros de la naturaleza, nos proporciona la impresión de los eternos amores, inunda nuestros corazones de una inmensa alegría y magnetiza todos nuestros sentidos de las simpatías de la vida, haciéndonos creer que esta vida no terminará jamás. ¡Deliciosa primavera! tú ignoras tu obra, tú misma no existes, pero nosotros, que no somos ingratos, te amamos. Tengo muy cerca de mí al alcance de la mano, en el momento en que escribo estas líneas, un pequeño nido de pájaros, una familia nuevamente llevada sobre la tierra, un problema. 

El estudio de la naturaleza es muy curioso. Un insecto, una flor, una brizna de hierba encierra toda la historia del Universo. ¿Qué filósofo ha descubierto que el alma de la mujer esconde todos los misterios de la creación y hace inútil toda tentativa de análisis? Pues acaso no se encierra menos misterio en la pequeña clueca que tengo bajo mis ojos. Haciendo observaciones de astronomía y particularmente del Sol–todo en la naturaleza se halla profundamente enlazado–fue cómo se llevó a cabo el estudio del nido objeto de estas líneas. Durante siete años, de 1885 a 1891, la temperatura de toda Europa ha sido más baja que la normal. 

El equilibrio se restableció en 1892, elevándose la temperatura después. Si se quiere dar cuenta del calor sobre la vegetación, no sólo debe ser considerada la temperatura del año, sino aún y de un modo particular, la de cada mes, de cada semana, de cada día, de todos los días por así decirlo. La primavera es, naturalmente, la época que juega el papel preponderante. Puede un invierno ser en extremo riguroso y no retardar ni un solo día la marcha de la vegetación si en marzo y en abril abunda el sol y un poco la lluvia. Desde 1871 he venido observando cada año la fecha en que los castaños de la Avenida del Observatorio de París, han aparecido con botones, con hojas y con flores. Así, por ejemplo, en 1888 la Avenida no estuvo cubierta de hojas hasta el 5 de mayo, mientras que en 1893 lo era ya desde el 4 de abril. El conjunto de la Avenida no apareció florido en 1889, hasta el 9 de mayo, y en cambio lo estaba ya el 11 de abril en 1894. 

Las fechas de las primeras lilas floridas fueron durante una serie de años como sigue: 1886, 27 de abril; 1887, 6 de mayo, 1888, 17 de mayo; 1889, 8 de mayo; 1890, 23 de abril; 1891, 6 de mayo; 1892, 23 de abril, 1893; 6 de abril; 1894, 6 de abril. Según se ve, es notable la diferencia de uno a otro año. Follaje, floración, fructificación, maduración, son resultados del calor solar; son efectos de una adición de grados calóricos. Para que el trigo llegue al estado de madurez, la suma de temperatura debe alcanzar 2,450 grados; y para que el racimo de un vino excelente, esta suma debe exceder de 2,800 grados. Pues bien, los amores de los pájaros, sus nidos, el nacimiento de los pequeños es también una cuestión de sol. Este año, como el pasado, la primavera ha llegado temprana y los nidos han sido muy precoces. Los gorriones empiezan a agitarse desde el 27 de febrero; desde esta fecha se querellan, visitan los balcones, saltan sobre las persianas, se esconden en los hoyos que los pone a cubierto del viento y de la lluvia y sus pequeñas patitas corren presurosas a lo largo de las persianas produciendo suavísimo ruido. 

Es que la temperatura media del aire se acerca a 10º y que el máximo de la misma ha alcanzado a 12º. El 5 de marzo ha empezado los nidos y con ellos las ardientes luchas por el amor, la adopción de prometida. El macho llama en lenguaje poco complicado tíe tíe, tíe, tíe, y vuelve a derecha e izquierda su inquieta cabeza. La prometida se hace rogar primero, acabando, no obstante, por contestarle tui tui, tui tui. Pronto la unión es solemne, la fe jurada y el emplazamiento del modo escogido. Desde aquel momento cesa la lucha entre machos; el casamiento es un hecho; se renuevan los juramentos eternos…. El nido queda pronto hecho, empleando al efecto todos los materiales que se encuentran en la vecindad y aun, en alguna distancia, pues domina en él la paja, las briznas de hierba seca, los rabos de bramante, hilo, cintas, trozos de trapo, cabellos, crines, plumas de gallina y particularmente de gorriones, todo ello revuelto, confuso, pero hecho con la mayor rapidez. Parece que el tiempo urge. Han sido puestos cuatro pequeños huevos y he aquí a la clueca inmóvil extendiendo sus alas como un hermoso manto. 

Las noches son frías aún. ¡Y el viento, y la lluvia! Y eso que ha sido escogido el mejor sitio. 
El esposo nutre a la esposa inmóvil por el sentimiento del deber, yendo a buscarle constantemente gusanos e insectos en los jardines. El 17 de abril rompen el cascarón los pequeños y empiezan a hacer oír sus píos, í, í, í, í, débiles como un soplo. Al día siguiente la voz ya es más fuerte, y al otro día se les oye bien. Durante toda la jornada, el padre y la madre, rápidos como una flecha, no cesan de atravesar el aire en su constante ir y volver, en viajes de tres minutos para aportar la comida a los pequeños, Sólo se descansa durante la noche. ¿Y los amores del mes anterior? Han terminado. ¡Adiós, placeres! Ahora hay toda una familia a nutrir, a atender y a poner en camino de la vida. 
Sí, hay que ponerla en camino de la vida con la mayor rapidez. El 3 de mayo el padre y la madre se elevan a las ramas vecinas y llaman a los pequeños. ¿Queréis subir? ¡Perezosos! ¡Ya sois demasiado grandes! ¿Qué hacéis en el lecho? ¡Vamos, ensayaos! 

Los pequeños tienen miedo, no se atreven. Ensayan sus alas, no se atreven a lanzarse; salen del nido y caen en él de nuevo. Otro esfuerzo aún. Parte uno y con asombro se ve colocado sobre una rama a diez metros de la cuna. Los otros le imitan y queda el nido vacío. El 5 de mayo el esposo y la esposa ya han olvidado a su familia y, amantes celosos, querellantes, coquetones, empiezan de nuevo sobre el balcón, sus coloquios de amor. Se prepara una segunda nidada. Decididamente, la vida pasa veloz. Durante la noche debía hacer observaciones astronómicas en Juvisy. En el campo hacía la misma vida que en París, pero más intensa. Durante toda la noche el ruiseñor no cesó de hacer oír su canto inimitable e imposible de transcribir. La aurora viene a despertar todo los pequeños seres alados. La curruca, de negra cabeza lanza sus maravillosos trinos, en los cuales parece retar al ruiseñor. El mirlo arrulla sus sonoras modulaciones. Al fondo del bosque el cucut hace oír su llamamiento disilábico de una hipócrita tranquilidad. El pinzón repite sin cansancio su doble refrán tzi tzi tzi triarrantz, al que contesta el carbonerito lanzando a los aires, su alegre stiglitpic–keinickkikleia. Es la primavera, es el amor, es la vida, es el sol. 

 LOS PÁJAROS 

 A pesar de Voltaire, que acusa a nuestro planeta de girar muy torpemente, y a pesar de San Agustín, que le acusa asimismo de haber girado mal desde el nefasto día en que el pecado de Adán motivó la supresión de la primavera perpetua y la indicación del eje del mundo, no obstante, conviene saber que la sucesión de las estaciones ofrece al observador de la naturaleza un encanto particular que no existiría si viviéramos en Júpiter, donde se disfruta de un perpetuo equinoccio. Tal cual es, la naturaleza terrestre no es del todo desagradable, y el despertar de la primavera viene cada año a invitarnos a olvidar por un momento el mundo superficial de la civilización humana, para templarnos de nuevo en las vivificadoras fuentes de la naturaleza. La vuelta de los pájaros en nuestros climas no es ni una de las menores curiosidades que pueden cautivar nuestra atención, ni uno de los espectáculos que menos pueden instruirnos. Precisamente estos días hojeaba un nuevo volumen de la encantadora Biblioteca de las Maravillas, escrito por M. le Brevans, sobre la Emigración de los pájaros. Cazador de mérito, como Tussenel, su maestro, el autor ha observado de cerca las costumbres de estos pequeños seres, y con él vamos a hacer por un momento una rápida excursión a las montañas, para sorprender, también nosotros, las transmigraciones periódicas de los seres alados, transmigraciones tan maravillosas y tan poco conocidas aún. 

El hecho de la emigración de los pájaros se nos revela, en la primavera y en el otoño, por las grandes bandadas que vemos pasar y perderse en el horizonte y por todos estos pájaros, a menudo extranjeros, a la región que encontramos en las selvas, en los campos, en épocas determinadas, y que algunos días después han desaparecido. Pero de esto a saber de dónde vienen, a dónde van, y qué móvil les mueve, va una gran distancia. Han sido precisas muchas observaciones, y sobre todo que las comunicaciones entre los países más alejados hayan sido establecidas; en una palabra, ha sido necesario que la historia natural haya tenido tiempo y posibilidad de constituirse para poder llegar a adquirir los actuales conocimientos sobre la materia, con todo y ser tan poco precisos. Anteriormente, en todos los siglos pasados ¡cuántas fábulas, cuántos cuentos han venido propagándose sobre éste, como sobre tanto otros asuntos! Al ver los pájaros desaparecer al acercarse el invierno, se había llegado a suponer que se metamorfoseaban en algunas otras especies de animales o que se refugiaban en los agujeros y permanecían durante la estación del frío como las serpientes o las marmotas. 

De las encantadoras alondras, de las hijas del aíre por excelencia, se dijo que se sumergían en los estanques, citando en prueba y en demostración de este aserto, el hecho de que habiendo unos pescadores sacado algunas en sus redes, puestas a cocer con otros animales capturados, se reanimaron con el calor y reanudaron su vuelo. Tanto se ha reproducido este cuento, que hace pocos años un diario serio de París lo repetía aún como hecho reciente y efectivo. Hoy sabemos perfectamente, por testimonio de numerosos viajeros, que mientras nosotros nos acercamos en torno de nuestros hogares en invierno, la alondra se calienta alegremente al sol de los oasis de África. A mediados del penúltimo siglo el naturalista Adanson escribía a Buffon que en su larga estancia en el Senegal había visto siempre a dicho pájaro llegar en la época que abandona Francia y partir en la que vuelve. Por otra parte, su paso por las regiones intermedias está plenamente confirmado, como lo confirmamos nosotros mismo cuando vemos a esos encantadores seres reunirse en bandejas para prepararse a partir, desapareciendo después en interminables vuelos a ras de tierra y en dirección al Sur. 

El continente africano es, pues, su estación invernal, como Europa es su estación veraniega. 
Así ocurre con otros pájaros, que cambian pura y simplemente de clima gracias a los medios de locomoción de que les ha previsto la naturaleza. Lo cierto es que estos afortunados mortales siguen el sol, escapando siempre de las frialdades del invierno. ¡Ah, si el hombre tuviese alas y pudiese viajar con el simple bagaje de los pájaros! ¡Cuántos imitarían su ejemplo! El hombre moderno tiene, como medios de locomoción, el vapor, la electricidad, los buques; como dirección, la brújula, el cálculo sideral, la topografía; como conocimiento del tiempo, el calendario, el cronómetro; como previsión del estado atmosférico, el barómetro, el termómetro, el hidrómetro y las observaciones meteorológicas son otros tantos medios factibles, producto de la ciencia, que se suman a los que le son naturales y que los centuplican. El pájaro, no dispone más que de estos medios naturales, pero de tal condición que no tenemos de ellos ni una simple idea. 

Los pájaros de Europa, comprendiendo en este nombre a todos los que anidan en más o en menos en nuestro continente constituyen unas 500 especies. De ellas, sólo treinta o cuarenta lo más, como la perdiz, el gorrión, etc., son sedentarios y permanecen en los sitios en que nacieron. Todas las demás emigran más o menos hacia el Sur contentándose unas con salvar el límite de los grandes fríos, ganando otras las regiones más templadas del mediodía de Europa o las más cálidas del África septentrional. Otras, finalmente, avanzan hasta los trópicos, y no se detienen sin haber franqueado el ecuador, para encontrar en el hemisferio austral un clima análogo al que acaban de abandonar. Se conocen algunos de estos viajes, por observaciones precisas y bien determinadas. Hacia 1820, un naturalista de Basilea4, viendo que una cigüeña que iba de paso llevaba un dardo adherido al cuerpo, no pudo resistir a la curiosidad de saber la causa de este fenómeno anormal y mató al pájaro. El dardo no era más que una especie de flecha que fue reconocida como perteneciente a los pueblos salvajes que viven en las regiones vecinas del Cabo de Buena Esperanza5. Resultaba, pues, que la cigüeña había sido herida en aquellos sitios, y sin embargo, gracias a la potencia de locomoción de los pájaros acababa de recorrer el inmenso trayecto, a pesar de la herida y del obstáculo del dardo. La potencia del vuelo de los pájaros y su facilidad en hacer toda suerte de evoluciones se manifiestan a diario ante todo el que quiera hacer de ellos un análisis. 

La pequeña golondrina se eleva por los aires hasta desaparecer de nuestros ojos, cantando siempre su alegre canción. Se remonta hasta cerca de un kilómetro, sin cesar jamás en su canto, cuya voz nos llega clara y distinta de las demás, aun desde las mayores alturas. La paloma mensajera, tan de moda en nuestros tiempos, hace de veinte a treinta leguas por hora. Se conocen dos hechos, que han pasado a ser legendarios; el halcón de Enrique II, que habiéndose escapado en una cacería realizada en Fontainebleau, fue cazado el día siguiente en Malta y reconocido por su collar, y el halcón enviado al duque de Lerma desde las islas Canarias, que volvió en 16 horas desde Andalucía a Tenerife, recorriendo un trayecto de 1,000 kilómetros en razón de 62 kilómetros por hora. Buffon declara, y esta opinión nada tiene de exagerada, que el alcance de la vista de las aves de rapiña de alto vuelo es veinte veces mayor que el del hombre. 

Puede deducirse que el pájaro abarca generalmente con su mirada todo el espacio que es susceptible de recorrer en un día, gozando, además, de una gran memoria de los sitos por donde ha pasado. La sensibilidad nerviosa del pájaro es extrema, según lo indica la naturaleza de toda su estructura, pudiéndose formar concepto de esta circunstancia con sólo tener en cuenta los efectos que produce en su cuerpo todo contacto. El pájaro está dotado, particularmente, de un género de sensibilidad exterior, desarrollada hasta un grado enorme, y que le es sumamente propia: es la del estado calórico, hidrométrico y eléctrico de la atmósfera. Sus plumas, compuestas de un tejido sobre el cual aparecen finas barbas, llevan en sí mismas una cantidad infinita de bárbulos, tenues y ligeros, que son otros tantos hidrómetros y electrómetros que le transmiten sus impresiones, pudiéndose afirmar que el pájaro es un aparato meteorológico viviente. Todos nos damos cuenta, en más o en menos, del estado de las alteraciones de la atmósfera; el viento del Este es en unas partes más fresco y ligero que el del Sur o el del Norte, en otras es a la inversa. Pero, ¡hasta qué punto la exquisita impresionabilidad de los pájaros debe hacerles apreciar matices que a nosotros nos escapan! La más ligera modificación les es manifestada; he aquí un barómetro: la más imperceptible brisa les indica su procedencia; he aquí su brújula. El pájaro lleva consigo, pues, todo un observatorio instantáneo. Para los pájaros que viajan de día, a alto vuelo, la extensión de su mirada y los panoramas que la naturaleza les proporciona bastan para explicar sus curiosos viajes. 

Puede decirse que tienen bajo sus ojos, en toda la acepción de la palabra, un plano a vista de pájaro, y que su camino parece fácilmente trazado. Pero respecto a los que se elevan poco encima del nivel del suelo, o que viajan de noche, a menudo en una total obscuridad ¿cómo pueden tener conocimiento exacto para proceder conforme lo hacen?.. No es este el último de los enigmas que tenemos a resolver. El lenguaje de los animales, la comunicación de sus ideas, aunque obscura para nosotros, no por eso existe de una manera menos real y efectiva. Los llamamientos y los cantos de los pájaros, de los cuales distamos mucho de conocer en todos sus tonos, y una multitud de medios que poseen y que nos es dable observar, son de sobra suficientes para demostrarlo. El centinela que vigila mientras la bandada descansa, sabe ciertamente hacerse entender y comprende cuándo amenaza un peligro; el pájaro que hace el reclamo desde lo alto de un árbol, es comprendido por sus semejantes que pasan, pues éstos se detienen o prosiguen su camino según les parezca mejor. Puede suponerse que los maestros, que los experimentados, instruyen rápidamente a los jóvenes; que todos reciben, mientras viajan, noticias e indicaciones, que se comunican su opinión respecto al camino que deben seguir, y quién sabe si envían emisarios encargados de descubrir el terreno. 

Citemos algunos ejemplos. El grajo, universalmente conocido en Europa es el tipo más característico de los emigrantes del Sudeste. La razón es sencilla. Aunque nutriéndose de todo, insectos, larvas, gusanos, granos, carne, frutas, etc., como sus colegas, siente una gran predilección por las bellotas y las castañas, de las cuales hace acopio para prolongar en lo posible su satisfacción. Como los árboles que producen estos frutos están limitados por la naturaleza a una especie de cinta longitudinal comprendida aproximadamente en los 35º y 45º paralelos, cuando el grajo emigra se ve obligado a seguir esta zona, dirigiéndose hacia el Este, pues el Oeste le es cortado por el Océano. El grajo teme poco al frío, y cuando éste llega deja siempre representantes en estado sedentario entre nosotros. Está dotado de un excelente apetito y le gusta digerir y dormir en tranquilidad. Que se produzca un ruido insólito, que circule furtivamente un animal entre los matorrales elegidos como domicilio, y pronto se le oye vociferar, lanzando verdaderos gritos... de grajo encolerizado. Generalmente es de las diez a las doce de la mañana cuando realizan el movimiento de marcha más acentuado, aumentando en intensidad hasta el 22 de octubre, cesando después por completo. Pasan en cortas bandadas yendo de una selva a otra, de un árbol a otro escalando los escarpados picos, chillando y riéndose de los paseantes siempre que no tengan nada que temer. «Durante mi infancia, cierto día, dice M. de Brevans, vi a un grajo colgarse de sus patas en una rama para observarme mientras pasaba. 

Le lancé mi bastón y se ausentó diciendo: «¡Geaigeai, Kuai!», que repitieron todos sus camaradas». Todos los naturalistas están de acuerdo en afirmar, aunque sin citar hechos en apoyo de sus manifestaciones que el ruiseñor emigra también al Este, pasando por las regiones meridionales de Europa, y que va a invernar en Siria y hasta en Egipto. El ruiseñor es ciertamente uno de los pájaros más misteriosos en lo que a las emigraciones se refiere, viajando silenciosamente a la sombra de los zarzales o de los bosques, y probablemente durante la noche. Es difícil seguir su marcha. Sin embargo, sabemos de manera cierta, que no da lugar a dudas, que los ruiseñores llegan en gran número al Mediodía de Francia y que abandonan regularmente nuestra latitud, o mejor dicho, nuestra zona hacia el 15 de agosto, volviendo, con no menos puntualidad, del 12 al 15 de abril, día más día menos, según la temperatura. En este preciso momento es cuando se toman los machos para enjaularlos. Algunos días después ya están aparejados y se dejan morir sentimentalmente de tristeza en su prisión. La codorniz abandona el terreno en septiembre y octubre, y vuelve hacia el 10 de mayo por lo que se refiere a los machos y al 1º de junio en cuanto a las hembras. 

El viaje lo efectúa durante la noche. Las hay que, procedentes del Norte, se detienen en los países de temperatura húmeda, tales como el Sur de Inglaterra, la Bretaña y Provenza, pero la mayor parte van a pasar el invierno en África. El gran problema estriba en atravesar el Mediterráneo, acto que realizan incluso las especies más pequeñas y más débiles. La mayor distancia que separa el continente africano de Europa – de Marsella a Argelia – es de unos 650 kilómetros. La codorniz no dispone indudablemente de las potentes alas de la Paloma; pero en cambio sus movimientos son más rápidos, hasta el punto de que su vuelo durante el día escapa a la vista. Basándose en el cálculo, de un vuelo de 300 kilómetros por hora del martinete, de 240 de la alondra y 100 a 120 de la paloma mensajera, puede admitirse para la codorniz, sin temor a ninguna exageración, un vuelo a razón de 64 kilómetros por hora. La travesía directa le exigiría, pues, diez horas, o sea el espacio de una noche. Pero no debe olvidarse que existen varios puntos intermediarios, tales como, partiendo del Oeste, el Estrecho de Gibraltar, ancho sólo de 15 kilómetros; la línea de las Baleares, que corta el espacio en diagonal, y por el medio; la Córcega y la Cerdaña, que se siguen y que por su dirección recta parecen un camino trazado de uno a otro continente; Sicilia, cuya punta occidental dista apenas 150 kilómetros de la costa de Túnez; Malta, las islas del archipiélago, sin contar multitud de otras islas e islotes que están a su disposición y de las cuales se aprovechan a juzgar por las grandes cantidades de estos pájaros que en ellas son capturados durante las épocas del paso. 

Una mañana de mayo había en la Ciotat barcos de pesca, que tenían a bordo una docena de pequeños tiburones; fueron éstos abiertos, y no había ninguno que no tuviese de ocho a doce codornices en el cuerpo. Desde antigua fecha son conocidas las inmensas capturas de pájaros que se realizan todos los años en el litoral de Italia. En el penúltimo siglo se cogieron hasta 100,000 codornices, en un solo día, en Nettuno, en el reino de Nápoles, en una extensión de costa de una a dos leguas. El obispo de Capri se hacía una renta anual de 25,000 libras con los permisos de caza que daba en su isla, de lo cual le provenía el sobrenombre de Obispo de las codornices. Importa consignar, para darse cuenta de las grandes cantidades que debían ser capturadas, que en aquella fecha estos pájaros se vendían en Roma a unos ocho francos el centenar. Esta industria de las costas italianas no ha hecho más que aumentar con las facilidades del transporte y con el mayor valor adquirido por esta caza. Hoy se exporta a todas direcciones, enviándose hasta el Norte codornices enjauladas, de las que se llenan grandes vagones. Sin necesidad de prolongar más nuestras observaciones, queda demostrado cuán interesante y lleno de interés es el asunto de la vuelta de los pájaros hacia nuestros climas a los primeros días bellos, y cuán merecedor de ser atentamente estudiado es este asunto. 

El instinto y la inteligencia de los animales continúan siendo un grande y seductor problema para el amigo de la naturaleza. Es de desear que los meteorólogos lleguen un día a imitar a los astrónomos y a los pájaros, y a determinar de antemano la acción de la naturaleza sobre nuestro variable planeta. Así no estaríamos expuestos a recibir sorpresas tan desagradables como las que nos proporcionan algunos meses de mayo, que responden muy poco a su reputación. 

 Camilo Flammarión _________________________________________________________________________________

4 Ciudad ubicada en el norte de Suiza en el recodo renano y hace frontera con Alemania y Francia. 

5 Se encuentra al Sur de África, descubierto por el navegante portugués Bartolomé Díaz, en el año 1488. (Notas del digitalizador).

jueves, 26 de marzo de 2020

Orígenes de la vida - LAS PLANTAS

Durante los días de vacaciones, de caza, de pesca, o de agitación electoral (todo esto tiene algo de parecido), la contemplación de la naturaleza nos atrae con mucha más intensidad y con mayores encantos que otro pasatiempo u ocupación. Anteriormente hemos entablado relación con la sociedad de las hormigas, que tantos rasgos de semejanza ofrece con la nuestra. Ahora vamos a detenernos sencillamente ante la débil brizna de hierba, ante el mundo demasiado desconocido que representa, ante el mundo de las plantas. Había visto a un zángano precipitarse con tal embriaguez sobre la profunda corola de una flor roja, que me sugirió la idea de examinar con el mayor interés dicha corola, sus estambres y sus pistilos… Más, procedamos por orden. Todos hemos podido observar, en el centro de la corola de un gran número de flores, la existencia de un filamento, hinchado en su parte inferior. Es el pistilo, u órgano hembra. La hinchazón inferior es el ovario, conteniendo los óvulos.

El término del pistilo se llama el estigmato. Alrededor de este pistilo o cuerpo central se observa los estambres u órganos machos, en número de cinco o más, pues es variable, de igual suerte que el mismo pistilo, que puede ser único o múltiple, según las especies de las plantas. Estos estambres se hallan formados por un soporte en forma de pequeña columna, que termina con una hinchazón denominada antera. Esta es la parte esencial del órgano; la que contiene el polen o polvo fecundante. Para que se realice la fecundación, es preciso que el polen llegue a tocar los óvulos. Los óvulos no rozados por esta substancia fecundante permanecen estériles, como si fuesen inertes granos de arena. En el momento de la fecundación, la antera se abre y lanza polen sobre el estigmato hembra. De cada grano de polen sale un tubo muy fino, penetra en el estigmato, atraviesa el pistilo en toda su extensión, va en busca de los óvulos que lo atraen, y por medio de un contacto misterioso los pica, los fecunda. A partir de este momento empieza a formarse el embrión: el óvulo fecundado se convierte en grano y el ovario en fruto. Adiós la flor, adiós sus perfumes, adiós su belleza. Lo bello ha sido substituido por lo verdadero, lo agradable por lo útil.

El objeto de la Durante los días de vacaciones, de caza, de pesca, o de agitación electoral (todo esto tiene algo de parecido), la contemplación de la naturaleza nos atrae con mucha más intensidad y con mayores encantos que otro pasatiempo u ocupación. Anteriormente hemos entablado relación con la sociedad de las hormigas, que tantos rasgos de semejanza ofrece con la nuestra. Ahora vamos a detenernos sencillamente ante la débil brizna de hierba, ante el mundo demasiado desconocido que representa, ante el mundo de las plantas. Había visto a un zángano precipitarse con tal embriaguez sobre la profunda corola de una flor roja, que me sugirió la idea de examinar con el mayor interés dicha corola, sus estambres y sus pistilos… Más, procedamos por orden. Todos hemos podido observar, en el centro de la corola de un gran número de flores, la existencia de un filamento, hinchado en su parte inferior. Es el pistilo, u órgano hembra. La hinchazón inferior es el ovario, conteniendo los óvulos. El término del pistilo se llama el estigmato. Alrededor de este pistilo o cuerpo central se observa los estambres u órganos machos, en número de cinco o más, pues es variable, de igual suerte que el mismo pistilo, que puede ser único o múltiple, según las especies de las plantas. Estos estambres se hallan formados por un soporte en forma de pequeña columna, que termina con una hinchazón denominada antera.

Esta es la parte esencial del órgano; la que contiene el polen o polvo fecundante. Para que se realice la fecundación, es preciso que el polen llegue a tocar los óvulos. Los óvulos no rozados por esta substancia fecundante permanecen estériles, como si fuesen inertes granos de arena. En el momento de la fecundación, la antera se abre y lanza polen sobre el estigmato hembra. De cada grano de polen sale un tubo muy fino, penetra en el estigmato, atraviesa el pistilo en toda su extensión, va en busca de los óvulos que lo atraen, y por medio de un contacto misterioso los pica, los fecunda. A partir de este momento empieza a formarse el embrión: el óvulo fecundado se convierte en grano y el ovario en fruto. Adiós la flor, adiós sus perfumes, adiós su belleza. Lo bello ha sido substituido por lo verdadero, lo agradable por lo útil. El objeto de la mostrándonos que los extremos se tocan y que todo no es más que transacción. Buscad la separación de colores del espectro solar, empleando al efecto un potente prisma; ensanchadle hasta darle diez o doce metros de anchura, y no obstante será imposible de toda imposibilidad el encontrar la zona precisa en que el rojo es substituido por el anaranjado, éste por el amarillo, el amarillo por el verde, etc. Sin embargo, el verde difiere con toda seguridad del rojo, como el violeta del amarillo, o el azul del anaranjado. Los colores son la imagen del parentesco, de todas las especies, vegetales y animales, en la inmensa unidad de la vida terrestre. Desde larga fecha los sexos son separados en los animales, siendo esta separación una causa muy activa de perfeccionamiento y de progreso.

No ocurre lo propio entre las plantas, donde, por el contrario, la separación constituye la excepción. Jamás llegará a operarse en ellas, indudablemente, esta separación, porque las plantas no andan, constituyendo este hecho una causa de inferioridad. El progreso se realiza, no obstante, con preferencia entre las plantas monoicas, dotadas de dos sexos a la vez. El tamaño de la flor se halla en relación con la longitud de los estambres y del pistilo. Siendo el medio más seguro de conseguir la fecundación el que el polen quede colocado encima del órgano hembra, a fin de que cayendo por su propio peso sea recibido por el estigmato, en las flores derechas los estambres son mayores que el pistilo y lo coronan. En otros géneros, por el contrario, cuyas flores cuelgan y se hallan vueltas, el pistilo desciende largamente por debajo de los estambres, y, cuando el polen escapa de la antera cae, naturalmente, sobre el estigmato. En gran número de flores, como la ruda y la Berbería por ejemplo, los estambres se ponen en movimiento al menor contacto. Tan pronto como se las toca, tan pronto como las roza un insecto se inclinan vivamente sobre el estigmato.

Los insectos juegan también un papel muy importante en la fecundación de las flores. Introduciéndose en sus corolas, ponen en actividad los estambres, que, muy sensibles, llegan instintivamente a estar en contacto con el estigmato. Las abejas, los zánganos, las mariposas se impregnan del polen, cuando van en busca de la miel en la corola de las flores y trasladándose a otras flores dejan en ellas este polen, que las fecunda con mucha más rapidez que si lo hubiesen sido sin esta intervención. En las plantas de sexos separados, como el castaño, el cáñamo, la espinaca, el melón, por ejemplo, la fecundación es casi imposible sin ayuda de los insectos o del viento. Es conocida la historia de la palmera hembra que, plantada en Otranto, permaneció estéril hasta la época en que otra palmera macho, plantada en Brindisi, pudo elevar su copa por encima de los árboles vecinos y confiar al viento el precioso polvo fecundante. 

En ciertas ocasiones se han observado plantas de un mismo sexo reproduciéndose ellas mismas; después se ha descubierto que traían, algunas flores del otro sexo. La vallisnerie, planta acuática de todos conocida, quizá la más curiosa entre las de sexo separado. Las flores hembras de dicha planta son conducidas por un largo hilo que las permite llegar hasta la superficie del agua y mostrar sus encantos, flotando en medio de una graciosa indolencia. Las flores machos pasan la vida a sus pies, sin elevarse jamás hasta alcanzarlas. Pero en la época de las nupcias se escapan bruscamente, de los spatos que las contienen y se elevan como pequeños globos hasta el lecho nupcial. Entonces las anteras expenden su polen, y recibiéndolo las flores hembras, quedan fecundadas. Luego, enrollando en espiral los largos tallos que las conducen, dan el adiós al mundo y a la luz y descienden al fondo de las aguas, para madurar el fruto de estos silenciosos amores. Más elevadas aún, en el sentido de la organización se hallan las plantas que movimientos espontáneos o provocados, que poseen, a su manera, nervios y músculos, y que están dotadas de facultades superiores a las de gran número de animales primitivos; tales son entre otras, la sensitiva, la drosera, el cazamoscas, etc.

La más notable y la más estudiada en múltiples funciones es quizá la drosera, tipo singular de las plantas carnívora. Estamos tan acostumbrados a cree, generalmente, que las plantas «viven del aire del tiempo», se contentan con respirar por sus hojas y se nutren de los caldos de la tierra por medio de sus raíces, que quedamos confundidos cuando oímos hablar de una planta que come y que digiere de igual suerte que un animal. Examínese, no obstante, la drosera, que se desarrolla en los estanques de aguas turbias y en las praderas esponjosas, y cuyas hojas, cubiertas de tentáculos, segregan gotas de licor que brillan al sol, lo cual ha motivado que esta planta sea denominada también rocío del sol, ros solis. Cuando un insecto, una mosca, una mariposa viene a posarse sobre una de sus hojas, todos los tentáculos (en número de 130, 150, 200, a veces hasta 300), se bajan lentamente sobre el insecto y lo aprisionan. Aun cuando se coloque al borde de la hoja, no por eso es menos atrapado por los tentáculos y conducido insensiblemente a su centro, donde untado con una secreción viscosa no tarda en morir. Después la planta se lo come literalmente, es decir, lo absorbe y lo digiere en virtud de un jugo gástrico del mismo género que el que funciona en nuestro estómago.

La planta carnívora segrega una fermentación análoga a la pepsina y que realiza las mismas funciones que ella en la digestión. Puede dársele a comer carne cruda, carne asada, fragmentos de huevos duros, cartílagos y hasta huesos. No rechaza casi nada. Este ser es de una potencia digestiva fenomenal. No pueden observarse los actos de la drosera sin creerse ante un animal de organización inferior abrazando la presa con sus brazos, o ante una fiera de nuevo género. Carecemos de espacio para extendernos más sobre estas plantas sensibles. No sería por demás, en efecto, decir algo de las dioneas, que cazan sin piedad las moscas imprudentes que se le colocan un instante encima de ellas y las devoran sin más formación de proceso, de las bilis, la aldrovandias y demás especies análogas. Podríamos observar asimismo que, desde el punto de vista de las facultades mentales, la planta no es tan inerte, tan impersonal como se la supone.

El hambre, la sed, la salud, la enfermedad, las variaciones de fuerza y actividad, la gula, el deseo, el mismo amor, no son sensaciones extrañas a las plantas. Ellas perciben, por lo menos, impresiones rudimentarias. Las plantas superiores han llegado muy tarde sobre la escena del mundo, como los animales superiores, y nada puede impedirnos de pensar que en el porvenir no existirán otras más elevadas aún que las actuales, pues el reino vegetal progresa, como el reino animal y el reino humano. Pero esta investigación nos conduciría un poco lejos. Démonos por satisfechos, pues, de haber estado un momento en relación con estos seres todavía misteriosos, y de haber pasado algunos minutos «entre las plantas».


Cada año, la vuelta de la primavera parece invitar nuestros espíritus a dedicar un instante a la contemplación directa de la naturaleza y particularmente al estudio de estos seres tan misteriosos aún, llamados plantas, sin conocerlos bien todavía. La ciencia penetra lentamente a través del mundo vegetal para adivinar el gran enigma que se esconde aún bajo el transparente velo de las hojas y de las flores. El abismo que parecía separar los dos reinos tiende a desaparecer mediante el progreso de las observaciones independientes. El genio de Descartes, había sido bastante poderoso para hacer admitir que los animales no representaban más que simples autómatas, montados para llenar un número determinado de actos. A mayor abundamiento, algunos sabios se juzgaron con derecho para no considerar a las plantas más que como a seres regidos exclusivamente por las fuerzas naturales. Pero ni la temeridad de los cartesianos, ni las hipótesis de los animistas encuentran hoy acogida en el severo dominio de las ciencias. No pueden asimilarse los fenómenos de la vida vegetal ni a simples procedimientos físico–químicos, ni a una suprema dirección intelectual. Es evidente que éstos están regidos por una fuerza vital que encadena todos los órganos. 

Los vegetales disfrutan de una vida tan activa como muchos animales, y poseen vestigios de sensibilidad y de sociabilidad. Bichat, en su importante obra sobre la vida y la muerte, lo admite así sin la menor vacilación. Numerosos experimentos confirman que evidentemente hay en las plantas vestigios de sensibilidad análoga a la sensibilidad animal. La electricidad las aterra y los narcóticos las paralizan o las matan. Regando las sensitivas con opio, se duermen profundamente. El ácido prúsico envenena las plantas con la misma rapidez que los animales. Abandonemos todas nuestras antiguas ideas acerca de la vida vegetal; observemos directamente los fenómenos, y llegaremos a conclusiones que nos asombrarán a nosotros mismos. Entonces estaremos sorprendidos al reconocer que la energía de los actos biológicos de las plantas excede, a menudo, todo lo que nos representa el reino animal, hecho que sólo ha podido ser desconocido porque hemos tenido el poco acierto de considerar las manifestaciones turbulentas como siendo la suprema expresión del animal movible. 

No hay un solo aficionado que no haya observado el movimiento singular que se opera al menor contacto con las hojas sensitivas. Al choque más ligero, al simple contacto, las hojuelas se doblan sobre el peciolo común, y éste mismo cae sobre el tallo. Si se corta la extremidad de una folióla, las demás se juntan sucesivamente. Sabido es que las hojas de estas plantas son digicias, esto es, que están formadas de hilos dispuestos como los dedos de las manos. Son hojas estrechas y largas, que a la menor sacudida se colocan una sobre otras, cubriéndose en su superficie superior. También se unen a la entrada de la noche o cuando sobreviene un frio bastante intenso que pueda perjudicar a la planta. Mientras el tiempo es cálido y se halla en completa calma, las hojas están enteramente abiertas. Una nube que obscurece el sol, basta para cambiar la situación de las hojas, cuya expresión decrece a medida que disminuye la luz. Aunque cerradas y en estado de sueño durante la noche, descienden más si se las toca. En el nacimiento del pecíolo sobre el tallo y de cada hojuela sobre el pecíolo, se percibe una pequeña glándula, que es la parte más irritable de la planta. Basta tocarla con la punta de un alfiler, para hacer cerrar la hoja. Si la sacudida es viva, todas las hojuelas hacen sucesivamente el mismo movimiento dos a dos, en un orden regular. 

La misma hoja no desciende hasta que todas las hojuelas han descendido ya, como si el miembro principal no quisiera dormirse más que después de haber caído en sopor todos sus apéndices. Entre los vegetales, los que parecen poseer más particularmente caracteres pertenecientes al reino superior, al reino animal, son de fijo las plantas sensitivas, de las que acabamos de hablar; no obstante, en otros, vegetales se observan movimientos de un orden que no son menos dignos de atención . Las hojas de determinadas plantas poseen un movimiento de revolución que se ejecuta siguiendo una curva y describiendo una especie de cono en el aire; las vrillas de la brionia y del colombo cultivado están dotadas de este movimiento perpetuo, cuya duración depende de la temperatura. Estos movimientos son poco aparentes. 

En el mes de julio de 1876, observé, con el mayor interés, una yuca de un metro de altura cuyo tallo, ligeramente inclinado, giraba de acuerdo con el movimiento diurno, pero con menos velocidad que el sol. Este tallo crecía al propio tiempo, a razón de ocho centímetros por día. Yo he seguido la rotación durante quince días en Vaux–sous–Auvigny (Alto Marne). Ignoro si este movimiento en espiral ha sido observado por los botánicos. La planta medía cincuenta y cinco centímetros de elevación el 2 de julio y ciento veintiséis el día 18: el tallo, que se curvaba casi horizontalmente primero, se enderezó paulatinamente y, cuando llegó aponerse vertical, cesó de dar vueltas. Entonces terminó de crecer. He aquí, pues, una planta que crece girando en espiral, siguiendo el movimiento del sol. Determinadas plantas ofrecen movimientos mucho más singulares; la desmodia oscilante, por ejemplo. En esta planta, la hoja se compone de tres partes; una hoja ancha y larga y dos estrechas colocadas al nacimiento de la anterior. Durante toda la vida de la planta, de día y de noche, en la sequía y en la humedad, bajo el sol y en las tinieblas, las hojillas laterales ejecutan sin cesar pequeñas sacudidas muy semejantes a las de la aguja de un reloj de segundos. Una hojuela se eleva y durante el mismo tiempo su hermana gemela desciende en sentido proporcional. 

Cuando aquélla baja, ésta se eleva y así sucesivamente. Estos movimientos son tanto más rápidos cuanto más se hacen sentir el calor y la humedad. En la India se han observado hasta sesenta pequeñas sacudidas regulares por minuto. Se trata, realmente, de un reloj vegetal de un género particular. La hoja grande también ofrece movimientos análogos, pero mucho más lentos. La antigua barrera que separaba los dos reinos se halla fuertemente quebrantada en este momento, por las plantas carnívoras. Quizá atravesando praderas pantanosas se habrá fijado el lector en una planta que tiene alguna apariencia con la violeta, cuyas hojas, redondeadas, colocadas en rosetón, parecen cubiertas constantemente de perlas de rocío que el más ardiente sol no llega a evaporar. De ahí el nombre de Rocío del sol, que se da a este curioso vegetal. Los botánicos lo designan con el de Drosera rotundifolia, de la que hemos hablado recientemente. 

Tratad de tocar estas gotitas tan admirablemente transparentes y pronto habréis de reconocer que no están constituidas por el agua, sino por un líquido viscoso, que se pega a los dedos y que se descompone en hilos como una solución de goma. Cada gotita está sostenida por una especie de pelo de un rojo vivo, terminado por una pequeña esfera. Estos pelos se hallan diseminados sobre la superficie de la hoja y son más largos a medida que se alejan del centro y se van acercando a los bordes. Puede hacerse con esta planta el siguiente experimento: deposítese delicadamente un mosquito encima de la gotita transparente de uno de los pelos del borde de la hoja. El insecto tratará de escapar, pero el líquido pegajoso se opone a los movimientos de sus patas y de sus alas. Durante este tiempo, el pelo al cual la pobre víctima permanece pegado, no está inactivo. Se inclina paulatinamente, dirigiendo su presa hacia el centro de la hoja. Su extremidad llega a tocar los pelos cortos que pueblan esta región los cuales le ayudan desde el primer momento a mantener preso el insecto. Pasados algunos momentos se verá cómo se inclinan los pelos de todos lados de la hoja hacia el sitio donde ha sido transportado el mosquito. 

Todos vienen a depositar sobre él la gotita de líquido, levantándose de nuevo al cabo de algún tiempo en espera de nueva caza. Generalmente las víctimas son débiles mosquitos, hormigas, pero algunas veces también lo resultan algunas mariposas y pequeños argus blancos que tanto abundan en la campiña en los días de esplendente sol. También se han visto libélulas capturadas pero en este caso es la misma hoja la que se repliega sobre el animal y algunas veces son varias las hojas que unen sus esfuerzos para mejor poder conseguir el objeto. El líquido gomoso secretado por los pelos de la planta, es no sólo el medio de retener la caza, sino también el jugo gástrico que la digiere. Tan pronto como ha sido hecha una presa, los pelos replegados sobre ella secretan dicho jugo en menor abundancia. Este jugo se convierte en ácido, y su composición entonces se acerca más al de los jugos digestivos de los animales. Las substancias carnosas son disueltas por las plantas; las epidérmicas o corneas, tales como las que forman la concha resistentes a los insectos, permanecen por el contrario inalterables y son arrojadas por la planta. ¿Puede haber nada más extraño ni más extraordinario en la botánica que el análisis de estas plantas que comen animales? 

La caza de nuestras plantas consiste en pequeños animales; la drosera se apodera de dípteros y de otros pequeños volátiles. Estas cazan la pluma, mientras la dionea se apodera más fácilmente de los pequeños animales que andan. En sus hojas, cerradas a modo de estómago, se han encontrado arañas, hormigas, gorjeos, etc. En nuestras montañas se las ha visto apoderarse de limazas. Si se abren las largas hojas de la darlingtonia, se encuentra en ellas grandes mariposas de noche. Según el doctor Hooker, las jóvenes urnas de las nepentas alcanzan la caza aérea y se apoderan de ellas, mientras que las urnas más antiguas dirigen sus redes a la caza terrestre. En las redes de las utriculares acuáticas se encuentran pequeños crustáceos. El ántora de las más hermosas nepentas puede alcanzar un pie y medio de anchura y tragarse un pájaro o un pequeño mamífero.Estas pobres víctimas de la rapacidad vegetal son atraídas al peligro, donde deben caer por medio de ingeniosos y casi irresistibles artificios. Eduardo Morren, a quien se debe interesantes estudios sobre este curioso punto, ha comprobado que la pinguicula esparce una especie de olor semejante al de las setas, atrayendo así sobre sus hojas, húmedas y pegajosas, pequeñas moscas. Nuestras droseras indígenas cubren sus hojas de mil pequeñas perlas que brillan al sol en todas direcciones, como los tentáculos de los briozoarios. 

La dionea no segrega miel, como había creído Ellis y como repitió Linneo después: sus hojas permanecen secas cuando no están ocupadas en digerir, y lanzan un olor que atrae a los insectos. Además, su superficie se halla cubierta de pequeñas glándulas formadas de ocho divisiones que constituyen una de las más hermosas obras de la naturaleza, tanto por su forma simétrica, como por su brillante coloración. Si la belleza de las formas y el brillo de los colores, dice el doctor Balfour, pueden ser apreciados por las moscas, la dionea tiene con ellas bastantes atractivos, sin necesidad de recurrir a la miel. El insecto que se deja atraer por estos seductores cebos o por estos apetitos sensuales está condenado a una terrible muerte. Casi en todas ocasiones, su existencia va a terminar en una lenta y terrible agonía. Cuando una drosera se ha apoderado de su presa, se ve aumentar en ella la secreción pegajosa y a los tentáculos vecinos venir en su auxilio, acabando por plegarse toda ella hacia la víctima, la cual se agota en vanos esfuerzos pretendiendo escapar, pereciendo la pobre bestia bajo una inundación de corrosiva baba. 

La dionea procede con más crueldad y más inteligencia. Tan pronto como un insecto excita una de sus hojas, las dos válvulas, ya un poco separadas (formando un ángulo de 90º), se acercan con viveza, al propio tiempo que sus pestañas bajan y se entrecruzan de un extremo a otro, quedando la pequeña bestia cogida como en un torno, a menos que la presa no sea demasiado débil o demasiado fuerte, manifestándose precisamente en este detalle la inteligencia que ha presidido en la estructura de la planta. Si la presa es pequeña y débil, pasará entre las mallas del enrejado de su prisión; si es fuerte rompe sus trabas. Pero si la caza constituye una buena presa, si es una mosca regordeta, por ejemplo, será sacrificada sin piedad. El torno que la sujeta, cóncavo de momento, asciende y aprieta estrechamente contra ella, no siendo exacto, como se había creído, que estos movimientos exciten la irritación de la hoja. Pero pronto entran en actividad todas las glándulas de la superficie, empezando a secretar un jugo que se vierte sobre el insecto, lo impregna de su humor agrio, y la planta absorbe la víctima quizá viviente aún, sin más cuidados que los que nosotros tomamos para comernos una rebanada de pan. Los lazos que tienden la sarracenia y las nepentas, obran a modo de trampas. 

El borde de la urna, en la cual se halla el azúcar, es liso; los insectos se deslizan en ella, sin poder detenerse ni escapar, cayendo generalmente en un líquido corrosivo que llena todo el fondo del aparato. La digestión vegetal es realmente parecida a la que determinan el jugo gástrico y el jugo pancreático. Interesan las materias albuminoideas, la albúmina fresca o coagulada, la fibrina, la carne cruda o la carne asada y los cartílagos. Todos estos alimentos son en parte absorbidos y, por así decirlo asimilados. La abundancia de la secreción parece estar de acuerdo con la cualidad del festín. Una mosca vieja y vacía, deja a la planta impasible, mientras que una gruesa araña, una mariposa o un buen pedazo de carne fresca hacen desbordar la secreción, como la saliva que acude a la boca de un gourmet cuando éste tiene una suculenta tajada entre los dientes. 

Puede decirse, en ambos casos, que la boca se les llena de agua. Determinadas materias son de digestión muy difícil, el queso por ejemplo. M. Cualey había echado a una de sus dioneas sometiéndola a un régimen forzado del queso. El doctor Balfour quiso verificar el experimento: el 8 de julio de 1847, administró una determinada dosis de chester a una de sus plantas; el 9 creyó observar en ellas náuseas y síntomas de vómitos; no obstante parecía marchar todo bien, cuando el día 21 se presentaron perturbaciones de carácter gástrico: la hoja se puso amarilla, después negra, muriendo de una verdadera indigestión. Se da el caso, asimismo, de que las dioneas se atraquen con glotonería y que como nosotros, sufran los efectos de haber recargado con exceso el estómago. 

El 5 de julio se dio a algunas hojas tanta carne como quisieron aceptar; al día siguiente estaban hinchadas; algunas fueron sometidas a un tratamiento enérgico, pues se les quitó con los dedos, todo cuanto no habían podido tragarse; éstas se salvaron. Otras, por el contrario, abandonadas a su triste suerte, dieron muestras evidentes de sufrir, desde el 13 de julio, una cruel enfermedad. La duración de las digestiones varía según las plantas, la naturaleza de los alimentos y diversas otras circunstancias. La drosera binata hidrata y vuelve transparente en ocho o diez horas la parte blanca del huevo duro que se le sirve. La dionea tiene la digestión perezosa, como las serpientes, cada comida de las cuales se prolonga de ocho a veinte o treinta días. M. Balfour ha contado veinticuatro días para la digestión de una gruesa mosca azul; durante este tiempo y hasta durante algunos días después, la hoja de la planta se halla en un estado de embotamiento parecido al de la siesta. He aquí hechos que modifican esencialmente las ideas antiguas. ¿No se descubrirá un día la existencia de plantas animadas por un verdadero sistema nervios? ¿No existen en determinados mundos árboles que piensan y hablan?...

Camilo Flammarión

martes, 21 de enero de 2020

UN CEREBRO DE HORMIGA

Lo infinitamente pequeño es quizá, de todas las contemplaciones de la naturaleza, la que nos acerca más a lo infinitamente grande. Había pasado largas horas de una maravillosa noche en el estudio de los sistemas de estrellas dobles que gravitan en el fondo de los cielos; había observado con predilección un hermoso grupo de dos soles más gigantescos aún que el nuestro, de color rojo rubí brillante y azul zafiro, respectivamente, que giran en dos mil años uno entorno del otro y distribuyen a las humanidades de sus lejanos sistemas días multicolores y hermosas noches desconocidas en nuestro planeta; hasta había puesto interés en calcular que un tren–rayo, lanzado a la constante velocidad de ciento veinte kilómetros por hora no emplearía menos de quinientos millones de años para alcanzar aquel Universo; había soñado en las condiciones variadas de la vida en las innumerables tierras del cielo, mundos que se suceden sin fin, más allá de todos los limites imaginarios que el espíritu quisiera imponer al espacio, que no acepta ninguno, cuando al amanecer, atravesando una pradera, mis ojos se fijaron en dos hormigas que conversaban con mucha animación. Se trataba de un coleóptero metido entre las hierbas, que una de las hormigas quería llevarse al hormiguero, pero que era demasiado pesado para sus fuerzas. 

¿No estaba dispuesta ayudarla su compañera? ¿Tenía otra cosa que hacer? ¿Discutía el valor culinario de la víctima? ¿Comprendía que el peso sería excesivo aun para los dos, tan pequeñitas como eran? ¿Objetaba que era demasiado lejos? Lo ignoro, mas lo cierto es que no prestaba su conformidad a la opinión de su compañera y que por el manejo de sus antenas, tocando de mil formas a las de su interlocutora, demostraba no estar decidida a prestarle su concurso. Acertó a pasar una tercera hormiga y se mezcló en la conversación; después vino una cuarta, y no tardaron juntas en tomar acuerdo. Partieron las cuatro, conducidas por la primera y así supe, siguiéndolas en su expedición, cuál había sido el objeto de aquella discusión tan agitada. 

Los rayos del sol empezaban ya a calentar la tierra, y el coleóptero se defendía débilmente; sin duda se hallaba gravemente herido. Las cuatro juntas tiraron de él, lo empujaron, lo hicieron rodar, acabando por llevárselo a su casa, distante más de cuatro metros del sitio donde se había celebrado el pequeño conciliábulo. Se ha escrito mucho sobre las hormigas y a menudo los autores de estos trabajos, no dándose por satisfechos con reflejar la realidad, que basta y sobra por sí sola para cautivarnos y maravillarnos, han exagerado sus facultades y desnaturalizado las observaciones. 
Los escritores antiguos y los de la Edad Media son los que mayores censuras merecen en este punto. Los observadores modernos son a la vez, más exactos y mejores críticos. Basta leer los escritos de Lubbock, de Forel o de André para apreciar en su justo valor las facultades intelectuales y morales de estos extraños y pequeños seres. Nosotros, como siempre, aun poniendo en evidencia los más salientes y los más característicos aspectos que permiten juzgar de un solo rasgo los seres y las cosas no presentaremos más que hechos auténticos, cuidadosamente analizados. 

Esta excursión en el mundo de lo infinitamente pequeño no nos pondrá de manifiesto, acaso, menos maravillas que las que vemos a veces, en alas de Urania, en el mundo inmenso de lo infinitamente grande. Los espíritus reflexivos, que sienten placer pensando, pero que temen alejarse demasiado de la tierra estudiando las condiciones de la vida en los mundos distintos del nuestro, pasarían horas encantadoras contemplando, en este mismo planeta, las manifestaciones tan variadas de la insondable naturaleza. Un viaje de observación entre las hormigas, es tan vasto, por sí solo, como un viaje al fondo de la Vía Láctea. En los insectos, lo mismo que en los grandes mamíferos, la inteligencia se ha desarrollado gradualmente, progresivamente y con más rapidez que en los hombres, pues las hormigas han precedido a la humanidad de muchos millones de años. Tal vez nuestra raza no había aparecido aún en la superficie del globo. A las hormigas sólo les ha faltado un talle comparable al nuestro para que el imperio del mundo les haya pertenecido. Quedamos legítimamente estupefactos, diremos con un historiador de mérito de estas poblaciones, con M. André, al encontrar en estos seres de tan humilde apariencia, un estado social, una industria, instituciones de las cuales hasta el presente creíamos tener el monopolio. Aquí vemos la vida de familia, con sus alegrías y sus labores, la casa edificada, ensanchada, cuidada, los hijos nutridos, atendidos, limpiados, transportados de un sitio a otro, los amigos ayudados o socorridos; allá ejércitos conquistadores o protectores, combates encarnizados, prolongadas guerras, después armisticios, victorias o tratados y el establecimiento de las respectivas fronteras. 

Más allá es un pueblo de bandidos llevando el terror y la desolación al seno de tribus laboriosas, de las cuales roban los recién nacidos para imponerles la esclavitud; en otras partes vemos pastores inteligentes dedicarse al cultivo del ganado que debe proporcionarle la leche necesaria para su alimentación. A veces descubrimos cosecheros laborando en llenar sus graneros con abundancia o sorprendemos al trabajador escardando su campo y quitando de él las hierbas inútiles. En todas partes encontramos ejemplos de nuestras necesidades, de nuestros trabajos, de nuestra vida apacible o agitada, de nuestras luchas y de nuestras brutales o pacíficas conquistas. Las hormigas emplean entre sí un lenguaje muy superior al de los pájaros, de los perros, de los monos y de los animales más elevados en la escala zoológica. Muchos naturalistas han creído reconocer en la entonación, en las modulaciones, en los matices de los cantos de los pájaros, expresiones de temor, de pena, de placer, de odio, de aversión, de amor, de deseo, que un constante hábito de observación permite discernir con certeza, particularmente en las golondrinas, las currucas y los ruiseñores. Hasta los vulgares gorriones tienen una determinada manera de expresarse entre sí. 

Todas las primaveras, en mis persianas que dan encima de los castaños de la avenida del Observatorio veo parejas de gorriones cómo discuten acerca de la instalación de sus nidos, oyéndose cada año la misma serie de llamamientos, los mismos tonos, que no dan lugar a la menor duda.«–¡Estaríamos bien aquí!–¡Veamos! –Hace demasiado viento.–Mejor estaríamos allí. Demasiado sol. Aquí, no – ¡Oh! que ricamente estaremos.» Estos ligeros gritos, dulces, íntimos, que no tienen ninguna relación con el lenguaje habitual sostenido en las ramas de los árboles, o con sus frecuentes querellas, no dan lugar a la menor duda de que reflejan el estado de alegría manifestado en la búsqueda un sitio para construir el nido y en los repetidos paseos hechos sobre las persianas y bajo las ventanas del jardín. Tan pronto como los pequeños rompen los huevos para salir de ellos, las cosas cambian totalmente. Desde el segundo día empiezan a gorjear, pero tan débilmente, que apenas se les oye y aun sólo cuando el padre y la madre traen la comida. Entonces pronuncian un í í í muy dulce, como reflejando cierta alegría. Se siente ya la alegría de vivir. 

El padre y la madre, al expresarse entre sí, no lo hacen con el mismo lenguaje de tres semanas antes; es distinto, más serio, más mesurado. Por otra parte, empieza para ellos un verdadero trabajo de ir y venir incesantemente, cada cuatro o cinco minutos en busca de la comida para los pequeñuelos, labor que dura desde la salida hasta la puesta del sol. Hasta se duda de que estos jóvenes padres, siempre corriendo, se tomen ni el tiempo necesario para comer. Dupont, de Nemours, había llegado a reconocer, en el grito ciertamente monótono de los cuervos, toda una serie de expresiones equivalentes a un pequeño vocabulario, que había llegado a componer: –Vámonos. –Allá abajo. –De prisa. –Buena fortuna. –¡Encantadora!, etc. Pero el lenguaje de las hormigas es mucho más complicado. ¿Tienen ellas una lengua hablada? Es probable, pues la anatomía ha revelado la presencia de determinados órganos que no parecen estar destinados a otras funciones. Sin embargo, es por el contacto de las antenas que particularmente se comunican entre sí. Tratad de inquietar las hormigas que se pasean por la superficie de un nido, y pronto veréis cómo algunas entran precipitadamente en sus galerías. Llevan la alarma a la comunidad y en un abrir y cerrar de ojos todo aquél pequeño mundo se halla en revolución. 

Mientras una parte de las obreras se apresura a transportar larvas y ninfas a sus más profundas galerías, otras salen valientemente para reconocer el peligro y rechazar al enemigo. Observando a las que se hallan un poco separadas del centro de agitación general, se ve cómo al ser encontradas por las demás les frotan sus antenas y les transmiten en dos o tres movimientos la nueva alarma. Si se trata del descubrimiento de un pote de confitura, se ve a la hormiga poner de momento en práctica el precepto de que la caridad bien ordenada empieza por sí mismo; después se aleja y vuelve con tres o cuatro amigas que la imitan, presentándose luego con un número mayor de convidadas, las cuales demuestran sumo placer. Si se trata de transportar larvas, Lubbock ha confirmado que el número de hormigas corresponde aproximadamente a la cantidad de transportes a realizar. A veces se ven a dos hormigas detenerse, hablarse por medio de las antenas, y, si resultan de acuerdo, representar juntas pequeñas escenas de pugilato análogas a las de los lidiadores de feria. (Esta observación, hecha por Huber, ha sido cuidadosamente comprobada.) 

En otras ocasiones se ve a una hormiga tratando de convencer a otra mediante su pantomima, y no consiguiéndolo, tomarla sobre sus espaldas y trasladarla al lugar que debe considerar más a propósito para alcanzar su fin, lo cual es más rápido que hacer un discurso. Para convencerse de que se comunican sus impresiones, de que se entienden entre sí para sus negocios, basta observar sus trabajos de arquitectura, de albañilería, de desmonte y de organización obrera y militar. 
Un día un sericicultor se dio cuenta de que las hormigas, muy golosas de sus gusanos de seda, trepaban sobre una morera y los inquietaban hasta que desprendidos de las ramas caían al suelo, donde varias de sus compañeras se apresuraban a recogerlos. Para poner término a este rapto, dicho observador (llamado P. Bessson) trazó en el tronco de la morera un anillo de una materia viscosa, resultando durante cuatro días esta barrera infranqueable. Pero al quinto día se presentó un ingeniero; una hormiga depositó sobre la materia viscosa un enorme grano de arena que llevaba en sus mandíbulas; después descendió. 

Las demás hormigas acudieron a contemplar el embrión de puente, descendieron también y después de una docena de minutos todas las hormigas que subían por el tronco traían un grano de arena. Después de media hora de observación, el puente sobre el anillo estaba terminado, resultando bastante ancho para poder pasar hasta el final. El observador no se atrevió a destruir la obra de las hormigas y les abandonó la morera en recompensa de su acto de inteligencia. Se ha visto a hormigas, detenidas ante un riachuelo, formar un puente de una cadena de obreras apretadas unas con otras, encima de las cuales ha pasado el ejército a pie enjuto. Efectuada la travesía, las pontoneras se separan y tratan de ganar la orilla a precio de esfuerzos a menudo infructuosos. 
Todos estos hechos revelan combinaciones intelectuales incontestables. 

El estudio de este pequeño mundo destruye singularmente las ideas aceptadas entre los hombres acerca de la inferioridad del insecto. Cuando se ha examinado un hormiguero; cuando se ha visto a las larvas colocadas en sus cunas, cambiadas de sitio muchas veces al día según la intensidad del calor solar, nutridas con delicados cuidados por pequeñas nodrizas que las aman más que a ellas mismas; cuando se ha visto a estas nodrizas vigilar con ansiedad hasta el menor movimiento de la cabeza de dichas larvas y depositar rápidas una gota de nutritivo líquido en sus pequeñas bocas aun antes de poder sentir hambre; cuando, al nacimiento de las ninfas, se ha podido ver a las hormigas viejas ayudar a la naturaleza, rasgando delicadamente con sus débiles mandíbulas el cabo del tejido de seda para facilitar la salida de la cabeza; sólo cuando se han presenciado estos hechos se conocen por completo tan pequeños seres. Pero sus cuidados no representan nada aún, al lado de determinadas funciones que en medio de la general sorpresa se las ha visto llenar. 

Pueden citarse, por ejemplo, su ganado, sus vacas de leche, sus establos. Por muy extraño que pueda parecer, muchas hormigas tienen, en efecto, sus vacas de leche, que cuidan y atienden, sus ganados, que encierran en establos especiales, que consideran como de su propiedad, que defienden de sus enemigos, que trasladan con ellas cuando cambian de residencia. Estos ganados son los pulgones y los gallinsectos. Las hormigas los buscan, los atraen untándoles el abdomen, y algunos se nutren exclusivamente de esta alimentación azucarada. Saben retenerlos, conservándoles en las ramas o en los racimos sobre los cuales viven, construyendo a este objeto, pabellones aéreos, y galerías subterráneas. Estos pequeños animales son a menudo su principal tesoro. Un hormiguero es más o menos rico –lo mismo que una granja con sus ganados–, según tenga mayor o menor cantidad de pulgones. También es preciso ver con que odio se combaten para posesionarse de un árbol conteniendo pulgones, y con qué tenacidad, muchas veces cómica, se apoderan de estos pulgones mayores que ellas, cuya trompa se halla a veces profundamente introducida en el tronco. 

Las hormigas son tenaces, pero no causan el menor mal a los pulgones, poniendo sumo cuidado en ello. Basta, por otra parte, ver la forma cómo el pulgón se deja conducir, para convencerse de que esta operación le es muy agradable y de que están en excelentes relaciones con sus propietarias. Son demasiado conocidos los combates de hormigas, para que nos detengamos describiéndolos aquí. Luchan particularmente para la posesión de los pulgones y para el rapto de larvas destinadas a proporcionarles esclavas. Las guerras declaradas con estos fines son a menudos muy feroces y sin cuartel. Los procedimientos de combate difieren mucho según las especies. La célebre hormiga amazona tiene fuertes mandíbulas, armadas de aceradas puntas. Combate abriendo la boca cuanto le es posible, consistiendo su táctica en decapitar a su adversario y llevarse la cabeza. Una hormiga de especie pequeña, lucha suspendiéndose en las patas de las grandes y arrancándoselas. 

La fórmica exsecta emplea un medio muy distinto; salta encima de su adversario y se dedica a aserrarle la cabeza, lo cual, generalmente, está pronto hecho. Tácticas militares, centinelas y reconocimientos, sitios en regla, ciudades saqueadas, robos de niños, pueblos reducidos a la esclavitud, prisioneros ejecutados y todo cuanto nos presentan las antiguas guerras humanas, lo encontramos en las hormigas, en un grado más absoluto aún, pues han abusado hasta tal punto de la autoridad y de la tiranía, que no pocas veces se convierten en esclavas de sus esclavas, siendo incapaces de vivir solas. Tal es la hormiga amazona. Los bárbaros de color rojo son poderosos señores justamente temibles, pero sus patricias manos no han tocado jamás la madera o el martillo. Ignoran el arte de construir y los cuidados que ocasiona la familia joven. Sus instrumentos de trabajo se han hecho inútiles, han perdido la forma que antes revistieran. La tijera, la sierra y el perforador han desaparecido de las mandíbulas, para hacer sitio a dos machetes retorcidos, armas terribles, pero impropias para otro uso que no sea la muerte y el pillaje. 

Así emplean su vida en llevar la guerra y la devastación a sus pacíficos vecinos, con objeto de procurarse preciosos esclavos, que les son tan indispensables como la comida al recién nacido, puesto que estos sultanes degenerados carecen hasta de la facultad de nutrirse y perecerían de hambre al lado de los mejores alimentos, si cuidadosos servidores no se encargasen de ponérselos en la misma boca. Son incapaces de comer, y mueren sobre la mesa mejor servida, si un esclavo no les pone la comida en la boca. (André: Les Fourmis.) Esta organización social variada, estas castas, estos oficios, esta división del trabajo, estas ciudades, tan pobladas como París y Londres y en las cuales se conocen todos sus habitantes; las amistades entre ciudadanos de dos ciudades vecinas, los territorios organizados y defendidos, las guerras y los combates, revela un estado intelectual apenas inferior al de los pueblos humanos salvajes que se observan aún hoy en el África central o en las islas de la Oceanía. ¡Las hormigas hasta tienen cementerios! Verdaderos cementerios, en efecto, establecidos a alguna distancia de sus ciudades adonde transportan sus muertos. Algunas especies tienen hasta tumbas de primera clase para los ciudadanos de distinción y fosas comunes para el pueblo. Las primeras están colocadas en hileras regulares, las otras se hallan diseminadas y sin orden. Repito que todo cuanto queda dicho, así como muchos otros hechos que en honor a la brevedad omitimos, ha sido cuidadosamente observado. 

Hablaremos no obstante, de sus bodas, de aquella hora de amor y de voluptuosidad tan intensa, en la que se ven bandadas de hormigas aladas, amantes y amadas, remontarse al aire en las cálidas tardes de otoño y precipitarse a través de la atmósfera electrizada, como una invasión fantástica, ebrias, desatinadas, pareciendo presas de furia, llevadas, estremecidas, sobre los paisajes aéreos, elevándose siempre, persiguiéndose incesantemente bajo los rayos de púrpura y de oro del sol poniente, buscando en las alturas algún sitio de apoyo que les permita satisfacer su pasión siempre creciente; acercándose a la techumbre de las torres, de los campanarios, tomando al inofensivo paseante por instrumento y por cómplice1, y rodando en tal vértigo que la misma tarde, calmada la pasión, termina el idilio en el agotamiento y en la muerte. Los amantes, de unos doce días de edad solamente, exhalan el último suspiro, y el sol del siguiente día no alumbra más que cadáveres, que los pájaros se cuidan de desembarazar de la tierra. Las amantes se arrancan las alas, y su amor se muere con el día. Las hormigas muertas las rodean, acaban la dislocación de las alas, las cuidan, las nutren y esperan los preciosos frutos de hora de demencia, que son los huevos, porvenir de la comunidad. Esta hora ha bastado, en efecto, para fecundar a la virgen alada, que convertida en madre y desprovista de sus alas va a vivir en el hormiguero, sin cesar de poner. 

Según se ve, se trata de un mundo extraordinario y digno de la atención del observador; mundo indudablemente distinto al nuestro, en el cual el análisis revela procedimientos intelectuales que no serían admitidos si no hubiesen sido escrupulosamente estudiados. He aquí un pequeño ser que piensa. No nos apartemos de este hecho. Un cerebro de hormiga piensa y contiene todo un mundo de impresiones, de ideas, de juicios, de razonamientos. Es cuanto he querido someter hoy a la reflexión de los hombres que también piensan. He tenido la curiosidad de saber cuánto pesa un cerebro de ésta naturaleza. A este objeto he pesado hormigas neutras de diversas especies, por grupos de cien, deduciendo, entre otros resultados, que la hormiga rubia, la más extendida en nuestras regiones, pesa quince centímetros por cada centenar. Una hormiga pesa, pues, un milígramo y medio. 

El mismo procedimiento me ha dado, para el peso de la cabeza, un tercio aproximadamente del peso del cuerpo, o sea 0´5 milígramos habiendo demostrado la disección que el sistema nervioso cerebral de este insecto equivale casi a la tercera parte del peso de la cabeza, esto es a 0´16 milígramos. Resulta, pues, que el cerebro de la hormiga pesa una décima parte del cuerpo, o sea unos 16 céntimos de milígramo. Se necesitan seis, por tanto, para hacer un milígramo, ¡seis mil para un gramo! En este grano minúsculo es donde se forman y se agitan todas estas combinaciones, donde nacen todas estas ideas. ¿Es esto la vida, es esto el pensamiento?... De hecho, este pequeño cerebro iguala, en grandeza, a toda la Vía láctea, a toda esta inmensidad que la luz, a razón de 300,000 kilómetros por segundo, emplea quizá veinte mil años en atravesar. 

Camilo Flammarión
______________________________________ 


1 Precisamente en la semana en que escribía este estudio, en Juvisy, estaba enferma una persona del Observatorio y había recibido la visita de una hermana de caridad de un convento vecino. Acompañaba, en su salida, a esta hermana, cuando al pasar por una avenida su blanca toca se vio invadida por un enjambre de hormigas aladas que se entregaban a sus pasiones sin el menor respeto al hábito monástico.

EL SITIO DE LA VIDA



Texto precedente (presione el enlace): ¿Que es la Vida?

Acabamos de ver que las langostas, decapitadas, vaciadas y rellenas después, continúan viviendo durante días y semanas enteras en medio de las más singulares condiciones de existencia.
Dada la diferencia fisiológica que separa los vertebrados de los invertebrados y los mamíferos de los insectos, seguramente que ninguno de estos experimentos tiene relación con los decapitados humanos, a propósito de los cuales se han contado, por otra parte, multitud de contradictorias historias. Pero he aquí que un sabio fisiólogo, el doctor Petitgand, de Gray, que se ha encontrado en muchas circunstancias especiales para el examen inmediato de la cabeza de un decapitado, acaba de publicar en la Revue Scientifique el relato de una observación de la cual se deduciría que la cabeza de un hombre aun puede vivir y pensar durante algunos segundos (muchas eternidades en tal situación), durante quince o veinte segundos, después de haber sido separada del cuerpo. Se trata de una ejecución realizada en Saigón, en 1875, en presencia del observador.

El lugar destinado para la ejecución era la llanura de las Tumbas, vasto terreno arenoso donde está enclavado el cementerio de los annamitas1 y de los chinos. Habían de ser decapitados cuatro piratas annamitas cogidos con las armas en la mano. El jefe de la banda, hombre joven, nervioso, vivo, de desarrollada musculatura, bravo sin fanfarronería de una gran firmeza de ánimo hasta el último momento, había atraído toda la atención del doctor, el cual estaba dispuesto a observarle solamente a él y con todo el interés. Sabemos cómo se realizan las ejecuciones capitales en el Extremo Oriente. Con las manos atadas a la espalda, el paciente se arrodilla ante una estaca sólidamente fijada en el suelo a la cual queda atado, mientras dobla cuanto le es posible la cabeza y el tronco, a cuyo efecto si es preciso (que no lo fue en el caso presente) un ayudante del verdugo coge los largos cabellos del condenado, manteniendo así la flexión de la columna vertebral. Entonces el verdugo señala en el cuello con jugo de betel la línea escogida para la operación, y manteniendo con las dos manos a unos treinta centímetros de la víctima, un sable largo y afilado, a una señal dada lo descarga rápidamente atrayendo hacia si su arma imprimiéndola un rasgo de movimiento de sierra y dejando generalmente, separada de un golpe la cabeza del tronco.

Esta forma de degollar no está exenta de inconvenientes. Está demás decir cuan necesario es un gran acierto por parte del ejecutor, y hasta podríamos añadir la sublime abnegación del condenado. Fácilmente pueden suponerse las deplorables escenas que han de producirse cuando falta una de estas dos condiciones, máxime teniendo en cuenta que el arma empleada puede penetrar muy fácilmente en las partes blandas, pero que es impotente para dividir los huesos. He aquí ahora las observaciones realizadas por M. Petitgand en las condiciones excepcionalmente favorables en que el azar le había colocado: «Sin perder ni un solo momento de vista al condenado que me había propuesto observar, prescindiendo hasta de sus otros compañeros, cambiaba algunas palabras en alta voz sobre dicho sujeto con el oficial encargado de proceder a la ejecución, cuando observé que por su parte, el paciente me examinaba con la atención más viva. Terminados los preparativos me coloqué a dos metros de él; estaba arrodillado y antes de bajar la cabeza aun cambió conmigo una rápida mirada. »La cabeza cayó a 1´20 m. del sitio donde yo me hallaba sin rodar, según ordinariamente ocurre. Habiéndose aplicado al momento la sección del corte a la arena, la hemorragia resultó accidentalmente reducida a su más mínima parte. »En aquel momento quedé horrorizado de ver los ojos del ajusticiado fijado expresivamente sobre los míos.

No atreviéndome a creer en una manifestación consciente, describí con viveza un cuarto de círculo alrededor de la cabeza colocada a mis pies, pudiendo convencerme de que los ojos me seguían durante este movimiento. Me coloqué de nuevo en mi posición anterior, y aunque de un modo más lento esta vez, los ojos continuaron siguiéndome durante un momento todavía. Después me abandonaron súbitamente. En aquel instante la cara reflejaba la penosa angustia de una persona en estado de asfixia aguda. La boca se abrió violentamente, como último intento de proporcionarse aire respirable, y la cabeza, perdiendo su equilibrio rodó de costado. »Aquella contracción, de los músculos maxilares fue la última manifestación de la vida. Desde el momento de la decapitación, habían transcurrido de 15 a 20 segundos.

 »De estos hechos creí deber deducir que la cabeza, aun separada del tronco, se halla en posesión de todas sus facultades mientras la hemorragia no exceda de determinados límites, y mientras la proporción de oxigeno disuelto en la sangre sea suficiente para mantener la función nerviosa, es decir, durante muy cortos momentos, que apenas podrán exceder de medio minuto. Durante este tiempo el ajusticiado ha podido levantar los ojos hacia mí, seguir mis movimientos alrededor de su cabeza y, si se quiere admitir que no he sido juguete de mi imaginación, reconocer la persona que había despertado su curiosidad algunos instantes antes de llevarse a cabo el sacrificio.»

Si estas conclusiones fuesen aceptadas, añadiríamos, con el autor de las líneas transcritas; que pudiendo subsistir la conciencia del ajusticiado algún tiempo después del suplicio, sería preciso reconocer que la decapitación puede convertirse, en determinados casos, en acción completamente bárbara. No obstante, en la mayor parte de estos casos los temores son quiméricos. Es casi imposible, en efecto, que la columna vertebral, alcanzada oblicuamente por el corte de la guillotina, no reciba un choque bastante para suspender en el acto las funciones cerebrales. Para que semejantes temores fuesen fundados, sería preciso el concurso de dos circunstancias verdaderamente excepcionales; la de que el corte fuese hecho en un espacio invertebrado, sin que la substancia ósea pudiera resultar afectada, o que la caída de la cabeza se verificase en forma tal que viniese a dar todo el corte sobre la capa de salvado o de aserrín que debe recibir los restos del ajusticiado.

El salvado o el aserrín pueden jugar, hasta cierto punto, el papel de substancias absorbentes o hemostáticas retardando algunos momentos la hemorragia y, por tanto, la pérdida de la conciencia. Habría motivo, pues como caso de humanidad, de renunciar al empleo de estas substancias. Respecto al cuerpo del ajusticiado, apenas se halla desprendida la cabeza (no debe olvidarse que el cuerpo no puede caer, sujeto como se halla a un poste plantado detrás) cuando este cuerpo sin cabeza se levanta bruscamente para tomar la posición vertical; al propio tiempo brotan verdaderas columnas de sangre arterial alcanzando a veces un metro y hasta más; siendo el levantamiento del tronco y la afluencia de la sangre simultáneos, puede admitirse una relación de causa a efecto entre estos dos fenómenos.
De hecho, a cada nueva sístole manifestada por la proyección de una columna sanguínea, el tronco tiende a levantarse para doblarse inmediatamente. Pronto los borbotones de la sangre no se elevan más que a algunos centímetros y los movimientos del tronco se reducen a simples oscilaciones.

Después de doce a quince sístoles (contracciones), toda la sangre ha sido evacuada y el cuerpo permanece inmóvil y como suspendido de la estaca que le impide extenderse sobre el suelo.
He aquí una observación de la mayor importancia, pues constituye uno de los documentos más precisos obtenidos hasta hoy por la ciencia en relación con los fenómenos de la conciencia del individuo después de la decapitación. Posteriormente M. Laborde, de Paris, ha hecho, sobre la cabeza del asesino Campi, experimentos totalmente distintos de la observación anterior, en efecto, pero que quizá hubiesen conducido a conclusiones análogas a haberse realizado inmediatamente después de la ejecución. El cumplimiento de la fórmula que exige la conducción del cuerpo del ajusticiado hasta la puerta del cementerio antes de entregarlo al experimentador había retardado la operación una hora y veinte minutos. Sin embargo, es la vez que ha podido hacerse con mayor rapidez después de la ejecución. Caliente aún el cuerpo y colocado en su ataúd, fue conducido a la sala de autopsia previamente elevada la temperatura y cubierto el aposento con paños de lana para mejor poder conservar el calor. La cabeza, más enfriada como siempre, fue colocada cerca del calorífero.

Después empezaron inmediatamente y con toda diligencia las investigaciones por los señores Laborde, y Gley. A la extremidad cardíaca de la arteria carótida de un perro vigoroso había sido previamente introducida una cánula de recíproca embocadura, la cual permitía comprobar en todo momento el curso de la sangre. Una cánula semejante fue introducida y sólidamente sujetada en la carótida derecha del ajusticiado. La arteria se prestaba al caso en la amplia llaga del cuello. Esta llaga separaba en dos la laringe inmediatamente debajo de las cuerdas vocales interiores. La segunda cánula había sido unida a la del perro por medio de un tubo de caucho de pequeña longitud a fin de reducir en lo posible el recorrido de la sangre, y de un diámetro aproximado al de una arteria carótida ordinaria. Así dispuesto todo y estando la cabeza mantenida derecha sobre una mesa, ligeramente inclinada hacia la izquierda, por efecto de la comunicación establecida con el animal que iba a proporcionar su sangre, abierta la arteria del perro, el rojo líquido entró libremente en el tubo intermediario, pudiéndose percibir las pulsaciones isócronas (rítmica) con las pulsaciones arteriales y cardíacas del animal. Apenas transcurrido un minuto, se vio que la piel del rostro, que antes tenía el aspecto y el color lívido del cadáver, se coloreaba rápidamente y con creciente intensidad.

La frente y los carrillos se enrojecían, particularmente del lado derecho (por donde llegaba la sangre); los labios adquirían el color de púrpura, y los ojos, que se hallaban medio abiertos, se fueron cerrando por un lento y progresivo movimiento de descenso que parecía resultado de una activa contracción muscular. Sobre diversas partes del rostro se manifestaron ligeras contracciones, particularmente a ambos lados de la boca, dando lugar a ligeros estremecimientos de la piel. La excitabilidad muscular había aumentado considerablemente a través de la piel desde el principio de la irrigación sanguínea, pues con una corriente mínima cuyos efectos no habrían sido casi perceptibles antes del experimento, se obtuvieron después vivas contracciones en todas las regiones del rostro y particularmente cerca de la boca. Abriendo la boca era fácil ver que la lengua, las encías y toda la mucosa bucal estaban perfectamente inyectadas. Los experimentadores intentaron obrar sobre los ojos y sobre las orejas, sin obtener, entonces, ningún síntoma de sensibilidad.

Hicieron un orificio en la frente para observar el cerebro, que permaneció igualmente insensible, de igual suerte que estaba sorda la oreja. El cerebro no tocaba al cráneo, según lo había previsto el doctor Luys al darse cuenta de que colgando la cabeza del ajusticiado, se la veía obedecer a la atracción de la pesantez. El experimentador atribuye el fracaso relativo, respecto a la investigación sobre la sensibilidad cerebral, al tiempo transcurrido entre la decapitación y los experimentos.
Los pulmones mantenían su elasticidad, su facultad de respirar artificialmente, durante ocho días.
El corazón había vuelto sobre sí mismo en el momento del suplicio en una contracción de tal persistente violencia que la superficie estaba crispada, arrugada, sin conservar ni una sola gota de sangre. Ni apretándolo fuertemente se desprendía nada. Así la sensibilidad puede persistir después del suplicio. El problema no está resuelto, indudablemente. Estos experimentos deben ser muy desagradables; ¿pero no encierran el más alto interés?

Camilo Flammarión

 1 Habitantes del Sur de Vietnam, correspondiente al Annam septentrional. (nota del digitalizador)