El bien y el mal son consecuencias del uso que las personas hacen
de su libre albedrío.
Existen personas y organizaciones humanas
orientadas al bien y otras al mal.
Siendo que en el universo todo
se rige por leyes sabias y justas destinadas al progreso y felicidad, y
siendo el mal contrario a esto último, la lógica nos lleva a la conclusión
de que el mal no es creación de Dios, sino de los hombres. El mal no
tiene existencia propia, sino como resultado de la acción humana en
el uso de su libertad.
El bien es la manifestación de la ley del amor, el mal es la trasmutación
de la vibración positiva en negativa, cuando la persona, desoyendo
la voz de su conciencia se deja dominar por una pasión que lo
obceca o por el egoísmo que turba la razón. Otros en su ambición de
poder y autoridad, sacrifican su propia conciencia y dignidad, prestándose
a abusos de poder y creando con ello destinos futuros de dolor.
Mentalidades miopes que sólo buscan la posesión de bienes
materiales a cualquier precio, y que sin darse cuenta, van creando en
su psiquismo una desarmonía vibratoria que les arrastrará a la frustración.
Los primeros síntomas son el tedio, el hastío y el aburrimiento,
intentando disiparlos hasta caer en la ansiedad y desesperación.
La
riqueza material, por sí sola, no genera felicidad.
Aquellos cegados por una pasión que hacen sufrir a sus semejantes
están creando las fuerzas que actuarán contra ellos en un futuro , pasando por el sufrimiento y el dolor. Los que pisotean la dignidad
de los débiles, serán pisoteados; los que engañan y perjudican a otros
por beneficio económico, se engañan y perjudican a sí mismos.
La práctica del mal es el mayor error que pueda cometer un ser
humano; una vez en este camino se desciende rápidamente hacia el
vicio y el crimen. Y ¿porqué las gentes practican el mal? Sencillamente
por ignorancia, por desconocer sus consecuencias; todo el mundo
debería comprender que toda acción de mal recae sobre el mismo que
la hace.
Nada puede apartarnos del camino del bien si nos determinamos
firmemente a transitar por él.
Las fuerzas del mal pueden presionarnos
incidiendo en nuestras debilidades; pero si recurrimos a nuestro
poder interno y lo ponemos en acción, somos invencibles, haciendo
el uso correcto del libre albedrío. Dependiendo de cómo usemos este
último atraeremos hacia nosotros felicidad o desdicha.
En las primeras fases de la evolución, el espíritu ignorante se ve
arrastrado por el egoísmo y cae en el mal; pero al cabo de varias vidas
de error el espíritu va despertando y desarrollando sus facultades,
aprendiendo mediante el dolor que el mal no debe practicarse, siendo
que en cada encarnación viene determinado a corregirse y vencer las
tendencias que le arrastran al mal.
Mediante la “voz de la conciencia” el espíritu manifiesta sus intenciones
más nobles, pero muchos espíritus bien intencionados sucumben
de nuevo al no sobreponerse a las atracciones del medio ambiente
y las circunstancias.
La práctica del bien, hecho con amor y sin esperar retribución
alguna, es el camino más seguro para nuestra redención; permitiéndonos
el rescate voluntario de nuestros hechos delictivos del pasado,
y abreviando años de sufrimiento al entregarnos a la tarea del rescate
mediante el servicio fraterno a nuestros semejantes.
Todos somos deudores ante la ley por errores voluntarios del
pasado, y la práctica del bien es nuestra puerta de salvación. Hay muchos
que actúan en el mal obsesionados y presionados por las fuerzas negativas o seres del mal desencarnados.
Mediante el libre albedrío, Dios concede al hombre la facultad
de tomar sus propias decisiones y realizarlas, de forma que sea el
propio ser, el forjador de su destino. Pero con ello adquirimos la responsabilidad
del uso que hagamos, pudiendo escoger entre el bien y
el mal, y siendo responsables de sus resultados.
El que camina por el
bien percibe paz y armonía, que le facilita la vida y le ayuda a superar
las vicisitudes adversas, con lo que asciende y se engrandece. Pero si
se practica el mal, se desarmoniza su vida y desciende a los abismos
de la desesperación y el dolor, retardando su ascenso espiritual.
El libre albedrío está limitado en base al grado de evolución alcanzado
por el ser; por ello la responsabilidad es progresiva. Así pues
el mal no tiene existencia propia sino como acción del hombre ignorante
que se desvía del camino del bien. El bien es la ley, el mal la
oposición a la ley.
El bien practicado protege de las influencias de las
fuerzas negativas, y va generando las condiciones creadoras de la felicidad
en el ser humano.
El dolor no es un castigo divino, sino la consecuencia de nuestras
acciones equivocadas; es la reacción de las energías psíquicas, físicas
y biológicas desequilibradas por nosotros mismos con las actuaciones
contrarias a las leyes de la vida.
El dolor y el sufrimiento pueden ser psíquico, físico y espiritual.
Es físico cuando se refleja en el cuerpo humano como dolencias o enfermedades
derivadas de excesos, vicios o estados afectivos desarmónicos.
Es psíquico cuando, como resultado de tensiones emocionales,
sentimientos inferiores, actitudes mentales desacertadas y
deseos de baja naturaleza, se convierten en estados anormales como
las neurosis, psicosis, así como psicopatías de diversos grados. Y es
espiritual cuando nuestra propia conciencia nos acusa, resultado de la
debilidad del espíritu ante el egoísmo, la ambición, el rencor, la concupiscencia,
etc.
El dolor es pues una llamada de atención a la ley violada, a fin
de que se pueda atender la amenaza de salud física, psíquica o espiritual.
Cuando se desatiende esta llamada, el dolor se intensifica. Las leyes que rigen la vida del espíritu son perfectas, pero el hombre en su
egoísmo o dominado por las pasiones y búsqueda de placeres ha ido
adquiriendo hábitos contrarios a esas leyes, y como consecuencia se
reciben la reacción de las mismas en forma de dolencias, enfermedades
y trastornos psíquicos.
El hombre no se preocupó del mal que ocasionaba a los demás
ni en el que se hace a sí mismo al intentar satisfacer sus ambiciones y
placeres transformándose en vicios que le dominaron y debilitaron su
cuerpo y su alma. Toda acción que se realiza crea una vibración que
queda unida al hombre, y aquel que cae en el egoísmo, las falsedades
y hace sufrir a sus semejantes la ley le devuelve, tarde o temprano el
dolor que haya ocasionado, para que aprenda a vivir en la ley del amor.
Si es por negligencia que causamos dolor a otros, la ley de consecuencias
nos traerá condiciones semejantes posteriormente; sin
que en ello haya castigo divino sino devolución del mal realizado por
violar la ley. La idea de castigo de Dios es incongruente con el concepto
de un Dios infinitamente bueno; así pues, las desventuras humanas
son consecuencias de nuestras acciones del pasado, la cosecha
de la siembra realizada. Los dolores humanos son consecuencia de
los errores humanos.
Por ello, el amor divino nos ofrece tantas vidas
humanas como necesitemos para reparar el daño causado.
Nadie tiene poder para perdonar las faltas de otro.
La ley es: a
cada cual según sus obras. Quien hace daño recibe daño, a menos
que repare el daño causado. Toda trasgresión a las leyes divinas oscurece
y densifica el alma; y sólo a través del dolor o la práctica del bien,
el alma se sutiliza y aclara, purificándose.
¿Porqué afirmamos esto?
Porque cuando practicamos el bien,
con amor, vibramos en esa sintonía y nos unimos vibratoriamente a
esa fuerza cósmica purificadora: La ley del Amor, que actúa en armonía
con la ley de consecuencias.
La ley del Amor es tan poderosa que
puede modificar el efecto, la consecuencia de la trasgresión, sin desvirtuar
la ley.
Observando el dolor desde otro ángulo, podemos afirmar que
posee otras funciones benéficas, ablandando la dureza del alma en personas soberbias y orgullosas. Todos se resisten a aceptar el dolor
por desconocimiento de su acción depuradora sobre el alma. La acción
del dolor depura el magnetismo mórbido generado por los apetitos
groseros, los vicios, los sentimientos y acciones de mal realizadas
por egoísmo, orgullo, etc.
Otro aspecto a considerar es evitar el lamento de nuestras dolencias,
ya que este aumenta la sensación de dolencia y no ayuda, haciendo
que nos parezcan mayores e insuperables. Tampoco hemos de
dar cabida jamás a la rebeldía ante el dolor; teniendo en cuenta que
nadie pasa por vicisitudes que por ley no le correspondan; y que nadie
carece de los medios y fuerzas internas para superarlas.
Cuando comprendemos que el objeto de las vidas humanas es el
progreso del espíritu; nos damos cuenta de que para dominar el orgullo
y la soberbia, las vicisitudes de la vida son necesarias para adquirir
las experiencias que debemos aprovechar para ese progreso que nos
liberará del dolor.
Sebastián de Arauco
Sebastián de Arauco

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