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Acabamos de ver que las langostas, decapitadas, vaciadas y rellenas después, continúan viviendo durante días y semanas enteras en medio de las más singulares condiciones de existencia.
Dada la diferencia fisiológica que separa los vertebrados de los invertebrados y los mamíferos de los insectos, seguramente que ninguno de estos experimentos tiene relación con los decapitados humanos, a propósito de los cuales se han contado, por otra parte, multitud de contradictorias historias. Pero he aquí que un sabio fisiólogo, el doctor Petitgand, de Gray, que se ha encontrado en muchas circunstancias especiales para el examen inmediato de la cabeza de un decapitado, acaba de publicar en la Revue Scientifique el relato de una observación de la cual se deduciría que la cabeza de un hombre aun puede vivir y pensar durante algunos segundos (muchas eternidades en tal situación), durante quince o veinte segundos, después de haber sido separada del cuerpo. Se trata de una ejecución realizada en Saigón, en 1875, en presencia del observador.
El lugar destinado para la ejecución era la llanura de las Tumbas, vasto terreno arenoso donde está enclavado el cementerio de los annamitas1 y de los chinos. Habían de ser decapitados cuatro piratas annamitas cogidos con las armas en la mano. El jefe de la banda, hombre joven, nervioso, vivo, de desarrollada musculatura, bravo sin fanfarronería de una gran firmeza de ánimo hasta el último momento, había atraído toda la atención del doctor, el cual estaba dispuesto a observarle solamente a él y con todo el interés. Sabemos cómo se realizan las ejecuciones capitales en el Extremo Oriente.
Con las manos atadas a la espalda, el paciente se arrodilla ante una estaca sólidamente fijada en el suelo a la cual queda atado, mientras dobla cuanto le es posible la cabeza y el tronco, a cuyo efecto si es preciso (que no lo fue en el caso presente) un ayudante del verdugo coge los largos cabellos del condenado, manteniendo así la flexión de la columna vertebral. Entonces el verdugo señala en el cuello con jugo de betel la línea escogida para la operación, y manteniendo con las dos manos a unos treinta centímetros de la víctima, un sable largo y afilado, a una señal dada lo descarga rápidamente atrayendo hacia si su arma imprimiéndola un rasgo de movimiento de sierra y dejando generalmente, separada de un golpe la cabeza del tronco.
Esta forma de degollar no está exenta de inconvenientes. Está demás decir cuan necesario es un gran acierto por parte del ejecutor, y hasta podríamos añadir la sublime abnegación del condenado. Fácilmente pueden suponerse las deplorables escenas que han de producirse cuando falta una de estas dos condiciones, máxime teniendo en cuenta que el arma empleada puede penetrar muy fácilmente en las partes blandas, pero que es impotente para dividir los huesos. He aquí ahora las observaciones realizadas por M. Petitgand en las condiciones excepcionalmente favorables en que el azar le había colocado: «Sin perder ni un solo momento de vista al condenado que me había propuesto observar, prescindiendo hasta de sus otros compañeros, cambiaba algunas palabras en alta voz sobre dicho sujeto con el oficial encargado de proceder a la ejecución, cuando observé que por su parte, el paciente me examinaba con la atención más viva. Terminados los preparativos me coloqué a dos metros de él; estaba arrodillado y antes de bajar la cabeza aun cambió conmigo una rápida mirada. »La cabeza cayó a 1´20 m. del sitio donde yo me hallaba sin rodar, según ordinariamente ocurre. Habiéndose aplicado al momento la sección del corte a la arena, la hemorragia resultó accidentalmente reducida a su más mínima parte. »En aquel momento quedé horrorizado de ver los ojos del ajusticiado fijado expresivamente sobre los míos.
No atreviéndome a creer en una manifestación consciente, describí con viveza un cuarto de círculo alrededor de la cabeza colocada a mis pies, pudiendo convencerme de que los ojos me seguían durante este movimiento. Me coloqué de nuevo en mi posición anterior, y aunque de un modo más lento esta vez, los ojos continuaron siguiéndome durante un momento todavía. Después me abandonaron súbitamente. En aquel instante la cara reflejaba la penosa angustia de una persona en estado de asfixia aguda. La boca se abrió violentamente, como último intento de proporcionarse aire respirable, y la cabeza, perdiendo su equilibrio rodó de costado. »Aquella contracción, de los músculos maxilares fue la última manifestación de la vida. Desde el momento de la decapitación, habían transcurrido de 15 a 20 segundos.
»De estos hechos creí deber deducir que la cabeza, aun separada del tronco, se halla en posesión de todas sus facultades mientras la hemorragia no exceda de determinados límites, y mientras la proporción de oxigeno disuelto en la sangre sea suficiente para mantener la función nerviosa, es decir, durante muy cortos momentos, que apenas podrán exceder de medio minuto. Durante este tiempo el ajusticiado ha podido levantar los ojos hacia mí, seguir mis movimientos alrededor de su cabeza y, si se quiere admitir que no he sido juguete de mi imaginación, reconocer la persona que había despertado su curiosidad algunos instantes antes de llevarse a cabo el sacrificio.»
Si estas conclusiones fuesen aceptadas, añadiríamos, con el autor de las líneas transcritas; que pudiendo subsistir la conciencia del ajusticiado algún tiempo después del suplicio, sería preciso reconocer que la decapitación puede convertirse, en determinados casos, en acción completamente bárbara. No obstante, en la mayor parte de estos casos los temores son quiméricos. Es casi imposible, en efecto, que la columna vertebral, alcanzada oblicuamente por el corte de la guillotina, no reciba un choque bastante para suspender en el acto las funciones cerebrales. Para que semejantes temores fuesen fundados, sería preciso el concurso de dos circunstancias verdaderamente excepcionales; la de que el corte fuese hecho en un espacio invertebrado, sin que la substancia ósea pudiera resultar afectada, o que la caída de la cabeza se verificase en forma tal que viniese a dar todo el corte sobre la capa de salvado o de aserrín que debe recibir los restos del ajusticiado.
El salvado o el aserrín pueden jugar, hasta cierto punto, el papel de substancias absorbentes o hemostáticas retardando algunos momentos la hemorragia y, por tanto, la pérdida de la conciencia. Habría motivo, pues como caso de humanidad, de renunciar al empleo de estas substancias.
Respecto al cuerpo del ajusticiado, apenas se halla desprendida la cabeza (no debe olvidarse que el cuerpo no puede caer, sujeto como se halla a un poste plantado detrás) cuando este cuerpo sin cabeza se levanta bruscamente para tomar la posición vertical; al propio tiempo brotan verdaderas columnas de sangre arterial alcanzando a veces un metro y hasta más; siendo el levantamiento del tronco y la afluencia de la sangre simultáneos, puede admitirse una relación de causa a efecto entre estos dos fenómenos.
De hecho, a cada nueva sístole manifestada por la proyección de una columna sanguínea, el tronco tiende a levantarse para doblarse inmediatamente. Pronto los borbotones de la sangre no se elevan más que a algunos centímetros y los movimientos del tronco se reducen a simples oscilaciones.
Después de doce a quince sístoles (contracciones), toda la sangre ha sido evacuada y el cuerpo permanece inmóvil y como suspendido de la estaca que le impide extenderse sobre el suelo.
He aquí una observación de la mayor importancia, pues constituye uno de los documentos más precisos obtenidos hasta hoy por la ciencia en relación con los fenómenos de la conciencia del individuo después de la decapitación. Posteriormente M. Laborde, de Paris, ha hecho, sobre la cabeza del asesino Campi, experimentos totalmente distintos de la observación anterior, en efecto, pero que quizá hubiesen conducido a conclusiones análogas a haberse realizado inmediatamente después de la ejecución. El cumplimiento de la fórmula que exige la conducción del cuerpo del ajusticiado hasta la puerta del cementerio antes de entregarlo al experimentador había retardado la operación una hora y veinte minutos. Sin embargo, es la vez que ha podido hacerse con mayor rapidez después de la ejecución. Caliente aún el cuerpo y colocado en su ataúd, fue conducido a la sala de autopsia previamente elevada la temperatura y cubierto el aposento con paños de lana para mejor poder conservar el calor. La cabeza, más enfriada como siempre, fue colocada cerca del calorífero.
Después empezaron inmediatamente y con toda diligencia las investigaciones por los señores Laborde, y Gley. A la extremidad cardíaca de la arteria carótida de un perro vigoroso había sido previamente introducida una cánula de recíproca embocadura, la cual permitía comprobar en todo momento el curso de la sangre. Una cánula semejante fue introducida y sólidamente sujetada en la carótida derecha del ajusticiado. La arteria se prestaba al caso en la amplia llaga del cuello. Esta llaga separaba en dos la laringe inmediatamente debajo de las cuerdas vocales interiores. La segunda cánula había sido unida a la del perro por medio de un tubo de caucho de pequeña longitud a fin de reducir en lo posible el recorrido de la sangre, y de un diámetro aproximado al de una arteria carótida ordinaria. Así dispuesto todo y estando la cabeza mantenida derecha sobre una mesa, ligeramente inclinada hacia la izquierda, por efecto de la comunicación establecida con el animal que iba a proporcionar su sangre, abierta la arteria del perro, el rojo líquido entró libremente en el tubo intermediario, pudiéndose percibir las pulsaciones isócronas (rítmica) con las pulsaciones arteriales y cardíacas del animal.
Apenas transcurrido un minuto, se vio que la piel del rostro, que antes tenía el aspecto y el color lívido del cadáver, se coloreaba rápidamente y con creciente intensidad.
La frente y los carrillos se enrojecían, particularmente del lado derecho (por donde llegaba la sangre); los labios adquirían el color de púrpura, y los ojos, que se hallaban medio abiertos, se fueron cerrando por un lento y progresivo movimiento de descenso que parecía resultado de una activa contracción muscular. Sobre diversas partes del rostro se manifestaron ligeras contracciones, particularmente a ambos lados de la boca, dando lugar a ligeros estremecimientos de la piel. La excitabilidad muscular había aumentado considerablemente a través de la piel desde el principio de la irrigación sanguínea, pues con una corriente mínima cuyos efectos no habrían sido casi perceptibles antes del experimento, se obtuvieron después vivas contracciones en todas las regiones del rostro y particularmente cerca de la boca. Abriendo la boca era fácil ver que la lengua, las encías y toda la mucosa bucal estaban perfectamente inyectadas. Los experimentadores intentaron obrar sobre los ojos y sobre las orejas, sin obtener, entonces, ningún síntoma de sensibilidad.
Hicieron un orificio en la frente para observar el cerebro, que permaneció igualmente insensible, de igual suerte que estaba sorda la oreja. El cerebro no tocaba al cráneo, según lo había previsto el doctor Luys al darse cuenta de que colgando la cabeza del ajusticiado, se la veía obedecer a la atracción de la pesantez. El experimentador atribuye el fracaso relativo, respecto a la investigación sobre la sensibilidad cerebral, al tiempo transcurrido entre la decapitación y los experimentos.
Los pulmones mantenían su elasticidad, su facultad de respirar artificialmente, durante ocho días.
El corazón había vuelto sobre sí mismo en el momento del suplicio en una contracción de tal persistente violencia que la superficie estaba crispada, arrugada, sin conservar ni una sola gota de sangre. Ni apretándolo fuertemente se desprendía nada. Así la sensibilidad puede persistir después del suplicio. El problema no está resuelto, indudablemente. Estos experimentos deben ser muy desagradables; ¿pero no encierran el más alto interés?
Camilo Flammarión
1 Habitantes del Sur de Vietnam, correspondiente al Annam septentrional. (nota del digitalizador)

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