jueves, 26 de marzo de 2020

Orígenes de la vida - LAS PLANTAS

Durante los días de vacaciones, de caza, de pesca, o de agitación electoral (todo esto tiene algo de parecido), la contemplación de la naturaleza nos atrae con mucha más intensidad y con mayores encantos que otro pasatiempo u ocupación. Anteriormente hemos entablado relación con la sociedad de las hormigas, que tantos rasgos de semejanza ofrece con la nuestra. Ahora vamos a detenernos sencillamente ante la débil brizna de hierba, ante el mundo demasiado desconocido que representa, ante el mundo de las plantas. Había visto a un zángano precipitarse con tal embriaguez sobre la profunda corola de una flor roja, que me sugirió la idea de examinar con el mayor interés dicha corola, sus estambres y sus pistilos… Más, procedamos por orden. Todos hemos podido observar, en el centro de la corola de un gran número de flores, la existencia de un filamento, hinchado en su parte inferior. Es el pistilo, u órgano hembra. La hinchazón inferior es el ovario, conteniendo los óvulos.

El término del pistilo se llama el estigmato. Alrededor de este pistilo o cuerpo central se observa los estambres u órganos machos, en número de cinco o más, pues es variable, de igual suerte que el mismo pistilo, que puede ser único o múltiple, según las especies de las plantas. Estos estambres se hallan formados por un soporte en forma de pequeña columna, que termina con una hinchazón denominada antera. Esta es la parte esencial del órgano; la que contiene el polen o polvo fecundante. Para que se realice la fecundación, es preciso que el polen llegue a tocar los óvulos. Los óvulos no rozados por esta substancia fecundante permanecen estériles, como si fuesen inertes granos de arena. En el momento de la fecundación, la antera se abre y lanza polen sobre el estigmato hembra. De cada grano de polen sale un tubo muy fino, penetra en el estigmato, atraviesa el pistilo en toda su extensión, va en busca de los óvulos que lo atraen, y por medio de un contacto misterioso los pica, los fecunda. A partir de este momento empieza a formarse el embrión: el óvulo fecundado se convierte en grano y el ovario en fruto. Adiós la flor, adiós sus perfumes, adiós su belleza. Lo bello ha sido substituido por lo verdadero, lo agradable por lo útil.

El objeto de la Durante los días de vacaciones, de caza, de pesca, o de agitación electoral (todo esto tiene algo de parecido), la contemplación de la naturaleza nos atrae con mucha más intensidad y con mayores encantos que otro pasatiempo u ocupación. Anteriormente hemos entablado relación con la sociedad de las hormigas, que tantos rasgos de semejanza ofrece con la nuestra. Ahora vamos a detenernos sencillamente ante la débil brizna de hierba, ante el mundo demasiado desconocido que representa, ante el mundo de las plantas. Había visto a un zángano precipitarse con tal embriaguez sobre la profunda corola de una flor roja, que me sugirió la idea de examinar con el mayor interés dicha corola, sus estambres y sus pistilos… Más, procedamos por orden. Todos hemos podido observar, en el centro de la corola de un gran número de flores, la existencia de un filamento, hinchado en su parte inferior. Es el pistilo, u órgano hembra. La hinchazón inferior es el ovario, conteniendo los óvulos. El término del pistilo se llama el estigmato. Alrededor de este pistilo o cuerpo central se observa los estambres u órganos machos, en número de cinco o más, pues es variable, de igual suerte que el mismo pistilo, que puede ser único o múltiple, según las especies de las plantas. Estos estambres se hallan formados por un soporte en forma de pequeña columna, que termina con una hinchazón denominada antera.

Esta es la parte esencial del órgano; la que contiene el polen o polvo fecundante. Para que se realice la fecundación, es preciso que el polen llegue a tocar los óvulos. Los óvulos no rozados por esta substancia fecundante permanecen estériles, como si fuesen inertes granos de arena. En el momento de la fecundación, la antera se abre y lanza polen sobre el estigmato hembra. De cada grano de polen sale un tubo muy fino, penetra en el estigmato, atraviesa el pistilo en toda su extensión, va en busca de los óvulos que lo atraen, y por medio de un contacto misterioso los pica, los fecunda. A partir de este momento empieza a formarse el embrión: el óvulo fecundado se convierte en grano y el ovario en fruto. Adiós la flor, adiós sus perfumes, adiós su belleza. Lo bello ha sido substituido por lo verdadero, lo agradable por lo útil. El objeto de la mostrándonos que los extremos se tocan y que todo no es más que transacción. Buscad la separación de colores del espectro solar, empleando al efecto un potente prisma; ensanchadle hasta darle diez o doce metros de anchura, y no obstante será imposible de toda imposibilidad el encontrar la zona precisa en que el rojo es substituido por el anaranjado, éste por el amarillo, el amarillo por el verde, etc. Sin embargo, el verde difiere con toda seguridad del rojo, como el violeta del amarillo, o el azul del anaranjado. Los colores son la imagen del parentesco, de todas las especies, vegetales y animales, en la inmensa unidad de la vida terrestre. Desde larga fecha los sexos son separados en los animales, siendo esta separación una causa muy activa de perfeccionamiento y de progreso.

No ocurre lo propio entre las plantas, donde, por el contrario, la separación constituye la excepción. Jamás llegará a operarse en ellas, indudablemente, esta separación, porque las plantas no andan, constituyendo este hecho una causa de inferioridad. El progreso se realiza, no obstante, con preferencia entre las plantas monoicas, dotadas de dos sexos a la vez. El tamaño de la flor se halla en relación con la longitud de los estambres y del pistilo. Siendo el medio más seguro de conseguir la fecundación el que el polen quede colocado encima del órgano hembra, a fin de que cayendo por su propio peso sea recibido por el estigmato, en las flores derechas los estambres son mayores que el pistilo y lo coronan. En otros géneros, por el contrario, cuyas flores cuelgan y se hallan vueltas, el pistilo desciende largamente por debajo de los estambres, y, cuando el polen escapa de la antera cae, naturalmente, sobre el estigmato. En gran número de flores, como la ruda y la Berbería por ejemplo, los estambres se ponen en movimiento al menor contacto. Tan pronto como se las toca, tan pronto como las roza un insecto se inclinan vivamente sobre el estigmato.

Los insectos juegan también un papel muy importante en la fecundación de las flores. Introduciéndose en sus corolas, ponen en actividad los estambres, que, muy sensibles, llegan instintivamente a estar en contacto con el estigmato. Las abejas, los zánganos, las mariposas se impregnan del polen, cuando van en busca de la miel en la corola de las flores y trasladándose a otras flores dejan en ellas este polen, que las fecunda con mucha más rapidez que si lo hubiesen sido sin esta intervención. En las plantas de sexos separados, como el castaño, el cáñamo, la espinaca, el melón, por ejemplo, la fecundación es casi imposible sin ayuda de los insectos o del viento. Es conocida la historia de la palmera hembra que, plantada en Otranto, permaneció estéril hasta la época en que otra palmera macho, plantada en Brindisi, pudo elevar su copa por encima de los árboles vecinos y confiar al viento el precioso polvo fecundante. 

En ciertas ocasiones se han observado plantas de un mismo sexo reproduciéndose ellas mismas; después se ha descubierto que traían, algunas flores del otro sexo. La vallisnerie, planta acuática de todos conocida, quizá la más curiosa entre las de sexo separado. Las flores hembras de dicha planta son conducidas por un largo hilo que las permite llegar hasta la superficie del agua y mostrar sus encantos, flotando en medio de una graciosa indolencia. Las flores machos pasan la vida a sus pies, sin elevarse jamás hasta alcanzarlas. Pero en la época de las nupcias se escapan bruscamente, de los spatos que las contienen y se elevan como pequeños globos hasta el lecho nupcial. Entonces las anteras expenden su polen, y recibiéndolo las flores hembras, quedan fecundadas. Luego, enrollando en espiral los largos tallos que las conducen, dan el adiós al mundo y a la luz y descienden al fondo de las aguas, para madurar el fruto de estos silenciosos amores. Más elevadas aún, en el sentido de la organización se hallan las plantas que movimientos espontáneos o provocados, que poseen, a su manera, nervios y músculos, y que están dotadas de facultades superiores a las de gran número de animales primitivos; tales son entre otras, la sensitiva, la drosera, el cazamoscas, etc.

La más notable y la más estudiada en múltiples funciones es quizá la drosera, tipo singular de las plantas carnívora. Estamos tan acostumbrados a cree, generalmente, que las plantas «viven del aire del tiempo», se contentan con respirar por sus hojas y se nutren de los caldos de la tierra por medio de sus raíces, que quedamos confundidos cuando oímos hablar de una planta que come y que digiere de igual suerte que un animal. Examínese, no obstante, la drosera, que se desarrolla en los estanques de aguas turbias y en las praderas esponjosas, y cuyas hojas, cubiertas de tentáculos, segregan gotas de licor que brillan al sol, lo cual ha motivado que esta planta sea denominada también rocío del sol, ros solis. Cuando un insecto, una mosca, una mariposa viene a posarse sobre una de sus hojas, todos los tentáculos (en número de 130, 150, 200, a veces hasta 300), se bajan lentamente sobre el insecto y lo aprisionan. Aun cuando se coloque al borde de la hoja, no por eso es menos atrapado por los tentáculos y conducido insensiblemente a su centro, donde untado con una secreción viscosa no tarda en morir. Después la planta se lo come literalmente, es decir, lo absorbe y lo digiere en virtud de un jugo gástrico del mismo género que el que funciona en nuestro estómago.

La planta carnívora segrega una fermentación análoga a la pepsina y que realiza las mismas funciones que ella en la digestión. Puede dársele a comer carne cruda, carne asada, fragmentos de huevos duros, cartílagos y hasta huesos. No rechaza casi nada. Este ser es de una potencia digestiva fenomenal. No pueden observarse los actos de la drosera sin creerse ante un animal de organización inferior abrazando la presa con sus brazos, o ante una fiera de nuevo género. Carecemos de espacio para extendernos más sobre estas plantas sensibles. No sería por demás, en efecto, decir algo de las dioneas, que cazan sin piedad las moscas imprudentes que se le colocan un instante encima de ellas y las devoran sin más formación de proceso, de las bilis, la aldrovandias y demás especies análogas. Podríamos observar asimismo que, desde el punto de vista de las facultades mentales, la planta no es tan inerte, tan impersonal como se la supone.

El hambre, la sed, la salud, la enfermedad, las variaciones de fuerza y actividad, la gula, el deseo, el mismo amor, no son sensaciones extrañas a las plantas. Ellas perciben, por lo menos, impresiones rudimentarias. Las plantas superiores han llegado muy tarde sobre la escena del mundo, como los animales superiores, y nada puede impedirnos de pensar que en el porvenir no existirán otras más elevadas aún que las actuales, pues el reino vegetal progresa, como el reino animal y el reino humano. Pero esta investigación nos conduciría un poco lejos. Démonos por satisfechos, pues, de haber estado un momento en relación con estos seres todavía misteriosos, y de haber pasado algunos minutos «entre las plantas».


Cada año, la vuelta de la primavera parece invitar nuestros espíritus a dedicar un instante a la contemplación directa de la naturaleza y particularmente al estudio de estos seres tan misteriosos aún, llamados plantas, sin conocerlos bien todavía. La ciencia penetra lentamente a través del mundo vegetal para adivinar el gran enigma que se esconde aún bajo el transparente velo de las hojas y de las flores. El abismo que parecía separar los dos reinos tiende a desaparecer mediante el progreso de las observaciones independientes. El genio de Descartes, había sido bastante poderoso para hacer admitir que los animales no representaban más que simples autómatas, montados para llenar un número determinado de actos. A mayor abundamiento, algunos sabios se juzgaron con derecho para no considerar a las plantas más que como a seres regidos exclusivamente por las fuerzas naturales. Pero ni la temeridad de los cartesianos, ni las hipótesis de los animistas encuentran hoy acogida en el severo dominio de las ciencias. No pueden asimilarse los fenómenos de la vida vegetal ni a simples procedimientos físico–químicos, ni a una suprema dirección intelectual. Es evidente que éstos están regidos por una fuerza vital que encadena todos los órganos. 

Los vegetales disfrutan de una vida tan activa como muchos animales, y poseen vestigios de sensibilidad y de sociabilidad. Bichat, en su importante obra sobre la vida y la muerte, lo admite así sin la menor vacilación. Numerosos experimentos confirman que evidentemente hay en las plantas vestigios de sensibilidad análoga a la sensibilidad animal. La electricidad las aterra y los narcóticos las paralizan o las matan. Regando las sensitivas con opio, se duermen profundamente. El ácido prúsico envenena las plantas con la misma rapidez que los animales. Abandonemos todas nuestras antiguas ideas acerca de la vida vegetal; observemos directamente los fenómenos, y llegaremos a conclusiones que nos asombrarán a nosotros mismos. Entonces estaremos sorprendidos al reconocer que la energía de los actos biológicos de las plantas excede, a menudo, todo lo que nos representa el reino animal, hecho que sólo ha podido ser desconocido porque hemos tenido el poco acierto de considerar las manifestaciones turbulentas como siendo la suprema expresión del animal movible. 

No hay un solo aficionado que no haya observado el movimiento singular que se opera al menor contacto con las hojas sensitivas. Al choque más ligero, al simple contacto, las hojuelas se doblan sobre el peciolo común, y éste mismo cae sobre el tallo. Si se corta la extremidad de una folióla, las demás se juntan sucesivamente. Sabido es que las hojas de estas plantas son digicias, esto es, que están formadas de hilos dispuestos como los dedos de las manos. Son hojas estrechas y largas, que a la menor sacudida se colocan una sobre otras, cubriéndose en su superficie superior. También se unen a la entrada de la noche o cuando sobreviene un frio bastante intenso que pueda perjudicar a la planta. Mientras el tiempo es cálido y se halla en completa calma, las hojas están enteramente abiertas. Una nube que obscurece el sol, basta para cambiar la situación de las hojas, cuya expresión decrece a medida que disminuye la luz. Aunque cerradas y en estado de sueño durante la noche, descienden más si se las toca. En el nacimiento del pecíolo sobre el tallo y de cada hojuela sobre el pecíolo, se percibe una pequeña glándula, que es la parte más irritable de la planta. Basta tocarla con la punta de un alfiler, para hacer cerrar la hoja. Si la sacudida es viva, todas las hojuelas hacen sucesivamente el mismo movimiento dos a dos, en un orden regular. 

La misma hoja no desciende hasta que todas las hojuelas han descendido ya, como si el miembro principal no quisiera dormirse más que después de haber caído en sopor todos sus apéndices. Entre los vegetales, los que parecen poseer más particularmente caracteres pertenecientes al reino superior, al reino animal, son de fijo las plantas sensitivas, de las que acabamos de hablar; no obstante, en otros, vegetales se observan movimientos de un orden que no son menos dignos de atención . Las hojas de determinadas plantas poseen un movimiento de revolución que se ejecuta siguiendo una curva y describiendo una especie de cono en el aire; las vrillas de la brionia y del colombo cultivado están dotadas de este movimiento perpetuo, cuya duración depende de la temperatura. Estos movimientos son poco aparentes. 

En el mes de julio de 1876, observé, con el mayor interés, una yuca de un metro de altura cuyo tallo, ligeramente inclinado, giraba de acuerdo con el movimiento diurno, pero con menos velocidad que el sol. Este tallo crecía al propio tiempo, a razón de ocho centímetros por día. Yo he seguido la rotación durante quince días en Vaux–sous–Auvigny (Alto Marne). Ignoro si este movimiento en espiral ha sido observado por los botánicos. La planta medía cincuenta y cinco centímetros de elevación el 2 de julio y ciento veintiséis el día 18: el tallo, que se curvaba casi horizontalmente primero, se enderezó paulatinamente y, cuando llegó aponerse vertical, cesó de dar vueltas. Entonces terminó de crecer. He aquí, pues, una planta que crece girando en espiral, siguiendo el movimiento del sol. Determinadas plantas ofrecen movimientos mucho más singulares; la desmodia oscilante, por ejemplo. En esta planta, la hoja se compone de tres partes; una hoja ancha y larga y dos estrechas colocadas al nacimiento de la anterior. Durante toda la vida de la planta, de día y de noche, en la sequía y en la humedad, bajo el sol y en las tinieblas, las hojillas laterales ejecutan sin cesar pequeñas sacudidas muy semejantes a las de la aguja de un reloj de segundos. Una hojuela se eleva y durante el mismo tiempo su hermana gemela desciende en sentido proporcional. 

Cuando aquélla baja, ésta se eleva y así sucesivamente. Estos movimientos son tanto más rápidos cuanto más se hacen sentir el calor y la humedad. En la India se han observado hasta sesenta pequeñas sacudidas regulares por minuto. Se trata, realmente, de un reloj vegetal de un género particular. La hoja grande también ofrece movimientos análogos, pero mucho más lentos. La antigua barrera que separaba los dos reinos se halla fuertemente quebrantada en este momento, por las plantas carnívoras. Quizá atravesando praderas pantanosas se habrá fijado el lector en una planta que tiene alguna apariencia con la violeta, cuyas hojas, redondeadas, colocadas en rosetón, parecen cubiertas constantemente de perlas de rocío que el más ardiente sol no llega a evaporar. De ahí el nombre de Rocío del sol, que se da a este curioso vegetal. Los botánicos lo designan con el de Drosera rotundifolia, de la que hemos hablado recientemente. 

Tratad de tocar estas gotitas tan admirablemente transparentes y pronto habréis de reconocer que no están constituidas por el agua, sino por un líquido viscoso, que se pega a los dedos y que se descompone en hilos como una solución de goma. Cada gotita está sostenida por una especie de pelo de un rojo vivo, terminado por una pequeña esfera. Estos pelos se hallan diseminados sobre la superficie de la hoja y son más largos a medida que se alejan del centro y se van acercando a los bordes. Puede hacerse con esta planta el siguiente experimento: deposítese delicadamente un mosquito encima de la gotita transparente de uno de los pelos del borde de la hoja. El insecto tratará de escapar, pero el líquido pegajoso se opone a los movimientos de sus patas y de sus alas. Durante este tiempo, el pelo al cual la pobre víctima permanece pegado, no está inactivo. Se inclina paulatinamente, dirigiendo su presa hacia el centro de la hoja. Su extremidad llega a tocar los pelos cortos que pueblan esta región los cuales le ayudan desde el primer momento a mantener preso el insecto. Pasados algunos momentos se verá cómo se inclinan los pelos de todos lados de la hoja hacia el sitio donde ha sido transportado el mosquito. 

Todos vienen a depositar sobre él la gotita de líquido, levantándose de nuevo al cabo de algún tiempo en espera de nueva caza. Generalmente las víctimas son débiles mosquitos, hormigas, pero algunas veces también lo resultan algunas mariposas y pequeños argus blancos que tanto abundan en la campiña en los días de esplendente sol. También se han visto libélulas capturadas pero en este caso es la misma hoja la que se repliega sobre el animal y algunas veces son varias las hojas que unen sus esfuerzos para mejor poder conseguir el objeto. El líquido gomoso secretado por los pelos de la planta, es no sólo el medio de retener la caza, sino también el jugo gástrico que la digiere. Tan pronto como ha sido hecha una presa, los pelos replegados sobre ella secretan dicho jugo en menor abundancia. Este jugo se convierte en ácido, y su composición entonces se acerca más al de los jugos digestivos de los animales. Las substancias carnosas son disueltas por las plantas; las epidérmicas o corneas, tales como las que forman la concha resistentes a los insectos, permanecen por el contrario inalterables y son arrojadas por la planta. ¿Puede haber nada más extraño ni más extraordinario en la botánica que el análisis de estas plantas que comen animales? 

La caza de nuestras plantas consiste en pequeños animales; la drosera se apodera de dípteros y de otros pequeños volátiles. Estas cazan la pluma, mientras la dionea se apodera más fácilmente de los pequeños animales que andan. En sus hojas, cerradas a modo de estómago, se han encontrado arañas, hormigas, gorjeos, etc. En nuestras montañas se las ha visto apoderarse de limazas. Si se abren las largas hojas de la darlingtonia, se encuentra en ellas grandes mariposas de noche. Según el doctor Hooker, las jóvenes urnas de las nepentas alcanzan la caza aérea y se apoderan de ellas, mientras que las urnas más antiguas dirigen sus redes a la caza terrestre. En las redes de las utriculares acuáticas se encuentran pequeños crustáceos. El ántora de las más hermosas nepentas puede alcanzar un pie y medio de anchura y tragarse un pájaro o un pequeño mamífero.Estas pobres víctimas de la rapacidad vegetal son atraídas al peligro, donde deben caer por medio de ingeniosos y casi irresistibles artificios. Eduardo Morren, a quien se debe interesantes estudios sobre este curioso punto, ha comprobado que la pinguicula esparce una especie de olor semejante al de las setas, atrayendo así sobre sus hojas, húmedas y pegajosas, pequeñas moscas. Nuestras droseras indígenas cubren sus hojas de mil pequeñas perlas que brillan al sol en todas direcciones, como los tentáculos de los briozoarios. 

La dionea no segrega miel, como había creído Ellis y como repitió Linneo después: sus hojas permanecen secas cuando no están ocupadas en digerir, y lanzan un olor que atrae a los insectos. Además, su superficie se halla cubierta de pequeñas glándulas formadas de ocho divisiones que constituyen una de las más hermosas obras de la naturaleza, tanto por su forma simétrica, como por su brillante coloración. Si la belleza de las formas y el brillo de los colores, dice el doctor Balfour, pueden ser apreciados por las moscas, la dionea tiene con ellas bastantes atractivos, sin necesidad de recurrir a la miel. El insecto que se deja atraer por estos seductores cebos o por estos apetitos sensuales está condenado a una terrible muerte. Casi en todas ocasiones, su existencia va a terminar en una lenta y terrible agonía. Cuando una drosera se ha apoderado de su presa, se ve aumentar en ella la secreción pegajosa y a los tentáculos vecinos venir en su auxilio, acabando por plegarse toda ella hacia la víctima, la cual se agota en vanos esfuerzos pretendiendo escapar, pereciendo la pobre bestia bajo una inundación de corrosiva baba. 

La dionea procede con más crueldad y más inteligencia. Tan pronto como un insecto excita una de sus hojas, las dos válvulas, ya un poco separadas (formando un ángulo de 90º), se acercan con viveza, al propio tiempo que sus pestañas bajan y se entrecruzan de un extremo a otro, quedando la pequeña bestia cogida como en un torno, a menos que la presa no sea demasiado débil o demasiado fuerte, manifestándose precisamente en este detalle la inteligencia que ha presidido en la estructura de la planta. Si la presa es pequeña y débil, pasará entre las mallas del enrejado de su prisión; si es fuerte rompe sus trabas. Pero si la caza constituye una buena presa, si es una mosca regordeta, por ejemplo, será sacrificada sin piedad. El torno que la sujeta, cóncavo de momento, asciende y aprieta estrechamente contra ella, no siendo exacto, como se había creído, que estos movimientos exciten la irritación de la hoja. Pero pronto entran en actividad todas las glándulas de la superficie, empezando a secretar un jugo que se vierte sobre el insecto, lo impregna de su humor agrio, y la planta absorbe la víctima quizá viviente aún, sin más cuidados que los que nosotros tomamos para comernos una rebanada de pan. Los lazos que tienden la sarracenia y las nepentas, obran a modo de trampas. 

El borde de la urna, en la cual se halla el azúcar, es liso; los insectos se deslizan en ella, sin poder detenerse ni escapar, cayendo generalmente en un líquido corrosivo que llena todo el fondo del aparato. La digestión vegetal es realmente parecida a la que determinan el jugo gástrico y el jugo pancreático. Interesan las materias albuminoideas, la albúmina fresca o coagulada, la fibrina, la carne cruda o la carne asada y los cartílagos. Todos estos alimentos son en parte absorbidos y, por así decirlo asimilados. La abundancia de la secreción parece estar de acuerdo con la cualidad del festín. Una mosca vieja y vacía, deja a la planta impasible, mientras que una gruesa araña, una mariposa o un buen pedazo de carne fresca hacen desbordar la secreción, como la saliva que acude a la boca de un gourmet cuando éste tiene una suculenta tajada entre los dientes. 

Puede decirse, en ambos casos, que la boca se les llena de agua. Determinadas materias son de digestión muy difícil, el queso por ejemplo. M. Cualey había echado a una de sus dioneas sometiéndola a un régimen forzado del queso. El doctor Balfour quiso verificar el experimento: el 8 de julio de 1847, administró una determinada dosis de chester a una de sus plantas; el 9 creyó observar en ellas náuseas y síntomas de vómitos; no obstante parecía marchar todo bien, cuando el día 21 se presentaron perturbaciones de carácter gástrico: la hoja se puso amarilla, después negra, muriendo de una verdadera indigestión. Se da el caso, asimismo, de que las dioneas se atraquen con glotonería y que como nosotros, sufran los efectos de haber recargado con exceso el estómago. 

El 5 de julio se dio a algunas hojas tanta carne como quisieron aceptar; al día siguiente estaban hinchadas; algunas fueron sometidas a un tratamiento enérgico, pues se les quitó con los dedos, todo cuanto no habían podido tragarse; éstas se salvaron. Otras, por el contrario, abandonadas a su triste suerte, dieron muestras evidentes de sufrir, desde el 13 de julio, una cruel enfermedad. La duración de las digestiones varía según las plantas, la naturaleza de los alimentos y diversas otras circunstancias. La drosera binata hidrata y vuelve transparente en ocho o diez horas la parte blanca del huevo duro que se le sirve. La dionea tiene la digestión perezosa, como las serpientes, cada comida de las cuales se prolonga de ocho a veinte o treinta días. M. Balfour ha contado veinticuatro días para la digestión de una gruesa mosca azul; durante este tiempo y hasta durante algunos días después, la hoja de la planta se halla en un estado de embotamiento parecido al de la siesta. He aquí hechos que modifican esencialmente las ideas antiguas. ¿No se descubrirá un día la existencia de plantas animadas por un verdadero sistema nervios? ¿No existen en determinados mundos árboles que piensan y hablan?...

Camilo Flammarión

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