martes, 21 de enero de 2020

UN CEREBRO DE HORMIGA

Lo infinitamente pequeño es quizá, de todas las contemplaciones de la naturaleza, la que nos acerca más a lo infinitamente grande. Había pasado largas horas de una maravillosa noche en el estudio de los sistemas de estrellas dobles que gravitan en el fondo de los cielos; había observado con predilección un hermoso grupo de dos soles más gigantescos aún que el nuestro, de color rojo rubí brillante y azul zafiro, respectivamente, que giran en dos mil años uno entorno del otro y distribuyen a las humanidades de sus lejanos sistemas días multicolores y hermosas noches desconocidas en nuestro planeta; hasta había puesto interés en calcular que un tren–rayo, lanzado a la constante velocidad de ciento veinte kilómetros por hora no emplearía menos de quinientos millones de años para alcanzar aquel Universo; había soñado en las condiciones variadas de la vida en las innumerables tierras del cielo, mundos que se suceden sin fin, más allá de todos los limites imaginarios que el espíritu quisiera imponer al espacio, que no acepta ninguno, cuando al amanecer, atravesando una pradera, mis ojos se fijaron en dos hormigas que conversaban con mucha animación. Se trataba de un coleóptero metido entre las hierbas, que una de las hormigas quería llevarse al hormiguero, pero que era demasiado pesado para sus fuerzas. 

¿No estaba dispuesta ayudarla su compañera? ¿Tenía otra cosa que hacer? ¿Discutía el valor culinario de la víctima? ¿Comprendía que el peso sería excesivo aun para los dos, tan pequeñitas como eran? ¿Objetaba que era demasiado lejos? Lo ignoro, mas lo cierto es que no prestaba su conformidad a la opinión de su compañera y que por el manejo de sus antenas, tocando de mil formas a las de su interlocutora, demostraba no estar decidida a prestarle su concurso. Acertó a pasar una tercera hormiga y se mezcló en la conversación; después vino una cuarta, y no tardaron juntas en tomar acuerdo. Partieron las cuatro, conducidas por la primera y así supe, siguiéndolas en su expedición, cuál había sido el objeto de aquella discusión tan agitada. 

Los rayos del sol empezaban ya a calentar la tierra, y el coleóptero se defendía débilmente; sin duda se hallaba gravemente herido. Las cuatro juntas tiraron de él, lo empujaron, lo hicieron rodar, acabando por llevárselo a su casa, distante más de cuatro metros del sitio donde se había celebrado el pequeño conciliábulo. Se ha escrito mucho sobre las hormigas y a menudo los autores de estos trabajos, no dándose por satisfechos con reflejar la realidad, que basta y sobra por sí sola para cautivarnos y maravillarnos, han exagerado sus facultades y desnaturalizado las observaciones. 
Los escritores antiguos y los de la Edad Media son los que mayores censuras merecen en este punto. Los observadores modernos son a la vez, más exactos y mejores críticos. Basta leer los escritos de Lubbock, de Forel o de André para apreciar en su justo valor las facultades intelectuales y morales de estos extraños y pequeños seres. Nosotros, como siempre, aun poniendo en evidencia los más salientes y los más característicos aspectos que permiten juzgar de un solo rasgo los seres y las cosas no presentaremos más que hechos auténticos, cuidadosamente analizados. 

Esta excursión en el mundo de lo infinitamente pequeño no nos pondrá de manifiesto, acaso, menos maravillas que las que vemos a veces, en alas de Urania, en el mundo inmenso de lo infinitamente grande. Los espíritus reflexivos, que sienten placer pensando, pero que temen alejarse demasiado de la tierra estudiando las condiciones de la vida en los mundos distintos del nuestro, pasarían horas encantadoras contemplando, en este mismo planeta, las manifestaciones tan variadas de la insondable naturaleza. Un viaje de observación entre las hormigas, es tan vasto, por sí solo, como un viaje al fondo de la Vía Láctea. En los insectos, lo mismo que en los grandes mamíferos, la inteligencia se ha desarrollado gradualmente, progresivamente y con más rapidez que en los hombres, pues las hormigas han precedido a la humanidad de muchos millones de años. Tal vez nuestra raza no había aparecido aún en la superficie del globo. A las hormigas sólo les ha faltado un talle comparable al nuestro para que el imperio del mundo les haya pertenecido. Quedamos legítimamente estupefactos, diremos con un historiador de mérito de estas poblaciones, con M. André, al encontrar en estos seres de tan humilde apariencia, un estado social, una industria, instituciones de las cuales hasta el presente creíamos tener el monopolio. Aquí vemos la vida de familia, con sus alegrías y sus labores, la casa edificada, ensanchada, cuidada, los hijos nutridos, atendidos, limpiados, transportados de un sitio a otro, los amigos ayudados o socorridos; allá ejércitos conquistadores o protectores, combates encarnizados, prolongadas guerras, después armisticios, victorias o tratados y el establecimiento de las respectivas fronteras. 

Más allá es un pueblo de bandidos llevando el terror y la desolación al seno de tribus laboriosas, de las cuales roban los recién nacidos para imponerles la esclavitud; en otras partes vemos pastores inteligentes dedicarse al cultivo del ganado que debe proporcionarle la leche necesaria para su alimentación. A veces descubrimos cosecheros laborando en llenar sus graneros con abundancia o sorprendemos al trabajador escardando su campo y quitando de él las hierbas inútiles. En todas partes encontramos ejemplos de nuestras necesidades, de nuestros trabajos, de nuestra vida apacible o agitada, de nuestras luchas y de nuestras brutales o pacíficas conquistas. Las hormigas emplean entre sí un lenguaje muy superior al de los pájaros, de los perros, de los monos y de los animales más elevados en la escala zoológica. Muchos naturalistas han creído reconocer en la entonación, en las modulaciones, en los matices de los cantos de los pájaros, expresiones de temor, de pena, de placer, de odio, de aversión, de amor, de deseo, que un constante hábito de observación permite discernir con certeza, particularmente en las golondrinas, las currucas y los ruiseñores. Hasta los vulgares gorriones tienen una determinada manera de expresarse entre sí. 

Todas las primaveras, en mis persianas que dan encima de los castaños de la avenida del Observatorio veo parejas de gorriones cómo discuten acerca de la instalación de sus nidos, oyéndose cada año la misma serie de llamamientos, los mismos tonos, que no dan lugar a la menor duda.«–¡Estaríamos bien aquí!–¡Veamos! –Hace demasiado viento.–Mejor estaríamos allí. Demasiado sol. Aquí, no – ¡Oh! que ricamente estaremos.» Estos ligeros gritos, dulces, íntimos, que no tienen ninguna relación con el lenguaje habitual sostenido en las ramas de los árboles, o con sus frecuentes querellas, no dan lugar a la menor duda de que reflejan el estado de alegría manifestado en la búsqueda un sitio para construir el nido y en los repetidos paseos hechos sobre las persianas y bajo las ventanas del jardín. Tan pronto como los pequeños rompen los huevos para salir de ellos, las cosas cambian totalmente. Desde el segundo día empiezan a gorjear, pero tan débilmente, que apenas se les oye y aun sólo cuando el padre y la madre traen la comida. Entonces pronuncian un í í í muy dulce, como reflejando cierta alegría. Se siente ya la alegría de vivir. 

El padre y la madre, al expresarse entre sí, no lo hacen con el mismo lenguaje de tres semanas antes; es distinto, más serio, más mesurado. Por otra parte, empieza para ellos un verdadero trabajo de ir y venir incesantemente, cada cuatro o cinco minutos en busca de la comida para los pequeñuelos, labor que dura desde la salida hasta la puesta del sol. Hasta se duda de que estos jóvenes padres, siempre corriendo, se tomen ni el tiempo necesario para comer. Dupont, de Nemours, había llegado a reconocer, en el grito ciertamente monótono de los cuervos, toda una serie de expresiones equivalentes a un pequeño vocabulario, que había llegado a componer: –Vámonos. –Allá abajo. –De prisa. –Buena fortuna. –¡Encantadora!, etc. Pero el lenguaje de las hormigas es mucho más complicado. ¿Tienen ellas una lengua hablada? Es probable, pues la anatomía ha revelado la presencia de determinados órganos que no parecen estar destinados a otras funciones. Sin embargo, es por el contacto de las antenas que particularmente se comunican entre sí. Tratad de inquietar las hormigas que se pasean por la superficie de un nido, y pronto veréis cómo algunas entran precipitadamente en sus galerías. Llevan la alarma a la comunidad y en un abrir y cerrar de ojos todo aquél pequeño mundo se halla en revolución. 

Mientras una parte de las obreras se apresura a transportar larvas y ninfas a sus más profundas galerías, otras salen valientemente para reconocer el peligro y rechazar al enemigo. Observando a las que se hallan un poco separadas del centro de agitación general, se ve cómo al ser encontradas por las demás les frotan sus antenas y les transmiten en dos o tres movimientos la nueva alarma. Si se trata del descubrimiento de un pote de confitura, se ve a la hormiga poner de momento en práctica el precepto de que la caridad bien ordenada empieza por sí mismo; después se aleja y vuelve con tres o cuatro amigas que la imitan, presentándose luego con un número mayor de convidadas, las cuales demuestran sumo placer. Si se trata de transportar larvas, Lubbock ha confirmado que el número de hormigas corresponde aproximadamente a la cantidad de transportes a realizar. A veces se ven a dos hormigas detenerse, hablarse por medio de las antenas, y, si resultan de acuerdo, representar juntas pequeñas escenas de pugilato análogas a las de los lidiadores de feria. (Esta observación, hecha por Huber, ha sido cuidadosamente comprobada.) 

En otras ocasiones se ve a una hormiga tratando de convencer a otra mediante su pantomima, y no consiguiéndolo, tomarla sobre sus espaldas y trasladarla al lugar que debe considerar más a propósito para alcanzar su fin, lo cual es más rápido que hacer un discurso. Para convencerse de que se comunican sus impresiones, de que se entienden entre sí para sus negocios, basta observar sus trabajos de arquitectura, de albañilería, de desmonte y de organización obrera y militar. 
Un día un sericicultor se dio cuenta de que las hormigas, muy golosas de sus gusanos de seda, trepaban sobre una morera y los inquietaban hasta que desprendidos de las ramas caían al suelo, donde varias de sus compañeras se apresuraban a recogerlos. Para poner término a este rapto, dicho observador (llamado P. Bessson) trazó en el tronco de la morera un anillo de una materia viscosa, resultando durante cuatro días esta barrera infranqueable. Pero al quinto día se presentó un ingeniero; una hormiga depositó sobre la materia viscosa un enorme grano de arena que llevaba en sus mandíbulas; después descendió. 

Las demás hormigas acudieron a contemplar el embrión de puente, descendieron también y después de una docena de minutos todas las hormigas que subían por el tronco traían un grano de arena. Después de media hora de observación, el puente sobre el anillo estaba terminado, resultando bastante ancho para poder pasar hasta el final. El observador no se atrevió a destruir la obra de las hormigas y les abandonó la morera en recompensa de su acto de inteligencia. Se ha visto a hormigas, detenidas ante un riachuelo, formar un puente de una cadena de obreras apretadas unas con otras, encima de las cuales ha pasado el ejército a pie enjuto. Efectuada la travesía, las pontoneras se separan y tratan de ganar la orilla a precio de esfuerzos a menudo infructuosos. 
Todos estos hechos revelan combinaciones intelectuales incontestables. 

El estudio de este pequeño mundo destruye singularmente las ideas aceptadas entre los hombres acerca de la inferioridad del insecto. Cuando se ha examinado un hormiguero; cuando se ha visto a las larvas colocadas en sus cunas, cambiadas de sitio muchas veces al día según la intensidad del calor solar, nutridas con delicados cuidados por pequeñas nodrizas que las aman más que a ellas mismas; cuando se ha visto a estas nodrizas vigilar con ansiedad hasta el menor movimiento de la cabeza de dichas larvas y depositar rápidas una gota de nutritivo líquido en sus pequeñas bocas aun antes de poder sentir hambre; cuando, al nacimiento de las ninfas, se ha podido ver a las hormigas viejas ayudar a la naturaleza, rasgando delicadamente con sus débiles mandíbulas el cabo del tejido de seda para facilitar la salida de la cabeza; sólo cuando se han presenciado estos hechos se conocen por completo tan pequeños seres. Pero sus cuidados no representan nada aún, al lado de determinadas funciones que en medio de la general sorpresa se las ha visto llenar. 

Pueden citarse, por ejemplo, su ganado, sus vacas de leche, sus establos. Por muy extraño que pueda parecer, muchas hormigas tienen, en efecto, sus vacas de leche, que cuidan y atienden, sus ganados, que encierran en establos especiales, que consideran como de su propiedad, que defienden de sus enemigos, que trasladan con ellas cuando cambian de residencia. Estos ganados son los pulgones y los gallinsectos. Las hormigas los buscan, los atraen untándoles el abdomen, y algunos se nutren exclusivamente de esta alimentación azucarada. Saben retenerlos, conservándoles en las ramas o en los racimos sobre los cuales viven, construyendo a este objeto, pabellones aéreos, y galerías subterráneas. Estos pequeños animales son a menudo su principal tesoro. Un hormiguero es más o menos rico –lo mismo que una granja con sus ganados–, según tenga mayor o menor cantidad de pulgones. También es preciso ver con que odio se combaten para posesionarse de un árbol conteniendo pulgones, y con qué tenacidad, muchas veces cómica, se apoderan de estos pulgones mayores que ellas, cuya trompa se halla a veces profundamente introducida en el tronco. 

Las hormigas son tenaces, pero no causan el menor mal a los pulgones, poniendo sumo cuidado en ello. Basta, por otra parte, ver la forma cómo el pulgón se deja conducir, para convencerse de que esta operación le es muy agradable y de que están en excelentes relaciones con sus propietarias. Son demasiado conocidos los combates de hormigas, para que nos detengamos describiéndolos aquí. Luchan particularmente para la posesión de los pulgones y para el rapto de larvas destinadas a proporcionarles esclavas. Las guerras declaradas con estos fines son a menudos muy feroces y sin cuartel. Los procedimientos de combate difieren mucho según las especies. La célebre hormiga amazona tiene fuertes mandíbulas, armadas de aceradas puntas. Combate abriendo la boca cuanto le es posible, consistiendo su táctica en decapitar a su adversario y llevarse la cabeza. Una hormiga de especie pequeña, lucha suspendiéndose en las patas de las grandes y arrancándoselas. 

La fórmica exsecta emplea un medio muy distinto; salta encima de su adversario y se dedica a aserrarle la cabeza, lo cual, generalmente, está pronto hecho. Tácticas militares, centinelas y reconocimientos, sitios en regla, ciudades saqueadas, robos de niños, pueblos reducidos a la esclavitud, prisioneros ejecutados y todo cuanto nos presentan las antiguas guerras humanas, lo encontramos en las hormigas, en un grado más absoluto aún, pues han abusado hasta tal punto de la autoridad y de la tiranía, que no pocas veces se convierten en esclavas de sus esclavas, siendo incapaces de vivir solas. Tal es la hormiga amazona. Los bárbaros de color rojo son poderosos señores justamente temibles, pero sus patricias manos no han tocado jamás la madera o el martillo. Ignoran el arte de construir y los cuidados que ocasiona la familia joven. Sus instrumentos de trabajo se han hecho inútiles, han perdido la forma que antes revistieran. La tijera, la sierra y el perforador han desaparecido de las mandíbulas, para hacer sitio a dos machetes retorcidos, armas terribles, pero impropias para otro uso que no sea la muerte y el pillaje. 

Así emplean su vida en llevar la guerra y la devastación a sus pacíficos vecinos, con objeto de procurarse preciosos esclavos, que les son tan indispensables como la comida al recién nacido, puesto que estos sultanes degenerados carecen hasta de la facultad de nutrirse y perecerían de hambre al lado de los mejores alimentos, si cuidadosos servidores no se encargasen de ponérselos en la misma boca. Son incapaces de comer, y mueren sobre la mesa mejor servida, si un esclavo no les pone la comida en la boca. (André: Les Fourmis.) Esta organización social variada, estas castas, estos oficios, esta división del trabajo, estas ciudades, tan pobladas como París y Londres y en las cuales se conocen todos sus habitantes; las amistades entre ciudadanos de dos ciudades vecinas, los territorios organizados y defendidos, las guerras y los combates, revela un estado intelectual apenas inferior al de los pueblos humanos salvajes que se observan aún hoy en el África central o en las islas de la Oceanía. ¡Las hormigas hasta tienen cementerios! Verdaderos cementerios, en efecto, establecidos a alguna distancia de sus ciudades adonde transportan sus muertos. Algunas especies tienen hasta tumbas de primera clase para los ciudadanos de distinción y fosas comunes para el pueblo. Las primeras están colocadas en hileras regulares, las otras se hallan diseminadas y sin orden. Repito que todo cuanto queda dicho, así como muchos otros hechos que en honor a la brevedad omitimos, ha sido cuidadosamente observado. 

Hablaremos no obstante, de sus bodas, de aquella hora de amor y de voluptuosidad tan intensa, en la que se ven bandadas de hormigas aladas, amantes y amadas, remontarse al aire en las cálidas tardes de otoño y precipitarse a través de la atmósfera electrizada, como una invasión fantástica, ebrias, desatinadas, pareciendo presas de furia, llevadas, estremecidas, sobre los paisajes aéreos, elevándose siempre, persiguiéndose incesantemente bajo los rayos de púrpura y de oro del sol poniente, buscando en las alturas algún sitio de apoyo que les permita satisfacer su pasión siempre creciente; acercándose a la techumbre de las torres, de los campanarios, tomando al inofensivo paseante por instrumento y por cómplice1, y rodando en tal vértigo que la misma tarde, calmada la pasión, termina el idilio en el agotamiento y en la muerte. Los amantes, de unos doce días de edad solamente, exhalan el último suspiro, y el sol del siguiente día no alumbra más que cadáveres, que los pájaros se cuidan de desembarazar de la tierra. Las amantes se arrancan las alas, y su amor se muere con el día. Las hormigas muertas las rodean, acaban la dislocación de las alas, las cuidan, las nutren y esperan los preciosos frutos de hora de demencia, que son los huevos, porvenir de la comunidad. Esta hora ha bastado, en efecto, para fecundar a la virgen alada, que convertida en madre y desprovista de sus alas va a vivir en el hormiguero, sin cesar de poner. 

Según se ve, se trata de un mundo extraordinario y digno de la atención del observador; mundo indudablemente distinto al nuestro, en el cual el análisis revela procedimientos intelectuales que no serían admitidos si no hubiesen sido escrupulosamente estudiados. He aquí un pequeño ser que piensa. No nos apartemos de este hecho. Un cerebro de hormiga piensa y contiene todo un mundo de impresiones, de ideas, de juicios, de razonamientos. Es cuanto he querido someter hoy a la reflexión de los hombres que también piensan. He tenido la curiosidad de saber cuánto pesa un cerebro de ésta naturaleza. A este objeto he pesado hormigas neutras de diversas especies, por grupos de cien, deduciendo, entre otros resultados, que la hormiga rubia, la más extendida en nuestras regiones, pesa quince centímetros por cada centenar. Una hormiga pesa, pues, un milígramo y medio. 

El mismo procedimiento me ha dado, para el peso de la cabeza, un tercio aproximadamente del peso del cuerpo, o sea 0´5 milígramos habiendo demostrado la disección que el sistema nervioso cerebral de este insecto equivale casi a la tercera parte del peso de la cabeza, esto es a 0´16 milígramos. Resulta, pues, que el cerebro de la hormiga pesa una décima parte del cuerpo, o sea unos 16 céntimos de milígramo. Se necesitan seis, por tanto, para hacer un milígramo, ¡seis mil para un gramo! En este grano minúsculo es donde se forman y se agitan todas estas combinaciones, donde nacen todas estas ideas. ¿Es esto la vida, es esto el pensamiento?... De hecho, este pequeño cerebro iguala, en grandeza, a toda la Vía láctea, a toda esta inmensidad que la luz, a razón de 300,000 kilómetros por segundo, emplea quizá veinte mil años en atravesar. 

Camilo Flammarión
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1 Precisamente en la semana en que escribía este estudio, en Juvisy, estaba enferma una persona del Observatorio y había recibido la visita de una hermana de caridad de un convento vecino. Acompañaba, en su salida, a esta hermana, cuando al pasar por una avenida su blanca toca se vio invadida por un enjambre de hormigas aladas que se entregaban a sus pasiones sin el menor respeto al hábito monástico.

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