Tan lejos como sea posible interrogar a los egipcios, se les oye
afirmar su fe en la segunda vida del hombre, en un lugar del que ninguno
puede volver, donde permanecen los antepasados. Esta idea, inmutable,
atraviesa intacta todas las civilizaciones egipcias; nada puede destruirla.
Lo que no resiste, por el contrario, a las influencias venidas de todas
partes es el “cómo” de esa inmortalidad.
¿Cuál es en el hombre la parte
duradera que resiste a la muerte o que, revivificada, va a continuar otras
existencias?
La creencia más antigua, la de los comienzos (5000 años antes de
J.C.), no hacía de la muerte más que una suspensión de la vida; el
cuerpo, inmóvil durante un tiempo, recobraba el “soplo” e iba a habitar
muy lejos, al oeste de este mundo. Seguidamente, pero muy antigua aún,
y tal vez anterior a las primeras dinastías históricas, se emitió la idea de
que solamente “una parte del hombre” iba a vivir una segunda vida.
No
era un alma, era un cuerpo, distinto al cuerpo primero, pero proviniendo
de él, más ligero, menos material. Este cuerpo, casi invisible, salido del
primer cuerpo momificado, estaba sometido a todas las exigencias de la
existencia: era preciso alojarlo, nutrirlo, vestirlo; su forma en el otro
mundo, por la semejanza, reproducía el primer cuerpo. Es el ka o doble,
al cual se dirigía, en el antiguo Imperio, el culto de los muertos (5004-
3064 antes de J.C.).
Una primera modificación hizo “del doble” —del ka— un cuerpo
menos grosero que el de la primera concepción. El segundo cuerpo no
fue más que una “sustancia” —ba— una “esencia” —baï— y, en fin, un
resplandor, “una parcela de llama”, de luz. Esta fórmula se generaliza en
los templos y en las escuelas.
El pueblo se atenía a la creencia simple,
original, del hombre compuesto de dos partes: el cuerpo y la inteligencia
—khou— separables. Hubo, pues, un momento, hacia la XVIII dinastía
sobre todo, de creencias diversas coexistentes. Se creía al mismo tiempo
en el cuerpo doble o ka, en la sustancia luminosa baï, o ba, y en la
inteligencia o khou, y esto eran tres almas.
Fue así, y sin perjuicio, hasta el momento de la formación de un
cuerpo sacerdotal, en que necesitando una doctrina, imponiéndose una
elección, le fue menester tomar una determinación. Fue a fines de la
XVIII dinastía (3064-1703 antes de J.C.) cuando los sacerdotes, muy
hábilmente para no herir creencia alguna, para conciliarse con todas las
opiniones, concibieron un sistema en que pudieran entrar todas las
hipótesis.
La persona humana se dijo compuesta de cuatro partes: el cuerpo
físico doble (ka), la sustancia inteligente (khou), y la esencia luminosa (ka o baï); pero esas cuatro partes no fueron realmente más que dos, en el
sentido que el doble o ka, esa parte integrante del cuerpo durante la vida,
conocida como la esencia luminosa o ba, estaba contenida en la sustancia
inteligente o khou.
Y es así, como al fin de la XVIII dinastía, y por
primera vez, aunque sin comprender la teoría verdadera, Egipto tuvo, en
realidad, la noción del ser humano compuesto de una sola alma y de un
solo cuerpo. La nueva teoría todavía se simplifica más, ya que el cuerpo,
con su doble, fue considerado como permaneciendo para siempre en la
tumba, mientras que el alma-inteligencia, “sirviendo de cuerpo a la
esencia luminosa”, iba a vivir la segunda vida con los dioses. La
inmortalidad del alma substituirá así a la in mortalidad del cuerpo, que
había sido la primera concepción egipcia.1
Gabriel Delanne
1 Marpéro, Archéologie égyptienne, e Histoire ancienne des peuples de I’Orient.

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