Los más ilustres representantes de las teorías materialistas en Alemania son Moleschott y Büchner. Han reunido en sus obras la mayor parte de los argumentos que obran en su favor. Vamos a examinar, en primer lugar, los sistemas que preconizan. En otro capítulo, nos ocuparemos de otra clase de adversarios: los positivistas.
En los anales de la Fisiología, es decir, los fenómenos de la vida, es como los sabios arriba citados esperan probar que tienen razón.
Examinan minuciosamente todos los elementos que entran en la composición de los cuerpos organizados, establecen con autoridad la gran ley de equivalencia de las fuerzas que se traduce en las acciones vitales, miden, pesan, analizan con excepcional talento todas las acciones físicas y químicas que se producen en el cuerpo humano. Pero si, dejando las ciencias exactas, se aventuran en el dominio filosófico, bien se les podría negar su testimonio.
Y es que ellos intentan, en efecto, una empresa imposible. Quieren arrojar de los conocimientos humanos todos los hechos que no caen directamente bajo los sentidos.
En su afán de rechazar ideas antiguas, no reflexionan en que admiten causas y entidades científicas tan extrañas como las de los espiritualistas.
¿No vemos, en primer lugar, que esos sabios que rechazan el alma, porque es inmaterial, admiten la existencia de un agente imponderable, invisible e intangible al que llaman vida?
¿Qué es, pues, la vida? Longet responde a eso: es el conjunto de funciones que diferencian los cuerpos orgánicos de los inorgánicos. Al aceptar esa definición no avanzamos nada sobre el conocimiento de la vidas, ya que ignoramos siempre cual es la causa de esas funciones, que no se ejecutan sino en virtud de una fuerza que actúa constantemente y se conoce por sus efectos, pero cuya naturaleza íntima permanece siempre en el misterio.
¿Qué fuerza es ésta, que anima la materia y dirige las operaciones, tan numerosas como complicadas, que ocurren en el interior del cuerpo?
Nuestras máquinas, todavía tan rudimentarias, exigen, si las comparamos al más simple vegetal, un cuidado constante para el buen funcionamiento de cada una de sus partes, una vigilancia continua para remediar los accidentes que puedan suceder.
En la naturaleza, al contrario, todo se ejecuta maravillosamente. Las acciones más diversas, las más diferentes, se combinan para mantener esa armonía que constituye el ser en buen equilibrio orgánico.
¿Qué designa a cada sustancia el puesto que debe ocupar en el organismo?
¿Qué repara esa máquina cuando se estropea?
En una palabra ¿qué poder es este, del que resulta la vida?
Para responder a estas preguntas, los fisiólogos habían imaginado una fuerza, a la que llamaron principio vital. Deseamos mucho creer en esa fuerza, pero debemos hacer notar que ese principio es invisible, intangible e imponderable y no demuestra su presencia más que por los efectos que manifiesta, y que los espiritualistas están en esas mismas condiciones cuando hablan del alma. Si los materia-listas admiten la vida, y ninguno de ellos la puede negar, no poseen ninguna razón para rechazar la existencia del principio pensante del hombre.
Moleschott publicó una obra titulada La circulación de la vida, donde expone la nueva forma de las creencias materialistas.
Hagamos un rápido resumen de la misma, para ver como están desprovistas de justicia sus alegaciones y por medio de qué sofismas consigue dar a sus deducciones una apariencia de lógica.
Establece, como principio, que no podemos comprobar en nosotros ni a nuestro alrededor más que la materia, que nada existe sin ella y que el poder creador reside en su seno, y a través de su estudio el filósofo lo puede explicar todo.
Discurre, complacientemente, sobre las pruebas que la ciencia proporcionó al respecto de esa gran frase de Lavoisier: “nada se crea, nada se pierde”.
La balanza demuestra que, al transformarse, los cuerpos se descomponen, pero los átomos que los constituyen pueden encontrarse integralmente en otras combinaciones. O, dicho de otra forma, no se crea materia.
El cuerpo del hombre arroja lo que nutre a la planta, la planta transforma el aire, que nutre al animal, el animal nutre al hombre, y sus residuos, llevados por el aire a la superficie de la tierra vegetal, renuevan y mantienen la vida de las plantas. Todos los mundos: vegetales, minerales y animales, se unen, penetran, se confunden u transmiten la vida por un movimiento que el hombre puede comprobar y comprender. De ahí –dice– “la circulación de la materia es el alma del mundo”.
Esa materia, que se nos aparece bajo aspectos tan diversos y se transforma en tan múltiples cosas, es, sin embargo, siempre la misma. Como esencia es inmutable, eterna.
Moleschott realza que es inseparable de una de sus propiedades: la fuerza.
No se concibe a una sin otra. No puede admitir que la forma exista independiente de la materia, o viceversa. De ahí deduce que las fuerzas designadas bajo los nombres de Dios, alma, voluntad, pensamiento, etc., son propiedades de la materia. Según él, creer que esas fuerzas puedan tener una existencia real es caer en un ridículo error.
Oigámosle:
“Sería una idea absolutamente sin significado que una fuerza planease encima de la materia y pudiese unirse con ella a su gusto. Las propiedades del carbono, nitrógeno, hidrógeno, oxígeno, azufre, fósforo, etc., residen en ellos mismos desde toda la eternidad”.
De esto resulta que la fuerza vital, la idea directriz, el alma, no pasan, realmente de ser modificaciones de la materia, de algunos de sus aspectos particulares.
La materia, por su parte y desde siempre, bajo una infinita variedad de formas, no es más que la combinación físico-química de los elementos,
Tales son, en grandes líneas, las primeras afirmaciones de Moleschott. ¿Serán ciertas? Es lo que tratamos de comprobar. Hagamos un resumen:
1. Niega todo plan o voluntad dirigente en la marcha de los acontecimientos del Universo.
2. Afirma que la fuerza es un atributo de la materia.
Veamos si los hechos le dan la razón.
LA IDEA DIRECTRIZ
Observamos, en primer lugar, que existen en el infinito, planetas como el nuestro, que obedecen a reglas invariables, cuya armonía es de tal forma grandiosa, que el espíritu, asombrado y confuso ante tantas maravillas, no puede dudar que exista una profunda sabiduría detrás de su planificación. Precisamente no será necesario recordar a un sabio como Moleschott esa extrema complicación de la máquina celeste, ni es preciso mostrar esos millares de millones de mundos que están en el éter y que establecen sus órbitas en una armonía tan poderosamente combinada, que la imaginación más fértil mal puede profundizar en las leyes más simples.
¿Quién no se siente maravillado ante el esplendor de una bella noche de verano?
¿Quién no se estremece con una indescriptible emoción observando ese polvo de estrellas suspendido en el espacio?
¿Quién no ha sentido un terror involuntario al acordarse de que el astro que nos transporta camina en el éter sin otra sustentación que la atracción de un planeta lejano? Y ¿quién no ha reflexionado algún día sobre el hecho de que los movimientos tan precisos de ese amplio mecanismo revelan la inteligencia de un sublime operario?
¿Quién no ha comprendido que la armonía no puede nacer del caos y que el azar, esa fuerza ciega, no puede engendrar el orden y la regularidad?
Sí, en los espacios sin límites, se dan las transformaciones eternas de la materia, sí, cambia de aspecto, de propiedades, de forma, pero comprobamos que lo hace en virtud de leyes inmutables, guiadas por la lógica más inflexible. Por eso creemos en una inteligencia suprema, reguladora del Universo. Si, desviando los ojos de la bóveda azulada, echamos un vistazo a nuestro alrededor, notaremos esa misma influencia directriz.
Sabemos, como Moleschott, que nada se crea, que nada se pierde en nuestro pequeño mundo.
La astronomía nos enseña que la Tierra gira en torno al Sol a través de los campos de extensión y sabemos que la gravedad retiene en su superficie todos los cuerpos que la componen.
Podemos comprender perfectamente, por tanto, que no adquiere ni pierde nada en su incesante carrera.
Los nuevos descubrimientos nos demuestran que todas las sustancias se transforman unas en otras, que los cuerpos, estudiados a la luz de la química, difieren por el número y la proporción de los elementos simples que entran en su composición. Nada es más exacto y nadie piensa en refutar esas verdades demostradas.
Si nos fijamos en la enorme cantidad de cambios que se producen entre todos los cuerpos, lo que más nos sorprende no son esas combinaciones en sí, sino el maravilloso conocimiento de las necesidades de cada ser que ellos demuestran. Nada se pierde en el inmenso laboratorio de la naturaleza, Todos los seres, por ínfimos que nos parezcan, tienen su utilidad para el buen funcionamiento del conjunto de la creación, cada sustancia se utiliza para producir su máximo efecto y la “circulación de la materia” mantiene la vida en la superficie de nuestro globo. Sí, ese movimiento perpetuo es el alma del mundo y, cuanto más complicado y variado es, tanto más atestigua la existencia de una acción directriz.
La ciencia contemporánea ha descubierto nuestros orígenes; sabemos que, desde cuando la Tierra no era más que un montón de materia cósmica, se han producido metamorfosis que la han traído, lenta y gradualmente, a la época actual.
Por ese progreso evolutivo es por el que reconocemos la necesidad de una influencia que se ejerce de manera constante, para conducir a los seres y las cosas, desde la fase rudimentaria a estados cada vez más perfectos.
No se puede negar, al examinar el desarrollo de la vida a través de los períodos geológicos, que existe una inteligencia que dirige la marcha ascendente de todo lo que existe para un fin que ignoramos, pero cuya existencia es evidente.
Es fácil comprobar que los seres se han modificado de manera continua, en virtud de una planificación grandiosa, a medida que las condiciones de la vida se transforman en la superficie del globo encontramos en las entrañas de la Tierra el esbozo de la mayor parte de las razas, vegetales y animales que componen, hoy, la fauna y flora terrestre.
¿A qué agente podemos atribuir esa marcha progresiva? ¿Será el azar el que combina, con tanto cuidado, la acción de todos los elementos?
Sería absurdo suponerlo, pues el azar es una palabra que significa la ausencia de todo cálculo y previsión.
Una vez apartada esta hipótesis, nos quedan las leyes físico químicas que dice Moleschott. Debemos decir que esas leyes no son inteligentes. Nunca se admitió que el oxígeno se combinase por placer con el hidrógeno.
El nitrógeno, fósforo, carbono, etc., tienen propiedades que poseen desde toda la eternidad, es evidente, pero no es menos cierto que se trata de fuerzas ciegas, que no se dirigen en virtud de un impulso propio, y que estas energías pasivas al combinarse producen resul-tados armónicos bien coordinados, y que son puestas en acción por un poder que las domina. La Química, la Física y la Astronomía, explicando los hechos que pertenecen a su radio de acción, no llegan a alcanzar la causa primaria. La moderna Biología tampoco llega a esa causa. Pero no suprime a Dios, le ve cada vez más lejos y, sobre todo, más alto.
Gabriel Delanne

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