domingo, 16 de junio de 2019

LA FUERZA ES INDEPENDIENTE DE LA MATERIA



Examinemos ahora la segunda proposición de Moleschott, que pretende que la fuerza es un atributo de la materia, es decir, que sea imposible concebir una sin otra. En su opinión, estudiar por separado la fuerza y la materia es un contrasentido, de donde podemos concluir que, estando la energía contenida en la materia, las fuerzas como el alma, el pensamiento, Dios, no son más que propiedades de esa materia. Si demostramos que tal afirmación es falsa, estableceremos implícita-mente, la realidad del alma. Para responder a un sabio no hay mejor método que oponerle otros sabios. D’Alembert dice, secundando a Newton: “un cuerpo abandonado a sí mismo debe persistir eternamente en su estado de movimiento o de reposo uniforme”. En otras palabras: estando un cuerpo en reposo no podría moverse por sí mismo. 

Laplace expresa el mismo pensamiento. Un punto en reposo no puede proporcionarse movimiento a sí mismo, ya que no dispone de raciocinio que le haga moverse en un sentido en lugar de en otro. 
En contacto con una fuerza cualquiera y abandonado a sí mismo, se mueve constantemente, de manera uniforme, en la dirección de esa fuerza, no ofrece ninguna resistencia y su fuerza y dirección de movimiento son las mismas durante todo el tiempo. Esa tendencia de la materia para perseverar en su estado de movimiento y de reposo es lo que llamamos inercia. Esta es la primera ley del movimiento de los cuerpos. Así, Newton, D’Alembert y Laplace reconocen que la materia es indiferente al movimiento y al reposo, que sólo se mueve cuando una fuerza actúa sobre ella, porque, de forma natural, es inerte. Es, por tanto, una afirmación gratuita y sin fundamento científico, atribuir fuerza a la materia. 

Creemos que, difícilmente pueden rechazarse los testimonios y la competencia de los tres grandes hombre de ciencia arriba citados, pero para dar más peso a nuestra afirmación, diremos que el cardenal Gerdil y Euler establecen, por cálculos matemáticos, la certeza de la inercia de los cuerpos, no podemos reproducirlos aquí, pero haremos constar un argumento decisivo en apoyo de nuestras convicciones. Tenemos una excelente prueba del principio de inercia en las aplicaciones que se hicieron de las teorías de la mecánica a los fenómenos astronómicos. En efecto, si esta ciencia que tiene por base la inercia no se apoyase en un hecho real, sus deducciones serían falsas e inverificables por la experiencia. Si la ley de inercia no pasase de ser un concepto del espíritu, sin ningún valor positivo, le habría sido imposible a Leverrier encontrar y calcular la órbita de un planeta desconocido hasta su época, y sus previsiones jamás se habrían realizado. 

Por el contrario, se han comprobado punto por punto. Ese descubrimiento demuestra que las leyes encontradas por la razón son exactas, ya que se verifican por la observación de un fenómeno cuya posibilidad ni siquiera se sospechaba, cuando se establecieron los principios de la mecánica celeste. ¿No es evidente que se conocían las propiedades de los cuerpos y más tarde se conocieron las curvas que describían, mucho antes de haberse observado el movimiento de los astros en el cielo? 

Ahora bien, no siendo la mecánica sino el estudio de las fuerzas en acción, sus leyes son rigurosas porque se comprueban en la naturaleza. No sólo trataron este tema los matemáticos: M. H. Martín en su libro “Las ciencias y la filosofía” demuestra, según el Sr. Dupré, que, en virtud de las leyes de la termodinámica es necesario admitir una acción inicial exterior e independiente de la materia. Además, es fácil la convicción, razonando de acuerdo al método positivo, que el testimonio de los sentidos no puede hacernos ver la fuerza como un atributo de la materia. Al contrario, comprobamos a través de la experiencia cotidiana que un cuerpo queda inerte y permanecerá eternamente en la misma posición si nada le viene a dar movimiento. 

Una piedra que lancemos permanece después de caer en el mismo estado cuando la fuerza que le animaba dejó de actuar. Una bola no rodará sin un primer impulso que lo provoque. Siendo el universo el conjunto de los cuerpos se puede decir del conjunto de la creación lo que se dice de cada cuerpo en particular, y si el universo está en movimiento, es imposible encontrar que la causa de ese movimiento esté en sí mismo. Hasta este punto hemos comprobado que Moleschott no tuvo mucho éxito al elegir sus afirmaciones. Sitúa como verdad los puntos más impugnables. No nos sorprende pues que, partiendo de datos tan falsos, llegue a conclusiones totalmente erróneas. 

El estudio imparcial de los datos nos lleva a contemplar el mundo como formado por dos principios independientes el uno del otro: la fuerza y la materia. Es necesario, además de eso, observar que la fuerza es la causa efectiva a que obedecen los seres, orgánicos o no. Todas las fuerzas, por tanto, designadas bajo los nombres de Dios, alma, voluntad, etc., tienen una existencia real fuera de la materia y ésta es el instrumento pasivo, sobre el que se ejercen. 

Continuamos con el análisis del libro de Moleschott y comprobaremos en sus apreciaciones sobre el hombre que no muestra más perspicacia que en su estudio sobre la naturaleza. 
El gran argumento que ofrece como prueba de convicción es el mismo que el de los materialistas en general. Consiste en decir “el cerebro es el órgano por el que se manifiesta el pensamiento, luego es el cerebro el que produce el pensamiento”. Ese razonamiento es casi tan lógico como si dijéramos: “el piano es el instrumento que sirve para que se haga oír una melodía, luego el piano produce la melodía”. Si alguien se expresase de tal forma delante de un incrédulo, es muy probable que se encogiese de hombros desdeñosamente, pero, por extraño que parezca, cuando se trata del alma, se acepta inmediatamente semejante forma de discusión. 

Los materialistas no quieren, bajo ningún concepto, creer en un principio pensante,niegan la existencia del músico, por eso son tan singulares las teorías que nos exponen. 
Los materialistas se encuentran delante de ese problema: el hombre piensa, el pensamiento no tiene ninguna de las cualidades de la materia, es invisible, no tiene forma, ni peso, ni color, pero existe. 
Es necesario pues, para mostrar coherencia que lo hagan proceder de la materia. 
Existe una gran dificultad para explicar como una cosa material, el cerebro, puede engendrar una acción inmaterial, el pensamiento. Vamos a ver, entonces, desfilar los sofismas, para que, con su ayuda, nuestros adversarios puedan dar la apariencia de un razonamiento. 

El cerebro es necesario para que el pensamiento se manifieste. 
Los filósofos griegos ya lo sabían y no caían, por eso, en el error de los escépticos de hoy. 
Establecían la distinción entre la causa y el instrumento que sirve para producir el efecto. 
Algunos fisiólogos, como Cabanis, no encaraban el tema tan de cerca. Este dice: 
“Vemos las impresiones llegar al cerebro a través de los nervios, encontrándose entonces aisladas, sin coherencia. 
El órgano entra en acción, actúa sobre las impresiones y las reenvía metamorfoseadas en ideas, que se manifiestan, exteriormente, por el lenguaje de la fisionomía o del gesto, o por las señales de la palabra o de la escritura. Concluimos, con la misma seguridad, que el cerebro digiere, de alguna forma, estas impresiones y que realiza, orgánicamente, la secreción del pensamiento. 

Esa doctrina se implantó tan bien en el espíritu de los materialistas que, según Carl Vogt, los pensamientos tienen con el cerebro casi “la misma relación que la bilis con el hígado o la orina con los riñones”. Broussais ya había dicho en su testamento: “Desde que supe, por la cirugía, que el pus acumulado en la superficie del cerebro destruía nuestras facultades, y que la salida de ese pus permitía su reaparición, no las pude considerar de otra forma que actos del cerebro vivo, aunque no supiese ni qué era el cerebro ni qué era la vida”. Moleschott, siguiendo esta pista, dice a su vez, variando un poco la argumentación: 

“El pensamiento no es más que un fluido, como el calor o el sonido. 
Es un movimiento, una transformación de la materia cerebral. 
La actividad del cerebro es una propiedad del cerebro, tan necesaria como la fuerza, totalmente inherente a la materia, de la que es un carácter esencial e inalienable. Es tan imposible que el cerebro intacto no piense, como es imposible que el pensamiento esté ligado a otra materia que no sea el cerebro”. 

Según el sabio químico, cualquier alteración del pensamiento modifica el cerebro, y cualquier daño en ese órgano suprime el pensamiento total o parcialmente. Afirma: 

“Sabemos, por experiencia, que la excesiva abundancia de líquido cefalorraquídeo produce el estupor, que la apoplejía va seguida del aniquilamiento de la consciencia, que la inflamación del cerebro provoca el delirio, que el síncope, que disminuye el movimiento de la sangre hacia el cerebro, provoca la pérdida del conocimiento, que la afluencia de sangre venosa al cerebro produce alucinaciones y vértigos, y que una idiotez completa es el efecto inevitable de la degeneración de los dos hemisferios cerebrales. En fin, que toda excitación nerviosa en la periferia del cuerpo sólo despierta una sensación consciente en el momento en que repercute en el cerebro”. 

Concluye, pues, que en los fenómenos psicológicos lo que se observa es la eterna dualidad de la creación: una fuerza, el pensamiento que modifica; una materia, el cerebro. Toda la argumentación de Moleschott consiste en decir que, con los órganos sanos, los actos intelectuales se ejercen con facilidad, pero al contrario, si el cerebro enferma, el alma no se puede servir más de él, y las facultades reaparecen cuando las causas que lo alteraban cesan de actuar. Es siempre la historia del piano. Si una de las cuerdas llega a romperse, será imposible hacer vibrar la nota que le corresponde. Sustitúyase la cuerda e inmediatamente el sonido volverá a producirse. Pero cuando se demostrase que el pensamiento siempre es el resultado del estado del cerebro, no bastaría eso para afirmar que el encéfalo produce el pensamiento. 

Como mucho, de ahí se podrían inducir las relaciones íntimas existentes entre ambos. No está todavía probado que la integridad del cerebro sea indispensable para la producción de los fenómenos espirituales. He aquí lo que dice Longet, cuya competencia en Fisiología está unánimemente reconocida: “Nunca se ha negado la solidaridad de los órganos sanos con una inteligencia sana (mens sana in corpore sano), pero esa dependencia tan natural no es absoluta, encontrándose numerosos ejemplos de lo contrario. Se ven a débiles niños asombrar por la precocidad de su inteligencia y capacidad de su espíritu así como a viejos decrépitos, cercanos a la tumba, conservar intacto el juicio y la memoria, el fuego del genio y el ardor del coraje. Hace pocos años, el profesor Lordat escribió un notable tratado sobre la insenescencia 1 

 La locura va acompañada, muchas veces, por una lesión apreciable de los centros nerviosos, pero ¿qué diremos en los casos en que Esquirol y otros autores muy conscientes afirman no haber encontrado ningún vestigio de alteración en el cerebro? 
Los anales de la ciencia proporcionan un gran número de hechos, perfectamente observados, de alteración profunda de la sustancia cerebral, sin que durante la vida, se haya notado la más leve alteración de la inteligencia. Se han visto en porciones de cerebro estudiadas, que las balas han atravesado el órgano de un lado a otro sin el menor desarreglo del espíritu, sin embargo, bastan algunos hilillos de sangre en un pequeño punto para encender la fiebre, excitar un delirio furioso y traer rápidamente la muerte. Debemos reconocer que la integridad de los órganos, su buena disposición y un volumen suficiente, son condiciones favorables al libre ejercicio, al vigor de las facultades intelectuales, pero no confundamos el órgano con la función y, sobre todo, hablando del cerebro y del pensamiento, donde esa distinción se vuelve muy importante, porque muchos órganos concurren para ese gran fenómeno de la vida intelectual: la privación del aire la hace cesar inmediatamente y una bala que atraviesa el corazón la destruye con rapidez. 

¿Quién osaría sin embargo dar como causa primaria del pensamiento el aire que respiramos o la sangre que circula por las arterias?” Es lo que dice la ciencia y parece que sus conclusiones no están del todo a favor de Moleschott. No es posible afirmar que el pensamiento esté siempre en armonía con la integridad del cerebro, luego no está producido por el cerebro. Hemos visto anteriormente, al sabio holandés atribuir el pensamiento a una vibración de la materia cerebral. ¿Será esa teoría más justa que las precedentes? Vamos a verlo inmediatamente. Desde luego topamos con una dificultad. Es difícil comprender cómo una sensación genera una idea. 

La sensación es una impresión producida en los nervios sensitivos por una agitación externa. Determina un movimiento ondulatorio que se propaga hasta el cerebro por las fibras nerviosas. Una vez llegado allí, ese movi-miento hace vibrar las células del sensorium. ¿Cómo puede el movimiento mecánico de las células determinar una idea y como comprender que esa agitación sea percibida por el ser pensante? Las células nerviosas, formadas de colesterina, agua, fósforo, ácido húmico, etc., asociados en ciertas proporciones, no son inteligentes por sí mismas. 

El movimiento vibratorio es una simple acción material. ¿Cómo puede el pensamiento nacer de esa agitación de la célula nerviosa? Fue lo que se les olvidó enseñarnos. 
Los espiritualistas interpretan los hechos diciendo que existe en nosotros una individualidad intelectual, que es advertida por esa vibración de que se ejerció una acción sobre el cuerpo, y es cuando el alma tiene consciencia de ese movimiento vibratorio, cuando experimentamos la percepción. Lo que prueba hasta la evidencia que todo lo que así ocurre es el fenómeno tan ordinario de la distracción. Cuando trabajamos en una habitación, ¿no nos ocurre con frecuencia quedarnos insensibles al tic-tac de un reloj? ¿Y no sucede lo mismo al dar las horas? ¿Por qué no las oímos? 

Las vibraciones, producidas por el sonido han impresionado nuestro oído, se han propagado a través del organismo hasta el cerebro, pero, estando el alma preocupada por otros pensamientos, no puede transformar la sensación en percepción, de manera que no somos conscientes de los ruidos provocados por el reloj. Este simple hecho demuestra, de manera concluyente, la existencia del alma. 

 OTRAS OBJECIONES 

Ahora estamos seguros que el pensamiento no es producido, ni por un conjunto del cerebro, ni por un movimiento vibratorio de sus moléculas. Asegurémonos de que no es producto de la materia cerebral. Retomemos para examinarlas, las teorías de Cabanis y Carl Vogt: ¿es posible que el pensamiento sea una secreción del cerebro? Tan falsa se presenta esa idea, tan poco en armonía con la realidad de los hechos, que un declarado materialista como Büchner se resiste a admitirla. Nos dice él: “A pesar del más escrupuloso examen, no podemos encontrar analogía entre la secreción de la bilis o de la orina y el proceso por el que se forma el pensamiento en el cerebro. La orina y la bilis son materias palpables, ponderables y visibles y todavía más, materia de desecho que el cuerpo utilizó y que rechaza. El pensamiento, el espíritu, el alma, por el contrario, no tienen nada de material, no son en sí mismos una sustancia, sino el encadenamiento de fuerzas diversas formando una unidad, el efecto del concurso de muchas sustancias dotadas de fuerza y cualidad. Cuando una máquina hecha por la mano del hombre produce un efecto, pone en movimiento su mecanismo u otros cuerpos, da un golpe, indica la hora o algo semejante, ese efecto, considerado en sí, es una cosa esencialmente diferente de ciertas materias de desecho que produce, quizás, durante esa actividad. 

Así, el cerebro es el principio y la fuente, o mejor dicho, la causa única del espíritu y el pensamiento, pero no por eso es su órgano secretor. Produce algo que no se rechaza ni dura materialmente, pero que se consume a sí mismo en el momento de la producción. La secreción del hígado o de los riñones se realiza sin que lo sepamos, independientemente de la actividad superior de los nervios, produce una materia palpable. La actividad del cerebro no puede existir sin la consciencia completa y no segrega sustancias, sino fuerzas. Todas las funciones vegetativas, la respiración, el latido del corazón, la digestión, la secreción de los órganos excretores se producen tanto en el sueño como en estado de vigilia, pero las manifestaciones de la vida se suspenden en el momento en que el cerebro, bajo la influencia de una circulación más lenta, queda sumergido en el sueño.” 

Para Büchner el pensamiento no es una secreción, procedente de un conjunto de fuerzas diversas que forman unidad, es una resultante, pero ¿una resultante de qué? ¿será del conjunto del cerebro o de una sola de sus partes? ¿podrá algo invisible e imponderable como el pensamiento, ser producido por diferentes órganos que se reúnen para un efecto común? El autor no nos dice nada, ni tenemos necesidad de explicaciones para percibir que esa manera de encarar el pensamiento es todavía errónea. Büchner reconoce que el pensamiento es inmaterial. Nos preguntamos ahora ¿cómo podría ser producido por el cerebro que sólo se compone de materia? Abordemos más de cerca el tema y veremos que, de cualquier forma que lo encaremos, es imposible suponer que el cerebro produzca el pensamiento como una secreción, o que se desprenda de él, como la electricidad de los cuerpos que la contienen. Es evidente, comprobado e innegable que el trabajo cerebral determina una elevación de temperatura en el cerebro. 

Se produce una oxidación de las células, que se puede medir, como hizo Schiff, investigando en perros y en el hombre; como atestiguan los experimentos de Broca en estudiantes de medicina o las de Bayson, que pesaba los sulfatos y fosfatos que entraban en su cuerpo por la alimentación para demostrar que la cantidad de sales, expulsada por las excreciones, aumentaba de forma sensible después de un trabajo cerebral. ¿Cómo pueden estos experimentos, de los que los materialistas han pretendido hacer un argumento, poner en duda la existencia del alma? Demuestran, simple-mente que cuando el cerebro trabaja, la sangre afluye ahí y determina unos movimientos moleculares que se traducen materialmente por acciones químicas. Creer que el pensamiento sea producto de esas reacciones sería un grave error porque si el cerebro produce el pensamiento, es preciso explicar la naturaleza y el resultado de esa secreción. ¿Es un líquido, un sólido, un cuerpo simple o compuesto? Desde el momento que se aparta resueltamente la hipótesis espiritual, se debe establecer que por la elevación de temperatura se obtiene un objeto material. 

Ahora bien, ¿Quién puede pretender que el pensamiento, esa cosa fugitiva, esté en ese caso? Admitiendo que el pensamiento es una fuerza, como la electricidad o el calor, que emana del cerebro en ciertos momentos, y como toda fuerza es un movimiento vibratorio del éter, volveríamos a caer en la teoría de Moleschott, que demostramos era falsa. Se puede observar, cualquiera que sea el proceso analítico empleado, que es imposible suponer el pensamiento como una emanación del cerebro y todavía me-nos como secreciones o vibraciones de la materia cerebral. No podemos admitir los sistemas materialistas sin que nos encontremos en oposición formal con los hechos y la razón, y si comprobamos en el cerebro una serie de actos que preceden, acom-pañan o siguen al pensamiento, es absolutamente ilógico atribuirles la producción de ese pensamiento. Una de las facultades del alma que más han llamado la atención de los filósofos es la memoria. 

Misteriosa facultad que refleja y conserva los accidentes, las formas y las modificaciones del pensamiento, del espacio y el tiempo. En ausencia de los sentidos y lejos de la impresión de los agentes externos, representa esa sucesión de ideas, imágenes y acontecimientos ya desaparecidos, caídos en la nada. Los resucita espiritualmente, tal como el cerebro los sintió, la conciencia los percibió y formó. Para explicar el mecanismo, Aristóteles admite que las impresiones externas se graban en el espíritu, casi en la forma que se reproduce una letra, colocando un punzón sobre la cera. Descartes cree también que esa facultad proviene de los vestigios que dejan en nosotros las impresiones de los sentidos o las modificaciones del pensamiento. 

Adoptemos el punto de vista de esos grandes hombres y vemos como es posible conciliarle con los datos que Moleschott nos proporciona sobre la naturaleza del principio pensante. El sabio químico afirma, que se produce un movimiento incesante de la materia así como transformaciones maravillosas y múltiples en el interior de nuestro cuerpo, y apoyándose en los trabajos de Thompson, Vierodt y Lehumann (que a su vez se basaban en los de Cuvier y Flourens), declara que “los hechos justifican plena-mente la suposición de que el cuerpo renueva la mayor parte de su sustancia en un lapso de veinte a treinta días”. 

Y todavía más: “El aire que respiramos cambia a cada instante la composición del cerebro y de los nervios.” Si esto es verdad, si somos una nueva entidad de treinta en treinta días, si todas las moléculas que componen nuestro cuerpo entran en un torbellino vital ¿cómo conservamos todavía, en la edad madura, el recuerdo de los actos que sucedieron en nuestra juventud? ¿Cómo explicará Moleschott que nos conservamos siempre los mismos, a pesar de esas mutaciones? Es cierto que poseemos la certeza completa de ser siempre idénticos, incluso cuando envejecemos, sabemos que la esencia de nosotros mismos no cambia. En medio de las vicisitudes de la existencia, nuestras facultades pueden aumentar o borrarse, nuestros gustos variar hasta el infinito y nuestra conducta presentar las más singulares contradicciones. Sabemos, sin embargo, que conservamos el mismo ser, tenemos conciencia de que otro no tomó nuestro lugar, y mientras, todos los elementos de nuestro cuerpo han sido renovados muchas veces. 

Ni un átomo, de lo que formaba hace diez años, subsiste en el presente ¿Cómo se mantiene, entonces, la memoria de los acontecimientos pasados? Responden los espiritualistas que existe en nosotros un principio que no cambia y cuya naturaleza indivisible no está, como la materia, sometido a destrucción. Es el alma que conserva el recuerdo de los hechos, las conquistas de la inteligencia y las virtudes adquiridas en la incesante lucha contra las pasiones. No podemos admitir las teorías materialistas, porque tienden simplemente a suprimir la responsabilidad de los actos. Si no somos efectivamente, sino una asociación de moléculas renovadas sin cesar, si nuestras facultades son apenas la traducción exacta del desarrollo que el azar ha dado a ciertas partes del cerebro ¿con qué derecho puede el hombre estar orgulloso de sus cualidades y por qué se condenaría a un malhechor si su inclinación al crimen dependería de cierta disposición orgánica que él no puede modificar? Las luchas mantenidas contra los impulsos que nos arrastran hacia el mal indican que existe en nosotros una fuerza consciente dirigida por las leyes de la moral. 

Esas luchas interiores revelan la acción de la voluntad, a despecho de todos los sofismas con que se pretende establecer que no existe. No somos dueños siempre, es cierto, de dominar nuestras sensaciones, que se nos imponen muchas veces con energía: un espectáculo sensible nos llena de dulce emoción, la visión de una injusticia nos mueve a rebelión, nos encanta una música suave, pero esas impresiones tan diversas son muy diferentes de la voluntad, que es el carácter más íntimo del yo y de la personalidad humana. Cuando vamos a realizar algo, ponderamos los motivos que nos pueden dirigir, se hace oír la voz del interés en oposición a la del deber y lo que realmente es meritorio es el poder que tenemos de escoger entre ambos. Si somos libres, somos responsables. Esta gran verdad está tan firme en la con-ciencia universal que nunca se ha visto castigar a un loco por cometer un crimen. El libre albedrío no es una ilusión. 

Es el que da al hombre honesto la fuerza de preferir la muerte a la infracción de las leyes, y es el que impulsa a los grandes corazones a acciones heroicas. Si el hombre no pasase de ser un juguete ciego de las fuerzas físico-químicas, sería necesario despedirnos de todos los nobles sentimientos y de todas las aspiraciones generosas. Intentaron probar, comparando el peso de un gran número de cerebros humanos, que la inteligencia más desarrollada correspondía siempre a un encéfalo más pesa-do. Se hicieron numerosas estadísticas, pero hasta el momento los resultados no son lo bastante precisos para permitir formular una ley. Es cierto que, a medida que nos aproximamos a las razas inferiores, la capacidad craneana disminuye. En estos últimos tiempos, Bischof, Nicolucci, Hervé, Broca y otros han realizado investigaciones muy curiosas al respecto, pero, al igual que sus predecesores, no han podido deducir una regla de los numerosos casos que observaron, ya que se observaron idiotas con un volumen de cerebro tan considerable como el de las personas que gozaban de la integridad de sus facultades intelectuales. 

En esta clase de investigación es necesario no confundir el órgano con la función. Si vemos que ciertas partes del cuerpo crecen más que otras, es que trabajan más. Se sabe que los herreros tienen el brazo derecho más fuerte que el izquierdo, porque es con el que manejan el martillo, así como los torneros tienen la pierna izquierda más voluminosa que la derecha, porque es la que utilizan constantemente. ¿Se podría decir que estos hombres son herreros o torneros sólo porque sus miembros están más desarrollados? El razonamiento es el mismo con el cerebro. Si, en ciertos casos, se observa una correlación entre su volumen y una gran actividad intelectual, esto prueba tan sólo que el espíritu actúa sobre él con intensidad. 

Dice Hervé: “El encéfalo crece en proporción a la actividad funcional de la cual es la sede. Esa es una ley que se aplica a todos los órganos, en toda la serie animal, ahora bien ¿Cuál es la actividad funcional de cerebro? La intelectual y la moral”. El peso y el volumen del cerebro nada tienen, por tanto, de común con la existencia del alma y no pueden invalidarla. 

CONCLUSIÓN 

Diremos, resumiendo, que del estudio de los hechos resalta la certeza de que poseemos un principio pensante, independiente de la materia, que no está sometido, como ella a las transformaciones de la vida, y en la cual reside la memoria. Para combatir esa verdad tan sencilla los sabios han investigado las más íntimas profundidades del ser, para extraer de ahí sus argumentos. Nos sorprende observar cómo se extravían, cuando abandonan el terreno sólido de la experiencia y se aventuran, guiados por hipótesis, en el dominio filosófico. Y es que no quieren admitir sino lo que es visible, tangible, que se pueda medir. No tendríamos nada que alegar contra ese método, si lo utilizasen siempre, pero lo que no es justo es que sólo lo apliquen a los fenómenos psíquicos. Broussais decía: 
“Diseccioné muchos cadáveres, pero nunca encontré el alma”. 
Pero admitía la vida y las ciencias naturales que sólo reposan sobre entidades. 

Oigamos a Langel:

 “La Química se contenta con palabras, siempre que le resulta imposible penetrar en la esencia misma de los fenómenos. ¿De qué habla sin cesar? De afinidad ¿no es eso una fuerza hipotética tan poco tangible como la vida y el alma? La Química deja a la Fisiología la idea de la vida y rechaza ocuparse de ella. Pero ¿la idea en torno a la que la Química se desarrolla es algo más real? Tal idea es incomprensible muchas veces, no sólo en su esencia, sino en sus efectos. ¿Se puede, por ejemplo, meditar un instante en las leyes de Berthollet, sin comprender que estamos delante de un misterio impenetrable? En los experimentos que le habían servido de fundamento, las reacciones químicas son conducidas en condiciones puramente estáticas e independientes de las afinidades propiamente dichas, pero en el fenómeno de una combinación, en esa atracción que precipita un átomo hacia los otros que se buscan, que se unen, escapando a los compuestos que les aprisionaba ¿hay algo que se pueda confundir con el espíritu? 

Bajo mi punto de vista, opino que cuanto más se estudian las ciencias en su metafísica, más se acentúa la convicción de que ésta nada tiene de irreconciliable con la filosofía más idealista. Las ciencias analizan las reacciones, toman las medidas, descubren las leyes que regulan el mundo de los fenómenos, pero no hay ningún problema, por humilde que sea, que no las coloque delante de dos ideas sobre las cuales el método experimental no tiene ninguna inferencia: en primer lugar, la esencia de la sustancia modificada por los fenómenos, en segundo lugar, la fuerza que provoca esas modificaciones. Sólo conocemos, sólo vemos el exterior, las apariencias, la verdadera realidad, la realidad sustancial y la causa se nos escapan” 

No podemos terminar mejor esta revisión que citando las siguientes palabras del ilustre fisiólogo Claude Bernard: “La materia, cualquiera que sea, siempre está destituida de espontaneidad y no provoca nada, sólo expresa por sus propiedades la idea de quien creó la máquina que funciona. 
De manera que la materia organizada del cerebro, que manifiesta fenómenos de sensibilidad e inteligencia propios del ser vivo, no tiene, del pensamiento y de los fenómenos que manifiesta, más conciencia que de la materia bruta tendría una máquina inerte, de un reloj, por ejemplo, que no tiene conciencia de los movimientos que efectúa o de la hora que indica. Asimismo, los caracteres impresos y el papel no tienen conciencia de las ideas que reproducen. Asegurar que el cerebro produce el pensamiento, sería lo mismo que decir que el reloj produce la hora o la idea del tiempo. 
Es necesario no suponer que fue la materia quien creó la ley del orden y sucesión. Eso sería caer en el craso error de los materialistas”. 

Gabriel Delanne


 1 Insenescencia –expresión utilizada como cualidad de lo que no envejece (lo opuesto de senescente, que significa aquello o aquel que está envejeciendo). Nota del autor. del sentido íntimo en los ancianos.

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