Los griegos, desde la más remota antigüedad, han estado en
posesión de la verdad sobre el mundo espiritual.
A menudo, en Homero, los moribundos profetizan y el alma de Patroclo viene a visitar a Aquiles en su tienda. “Según la doctrina de la mayoría de los filósofos griegos, todo hombre tiene por guía un demonio particular (se llamaba daimon a los espíritus) en el cual estaba personificada su individualidad moral”1.
A menudo, en Homero, los moribundos profetizan y el alma de Patroclo viene a visitar a Aquiles en su tienda. “Según la doctrina de la mayoría de los filósofos griegos, todo hombre tiene por guía un demonio particular (se llamaba daimon a los espíritus) en el cual estaba personificada su individualidad moral”1.
La generalidad de los humanos estaba guiada por espíritus vulgares, los
sabios merecían ser visitados por espíritus superiores (Id.). Thales, que
vivió seis siglos y medio antes de nuestra era, enseñaba, como en China,
que el Universo estaba poblado de demonios y de genios, testigos
secretos de nuestras acciones, de nuestros propios pensamientos y de
nuestros guías espirituales2. Incluso hacía de este artículo uno de los
principales puntos de su moral, confesando que nada más apropiado para
inspirar a cada hombre que esta especie de vigilancia sobre si mismo,
que Pitágoras ha llamado más tarde la sal de la vida3.
Epiménides, contemporáneo de Solón, estaba guiado por los
espíritus y recibía con frecuencia las inspiraciones divinas. Era muy
adicto al dogma de la metempsicosis y, para convencer al pueblo, refería
que él resucitaba con frecuencia y que especialmente había sido Eacus4.
“Sócrates5, y sobre todo Platón, encontrando la distancia demasiado
grande entre Dios y el hombre, llenaban el intervalo con espíritus que
consideraban como los genios tutelares de los pueblos y de los
individuos, y los inspiradores de los oráculos.
El alma preexistía al
cuerpo, y llegaba al mundo dotada del conocimiento de las ideas eternas.
Semejante al niño, que olvida al día siguiente las cosas de la víspera, este
conocimiento se debilita en ella por su unión con el cuerpo, para
despertarse poco a poco con el tiempo, el trabajo, el uso de la razón y de
los sentidos. Aprender era recordar, morir era regresar al punto de partida
y volver a su primer estado: de felicidad para los buenos, de sufrimiento
para los malos.
Cada alma posee un demonio, un espíritu familiar que la inspira;
que se comunica con ella; cuya voz habla a la conciencia de cada uno de
nosotros y le advierte lo que tiene que hacer o evitar.
Firmemente
convencido de que, por mediación de esos espíritus, podía establecerse
una comunicación entre este mundo de los vivos y el que nosotros
llamamos de los muertos, Sócrates tenía un demonio, un espíritu familiar
que le hablaba sin cesar, y cuya voz le guiaba en todas sus gestiones1.
“Sí —dice Lamartine—, está inspirado; él nos lo dice, nos lo repite,
¿y por qué rehusaríamos creer, bajo su palabra, al hombre que dio su
vida por amor de la verdad?
¿Hay muchos testigos que valgan la palabra
de Sócrates moribundo? Sí, estaba inspirado... La verdad y la sabiduría
no son nuestras, descienden del cielo a los corazones escogidos, que son
suscitados por Dios según las necesidades del tiempo.”2
El claro genio de los griegos ha comprendido la necesidad de un
intermediario entre el alma y el cuerpo.
Para explicar la unión del alma
inmaterial con el cuerpo terrestre, los filósofos del Hellade habían
reconocido la existencia de una sustancia mixta, designada bajo el
nombre de Ochema, que le servía de envoltura y que los oráculos
llamaban el vehículo ligero, el cuerpo luminoso, el carro sutil.
Hipócrates, hablando de lo que mueve la materia, dice que el
movimiento es debido a una fuerza inmortal, ignis, a la cual da el nombre
de enormon o cuerpo fluídico.
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1 A. Maury, La Magie et I’Astrologie.
2 Diog. Laertius libro I, núm. 27.
3 Dictionnarie universal, historique, critique et biographique, t. XIII. Véase “Thalés”.
4 Fenelón, Vie des philosophes de l’antiquité. 5 Phédon, Timée, Phédre.

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