miércoles, 31 de julio de 2019

El Alma es Inmortal - GRECIA


Los griegos, desde la más remota antigüedad, han estado en posesión de la verdad sobre el mundo espiritual. 
A menudo, en Homero, los moribundos profetizan y el alma de Patroclo viene a visitar a Aquiles en su tienda. “Según la doctrina de la mayoría de los filósofos griegos, todo hombre tiene por guía un demonio particular (se llamaba daimon a los espíritus) en el cual estaba personificada su individualidad moral”1. 

La generalidad de los humanos estaba guiada por espíritus vulgares, los sabios merecían ser visitados por espíritus superiores (Id.). Thales, que vivió seis siglos y medio antes de nuestra era, enseñaba, como en China, que el Universo estaba poblado de demonios y de genios, testigos secretos de nuestras acciones, de nuestros propios pensamientos y de nuestros guías espirituales2. Incluso hacía de este artículo uno de los principales puntos de su moral, confesando que nada más apropiado para inspirar a cada hombre que esta especie de vigilancia sobre si mismo, que Pitágoras ha llamado más tarde la sal de la vida3. Epiménides, contemporáneo de Solón, estaba guiado por los espíritus y recibía con frecuencia las inspiraciones divinas. Era muy adicto al dogma de la metempsicosis y, para convencer al pueblo, refería que él resucitaba con frecuencia y que especialmente había sido Eacus4. “Sócrates5, y sobre todo Platón, encontrando la distancia demasiado grande entre Dios y el hombre, llenaban el intervalo con espíritus que consideraban como los genios tutelares de los pueblos y de los individuos, y los inspiradores de los oráculos.

 El alma preexistía al cuerpo, y llegaba al mundo dotada del conocimiento de las ideas eternas. Semejante al niño, que olvida al día siguiente las cosas de la víspera, este conocimiento se debilita en ella por su unión con el cuerpo, para despertarse poco a poco con el tiempo, el trabajo, el uso de la razón y de los sentidos. Aprender era recordar, morir era regresar al punto de partida y volver a su primer estado: de felicidad para los buenos, de sufrimiento para los malos. Cada alma posee un demonio, un espíritu familiar que la inspira; que se comunica con ella; cuya voz habla a la conciencia de cada uno de nosotros y le advierte lo que tiene que hacer o evitar. 

Firmemente convencido de que, por mediación de esos espíritus, podía establecerse una comunicación entre este mundo de los vivos y el que nosotros llamamos de los muertos, Sócrates tenía un demonio, un espíritu familiar que le hablaba sin cesar, y cuya voz le guiaba en todas sus gestiones1. “Sí —dice Lamartine—, está inspirado; él nos lo dice, nos lo repite, ¿y por qué rehusaríamos creer, bajo su palabra, al hombre que dio su vida por amor de la verdad? 
¿Hay muchos testigos que valgan la palabra de Sócrates moribundo? Sí, estaba inspirado... La verdad y la sabiduría no son nuestras, descienden del cielo a los corazones escogidos, que son suscitados por Dios según las necesidades del tiempo.”2 El claro genio de los griegos ha comprendido la necesidad de un intermediario entre el alma y el cuerpo. 

Para explicar la unión del alma inmaterial con el cuerpo terrestre, los filósofos del Hellade habían reconocido la existencia de una sustancia mixta, designada bajo el nombre de Ochema, que le servía de envoltura y que los oráculos llamaban el vehículo ligero, el cuerpo luminoso, el carro sutil. Hipócrates, hablando de lo que mueve la materia, dice que el movimiento es debido a una fuerza inmortal, ignis, a la cual da el nombre de enormon o cuerpo fluídico.

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1 A. Maury, La Magie et I’Astrologie.
2 Diog. Laertius libro I, núm. 27.
3 Dictionnarie universal, historique, critique et biographique, t. XIII. Véase “Thalés”.
4 Fenelón, Vie des philosophes de l’antiquité. 5 Phédon, Timée, Phédre.

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