Contaban de nuevo recientemente los periódicos el extraño experimento que suponen realizado sobre la cabeza de Lapomerais por el doctor Velpeau, algunos segundos después de la decapitación.
La víspera de la ejecución el célebre cirujano había ido a encontrar a su «cabeza» en la celda y mientras le había expresado su creencia en la probabilidad del indulto, le había manifestado que en el caso de que éste no llegase (todos somos mortales, por otra parte), le pedía que si quería prestara a la ciencia un inmenso y sensacional servicio. – Siempre habéis querido nuestra ciencia con predilección – le había dicho–y como sabéis perfectamente, hay en ella todavía muchísimos problemas a resolver. ¿Queréis prestarme vuestro concurso para la realización de un experimento decisivo? Yo os diría al oído: «Lapomerais, ¿me oís? Y de conformidad con nuestro acuerdo, bajaríais por tres veces el párpado del ojo izquierdo. Vuestro nombre será inmortal.
Y los cronistas cuentan que, en efecto, Velpeau había subido al cadalso en el momento de la ejecución, que había tomado la cabeza del ajusticiado inmediatamente después de ser cumplida la fatal sentencia, y que habiéndole hablado al oído, el párpado izquierdo se levantó por tres veces, aunque la última con un señalado esfuerzo y en forma casi insensible. En esta forma se expresaba muy seriamente, hace pocos días, un importante diario. Sin embargo, en toda esta pretendida historia no hay ni una palabra de verdad. Me consta por conducto del mismo sacerdote señor Croze (el limosnero de última hora), que el condenado no fue satélite de nadie y que no se realizó con él ningún género de experimento. Es lamentable, ciertamente, que algunos escritores cuenten el hecho como exacto, sin preocuparse de las ideas erróneas que estos relatos pueden sugerir a los espíritus.
En Niza, donde me encontraba a la sazón, oí contar y comentar por primera vez esta anécdota, que fue muy seriamente discutida por los Fisiólogos, sosteniendo el pro y el contra de la prolongación de la sensibilidad después de la muerte, de conformidad cada bando con los numerosos aunque contradictorios experimentos realizados en las cabezas de los guillotinados y en los cuerpos de los que murieron en la horca.
Por una curiosa coincidencia, de las que tanto abundan en la vida, en vez de dirigirme al Observatorio de Niza, según tenía proyectado aquella misma mañana, me encaminé a la orilla del Var1, donde uno de mis parientes, amigo ferviente de las flores, ha sabido organizar un hermoso jardín tropical, donde ya en invernáculo y al aire libre, están representadas las especies más variadas de plantas, desde la palmera hasta la orquídea y desde el naranjo hasta el aromo. Allí se ven los más interesantes ejemplares que puedan apetecerse en las mismas orillas del Mediterráneo, al pie de las pintorescas colinas que encuadran la hermosísima bahía del país de las flores. Allí, en un pabellón aislado, encontré a un amigo de infancia, M.G., cuya función social consiste simplemente en disecar. Cuando transcurre el día sin haber podido rellenar un pequeño y bonito animal, un pájaro, antes de entregarse al sueño, evoca la sombra de Tito y repite cien veces: «Lo mismo da, he perdido el día».
No le habléis ni de las estrellas, ni de las flores, ni de la mesa, ni de caballos, ni de Baco, ni de Venus.
A sus ojos el mundo se compone en primer término de pequeños animales, a todos los cuales encuentra casi encantadores y dignos de ser conservados. Toma un fusil, les da muerte sin tocarles apenas por temor de deteriorarlos y los rellena con tal destreza, colocándoles con tanta elegancia sobre sus patas, que parecen encantados de su suerte. Las ardillas miran con aire malicioso, prontas a lanzarse sobre las ramas; el pico parece admirado de no haber alcanzado todavía el árbol; el mirlo se enorgullece de su blanco plumaje, que un antiguo proverbio suponía no hallable; el garganta roja parece admirar su adorno, mientras el ruiseñor levanta su pequeña cabeza hacia el cielo admirándose de su mudez. Este es también un pequeño mundo. No habiéndole proporcionado ningún ejemplar la caza de aquel día, ni aún un pájaro de mar, M. G. estaba inconsolable. Al fin se decidió por cazar langostas. Poca cosa era en efecto, pero con el viento mistral que se anunciaba no cabía esperar mejor caza. Por eso y antes que perder la jornada, nuestro infatigable naturalista se dedicaba a obtener langostas para rellenarlas después, según su costumbre.
Tenía ya una media docena preparadas y colocadas cuidadosamente encima de una tabla de madera, por medio de grandes alfileres negros, cuando se me ocurrió coger una para poder examinar mejor su bella armadura de caballero feudal y apreciar, con auxilio de los lentes, sus mandíbulas de acero, viendo con asombro que se deslizaba de mis dedos y que de un salto desaparecía por la ventana. Tal fue mi sorpresa en el primer momento, que no daba crédito a mis propios ojos. Pero el desagradable cosquilleo que las patas de la langosta habían producido en mis dedos al tomarlos por punto de apoyo para su huída, persistía aún, viéndome obligado a reconocer que en efecto, había partido. Al grito de asombro por mi lanzado M.G., con la mayor naturalidad, mientras continuaba vaciando otro de los ejemplares: «¡Eso no me extraña! ¡Tienen la vida tan dura!» No obstante, yo continuaba asombrado... hasta tal punto, que me acerqué a la tabla para mejor observar la forma cómo realizaba la operación. Esta era en efecto hecha con la mayor escrupulosidad. Tomando el insecto entre los dedos pulgar e índice de la mano izquierda, hacía penetrar la hoja de un cortaplumas a todo lo largo del cuerpo, el cual abría después, extirpando todos los órganos. Así el animal quedaba completamente vaciado, no restando de él más que su envoltura exterior, con la cabeza, las alas y las patas.
Apenas había acabado de vaciar la que tenía entre manos, se la pedí para llenarla yo mismo de algodón. La coloqué encima de la tabla, dándole el sol; pero mientas preparaba el algodón voló igualmente hacia la ventana como la anterior. – ¡Tienen toda la vida en la cabeza!
– me dijo M.G.– Observa qué cabezas más fuertes. Así se comprende que devasten regiones enteras, no dejando más que la ruina a su paso. Deben ser de una voracidad incomparable. –Vamos al jardín – objeté –, donde decapitaréis algunas para ver si viven sin cabeza. Descendimos, en efecto, no tardando el jardinero en presentarnos una docena. Aunque generalmente las aplasta bajo sus zapatos, pues parece que le destruyen las más preciosas plantas, aquel día quiso entregarlas intactas al operador, quien de un golpe de cortaplumas, fue cortando una tras otra todas las cabezas. Algunas, a pesar de estar decapitadas, partían tranquilamente en dirección a los vecinos arbustos sin perder la cabeza por tan poca cosa. No parecían darse cuenta de la operación capital de que acababan de ser víctimas y, aunque ciegas, saltaban y volaban perfectamente. Respecto a las doce cabezas, tampoco eran nuestras, continuando moviendo sus antenas y sus mandíbulas.
– ¡Pues bien!– dije –, es preciso saber la última palabra. Mañana haremos un experimento importante. Rogué a mi pariente que me hiciese coger algunas, que las decapitase todas, y que me las enviase al día siguiente a Niza.
Era e18 de marzo de 1884.
A la mañana siguiente recibí una caja conteniendo 34 langostas decapitadas. Todas estaban vivas, despiertas y bien conservadas según todas las apariencias.
El día l0, o sea a los dos días de haberse efectuado la decapitación, no había ni una de muerta. Algunas parecían hallarse un poco fatigadas, pero al abrir la caja volaron casi todas por la estancia.
El día 11 encontré 2 muertas.
El día 12 encontré 6 muertas.
El día l3 encontré 13 muertas.
El día 14 encontré 6 muertas.
El día 15 encontré 2 muertas.
El día 16 encontré 1 muerta.
El 17 aun había una viva.
Esta era muy nerviosa y casi feroz; Quise tomarla como había hecho con sus compañeras, para sacarla de la caja, pero saltó con tal fuerza que me dejó en la mano la pata por donde la tenía cogida. Esta luchadora vivió aún seis días. Exponiéndola al Sol, el 21 aun movía la pata que le quedaba y hasta las pequeñas patitas; su abdomen se hinchaba y se deshinchaba como si se tratase de una respiración, particularmente al ponerla en contacto con una larga aguja de acero.
Golpeándola, el día 22, contestaba todavía con la pata, no muriendo hasta el 23, es decir, quince días después de haber sido decapitada. Resulta pues, que estos ortópteros pueden vivir sin cabeza, como pueden vivir también con el cuerpo completamente vaciado y por tanto, desprovisto de todos sus órganos. ¿Se hallan en el caso de vivir asimismo en la doble condición de decapitados y vaciados a la vez? Sí.
Habiendo decapitado y vaciado otros el 17 de marzo, los examinaba el 21.
Como no presentaban ninguna señal de vida, los creí sinceramente muertos.
Se hallaban colocados sobre el tapiz de una mesa, dándoles el Sol, cuando tratando de hacer revivir uno haciéndole cosquilla en las antenas, vi que su vecino, que se hallaba acostado del lado izquierdo, se volvía por sí mismo, con gran asombro mío, colocándose del lado derecho. Al tocarlos al día siguiente, vi que todavía conservaban movimiento en las patas.
La vida no reside exclusivamente, pues, ni en la cabeza ni en el cuerpo, sino que está diseminada en los ganglios nerviosos que van de la cabeza al tórax. Apenas puede afirmarse que la cabeza tenga preponderancia.
Poco hábil en las operaciones de disección, desconocedor e incapaz por mí mismo de realizar experimentos de vivisección y conociendo apenas nada de insectología, pedí a mi sabio amigo el doctor Mengeaud, profesor de Historia Natural en el Liceo de Niza, que me prestase el concurso de su saber y de su experiencia para disecar estos pequeños animalitos, separándoles ahora la cabeza sola, ahora la cabeza con el cuello, ahora los tres anillos torácicos, variando y combinando los experimentos, a fin de llegar a un resultado definitivo respecto al descubrimiento del sitio donde reside la vida en tan resueltos seres.
Mi primo del Var tenía la atención de guardarme una verdadera colección en pequeñas cajas. Viven perfectamente quince y hasta veinte días sin comer nada, lo que no deja ya de ser algo sorprendente.
El 18 de marzo, abriendo una caja que contenía ocho langostas, encerradas desde el día 9, las encontré todas ellas en perfecto estado de vitalidad. El doctor Mengeaud se prestó a realizar los experimentos siguientes:
1º. Quitó la cabeza y el cuello (el primer anillo) a una. Al siguiente día 19, se hallaba aún en plena vitalidad. Daba saltos de cuatro centímetros, y no parecía darse cuenta de la operación.
El 20, seguía dando señales de vida.
El 21 había muerto. Así la vida reside en el segundo anillo (que quedó adherido al cuerpo) lo mismo que en el primero y en la cabeza. Por otra parte, la cabeza y el cuello viven (el 19) no muriendo hasta el 20.
2º. A otra le quitó todo el cuerpo, no dejándole más que 1a cabeza y los dos primeros anillos; el tercer anillo, al que están adheridas las patas saltadoras y el abdomen, le fue separado. Al día siguiente (19), demostraba hallarse en plena vitalidad, acariciándose la cabeza con las patitas anteriores y pareciendo conducirse muy bien.
El 20 vivía aún. Murió el 21.
El tercer anillo y el abdomen murieron inmediatamente. Así resulta que los centros vitales se hallan bien diseminados en la cabeza y los dos primeros anillos, faltando en el tercero.
3º. Cuatro cabezas, con el cuello (primer anillo), han vivido más de treinta horas.
4º. Cabezas solas, desprovistas del primer anillo, han vivido unas 24 horas.
5º. El primer anillo sólo, sin la cabeza ni el cuerpo, vive algunas horas.
6º. El cuerpo entero (el tercer anillo y el abdomen) dividido, muere pronto. Conserva menos vitalidad que la cola del lagarto abandonada por el reptil en la mano del que pretende cogerlo, la cual cola se agita todavía durante algún tiempo. Ignoro si por los entomologistas se han hecho experimentos análogos a los que preceden; mas sea como sea, los anteriores me han parecido bastante interesantes para ser publicados. Ciertamente, ningún lazo orgánico directo une las especies vivientes superiores a las inferiores, los vertebrados a los invertebrados, los mamíferos a los insectos, y sería salirnos de los límites de la observación el aplicar ninguno de los experimentos anteriores a la fisiología humana.
Pero, desde el punto de vista general de la concepción de la vida, vemos que existen seres en los cuales lejos de estar aquélla localizada, se halla, por el contrario, diseminada en un conjunto de órganos.
3º. Cuatro cabezas, con el cuello (primer anillo), han vivido más de treinta horas.
4º. Cabezas solas, desprovistas del primer anillo, han vivido unas 24 horas.
5º. El primer anillo sólo, sin la cabeza ni el cuerpo, vive algunas horas.
6º. El cuerpo entero (el tercer anillo y el abdomen) dividido, muere pronto. Conserva menos vitalidad que la cola del lagarto abandonada por el reptil en la mano del que pretende cogerlo, la cual cola se agita todavía durante algún tiempo. Ignoro si por los entomologistas se han hecho experimentos análogos a los que preceden; mas sea como sea, los anteriores me han parecido bastante interesantes para ser publicados. Ciertamente, ningún lazo orgánico directo une las especies vivientes superiores a las inferiores, los vertebrados a los invertebrados, los mamíferos a los insectos, y sería salirnos de los límites de la observación el aplicar ninguno de los experimentos anteriores a la fisiología humana.
Pero, desde el punto de vista general de la concepción de la vida, vemos que existen seres en los cuales lejos de estar aquélla localizada, se halla, por el contrario, diseminada en un conjunto de órganos.
En el hombre sólo el cerebro percibe, y toda impresión de dolor o de placer que no fuese transmitida al cerebro por medio de los nervios no sería sentida. El cuerpo privado de cabeza no siente. En otros seres, por el contrario, el cuerpo puede vivir perfectamente sin la cabeza y de seguro también sentir y sufrir. Sin embargo, mientras hacíamos los experimentos que preceden nos preguntábamos si las langostas experimentan, en efecto, profundas sensaciones. Parecen casi tan insensibles como las plantas y su indiferencia es tal que nada las emociona al cortarles la cabeza, ni al disecarlas vivas, ni al arrancárseles las entrañas realizan ningún movimiento convulsivo. Sabido es que las langostas se prestan perfectamente a dejarse coger sin el menor sentimiento, aparente por lo menos. Una langosta que carece de cabeza desde hace ocho días, es probable que no lo sepa, aun permaneciendo totalmente viva. ¡Qué vitalidad más prodigiosa! El gran libro de la naturaleza dista mucho de ser leído por completo y nuestro pequeño planeta encierra para la ciencia tantos descubrimientos como la inmensidad del cielo.
Camilo Flammarión

