domingo, 15 de diciembre de 2019

¿QUÉ ES LA VIDA?



Contaban de nuevo recientemente los periódicos el extraño experimento que suponen realizado sobre la cabeza de Lapomerais por el doctor Velpeau, algunos segundos después de la decapitación. 
La víspera de la ejecución el célebre cirujano había ido a encontrar a su «cabeza» en la celda y mientras le había expresado su creencia en la probabilidad del indulto, le había manifestado que en el caso de que éste no llegase (todos somos mortales, por otra parte), le pedía que si quería prestara a la ciencia un inmenso y sensacional servicio. – Siempre habéis querido nuestra ciencia con predilección – le había dicho–y como sabéis perfectamente, hay en ella todavía muchísimos problemas a resolver. ¿Queréis prestarme vuestro concurso para la realización de un experimento decisivo? Yo os diría al oído: «Lapomerais, ¿me oís? Y de conformidad con nuestro acuerdo, bajaríais por tres veces el párpado del ojo izquierdo. Vuestro nombre será inmortal. 

Y los cronistas cuentan que, en efecto, Velpeau había subido al cadalso en el momento de la ejecución, que había tomado la cabeza del ajusticiado inmediatamente después de ser cumplida la fatal sentencia, y que habiéndole hablado al oído, el párpado izquierdo se levantó por tres veces, aunque la última con un señalado esfuerzo y en forma casi insensible. En esta forma se expresaba muy seriamente, hace pocos días, un importante diario. Sin embargo, en toda esta pretendida historia no hay ni una palabra de verdad. Me consta por conducto del mismo sacerdote señor Croze (el limosnero de última hora), que el condenado no fue satélite de nadie y que no se realizó con él ningún género de experimento. Es lamentable, ciertamente, que algunos escritores cuenten el hecho como exacto, sin preocuparse de las ideas erróneas que estos relatos pueden sugerir a los espíritus. 

En Niza, donde me encontraba a la sazón, oí contar y comentar por primera vez esta anécdota, que fue muy seriamente discutida por los Fisiólogos, sosteniendo el pro y el contra de la prolongación de la sensibilidad después de la muerte, de conformidad cada bando con los numerosos aunque contradictorios experimentos realizados en las cabezas de los guillotinados y en los cuerpos de los que murieron en la horca. 

Por una curiosa coincidencia, de las que tanto abundan en la vida, en vez de dirigirme al Observatorio de Niza, según tenía proyectado aquella misma mañana, me encaminé a la orilla del Var1, donde uno de mis parientes, amigo ferviente de las flores, ha sabido organizar un hermoso jardín tropical, donde ya en invernáculo y al aire libre, están representadas las especies más variadas de plantas, desde la palmera hasta la orquídea y desde el naranjo hasta el aromo. Allí se ven los más interesantes ejemplares que puedan apetecerse en las mismas orillas del Mediterráneo, al pie de las pintorescas colinas que encuadran la hermosísima bahía del país de las flores. Allí, en un pabellón aislado, encontré a un amigo de infancia, M.G., cuya función social consiste simplemente en disecar. Cuando transcurre el día sin haber podido rellenar un pequeño y bonito animal, un pájaro, antes de entregarse al sueño, evoca la sombra de Tito y repite cien veces: «Lo mismo da, he perdido el día». 
No le habléis ni de las estrellas, ni de las flores, ni de la mesa, ni de caballos, ni de Baco, ni de Venus. 

A sus ojos el mundo se compone en primer término de pequeños animales, a todos los cuales encuentra casi encantadores y dignos de ser conservados. Toma un fusil, les da muerte sin tocarles apenas por temor de deteriorarlos y los rellena con tal destreza, colocándoles con tanta elegancia sobre sus patas, que parecen encantados de su suerte. Las ardillas miran con aire malicioso, prontas a lanzarse sobre las ramas; el pico parece admirado de no haber alcanzado todavía el árbol; el mirlo se enorgullece de su blanco plumaje, que un antiguo proverbio suponía no hallable; el garganta roja parece admirar su adorno, mientras el ruiseñor levanta su pequeña cabeza hacia el cielo admirándose de su mudez. Este es también un pequeño mundo. No habiéndole proporcionado ningún ejemplar la caza de aquel día, ni aún un pájaro de mar, M. G. estaba inconsolable. Al fin se decidió por cazar langostas. Poca cosa era en efecto, pero con el viento mistral que se anunciaba no cabía esperar mejor caza. Por eso y antes que perder la jornada, nuestro infatigable naturalista se dedicaba a obtener langostas para rellenarlas después, según su costumbre. 

Tenía ya una media docena preparadas y colocadas cuidadosamente encima de una tabla de madera, por medio de grandes alfileres negros, cuando se me ocurrió coger una para poder examinar mejor su bella armadura de caballero feudal y apreciar, con auxilio de los lentes, sus mandíbulas de acero, viendo con asombro que se deslizaba de mis dedos y que de un salto desaparecía por la ventana. Tal fue mi sorpresa en el primer momento, que no daba crédito a mis propios ojos. Pero el desagradable cosquilleo que las patas de la langosta habían producido en mis dedos al tomarlos por punto de apoyo para su huída, persistía aún, viéndome obligado a reconocer que en efecto, había partido. Al grito de asombro por mi lanzado M.G., con la mayor naturalidad, mientras continuaba vaciando otro de los ejemplares: «¡Eso no me extraña! ¡Tienen la vida tan dura!» No obstante, yo continuaba asombrado... hasta tal punto, que me acerqué a la tabla para mejor observar la forma cómo realizaba la operación. Esta era en efecto hecha con la mayor escrupulosidad. Tomando el insecto entre los dedos pulgar e índice de la mano izquierda, hacía penetrar la hoja de un cortaplumas a todo lo largo del cuerpo, el cual abría después, extirpando todos los órganos. Así el animal quedaba completamente vaciado, no restando de él más que su envoltura exterior, con la cabeza, las alas y las patas. 

Apenas había acabado de vaciar la que tenía entre manos, se la pedí para llenarla yo mismo de algodón. La coloqué encima de la tabla, dándole el sol; pero mientas preparaba el algodón voló igualmente hacia la ventana como la anterior. – ¡Tienen toda la vida en la cabeza!

– me dijo M.G.– Observa qué cabezas más fuertes. Así se comprende que devasten regiones enteras, no dejando más que la ruina a su paso. Deben ser de una voracidad incomparable. –Vamos al jardín – objeté –, donde decapitaréis algunas para ver si viven sin cabeza. Descendimos, en efecto, no tardando el jardinero en presentarnos una docena. Aunque generalmente las aplasta bajo sus zapatos, pues parece que le destruyen las más preciosas plantas, aquel día quiso entregarlas intactas al operador, quien de un golpe de cortaplumas, fue cortando una tras otra todas las cabezas. Algunas, a pesar de estar decapitadas, partían tranquilamente en dirección a los vecinos arbustos sin perder la cabeza por tan poca cosa. No parecían darse cuenta de la operación capital de que acababan de ser víctimas y, aunque ciegas, saltaban y volaban perfectamente. Respecto a las doce cabezas, tampoco eran nuestras, continuando moviendo sus antenas y sus mandíbulas. – ¡Pues bien!– dije –, es preciso saber la última palabra. Mañana haremos un experimento importante. Rogué a mi pariente que me hiciese coger algunas, que las decapitase todas, y que me las enviase al día siguiente a Niza. 

Era e18 de marzo de 1884. 

 A la mañana siguiente recibí una caja conteniendo 34 langostas decapitadas. Todas estaban vivas, despiertas y bien conservadas según todas las apariencias. 

  El día l0, o sea a los dos días de haberse efectuado la decapitación, no había ni una de muerta. Algunas parecían hallarse un poco fatigadas, pero al abrir la caja volaron casi todas por la estancia. 

El día 11 encontré 2 muertas. 
El día 12 encontré 6 muertas. 
El día l3 encontré 13 muertas. 
El día 14 encontré 6 muertas. 
El día 15 encontré 2 muertas. 
El día 16 encontré 1 muerta. 
El 17 aun había una viva. 

Esta era muy nerviosa y casi feroz; Quise tomarla como había hecho con sus compañeras, para sacarla de la caja, pero saltó con tal fuerza que me dejó en la mano la pata por donde la tenía cogida. Esta luchadora vivió aún seis días. Exponiéndola al Sol, el 21 aun movía la pata que le quedaba y hasta las pequeñas patitas; su abdomen se hinchaba y se deshinchaba como si se tratase de una respiración, particularmente al ponerla en contacto con una larga aguja de acero. 

Golpeándola, el día 22, contestaba todavía con la pata, no muriendo hasta el 23, es decir, quince días después de haber sido decapitada. Resulta pues, que estos ortópteros pueden vivir sin cabeza, como pueden vivir también con el cuerpo completamente vaciado y por tanto, desprovisto de todos sus órganos. ¿Se hallan en el caso de vivir asimismo en la doble condición de decapitados y vaciados a la vez? Sí. Habiendo decapitado y vaciado otros el 17 de marzo, los examinaba el 21.

 Como no presentaban ninguna señal de vida, los creí sinceramente muertos. 
Se hallaban colocados sobre el tapiz de una mesa, dándoles el Sol, cuando tratando de hacer revivir uno haciéndole cosquilla en las antenas, vi que su vecino, que se hallaba acostado del lado izquierdo, se volvía por sí mismo, con gran asombro mío, colocándose del lado derecho. Al tocarlos al día siguiente, vi que todavía conservaban movimiento en las patas. La vida no reside exclusivamente, pues, ni en la cabeza ni en el cuerpo, sino que está diseminada en los ganglios nerviosos que van de la cabeza al tórax. Apenas puede afirmarse que la cabeza tenga preponderancia. 
Poco hábil en las operaciones de disección, desconocedor e incapaz por mí mismo de realizar experimentos de vivisección y conociendo apenas nada de insectología, pedí a mi sabio amigo el doctor Mengeaud, profesor de Historia Natural en el Liceo de Niza, que me prestase el concurso de su saber y de su experiencia para disecar estos pequeños animalitos, separándoles ahora la cabeza sola, ahora la cabeza con el cuello, ahora los tres anillos torácicos, variando y combinando los experimentos, a fin de llegar a un resultado definitivo respecto al descubrimiento del sitio donde reside la vida en tan resueltos seres. 

Mi primo del Var tenía la atención de guardarme una verdadera colección en pequeñas cajas. Viven perfectamente quince y hasta veinte días sin comer nada, lo que no deja ya de ser algo sorprendente. El 18 de marzo, abriendo una caja que contenía ocho langostas, encerradas desde el día 9, las encontré todas ellas en perfecto estado de vitalidad. El doctor Mengeaud se prestó a realizar los experimentos siguientes: 

1º. Quitó la cabeza y el cuello (el primer anillo) a una. Al siguiente día 19, se hallaba aún en plena vitalidad. Daba saltos de cuatro centímetros, y no parecía darse cuenta de la operación. 
El 20, seguía dando señales de vida. 

El 21 había muerto. Así la vida reside en el segundo anillo (que quedó adherido al cuerpo) lo mismo que en el primero y en la cabeza. Por otra parte, la cabeza y el cuello viven (el 19) no muriendo hasta el 20. 

2º. A otra le quitó todo el cuerpo, no dejándole más que 1a cabeza y los dos primeros anillos; el tercer anillo, al que están adheridas las patas saltadoras y el abdomen, le fue separado. Al día siguiente (19), demostraba hallarse en plena vitalidad, acariciándose la cabeza con las patitas anteriores y pareciendo conducirse muy bien. 

El 20 vivía aún. Murió el 21. 

El tercer anillo y el abdomen murieron inmediatamente. Así resulta que los centros vitales se hallan bien diseminados en la cabeza y los dos primeros anillos, faltando en el tercero. 

3º. Cuatro cabezas, con el cuello (primer anillo), han vivido más de treinta horas. 

. Cabezas solas, desprovistas del primer anillo, han vivido unas 24 horas. 

5º. El primer anillo sólo, sin la cabeza ni el cuerpo, vive algunas horas. 

6º. El cuerpo entero (el tercer anillo y el abdomen) dividido, muere pronto. Conserva menos vitalidad que la cola del lagarto abandonada por el reptil en la mano del que pretende cogerlo, la cual cola se agita todavía durante algún tiempo. Ignoro si por los entomologistas se han hecho experimentos análogos a los que preceden; mas sea como sea, los anteriores me han parecido bastante interesantes para ser publicados. Ciertamente, ningún lazo orgánico directo une las especies vivientes superiores a las inferiores, los vertebrados a los invertebrados, los mamíferos a los insectos, y sería salirnos de los límites de la observación el aplicar ninguno de los experimentos anteriores a la fisiología humana. 

Pero, desde el punto de vista general de la concepción de la vida, vemos que existen seres en los cuales lejos de estar aquélla localizada, se halla, por el contrario, diseminada en un conjunto de órganos. 

En el hombre sólo el cerebro percibe, y toda impresión de dolor o de placer que no fuese transmitida al cerebro por medio de los nervios no sería sentida. El cuerpo privado de cabeza no siente. En otros seres, por el contrario, el cuerpo puede vivir perfectamente sin la cabeza y de seguro también sentir y sufrir. Sin embargo, mientras hacíamos los experimentos que preceden nos preguntábamos si las langostas experimentan, en efecto, profundas sensaciones. Parecen casi tan insensibles como las plantas y su indiferencia es tal que nada las emociona al cortarles la cabeza, ni al disecarlas vivas, ni al arrancárseles las entrañas realizan ningún movimiento convulsivo. Sabido es que las langostas se prestan perfectamente a dejarse coger sin el menor sentimiento, aparente por lo menos. Una langosta que carece de cabeza desde hace ocho días, es probable que no lo sepa, aun permaneciendo totalmente viva. ¡Qué vitalidad más prodigiosa! El gran libro de la naturaleza dista mucho de ser leído por completo y nuestro pequeño planeta encierra para la ciencia tantos descubrimientos como la inmensidad del cielo. 

 Camilo Flammarión

martes, 10 de diciembre de 2019

EL ALMA ES INMORTAL - LOS PRIMEROS CRISTIANOS


Es, por lógica, obligado explicar la acción del alma sobre la envoltura física, en la cual han creído los primeros cristianos, creyendo además en la existencia de una sustancia mediadora. Por demás es incomprensible que el espíritu sea puramente inmaterial; pues entonces no tendría punto alguno de contacto con la materia física, y cuando no estuviese ya individualizado en el cuerpo terrestre, no podría existir. El individuo está siempre determinado en el conjunto de las cosas por sus relaciones con otros seres; en el espacio, por la forma corporal, en el tiempo, por la memoria. 

El gran apóstol San Pablo habla, en varias ocasiones, del cuerpo espiritual, imponderable, incorruptible; y Orígenes, en sus Comentarios sobre el Nuevo Testamento, afirma que este cuerpo, dotado de una virtud plástica, sigue al alma en todas sus existencias y en todas sus peregrinaciones, para penetrar e informar a los cuerpos más o menos groseros y materiales que esta alma reviste, y que le son necesarios en el ejercicio de sus diversas vidas. He aquí, según Pezzani, la opinión de algunos Padres de la Iglesia sobre esta cuestión: Orígenes y los Padres alejandrinos, que sostenían el uno la certidumbre y los otros la posibilidad de nuevas pruebas sucediendo a la prueba terrestre, tenían empeño en plantearse la cuestión de saber qué cuerpo debía resucitar en el juicio final. Resolvieron esta cuestión no atribuyendo la resurrección más que al cuerpo espiritual, como lo hicieron San Pablo y, más tarde, San Agustín mismo; representándose los cuerpos de los elegidos como incorruptibles, sutiles, tenues y soberanamente ágiles. 

Entonces, puesto que este cuerpo espiritual, compañero inseparable del alma, representaba, por su sustancia quintaesenciada, todas las otras envolturas groseras de que el alma había podido estar pasajeramente revestida y que había tenido que dejar a la podredumbre y a los gusanos de los mundos atravesados por ella; puesto que este cuerpo había penetrado con su energía todas las materias utilizadas para un uso perecedero y transitorio, el dogma de la resurrección de la carne sustancial recibía con esta concepción sublime una brillante confirmación. El cuerpo espiritual, de esta forma concebido, representaba todos los otros, que no merecían el nombre de cuerpos si no por su adjunción a este principio vivificante de la carne real, es decir, a lo que los espiritas han llamado periespíritu. 

Tertuliano dice que los ángeles tienen un cuerpo que les es propio, y que pudiendo transfigurarse en carne humana, pueden, por un tiempo, dejarse ver por los hombres y comunicarse visiblemente con ellos. San Basilio opina lo mismo. Pues, aunque haya dicho en alguna parte que los ángeles no tienen cuerpo, no obstante, en el tratado que ha compuesto sobre el Espíritu Santo, anticipa que se hacen visibles a las especies con su propio cuerpo, y que aparecen a los que son dignos de ello. No hay nada en la Creación, nos enseña San Hilario, cosas visibles o invisibles, que no sea corporal. 

Las almas mismas, estén o no unidas a un cuerpo, tienen una sustancia corporal inherente a su naturaleza, por la razón de que es preciso que toda cosa esté en alguna cosa... Y siendo sólo Dios incorporal, según San Cirilio de Alejandría, únicamente El puede no estar circunscrito, mientras que todas las otras criaturas deben estar1o, aunque sus cuerpos no se parezcan a los nuestros. Y que si e llama a los demonios, animales aéreos, con Apuleyo, es en el mismo sentido que da el gran obispo de Hipona: porque los unos tienen naturaleza corporal y los otros son de la misma esencia. También San Gregorio llama al ángel un animal razonable y San Bernado nos dirige estas palabras: “Concedamos sólo a Dios la inmortalidad, así como la inmaterialidad, pues no hay más que su Naturaleza que no tenga necesidad, ni para sí misma ni para otra, del socorro de un instrumento corporal”. Y esta doctrina era en cierto modo la del gran Ambrosio de Mi1án, cuyos términos he aquí: “No nos imaginamos ningún ser exento de materia en su composición, con la sola y única excepción de la sustancia de la adorable Trinidad.” 

El maestro de las sentencias, Pedro Lombard, dejaba la cuestión indecisa, no obstante, exponía esta opinión de San Agustín: “Los ángeles deben tener un cuerpo al que no están sometidos, cambiándolo y moldeándolo según las formas que quieren darle para apropiarlo a sus actos.”

Gabriel Delanne