Es, por lógica, obligado explicar la acción del alma sobre la
envoltura física, en la cual han creído los primeros cristianos, creyendo
además en la existencia de una sustancia mediadora. Por demás es
incomprensible que el espíritu sea puramente inmaterial; pues entonces
no tendría punto alguno de contacto con la materia física, y cuando no
estuviese ya individualizado en el cuerpo terrestre, no podría existir.
El individuo está siempre determinado en el conjunto de las cosas
por sus relaciones con otros seres; en el espacio, por la forma corporal,
en el tiempo, por la memoria.
El gran apóstol San Pablo habla, en varias ocasiones, del cuerpo
espiritual, imponderable, incorruptible; y Orígenes, en sus Comentarios
sobre el Nuevo Testamento, afirma que este cuerpo, dotado de una virtud
plástica, sigue al alma en todas sus existencias y en todas sus
peregrinaciones, para penetrar e informar a los cuerpos más o menos
groseros y materiales que esta alma reviste, y que le son necesarios en el
ejercicio de sus diversas vidas.
He aquí, según Pezzani, la opinión de algunos Padres de la Iglesia
sobre esta cuestión: Orígenes y los Padres alejandrinos, que sostenían el uno la
certidumbre y los otros la posibilidad de nuevas pruebas sucediendo a la
prueba terrestre, tenían empeño en plantearse la cuestión de saber qué
cuerpo debía resucitar en el juicio final. Resolvieron esta cuestión no
atribuyendo la resurrección más que al cuerpo espiritual, como lo
hicieron San Pablo y, más tarde, San Agustín mismo; representándose
los cuerpos de los elegidos como incorruptibles, sutiles, tenues y
soberanamente ágiles.
Entonces, puesto que este cuerpo espiritual, compañero inseparable
del alma, representaba, por su sustancia quintaesenciada, todas las otras
envolturas groseras de que el alma había podido estar pasajeramente
revestida y que había tenido que dejar a la podredumbre y a los gusanos
de los mundos atravesados por ella; puesto que este cuerpo había
penetrado con su energía todas las materias utilizadas para un uso
perecedero y transitorio, el dogma de la resurrección de la carne
sustancial recibía con esta concepción sublime una brillante
confirmación. El cuerpo espiritual, de esta forma concebido,
representaba todos los otros, que no merecían el nombre de cuerpos si no
por su adjunción a este principio vivificante de la carne real, es decir, a
lo que los espiritas han llamado periespíritu.
Tertuliano dice que los ángeles tienen un cuerpo que les es propio,
y que pudiendo transfigurarse en carne humana, pueden, por un tiempo,
dejarse ver por los hombres y comunicarse visiblemente con ellos. San
Basilio opina lo mismo. Pues, aunque haya dicho en alguna parte que los
ángeles no tienen cuerpo, no obstante, en el tratado que ha compuesto
sobre el Espíritu Santo, anticipa que se hacen visibles a las especies con
su propio cuerpo, y que aparecen a los que son dignos de ello.
No hay nada en la Creación, nos enseña San Hilario, cosas visibles
o invisibles, que no sea corporal.
Las almas mismas, estén o no unidas a un cuerpo, tienen una
sustancia corporal inherente a su naturaleza, por la razón de que es
preciso que toda cosa esté en alguna cosa... Y siendo sólo Dios
incorporal, según San Cirilio de Alejandría, únicamente El puede no
estar circunscrito, mientras que todas las otras criaturas deben estar1o,
aunque sus cuerpos no se parezcan a los nuestros. Y que si e llama a los
demonios, animales aéreos, con Apuleyo, es en el mismo sentido que da
el gran obispo de Hipona: porque los unos tienen naturaleza corporal y
los otros son de la misma esencia.
También San Gregorio llama al ángel un animal razonable y San
Bernado nos dirige estas palabras: “Concedamos sólo a Dios la
inmortalidad, así como la inmaterialidad, pues no hay más que su
Naturaleza que no tenga necesidad, ni para sí misma ni para otra, del
socorro de un instrumento corporal”. Y esta doctrina era en cierto modo
la del gran Ambrosio de Mi1án, cuyos términos he aquí: “No nos
imaginamos ningún ser exento de materia en su composición, con la sola
y única excepción de la sustancia de la adorable Trinidad.”
El maestro de las sentencias, Pedro Lombard, dejaba la cuestión
indecisa, no obstante, exponía esta opinión de San Agustín:
“Los ángeles deben tener un cuerpo al que no están sometidos,
cambiándolo y moldeándolo según las formas que quieren darle para
apropiarlo a sus actos.”
Gabriel Delanne

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