sábado, 13 de julio de 2019

PRINCIPIOS ESPIRITUALES



Verdad y Conocimiento 

En cualquier campo de la vida, la búsqueda de la verdad precisa de una mente clara, libre de prejuicios, preconceptos o sectarismos. La verdad es una, infinita en sus manifestaciones, con múltiples aspectos, y cada cual aceptará sólo aquellos que sea capaz de comprender. 

La verdad no ha sido nunca privilegio de ninguna teología o religión; siempre ha sido y será de todo aquel que la busque con sana intención, con un corazón libre de ambiciones personales y una mente exenta de ideas preconcebidas o dogmatismos. 

Toda ética basada en una teología, es dogmática por su propia naturaleza, y todo dogma limita la libertad de pensamiento, impidiendo el avance del progreso intelectual y moral, y por ende espiritual. Muchas personas rechazan, sin el menor análisis, todo aquello que no encuadra dentro de sus conceptos de verdad, sin percatarse de que las verdades que hoy sustentan reemplazaron a otras del ayer, y que las de hoy serán también reemplazadas por otras más amplias y grandiosas. 

El conocimiento de estas leyes es pues necesario, porque su desconocimiento nos expone día a día a obrar contra ellas, creando desarmonía de consecuencias dolorosas. ¨Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” dijo Jesús. ¿Libres de qué? Del error, de la mentira, de los dogmas, de la hipocresía, los prejuicios y de la explotación de la ignorancia. Muy pocos tienen la valentía de buscar la verdad; unos no quieren tomar el trabajo de investigar, otros prefieren el error y la mentira, su egoísmo y orgullo no les permite escuchar. La mayoría prefiere la posición cómoda de que los dirijan, se sienten seguros en lo establecido. A mayor desarrollo intelectual y cultural la mente comprende aspectos más amplios de la Verdad; quien crea estar en posesión de la verdad plena, es un ignorante o un fanático. 

El conocimiento es luz; la ignorancia espiritual ata al hombre al fanatismo y al materialismo, causa primera de todos los males. La Vida humana es tan sólo un aspecto de la Vida Una, de la vida del ser espiritual que es eterna. 

El conocimiento de estas leyes iluminará nuestra mente, librándonos de la ignorancia y del dolor. Debemos comprender que el objeto principal de la vida es progresar, avanzar en el camino de la evolución. De aquí la apremiante necesidad de conocer; pero ¿qué debemos conocer? Por ejemplo, que, de nuestros actos, debemos vigilar los pensamientos, sentimientos y deseos; fuerzas psíquicas que nos hacen actuar siendo responsables de sus consecuencias. 

Estos pensamientos y sentimientos, si son negativos, influyen sobre las glándulas de secreción interna produciendo desequilibrios que afectan nuestra salud, además de densificar el alma con vibraciones negativas causa de sufrimiento al pasar al Más Allá. También debemos conocer que el egoísmo es una enfermedad psíquica que ejerce presión sobre la mente insensibilizando el alma. Que el miedo debilita las energías mentales, siendo una creación imaginaria del afectado por desconocimiento de sus propios recursos psíquicos y espirituales. 

Que la vanidad es una imperfección que nos lleva al ridículo, mientras la humildad es el sello del espíritu evolucionado. Que la irritabilidad desarmoniza la mente, siendo un derroche de energía. 
Que la lujuria desgasta el sistema nervioso, debilita la voluntad y degenera en neurosis. 
Que las malquerencias, odios y rencores son pasiones destructoras de la tranquilidad y la salud. 

En cambio el Amor, es la ley universal de armonía y felicidad; que atrae a nuestra vida armonía cósmica, equilibrando nuestra vida humana y espiritual, traduciéndose en una inefable sensación de paz y felicidad interior. También hemos de saber que el conocimiento nos hace más responsables; no pudiendo guardarlo para nosotros. Que la mayor caridad es enseñar el modo de no caer en los errores que causan el dolor. Que debemos dar a comprender la Ley de Consecuencias o causa y efecto, por la que todo bien que hacemos contribuye a nuestro progreso y evolución. Dios y el Universo. Vida y ser humano Nuestra limitada inteligencia humana no puede definir ni comprender la Grandiosidad Cósmica que llamamos Dios, sencillamente porque lo limitado no puede definir lo ilimitado. El primer mandamiento dice “amarás a Dios sobre todas las cosas”. 

El concepto de un Dios irascible, celoso, vengativo y cruel como lo presenta el Antiguo Testamento es un contrasentido; nadie puede amar aquello que teme. Este Dios nunca ha existido, es una creación mental de conciencias poco evolucionadas. Pero si consideramos a Dios como Amor permanente, sí podremos comprenderlo mejor y amarlo en sus criaturas, en su creación. La realidad Divina es algo imposible de concebir en su plenitud, y cualquier elucidación filosófica o teológica que pretenda definirla solo puede dar una idea vaga, una aproximación. Hemos de admitir que existe una Sabiduría Cósmica, un Poder Cósmico Transcendente negarlo sería negarnos a nosotros mismos. 

Existe pues una Fuerza Creadora Universal, que trasciende el cosmos infinito, a toda manifestación física, visible o invisible, así como espiritual en otras dimensiones y que está inmanente en ellas, pues vibra en ellas. Es una causa primera que crea vida en su propia esencia. Hemos de reconocer dos aspectos, el espiritual y el físico. El primero, ya que Dios es espíritu, representa el poder, la sabiduría y el amor del cosmos, el aspecto trascendente. 

El segundo, como inmanente en su creación es el todo-cósmico, en su aspecto físico. 
Al ser espíritu, no tiene forma; no obstante el hombre en sus fases primitivas necesita de la imagen y por ello se personaliza a la divinidad. Actualmente el Dios que nos presenta la ciencia no cabe dentro de estas concepciones religiosas. Dios es el poder creador universal de las grandes leyes que trascienden a todas las galaxias, causa suprema de toda vida y todo bien, vibrando permanentemente en Amor hacia toda su creación y animando toda manifestación de Vida del universo físico y espiritual. 

Su manifestación espiritual la conoceremos a medida que vayamos penetrando en la ciencia espiritual, mientras que su manifestación física son aquellos aspectos de vida perceptibles a nuestros sentidos. Valga como ejemplo de esto último la afirmación de la astronomía actual; que nos confirma más de 100.000 millones de estrellas, y más de 10.000 millones de estrellas gigantes y supernovas. La gran mayoría de ellas con sus distintos sistemas planetarios y esto solamente en nuestra galaxia. Nuestro mundo es tan sólo un punto insignificante en el universo. Ese universo donde existen centros colosales de energía emanada de la Grandiosidad Cósmica que abastecen y mantienen la Vida; donde todo se transforma y evoluciona impulsado por esa Energía-Cósmica- Dios. 

Es una verdad incontrovertible que tan sólo en nuestra galaxia existen millones de mundos habitados; unos más adelantados, otros más atrasados. Así pues, la religión, es el sentimiento que tiene el ser espiritual de acercarse a su Creador. Un sentimiento que se va apartando poco a poco de la adoración de las formas, elevando su mente y su alma hacia la fuente de toda vida, vibrando en amor. Es preciso matizar que las religiones son creaciones de los hombres basadas en principios y conceptos morales dejados por sus fundadores. 

Esos conceptos se van desvirtuando a medida que se impone la fe ciega y la sumisión al dogma, imponiéndose como única creencia verdadera. A partir de aquí se estancan, envejecen y entran en decadencia. Algunas religiones pretenden ser únicas poseedoras de la verdad; lo que a la mente evolucionada le produce escepticismo e indiferencia, no satisfaciéndole en absoluto los credos y dogmas. Es pues necesario diferenciar entre religión y religiosidad; esta última es el aspecto del culto, ritos, ceremonial; mientras que la primera es la necesidad que tiene el espíritu encarnado de retornar a su Creador. Cuando a Jesús le preguntaron cual era su Dios y su religión contestó así: “Mi Dios es el Eterno invisible que no veo, pero que siento en todo cuanto vive, en todos los mundos que ruedan como globos de luz por la inmensidad. 

Mi religión se reduce a amar a todos mis semejantes tanto como a mí mismo, lo cual me obliga a hacerles todo el bien posible, aun cuando el cumplimiento de este deber llegare a costarme a vida” Así pues las religiones son mejores o peores según estén de acuerdo con la religión universal; única emanada del Creador y que tiene una sola base: Ama a Dios sobre todas las cosas y a tus semejantes como a ti mismo. Con frecuencia nos preguntamos ¿qué es la vida? ¿de dónde emana? ¿hacia dónde va esa vida?. A la luz de la ciencia espiritual, la Vida es y está en todo en cuanto existe en los múltiples aspectos, la vida como esencia y energía animadora de las formas. 

La Vida es energía, pero esta última es efecto y no causa; siendo que como humanos sólo percibimos la vida en sus manifestaciones físicas, visibles. La Vida en su origen emana de Dios, esa Energía Cósmica Creadora, que crea Vida de su propia esencia; así pues la Vida es una manifestación de Dios. La energía emanada de la vida del propio ser espiritual impele al hombre a una constante acción, para el desarrollo de las facultades recibidas de la divinidad creadora. Ese ejercicio constante de las facultades espirituales y psíquicas es indispensable para ascender en el camino que lleva a la felicidad. Por ello, las vicisitudes adversas que nos presenta la vida son oportunidades para desarrollar las facultades de la mente; intelectiva y volitiva. 

Las dificultades son al espíritu lo que la gimnasia al atleta; si nos rebelamos ante ellas no las superamos y se repetirán hasta que hayamos aprendido a superarlas. El ser humano presenta dos aspectos diferenciados claramente; como un ser material y como una entidad espiritual. Aquellas personas que creen que al morir todo termina, se llevan una gran sorpresa, ignorantes de su propia realidad existencial e imperecedera. La mayoría de los humanos limitan su vida a lo tangible, creando necesidades artificiales en la búsqueda del placer que les convierten en esclavos de las mismas. 

El amor, es la única fuente inagotable de armonía y felicidad; desalojado por el egoísmo y la ambición que crean rivalidades y estados afectivos perturbadores logran trasformar la vida del hombre en un tormento. Así pues, el materialismo embrutece al ser humano que sólo piensa en enriquecerse y en el poder para satisfacción de dominio; por otra parte, busca la felicidad en los goces momentáneos, inconsciente de su responsabilidad; en su ceguera psíquica va creando las causas de su dolor futuro. Analicemos ahora el hombre como una entidad espiritual. En un universo donde todo expresa indestructibilidad, causalidad, orden; en el que todo es justicia perfecta, y donde todo está ligado por una red con un funcionamiento matemático, en el que todo tiene una razón y una consecuencia lógica, resulta inaceptable la existencia del hombre como accidente. 

Argumentos teológicos del pasado obstruyeron y obstruyen todavía la inteligencia humana en cuanto a las realidades divinas. Es preciso elevarse por encima del materialismo que nos rodea; y a pesar de que las necesidades de nuestra vida humana presente absorben la mayoría de nuestro tiempo, llevemos a un segundo plano el aspecto material de nuestra vida si queremos cumplir con el verdadero objeto de la vida humana que no es otro que el avance, el progreso y evolución espiritual. ¿Cuál es pues el objeto de la Vida? ¿A qué hemos venido a este mundo? 

El progreso espiritual en sus diversos aspectos, según la necesidad evolutiva de cada cual. Estamos en este mundo para algo más que comer, dormir o divertirnos, estamos para perfeccionarnos e ir acercándonos lo que debemos ser. La ciencia espiritual sostiene que el objeto de las vidas humanas es seguir ascendiendo en la escala de los mundos; mediante la evolución y el progreso derivado de la adquisición de experiencias y conocimientos; desarrollando la inteligencia, fortaleciendo el espíritu, sutilizando el alma y eliminando las imperfecciones. Venciendo dificultades y tentaciones, y en la lucha por medio del esfuerzo, desarrollamos las facultades y nos hacemos fuertes y grandes. 
En cada uno de nosotros existen recursos y fuerzas internas que desconocemos y que hemos de poner en acción y nos llevarán a grandes realizaciones.

Sebastián de Arauco

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