domingo, 15 de diciembre de 2019

¿QUÉ ES LA VIDA?



Contaban de nuevo recientemente los periódicos el extraño experimento que suponen realizado sobre la cabeza de Lapomerais por el doctor Velpeau, algunos segundos después de la decapitación. 
La víspera de la ejecución el célebre cirujano había ido a encontrar a su «cabeza» en la celda y mientras le había expresado su creencia en la probabilidad del indulto, le había manifestado que en el caso de que éste no llegase (todos somos mortales, por otra parte), le pedía que si quería prestara a la ciencia un inmenso y sensacional servicio. – Siempre habéis querido nuestra ciencia con predilección – le había dicho–y como sabéis perfectamente, hay en ella todavía muchísimos problemas a resolver. ¿Queréis prestarme vuestro concurso para la realización de un experimento decisivo? Yo os diría al oído: «Lapomerais, ¿me oís? Y de conformidad con nuestro acuerdo, bajaríais por tres veces el párpado del ojo izquierdo. Vuestro nombre será inmortal. 

Y los cronistas cuentan que, en efecto, Velpeau había subido al cadalso en el momento de la ejecución, que había tomado la cabeza del ajusticiado inmediatamente después de ser cumplida la fatal sentencia, y que habiéndole hablado al oído, el párpado izquierdo se levantó por tres veces, aunque la última con un señalado esfuerzo y en forma casi insensible. En esta forma se expresaba muy seriamente, hace pocos días, un importante diario. Sin embargo, en toda esta pretendida historia no hay ni una palabra de verdad. Me consta por conducto del mismo sacerdote señor Croze (el limosnero de última hora), que el condenado no fue satélite de nadie y que no se realizó con él ningún género de experimento. Es lamentable, ciertamente, que algunos escritores cuenten el hecho como exacto, sin preocuparse de las ideas erróneas que estos relatos pueden sugerir a los espíritus. 

En Niza, donde me encontraba a la sazón, oí contar y comentar por primera vez esta anécdota, que fue muy seriamente discutida por los Fisiólogos, sosteniendo el pro y el contra de la prolongación de la sensibilidad después de la muerte, de conformidad cada bando con los numerosos aunque contradictorios experimentos realizados en las cabezas de los guillotinados y en los cuerpos de los que murieron en la horca. 

Por una curiosa coincidencia, de las que tanto abundan en la vida, en vez de dirigirme al Observatorio de Niza, según tenía proyectado aquella misma mañana, me encaminé a la orilla del Var1, donde uno de mis parientes, amigo ferviente de las flores, ha sabido organizar un hermoso jardín tropical, donde ya en invernáculo y al aire libre, están representadas las especies más variadas de plantas, desde la palmera hasta la orquídea y desde el naranjo hasta el aromo. Allí se ven los más interesantes ejemplares que puedan apetecerse en las mismas orillas del Mediterráneo, al pie de las pintorescas colinas que encuadran la hermosísima bahía del país de las flores. Allí, en un pabellón aislado, encontré a un amigo de infancia, M.G., cuya función social consiste simplemente en disecar. Cuando transcurre el día sin haber podido rellenar un pequeño y bonito animal, un pájaro, antes de entregarse al sueño, evoca la sombra de Tito y repite cien veces: «Lo mismo da, he perdido el día». 
No le habléis ni de las estrellas, ni de las flores, ni de la mesa, ni de caballos, ni de Baco, ni de Venus. 

A sus ojos el mundo se compone en primer término de pequeños animales, a todos los cuales encuentra casi encantadores y dignos de ser conservados. Toma un fusil, les da muerte sin tocarles apenas por temor de deteriorarlos y los rellena con tal destreza, colocándoles con tanta elegancia sobre sus patas, que parecen encantados de su suerte. Las ardillas miran con aire malicioso, prontas a lanzarse sobre las ramas; el pico parece admirado de no haber alcanzado todavía el árbol; el mirlo se enorgullece de su blanco plumaje, que un antiguo proverbio suponía no hallable; el garganta roja parece admirar su adorno, mientras el ruiseñor levanta su pequeña cabeza hacia el cielo admirándose de su mudez. Este es también un pequeño mundo. No habiéndole proporcionado ningún ejemplar la caza de aquel día, ni aún un pájaro de mar, M. G. estaba inconsolable. Al fin se decidió por cazar langostas. Poca cosa era en efecto, pero con el viento mistral que se anunciaba no cabía esperar mejor caza. Por eso y antes que perder la jornada, nuestro infatigable naturalista se dedicaba a obtener langostas para rellenarlas después, según su costumbre. 

Tenía ya una media docena preparadas y colocadas cuidadosamente encima de una tabla de madera, por medio de grandes alfileres negros, cuando se me ocurrió coger una para poder examinar mejor su bella armadura de caballero feudal y apreciar, con auxilio de los lentes, sus mandíbulas de acero, viendo con asombro que se deslizaba de mis dedos y que de un salto desaparecía por la ventana. Tal fue mi sorpresa en el primer momento, que no daba crédito a mis propios ojos. Pero el desagradable cosquilleo que las patas de la langosta habían producido en mis dedos al tomarlos por punto de apoyo para su huída, persistía aún, viéndome obligado a reconocer que en efecto, había partido. Al grito de asombro por mi lanzado M.G., con la mayor naturalidad, mientras continuaba vaciando otro de los ejemplares: «¡Eso no me extraña! ¡Tienen la vida tan dura!» No obstante, yo continuaba asombrado... hasta tal punto, que me acerqué a la tabla para mejor observar la forma cómo realizaba la operación. Esta era en efecto hecha con la mayor escrupulosidad. Tomando el insecto entre los dedos pulgar e índice de la mano izquierda, hacía penetrar la hoja de un cortaplumas a todo lo largo del cuerpo, el cual abría después, extirpando todos los órganos. Así el animal quedaba completamente vaciado, no restando de él más que su envoltura exterior, con la cabeza, las alas y las patas. 

Apenas había acabado de vaciar la que tenía entre manos, se la pedí para llenarla yo mismo de algodón. La coloqué encima de la tabla, dándole el sol; pero mientas preparaba el algodón voló igualmente hacia la ventana como la anterior. – ¡Tienen toda la vida en la cabeza!

– me dijo M.G.– Observa qué cabezas más fuertes. Así se comprende que devasten regiones enteras, no dejando más que la ruina a su paso. Deben ser de una voracidad incomparable. –Vamos al jardín – objeté –, donde decapitaréis algunas para ver si viven sin cabeza. Descendimos, en efecto, no tardando el jardinero en presentarnos una docena. Aunque generalmente las aplasta bajo sus zapatos, pues parece que le destruyen las más preciosas plantas, aquel día quiso entregarlas intactas al operador, quien de un golpe de cortaplumas, fue cortando una tras otra todas las cabezas. Algunas, a pesar de estar decapitadas, partían tranquilamente en dirección a los vecinos arbustos sin perder la cabeza por tan poca cosa. No parecían darse cuenta de la operación capital de que acababan de ser víctimas y, aunque ciegas, saltaban y volaban perfectamente. Respecto a las doce cabezas, tampoco eran nuestras, continuando moviendo sus antenas y sus mandíbulas. – ¡Pues bien!– dije –, es preciso saber la última palabra. Mañana haremos un experimento importante. Rogué a mi pariente que me hiciese coger algunas, que las decapitase todas, y que me las enviase al día siguiente a Niza. 

Era e18 de marzo de 1884. 

 A la mañana siguiente recibí una caja conteniendo 34 langostas decapitadas. Todas estaban vivas, despiertas y bien conservadas según todas las apariencias. 

  El día l0, o sea a los dos días de haberse efectuado la decapitación, no había ni una de muerta. Algunas parecían hallarse un poco fatigadas, pero al abrir la caja volaron casi todas por la estancia. 

El día 11 encontré 2 muertas. 
El día 12 encontré 6 muertas. 
El día l3 encontré 13 muertas. 
El día 14 encontré 6 muertas. 
El día 15 encontré 2 muertas. 
El día 16 encontré 1 muerta. 
El 17 aun había una viva. 

Esta era muy nerviosa y casi feroz; Quise tomarla como había hecho con sus compañeras, para sacarla de la caja, pero saltó con tal fuerza que me dejó en la mano la pata por donde la tenía cogida. Esta luchadora vivió aún seis días. Exponiéndola al Sol, el 21 aun movía la pata que le quedaba y hasta las pequeñas patitas; su abdomen se hinchaba y se deshinchaba como si se tratase de una respiración, particularmente al ponerla en contacto con una larga aguja de acero. 

Golpeándola, el día 22, contestaba todavía con la pata, no muriendo hasta el 23, es decir, quince días después de haber sido decapitada. Resulta pues, que estos ortópteros pueden vivir sin cabeza, como pueden vivir también con el cuerpo completamente vaciado y por tanto, desprovisto de todos sus órganos. ¿Se hallan en el caso de vivir asimismo en la doble condición de decapitados y vaciados a la vez? Sí. Habiendo decapitado y vaciado otros el 17 de marzo, los examinaba el 21.

 Como no presentaban ninguna señal de vida, los creí sinceramente muertos. 
Se hallaban colocados sobre el tapiz de una mesa, dándoles el Sol, cuando tratando de hacer revivir uno haciéndole cosquilla en las antenas, vi que su vecino, que se hallaba acostado del lado izquierdo, se volvía por sí mismo, con gran asombro mío, colocándose del lado derecho. Al tocarlos al día siguiente, vi que todavía conservaban movimiento en las patas. La vida no reside exclusivamente, pues, ni en la cabeza ni en el cuerpo, sino que está diseminada en los ganglios nerviosos que van de la cabeza al tórax. Apenas puede afirmarse que la cabeza tenga preponderancia. 
Poco hábil en las operaciones de disección, desconocedor e incapaz por mí mismo de realizar experimentos de vivisección y conociendo apenas nada de insectología, pedí a mi sabio amigo el doctor Mengeaud, profesor de Historia Natural en el Liceo de Niza, que me prestase el concurso de su saber y de su experiencia para disecar estos pequeños animalitos, separándoles ahora la cabeza sola, ahora la cabeza con el cuello, ahora los tres anillos torácicos, variando y combinando los experimentos, a fin de llegar a un resultado definitivo respecto al descubrimiento del sitio donde reside la vida en tan resueltos seres. 

Mi primo del Var tenía la atención de guardarme una verdadera colección en pequeñas cajas. Viven perfectamente quince y hasta veinte días sin comer nada, lo que no deja ya de ser algo sorprendente. El 18 de marzo, abriendo una caja que contenía ocho langostas, encerradas desde el día 9, las encontré todas ellas en perfecto estado de vitalidad. El doctor Mengeaud se prestó a realizar los experimentos siguientes: 

1º. Quitó la cabeza y el cuello (el primer anillo) a una. Al siguiente día 19, se hallaba aún en plena vitalidad. Daba saltos de cuatro centímetros, y no parecía darse cuenta de la operación. 
El 20, seguía dando señales de vida. 

El 21 había muerto. Así la vida reside en el segundo anillo (que quedó adherido al cuerpo) lo mismo que en el primero y en la cabeza. Por otra parte, la cabeza y el cuello viven (el 19) no muriendo hasta el 20. 

2º. A otra le quitó todo el cuerpo, no dejándole más que 1a cabeza y los dos primeros anillos; el tercer anillo, al que están adheridas las patas saltadoras y el abdomen, le fue separado. Al día siguiente (19), demostraba hallarse en plena vitalidad, acariciándose la cabeza con las patitas anteriores y pareciendo conducirse muy bien. 

El 20 vivía aún. Murió el 21. 

El tercer anillo y el abdomen murieron inmediatamente. Así resulta que los centros vitales se hallan bien diseminados en la cabeza y los dos primeros anillos, faltando en el tercero. 

3º. Cuatro cabezas, con el cuello (primer anillo), han vivido más de treinta horas. 

. Cabezas solas, desprovistas del primer anillo, han vivido unas 24 horas. 

5º. El primer anillo sólo, sin la cabeza ni el cuerpo, vive algunas horas. 

6º. El cuerpo entero (el tercer anillo y el abdomen) dividido, muere pronto. Conserva menos vitalidad que la cola del lagarto abandonada por el reptil en la mano del que pretende cogerlo, la cual cola se agita todavía durante algún tiempo. Ignoro si por los entomologistas se han hecho experimentos análogos a los que preceden; mas sea como sea, los anteriores me han parecido bastante interesantes para ser publicados. Ciertamente, ningún lazo orgánico directo une las especies vivientes superiores a las inferiores, los vertebrados a los invertebrados, los mamíferos a los insectos, y sería salirnos de los límites de la observación el aplicar ninguno de los experimentos anteriores a la fisiología humana. 

Pero, desde el punto de vista general de la concepción de la vida, vemos que existen seres en los cuales lejos de estar aquélla localizada, se halla, por el contrario, diseminada en un conjunto de órganos. 

En el hombre sólo el cerebro percibe, y toda impresión de dolor o de placer que no fuese transmitida al cerebro por medio de los nervios no sería sentida. El cuerpo privado de cabeza no siente. En otros seres, por el contrario, el cuerpo puede vivir perfectamente sin la cabeza y de seguro también sentir y sufrir. Sin embargo, mientras hacíamos los experimentos que preceden nos preguntábamos si las langostas experimentan, en efecto, profundas sensaciones. Parecen casi tan insensibles como las plantas y su indiferencia es tal que nada las emociona al cortarles la cabeza, ni al disecarlas vivas, ni al arrancárseles las entrañas realizan ningún movimiento convulsivo. Sabido es que las langostas se prestan perfectamente a dejarse coger sin el menor sentimiento, aparente por lo menos. Una langosta que carece de cabeza desde hace ocho días, es probable que no lo sepa, aun permaneciendo totalmente viva. ¡Qué vitalidad más prodigiosa! El gran libro de la naturaleza dista mucho de ser leído por completo y nuestro pequeño planeta encierra para la ciencia tantos descubrimientos como la inmensidad del cielo. 

 Camilo Flammarión

martes, 10 de diciembre de 2019

EL ALMA ES INMORTAL - LOS PRIMEROS CRISTIANOS


Es, por lógica, obligado explicar la acción del alma sobre la envoltura física, en la cual han creído los primeros cristianos, creyendo además en la existencia de una sustancia mediadora. Por demás es incomprensible que el espíritu sea puramente inmaterial; pues entonces no tendría punto alguno de contacto con la materia física, y cuando no estuviese ya individualizado en el cuerpo terrestre, no podría existir. El individuo está siempre determinado en el conjunto de las cosas por sus relaciones con otros seres; en el espacio, por la forma corporal, en el tiempo, por la memoria. 

El gran apóstol San Pablo habla, en varias ocasiones, del cuerpo espiritual, imponderable, incorruptible; y Orígenes, en sus Comentarios sobre el Nuevo Testamento, afirma que este cuerpo, dotado de una virtud plástica, sigue al alma en todas sus existencias y en todas sus peregrinaciones, para penetrar e informar a los cuerpos más o menos groseros y materiales que esta alma reviste, y que le son necesarios en el ejercicio de sus diversas vidas. He aquí, según Pezzani, la opinión de algunos Padres de la Iglesia sobre esta cuestión: Orígenes y los Padres alejandrinos, que sostenían el uno la certidumbre y los otros la posibilidad de nuevas pruebas sucediendo a la prueba terrestre, tenían empeño en plantearse la cuestión de saber qué cuerpo debía resucitar en el juicio final. Resolvieron esta cuestión no atribuyendo la resurrección más que al cuerpo espiritual, como lo hicieron San Pablo y, más tarde, San Agustín mismo; representándose los cuerpos de los elegidos como incorruptibles, sutiles, tenues y soberanamente ágiles. 

Entonces, puesto que este cuerpo espiritual, compañero inseparable del alma, representaba, por su sustancia quintaesenciada, todas las otras envolturas groseras de que el alma había podido estar pasajeramente revestida y que había tenido que dejar a la podredumbre y a los gusanos de los mundos atravesados por ella; puesto que este cuerpo había penetrado con su energía todas las materias utilizadas para un uso perecedero y transitorio, el dogma de la resurrección de la carne sustancial recibía con esta concepción sublime una brillante confirmación. El cuerpo espiritual, de esta forma concebido, representaba todos los otros, que no merecían el nombre de cuerpos si no por su adjunción a este principio vivificante de la carne real, es decir, a lo que los espiritas han llamado periespíritu. 

Tertuliano dice que los ángeles tienen un cuerpo que les es propio, y que pudiendo transfigurarse en carne humana, pueden, por un tiempo, dejarse ver por los hombres y comunicarse visiblemente con ellos. San Basilio opina lo mismo. Pues, aunque haya dicho en alguna parte que los ángeles no tienen cuerpo, no obstante, en el tratado que ha compuesto sobre el Espíritu Santo, anticipa que se hacen visibles a las especies con su propio cuerpo, y que aparecen a los que son dignos de ello. No hay nada en la Creación, nos enseña San Hilario, cosas visibles o invisibles, que no sea corporal. 

Las almas mismas, estén o no unidas a un cuerpo, tienen una sustancia corporal inherente a su naturaleza, por la razón de que es preciso que toda cosa esté en alguna cosa... Y siendo sólo Dios incorporal, según San Cirilio de Alejandría, únicamente El puede no estar circunscrito, mientras que todas las otras criaturas deben estar1o, aunque sus cuerpos no se parezcan a los nuestros. Y que si e llama a los demonios, animales aéreos, con Apuleyo, es en el mismo sentido que da el gran obispo de Hipona: porque los unos tienen naturaleza corporal y los otros son de la misma esencia. También San Gregorio llama al ángel un animal razonable y San Bernado nos dirige estas palabras: “Concedamos sólo a Dios la inmortalidad, así como la inmaterialidad, pues no hay más que su Naturaleza que no tenga necesidad, ni para sí misma ni para otra, del socorro de un instrumento corporal”. Y esta doctrina era en cierto modo la del gran Ambrosio de Mi1án, cuyos términos he aquí: “No nos imaginamos ningún ser exento de materia en su composición, con la sola y única excepción de la sustancia de la adorable Trinidad.” 

El maestro de las sentencias, Pedro Lombard, dejaba la cuestión indecisa, no obstante, exponía esta opinión de San Agustín: “Los ángeles deben tener un cuerpo al que no están sometidos, cambiándolo y moldeándolo según las formas que quieren darle para apropiarlo a sus actos.”

Gabriel Delanne


martes, 3 de septiembre de 2019

LEYES UNIVERSALES - Ley del Amor

El Amor es en sí una vibración poderosa que emana de Dios como energía vivificante que alimenta toda la creación. En el aspecto humano el amor emana del alma superior manifestándose como afecto, cariño, compasión, ansia de ayudar, auxiliar al sufridor, anhelo de hacer felices a los demás. En las primeras fases evolutivas, el alma superior es ahogada por el alma humana, transmutando esa vibración divina hacia el egoísmo (amor a uno mismo). Conforme se sensibiliza el alma, el egoísmo cede en intensidad y poco a poco se manifiestan los sentimientos de bien, estableciéndose el contacto con la vibración divina y capacitando al ser humano para percibir las bellezas de la vida a la vez que armonizando la mente humana. ¿Qué es el amor para el común de las gentes? Un sentimiento de atracción y acercamiento entre familiares, amigos, etc. estos son aspectos humanos del amor, como el amor de padres, hijos, esposos, hermanos. 

El verdadero amor es impersonal, es un sentimiento espontáneo de ayuda a los demás con el sólo deseo de servir y contribuir a la felicidad del otro; es un sentimiento que brota del alma de aquellos que han superado o ya están superando el egoísmo. El amor es energía vivificante y generador de armonía y felicidad. Todos los aspectos de la naturaleza son armónicos porque están impregnados de esa maravillosa vibración cósmica: Amor. Por desgracia, los humanos polarizamos esa vibración armónica transmutándola en desarmónica, con lo que creamos estados de ánimo de desdichas y amarguras. Es nuestro egoísmo el que nos lleva a la desarmonía mental- emocional. Cuando vibramos en amor sentimos una paz inefable, una alegría interna indescriptible; sensación que nos indica que nuestra alma está percibiendo la vibración de amor que emana de la divinidad. Al olvidarnos de los valores espirituales para ir tras el espejismo del dinero y los placeres, el egoísmo aparece y ahogamos esa vibración maravillosa que polarizamos en el amor a nosotros mismos. 

El amor es a su vez la llave que abre todos los corazones. 
Quien no ha visto el poder del amor transformando en amigos a enemigos; o a mujeres que con su bondad y dedicación llegan a modificar los hábitos viciosos de sus maridos. Y que decir de los cuadros lastimosos de aquellas parejas que se reprochan los defectos, dejándose dominar por el egoísmo y el amor propio, dando un pésimo ejemplo a sus hijos. ¿Cómo evitar esto? Sorteando todo motivo de discordia, tratando de ver las cualidades buenas y esforzándose por hacer feliz al otro. Sólo el amor desinteresado es creador de felicidad. El humano más feliz es aquel que ha aprendido a amar. Solamente dando amor recibiremos amor. Es la ley. 

La verdadera felicidad está en el dar, más que en el recibir. Si entre familiares, compañeros de trabajo o allegados hubiese alguno que nos hace daño, no le odiemos; no cometamos esta torpeza, ya que el mismo se hace daño. Es su atraso evolutivo el que le hace actuar así. Tengamos compasión y no nos dejemos llevar por el orgullo; proyectemos sobre esa persona vibraciones de amor (buenos sentimientos y pensamientos.) De este modo pondremos en práctica las enseñanzas del maestro Jesús: pagar bien por mal. Mantengamos pensamientos de amor hacia todos y hacia todo, hacia el hogar, en el trabajo, en nuestras relaciones humanas, intentando contribuir a la felicidad de los demás; con ello conquistamos nuestra propia felicidad. 

Esto no es mística ni ilusión, es una técnica para una vida armónica y feliz. Irradiando amor, creamos a nuestro alrededor una atmósfera psíquica de armonía, vigorizando nuestras células nerviosas y las células de los tejidos; evitando un envejecimiento prematuro y contribuyendo al perfecto funcionamiento de las glándulas endocrinas y exocrinas, reguladoras de la salud, con lo que mejoraremos las salud de nuestro cuerpo y alma, y consecuencialmente una sensación de paz y dicha inundará nuestra alma y mente. Además, deseando el bien a todos, creamos un campo magnético protector contra las acometidas de las fuerzas negativas invisibles. El amor actúa también como vibración purificadora del alma humana, evitando la acción depuradora del dolor, abriéndonos la puerta de los planos superiores al final de esta vida terrena.

El amor es la gran ley por la que se rigen todas las demás leyes universales. “Sólo por el amor será salvo el hombre”, dijo Jesús. ¿Salvo de qué? Del dolor, en sus diversos aspectos físicos, psíquicos, morales, en la vida presente y en el más allá. El alma manchada por pensamientos, sentimientos y acciones ruines tiene que depurarse, limpiarse, porque es la ley. El dolor, como catarsis, es función depuradora del magnetismo mórbido generado en las acciones de mal del pasado y es el encargado de realizar esa función. No obstante, por el amor sentido y realizado podemos liberarnos del dolor; ya que el amor sutiliza el alma humana; la va limpiando lentamente evitando de esa forma la depuración compulsoria del dolor. Todas las enseñanzas de Jesús están basadas en el amor; para la liberación del dolor y una vida armónica y feliz, así como para el progreso de nuestro espíritu. Algunas personas, en su infantilismo, creen que una fe o creencia les basta para liberarse de las consecuencias dolorosas de sus actos de maldad. Aprendamos a amar siendo útiles a nuestros semejantes, sin esperar recompensa alguna, ya que aprender a amar es aprender a vivir. 

El camino del amor es el del progreso del espíritu; que es la realidad existencial continuadora de vida en el tiempo y el espacio. Nos liberará de rencarnaciones penosas en mundos atrasados y nos evitará el dolor. La evolución de la humanidad debió ser una consecuencia natural del conocimiento de la verdad que Dios hizo llegar a las civilizaciones por sus distintos enviados. Pero el egoísmo, ambición y orgullo, cambió el curso de la humanidad retrasando su evolución moral. No obstante los tiempos marcados por la ley ya han llegado, y con ello la clasificación de los de la derecha e izquierda del Cristo. Estos últimos pasarán a mundos inferiores donde esas almas endurecidas se sensibilizarán en vidas de dolor. Desde hace miles de años el Cristo conocía la evolución y trayectoria de nuestro planeta, pues ÉL tiene encomendada la evolución de la tierra y su humanidad; y en una de sus últimas venidas mesiánicas como Jesús de Nazaret vino a salvar a la humanidad del caos. Por ello Jesús es el salvador; pero NO para salvar a la humanidad con su muerte, sino con su DOCTRINA DE AMOR. Vino para redimirnos, sí, pero NO con su sangre, sino con sus conceptos y enseñanzas de superación y amor fraterno en la convivencia humana. Seremos redimidos por nosotros mismos, por nuestro propio esfuerzo, tal es la ley.

lunes, 19 de agosto de 2019

INVESTIGACIONES SOBRE LA MUERTE



Del latín mors, mortis, la muerte está definida como la cesación o término de la vida, aunque teológicamente es la separación del cuerpo y del alma. En cada cultura se la ha representado de diferentes formas. Los griegos antiguos consideraban a la muerte un dios y la simbolizaban con un hermoso adolescente dormido o como un genio con sus alas replegadas en el reposo eterno. Los romanos la personificaron bajo la forma de un esqueleto y, para recordar la idea de que la vida es breve y hay que aprovecharla, pintaban y cincelaban la parca en vasos y cubiletes. En la Edad Media se la imaginó horrorosa, también en forma de esqueleto cubierto lúgubremente con una capa negra, sosteniendo una guadaña como símbolo de la destrucción y un reloj de arena, para indicar lo inexorable de su venida. La humanidad se ha preguntado siempre qué es la muerte y el tema suscita sentimientos muy fuertes y contradictorios en personas emocional y culturalmente diferentes, a pesar del interés común. También es cierto que para muchos es difícil hablar sobre la muerte y evitan su análisis, fundamentalmente por dos razones principales: 

La primera razón tiene raíces psicológicas, culturales y supersticiosas. La muerte es uno de los temas que se considera tabú. Este término de origen polinesio (Oceanía), tiene una acepción muy amplia de prohibición o impedimento imperativo, que al aplicarlo al comentario de la muerte significa que es preferible evitar todo contacto, por muy indirecto que sea, porque al tenerlo, nos coloca en una posición más cercana y real con el fin de la propia vida. La mera observación de un cadáver provoca fuertes sentimientos de inquietud porque representa el símbolo de la mortalidad. Los que han pasado por una mesa de disección en un laboratorio de anatomía, han experimentado en su mayoría, esa sensación indefinible de intranquilidad y hasta de miedo. Asimismo el hecho de hablar de la muerte se puede considerar una forma de aproximación indirecta, y se prefiere evitar el tema. 

La segunda razón que auspicia la dificultad de discutir el fenómeno de la muerte es la diversidad de conceptos que se tiene sobre la misma. Generalmente las palabras se aplican para denominar todo aquello que percibimos con los sentidos físicos y la muerte escapa a ese ámbito, traspasa la experiencia consciente y por lo tanto, sólo queda compararla con hechos familiares de la vida diaria. De ahí que se la coloque en analogía con fenómenos habituales. Por ejemplo, el sueño o acto de dormir. En realidad cuando dormimos, se desprende parcialmente nuestro periespíritu y espíritu del cuerpo de lo contrario, si fuera total, se produciría la muerte. Esta similitud aparece en la literatura antigua, en diversas culturas. Homero en el siglo IX antes de nuestra era, escribió las famosas obras épicas la Odisea y la llíada, donde al sueño lo llama “hermano de la muerte”. Mientras Platón, en su diálogo llamado la Apología afirmó que, cuando su maestro Sócrates acababa de ser condenado a muerte dijo: “Si la muerte es sólo dormirse sin sueños, debe ser un maravilloso premio”. Muchos otros prefieren la analogía del olvido. Al morir, dicen, se olvidan todas las aflicciones y recuerdos tristes y dolorosos. Olvidar es positivo cuando quedan atrás los recuerdos desgraciados y no deseados, pero nadie desea perder el recuerdo de hechos dichosos. 

Por lo tanto, ninguna de esas comparaciones aporta alivio, esperanza o tranquilidad frente a la muerte. En definitiva, siempre persisten dos respuestas opuestas a la pregunta sobre la naturaleza de la muerte, originadas ambas en los tiempos prehistóricos y sostenidas aún hoy: la muerte es la aniquilación de la conciencia para unos y es el paso de la mente a otra dimensión de la realidad, para otros. En esta posición, ha prevalecido la idea de que un aspecto del ser humano sigue viviendo cuando el cuerpo físico tiene sus funciones extinguidas y se le ha asignado diferentes nombres: ser, conciencia, mente, psiquis, alma o espíritu. Esta idea, considerada como una de las más primitivas, se ha ido reforzando hasta hoy con los nuevos descubrimientos de los paleontólogos, arqueólogos y antropólogos. En Turquía hallaron un cementerio atribuido a los hombres de Neanderthal de hace 100.000 años, donde sus restos fosilizados permiten deducir que eran enterrados en féretros de flores, lo que hizo concluir que esos homínidos consideraban la muerte como una ocasión para celebrar, tal vez, la transición del muerto de un mundo a otro, En todo el mundo, las tumbas de los protohombres y hombres primitivos presentan evidencias de la creencia en la sobrevivencia después de la muerte. Si nos remontamos a las costumbres y leyendas de los pueblos más antiguos, observaremos distintas tendencias al considerar la muerte. Siempre con el respeto hacia un momento trascendente, cada cultura le dio su interpretación. 

Algunas de las antiguas civilizaciones, como la Egipcia, han legado sus “Libros de los Muertos” donde explican las etapas del proceso seguido por el hombre después de la muerte. Los sabios veían la muerte como una habilidad, que puede hacerse con arte o de forma incorrecta, dependiendo de los conocimientos adquiridos. De ahí que este libro fuera leído en presencia del moribundo y como parte del rito funerario. Esta práctica tenía dos funciones: una, ayudar a la persona en trance de muerte, y otra, auxiliar a los que seguían viviendo, para que tuvieran pensamientos positivos y evitaran retener al muerto con su amor o preocupación emocional. 

El Bardo Thödol (bardo = estado de transición, thödol = gran liberación de la audición) o “Libro Tibetano de los Muertos”, fue escrito, según la tradición, hace 2800 años, bajo la dirección de Padma Sambhava, fundador del lamaísmo, y seguramente, es la recopilación de enseñanzas de los sabios a través de muchos siglos del Tibet prehistórico. Más tarde, su autor ordenó ocultarlas en las montañas de Khang-Karte-Say, cerca de la frontera con Nepal, al norte del Tibet, con el objeto de preservarlas sin corrupción para las siguientes generaciones; esperando, además, que sólo las pudiera encontrar quien tuviera suficientes méritos de vidas anteriores y esto le confiriera el poder de hallarlos. 

Describe, entre otras cosas, los sentimientos de inmensa paz experimentados por el muerto y la percepción de una especie de “espejo en el que se refleja todo lo actuado en su vida”, tanto lo bueno como lo malo, para que se pueda hacer una evaluación, en la que participan él mismo y quienes lo auxilian para juzgar, en un proceso en el que no caben los disimulos, la mentira o la mala interpretación. Estas enseñanzas también puede considerarse como un agudo estudio psicológico de la dialéctica muerte-vida reconocida por todos los seres humanos en su cuerpo-psiquis e inducen a pensar que, si permanentemente pudiéramos estar conscientes de la muerte-vida de cada día, probablemente estaríamos más atentos y la experiencia de la vida adquiriría un significado mucho más valioso. Constituyen el proceso mismo de la vida. Otros pueblos adoptaron diferentes ritos o métodos acordes con el concepto que guardaran del mundo y de sí mismos, todos ellos con el valor que les da la realidad emocional, afectiva y trascendente de los seres humanos. 

La totalidad admitía un destino ulterior de los espíritus luego de abandonar el cuerpo y encontrarse en otra dimensión o mundo, descrito, también, con características variadas. En el mundo de los muertos se describieron cielos, infiernos, castigos, premios o tal vez, la “nada”, pero siempre habría algo en el más allá donde irían a residir de alguna forma. Algunas culturas despedían a sus muertos con dolor y amargura, otros con la alegría de ver que habían alcanzado la gloria o la paz. Por otra parte, en el transcurso de los tiempos, las versiones de personas con experiencias cercanas a la muerte y recuerdos de esos momentos, referían visiones y percepciones, muchas veces, coincidentes, que sin embargo, no pasaban de interpretarse como alucinaciones, temor o invenciones. 

Platón (427-347 A.C), por ejemplo, hablaba de un componente incorpóreo y consciente del ser humano al que llamaba alma, que usa al cuerpo físico como vehículo temporal. En sus diálogos Fedón, Gorgias y La República, trata, especialmente, el tema del destino del alma después de la muerte física, donde abundan las descripciones del proceso, muy similares a las encontradas en libros anteriores, como el Antiguo Testamento y los posteriores como los escritos de Saulo o Pablo de Tarso (2 A. C. – 67 D. C.). Platón define la muerte como la separación de la parte incorpórea del ser llamada alma, de la parte física o cuerpo. Menciona la existencia de espíritus guías encargados de conducir al alma del muerto a través de la transición y, simbólicamente habla de “una barca que lleva por una masa de agua a la otra orilla de la existencia”. En Fedón señala con dramatismo que el cuerpo es la prisión del alma y ésta obtiene la liberación, después de la muerte. Asegura que el alma viene de un nivel superior y el nacimiento constituye, realmente, el olvido de esa esfera, mientras el morir es volver al estado pleno de conciencia, despertar y recordar. En esas condiciones puede razonar y pensar con mayor claridad; reconocer todo en su verdadera naturaleza y enfrentarse a un “juicio” en el que se presentan todas las cosas, buenas y malas hechas en su vida. 

En La República aparece la descripción de una notable experiencia vivida por Er, un soldado griego, quien refiere que en una batalla su cuerpo se encontraba entre muchos cadáveres recogidos y llevados a una pira funeraria. Sin embargo, Er no fue juzgado y se le indicó la necesidad de volver a su cuerpo físico. No podía luego, decir como se produjo el regreso, sólo despertó y se encontró sobre la pira funeraria. En la Biblia se dice poco sobre lo que acontece durante la muerte y de las vivencias inmediatas a la misma. En el Antiguo Testamento se menciona que revivirán los muertos y que resucitarán de un estado comparable al sueño. (Isaías 26: 19 y Daniel, 12: 2). 

En el Nuevo Testamento se repiten algunos conceptos, mientras en los escritos de Pablo de Tarso hay algunas referencias significativas en los Hechos, donde habla sobre la naturaleza de la vida del más allá y describe el tipo de cuerpo que tendría el muerto (Corintios 15: 35 -52): “Hay cuerpos celestiales y cuerpos terrestres... Así es también la resurrección del muerto”. Es interesante observar en esta breve referencia, la descripción del “cuerpo espiritual” acorde con la suministrada por personas que se han encontrado fuera de sus cuerpos en una experiencia espiritual y se ven con un cuerpo inmaterial distinto, por lo menos, a la materia conocida como física u orgánica. Cuando, en el siglo XIX, se extendió el interés por la Ciencia del Espíritu, el misterio de la muerte fue uno de los temas abordados con el fin de investigarlo. 

El concepto de la muerte se comprendió como una transformación o cambio en el cual el espíritu se libera de la materia orgánica, carente ya de las condiciones apropiadas para que se exprese en el estado encarnado. En las últimas décadas, muchos científicos sobre todo médicos, que son testigos activos durante los últimos momentos de vida de sus enfermos, han comenzado el estudio de la tanatogénesis (thánatos = muerte y, génesis = estudio de los orígenes y causas de la muerte) y de la tanatología, (thánatos muerte y legein = conjunto de conocimientos relativos a la muerte, en especial desde el punto de vista médico-legal). Estas nuevas disciplinas o áreas del conocimiento están destinadas a analizar y entender los hechos que se suceden en ese momento crucial. 

Estas investigaciones son naturalmente muy amplias, ya que comprenden los mecanismos fisiológicos que determinan la finalización de la vida orgánica, los fenómenos psicológicos que acompañan esas transformaciones y las percepciones espirituales que se desarrollan como consecuencia de ese cambio de estado de conciencia. Mecanismos Fisiológicos: Desde el punto de vista biológico la muerte es el resultado de las lesiones irreversibles en los tejidos. En todos los seres vivos las células corporales están muriendo continuamente. Durante toda la vida de los organismos pluricelulares, el mantenimiento constante de las condiciones físicas y químicas apropiadas de la célula (homeostasis), se asegura gracias al balance entre las células que mueren y las que se renuevan. Cuando la destrucción es mayor que la renovación y este fenómeno se generaliza, sobreviene el deterioro conocido como vejez y el individuo muere. 

Las claves del envejecimiento y de la muerte se encuentran en el material genético individual. En la década de los sesenta, los biólogos descubrieron que el número de veces que una célula puede dividirse está determinado con exactitud en cada especie. La determinación de la muerte física en un principio el elemento que la indicaba era el último suspiro. La respiración imperceptible se confirmaba acercando un espejo u otra superficie capaz de empañarse con el aliento. 
El pulso arterial y la auscultación cardiaca, si son perceptibles, imprimen mayor precisión al diagnóstico. Pero la definición de muerte por el cese del latido cardíaco ha perdido vigencia. Modernamente se acepta como muerte la ausencia total de la actividad cerebral, concretamente del tronco del encéfalo, sede de los automatismos y reflejos responsables, entre otras funciones, del mantenimiento de la respiración. 

La destrucción de esta zona cerebral conduce irremediablemente, a la insuficiencia circulatoria y al paro cardíaco, aún cuando el corazón se mantenga latiendo y los pulmones funcionando artificialmente. El mantenimiento artificial de las funciones indispensables es imprescindible en los moribundos dadores de órganos, con la finalidad de que los tejidos mantengan la vitalidad necesaria y no se necrosen. Para asegurar que se ha producido verdaderamente la muerte “clínica”, los especialistas deben efectuar una serie de pruebas que confirmen la pérdida de las funciones del tronco encefálico. La capacidad de recuperación neurológica es en ocasiones, sorprendente. Un estudio realizado por 600 médicos de la Universidad de Harvard en 1968, demostró que con un flujo sanguíneo inferior de 50 ml/seg. al encéfalo le provocaba falta de actividad neuronal, mostrando encefalogramas planos. Pero estos médicos no dieron cuenta de los muy pocos casos que habían sido reversibles. En la actualidad se ha demostrado que el encéfalo deja realmente de funcionar con un flujo de sangre de 20 ml/seg., por lo que se deduce que queda una franja entre los 50 y 20 ml/seg. de flujo de sangre al cerebro en que la persona a pesar de no mostrar actividad cerebral (encefalogramas planos), podría llegar a recuperarse. 

Esto es importante tenerlo en cuenta para la ablación y donación de órganos. Para tales efectos, la Universidad de Harvard (USA) estableció toda una serie de pruebas que duran 24 horas, y que aún están en discusión. Durante la muerte biológica se producen una serie de cambios orgánicos, que comienzan en la agonía. Fenómenos Psíquicos y Espirituales: Es frecuente que los pacientes moribundos se sientan protagonistas de hechos que están fuera de la realidad física; casi todos ellos mencionan alguna “aparición”, generalmente, de algún familiar fallecido o de seres espirituales que les hablan o los esperan. Los relatos de miles de personas que cruzaron el umbral y cuya muerte clínica fue determinada por el electroencefalograma y el electrocardiograma, permiten establecer una serie de coincidencias. 

El 50% de los reanimados refirieron haber perdido toda sensación de dolor y sufrimiento, mientras su conciencia salía de su cuerpo físico y podían presenciar como testigos, todo cuanto sucedía a su alrededor, incluso conocían el dictamen médico de su muerte. En un primer momento, algunos sentían angustia por no ser oídos, y luego total despreocupación por los lazos que lo unían a la vida terrena, pérdida de los apegos y sensación de estar más allá del bien o del mal. El 37% que continuó la experiencia indicaron que se sintieron desprendidos de sus cuerpos al que veían desde lo alto (autoscopia) y, también, presenciaban las actividades a su alrededor, muchas de ellas encaminadas a volverlos a la vida. Sólo un 23% de los encuestados continuó a la tercera fase y afirmaron que se veían rodeados por la oscuridad, en algún lugar parecido a un túnel o un tubo, mientras sentían alguna fuerza que los empujaba a avanzar. El 16% de los sujetos investigados consiguieron ver el final del túnel oscuro y aseguraban haber visto una luz incomparable, cálida, armoniosa, tranquilizante que los llenaba de paz. Algunos de ellos dijeron que esa luz desprendía tanta energía y tanto amor, que resultaba muy difícil describirlos, y que nunca habían sentido tanta comprensión, amor y cariño como el que irradiaba aquella maravillosa energía. Otros relataron como percibían una sucesión ininterrumpida y veloz, de imágenes de toda su vida. 

Esto los inducía a evaluarla, aunque parecía que todo lo actuado no tenía importancia, las supuestas contribuciones o méritos materiales no eran tales y tenían la sensación, de que lo único que importaba allí, eran las emociones, los sentimientos y el dominio que sobre los mismos habían ejercido. Algunos sintieron la necesidad y el deber de regresar para aprender a dominar el sentimiento y la emoción negativa que prevalecía en ellos y percibieron a un personaje luminoso y amoroso dándoles instrucciones. Sólo un 10% sintieron que rozaban la luz o podían comenzar a sumergirse en ella, pero de alguna manera, comprendían la imposibilidad de continuar y el deber de volver a su cuerpo físico. La totalidad manifestó que el regreso no fue agradable porque volvían al dolor y al sufrimiento, sintiendo al principio rechazo por aquellos que impidieron que encontraran totalmente la luz. 

Es notable el cambio que estas personas demostraron después de esas experiencias; su personalidad se hizo más abierta, se preocuparon mucho más por aquellos que los rodeaban, su carácter se dulcificó, advirtieron un cambio en su vida y perdieron el temor a la muerte. También es necesario mencionar que muchas personas declaradas clínicamente muertas no recuerdan nada de lo ocurrido, pero quedan huellas, en la mayoría de ellas, que se reflejan en un cambio del carácter y de conducta frente a los problemas cotidianos. Los profesionales que los atendieron en ese momento quedan sorprendidos por la descripción de todos los detalles ocurridos durante la reanimación, desde los gestos y maniobras, la conversación del equipo de médicos y enfermeras, hasta la observación de elementos ubicados fuera del campo de observación del paciente. Numerosas han sido las hipótesis formuladas para intentar explicar estos fenómenos; pero ninguna de ellas ha sido probada. 

Algunos atribuyen estas vivencias a la administración de fármacos capaces de producir estados alucinatorios; otros, adjudican el fenómeno a la última sensación del cerebro luego del cese de suministro de oxígeno o al aumento del dióxido de carbono; o simplemente a la disyunción del sistema nervioso del moribundo. Sin embargo, hay ciertos estudios preliminares que revelan la presencia de una alta concentración de oxígeno en los exámenes de la sangre de los pacientes reanimados, luego de la muerte clínica. Kenneth Ring, de la Universidad de Connecticut, USA, entrevistó a más de 100 sobrevivientes protagonistas de experiencias similares y expuso su investigación en su libro “Senda hacia el Omega”. Explica los fenómenos como un proceso neurológico asociado con la experiencia esencial que significa la muerte y dice que “puede ser una reacción del cerebro al acercarse el momento terminal”. 

El psicólogo norteamericano Ronald Siegel afirmó que cuando el organismo siente la cercanía del momento de la muerte libera una cantidad muy alta de drogas sinápticas provocando una sobredosis de endógenos naturales, los cuales determinan una sensación de euforia, explicada luego por los sobrevivientes. Para algunos psicólogos la explicación está en la perturbación del consciente que falsea la realidad, mientras el inconsciente embellece lo que percibe, como consecuencia de la soledad del enfermo cercano a la muerte que teme. Esta teoría de la despersonalización afirma que los moribundos, con el fin de afrontar una realidad desagradable: la enfermedad y la muerte, utilizan el recurso de reemplazarla con una fantasía placentera. Como se ve, son todas conclusiones sacadas desde el punto de vista meramente funcional y fisiológico, pero no satisfacen plenamente la explicación de todos los fenómenos producidos; por ejemplo, la descripción que por autoscopia o por percepción desde fuera del cuerpo, evidencian el conocimiento de detalles, imposible de adquirir por la imaginación. Por su parte, una representación importante de científicos sustenta una explicación llamada trascendental, la cual indica que estas vivencias predicen lo que le espera al ser humano después de morir. Susan Blackmore, de la Universidad del Oeste de Inglaterra, asegura que las experiencias cercanas a la muerte son causadas por “una combinación de reacciones psicológicas y Fisiológicas, por disturbios en la función cerebral en el punto de la muerte o por el stress producido por la misma”. 

No obstante, no duda en afirmar la existencia de vida después de la muerte en su libro “Muriendo para vivir”. El tema ha sido considerado en publicaciones médicas desde 1930, cuando el psicoanalista austríaco Oskar Pfister escribió un artículo donde adjudicaba esas vivencias a “fantasías agradables, autocreadas como defensa frente al miedo a la muerte”. En 1972, Harold Sherman, fundador y presidente de la Research Associates Foundation, en Little Rock, Arkansas, USA, presentó su libro “La vida después de la vida”, basándose en experiencias psíquicas de personas sensitivas, quienes conocieron las manifestaciones de seres que acababan de morir. Como hemos visto, las hipótesis se multiplicaron, hasta que en 1975, Raymond Moody, médico psiquiatra estadounidense, también profesor de filosofía especialista en la ética, la lógica y la filosofía del lenguaje, con su libro “Vida después de la vida”, conmovió a la comunidad científica por sus afirmaciones. En su obra recogió las experiencias de numerosas personas quienes relataron sus percepciones en el lapso siguiente a la determinación de su muerte clínica. Moody comenzó sus estudios mucho después que tuviera referencias de personas protagonistas de “experiencias cercana a la muerte”, a las que conoció, eventualmente, en distintas ocasiones. 

La psiquiatra de nacionalidad suiza residente en USA, Elizabeth Kubler-Ross, dedicada durante 20 años a la observación de pacientes en la última fase de la enfermedad, realizó una investigación paralela y coincidente en sus hallazgos, aun cuando no conoció al Dr. Moody hasta 1976. La Dra. Kubler-Ross estudió más de 20.000 casos y presentó sus conclusiones en su obra “La muerte, un amanecer”. Afirma, haber vivido ella misma una experiencia de ese tipo, la que la transformó totalmente y la indujo a dedicarse a asistir a los moribundos. Sin embargo, no todas las personas que tuvieron una experiencia cercana a la muerte relatan sucesos agradables. Maurice Rawlings, cardiólogo de Tennessee, USA, en su libro “Más allá de las puertas de la muerte”, informa que en sus investigaciones, la quinta parte de los pacientes recuperados de un paro cardíaco que hablan de sus vivencias en forma inmediata, refieren experiencias desagradables en cuanto al ambiente y a las visiones que tuvieron. Poco después, bloquean esos recuerdos y varios días más tarde no pueden repetirlos. En la misma época, Charles Garfield, psicólogo del Instituto de Investigación del Cáncer de la Escuela de Medicina de la Universidad de California en San Francisco, USA, estuvo reuniendo datos que confirman las experiencias cercanas a la muerte no siempre agradables. No obstante, las vivencias negativas no significan una contradicción a las experiencias agradables. Recordemos las enseñanzas de maestros espirituales que señalaron los distintos niveles de conciencia espiritual de acuerdo a la evolución, y colocan a cada uno según su propia realidad. En 1976, Michael Sabom, cardiólogo de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory, Georgia, USA, y su asistente Sarah Kreutziger, comenzaron a entrevistar personas que habían muerto clínicamente y recabaron 100 testimonios. Los resultados aparecieron en “Theta”, una publicación para la investigación del problema de la sobrevivencia después de la muerte. 

Lo que más llamaba la atención era la explicación de tipo técnico y fuera de sus conocimientos conscientes, que esos pacientes hacían cuando narraban las actividades de los médicos y enfermeros que trataban de salvarle la vida. Probablemente esta investigación presentó una evidencia muy importante de que esas experiencias no pueden explicarse como desviaciones cerebrales o alucinaciones resultantes de la falta de oxígeno en el cerebro o alguna otra anormalidad psicológica. Las evidencias sugieren que esos hechos son el resultado de la separación del cuerpo y la conciencia, en los momentos cercanos a la muerte. En 1986 apareció la primera edición del libro “La existencia después de la muerte” del investigador británico en temas de parapsicología D. Scott Rogo, obra en la cual considera si el ser humano posee la capacidad de sobrevivir después de la muerte corporal y analiza la evidencia sobre la comunicación post-mortem, en una minuciosa puesta al día sobre el tema. 

Desde entonces, en todas partes del mundo, los investigadores repitieron los experimentos basados en el método científico; las comprobaciones son coincidentes, pero la exploración recién ha comenzado y el trabajo futuro es largo y arduo. El enfrentamiento con la muerte El temor a la muerte desaparece cuando es comprobado científicamente por el Espiritismo que, sin lugar a dudas, existe la sobrevivencia del individuo después de la muerte física. Así la humanidad desechará los prejuicios ancestrales y admitirá los errores de concepto arrastrados durante siglos bajo la forma de dogmas y verdades establecidas e inamovibles. 

La vejez es la antesala del cambio de estado y como tal significa una preparación para afrontar tal circunstancia. esta etapa se convierte en una oportunidad con nuevos intereses, se disfruta del enriquecimiento logrado por las experiencias vividas, se puede ofrecer el servicio y el consuelo a otros, para así colaborar en el desarrollo y progreso ajeno, a la par que se comienza una preparación basada en el estudio y la meditación, conducente a la reflexión sincera de las propias imperfecciones. Se alcanza la serenidad por medio de la comprensión de la realidad de la vida, el logro de una experiencia espiritual superior, y la esperanza alentadora de nuevas oportunidades. Esa inteligencia íntima otorga relajación y quietud en la proximidad de la muerte, no se conoce el miedo y se tiene la convicción de la tarea cumplida, y la expectativa de una nueva experiencia. La vida es una cuestión individual y cada uno tiene su propio destino edificado con su trabajo personal, de acuerdo a la forma en que se reacciona frente a las experiencias vividas. 

La vida y la muerte son experiencias individuales, porque las percepciones en cada una de ellas dependen del patrón de conciencia de cada ser, en cada una de esas etapas. Cuando un ser ha vivido una experiencia completa y fructífera, y se encuentra en la última etapa, cuando el organismo físico sufre el deterioro normal, consecuencia del patrón genético individual y de las vicisitudes propias de la materia orgánica, no es caritativo retenerlo en contra de su voluntad, como frecuentemente hacen sus seres queridos. Se puede alegar el sentimiento de amor, pero muchas veces está confundido con el egoísmo, porque no se desea la muerte del ser querido, sólo por no perderlo. No es raro el espectáculo de hijos que les piden a sus padres que tengan fortaleza para seguir viviendo, cuando sus organismos agotados se desploman y no le prestan utilidad; ni el de padres que ante la pérdida de un hijo no pueden controlar su dolor y fomentan el apego emocional del niño fallecido con sus progenitores, sobre todo con su madre. 

El sentimiento profundo no tiene fronteras de tiempo ni espacio y algunos se aferran a la idea de su hijo, tal como fue hasta su muerte, permaneciendo en una fijación emocional que enlaza parasitariamente y no permite la libertad de acción de ninguno de los seres involucrados. Distinta sería su reacción si aceptaran la existencia de una realidad espiritual que transciende la muerte física, donde el espíritu que encarnó al niño, continuará su desarrollo. Es más fácil enfrentarse a la muerte cuando se tiene la convicción de que se ha agotado el tiempo previsto, que se ha logrado el propósito de la vida y que se está listo para el cambio. Partir con tranquilidad es la expresión de dejar todo en orden, tanto lo referente a la dimensión material como a la moral. El apego sano y no parasitario a lo que se abandona, permitirá no sentir dolor por lo que ya no se tiene, y dejará en libertad a los seres que continúan en su experiencia encarnatoria, para ejercer su labor sin interferencias y sin restricciones. Pero, al mismo tiempo, disfrutar de la esperanza del reencuentro con seres amados que se adelantaron en el proceso de cambio, como también con aquellos de quienes se aleja transitoriamente, pero que también cambiarán de estado, cuando terminen su labor como encarnados. Aquellos que se aferran a su ambiente material, que luchan por no dejar sus adquisiciones ni las personas que compartieron sus experiencias, que desean continuar en sus labores de encarnados, en ocasiones muy valiosas pero ya caducas, que creen que no pueden dejar sus responsabilidades porque no habrá nadie que los supla, encuentran muy difícil la separación. 

La muerte se convierte para ellos en una injusticia o al menos, en una experiencia inoportuna, y su pensamiento queda anclado en sus deseos e insatisfacciones, mientras su desprendimiento del cuerpo se hace lento, penoso y difícil. Mecanismo de la Muerte: La muerte física no es más que un cambio de estado, y consiste en la destrucción de la forma frágil, que ya no proporciona las condiciones necesarias para el funcionamiento y la evolución de la vida. Las sensaciones que preceden y siguen a la muerte son infinitamente variadas, y dependen sobre todo del carácter, los méritos y la dimensión moral del espíritu que abandona su estado orgánico. La separación es casi siempre lenta, la liberación del alma se opera gradualmente y comienza a veces, mucho tiempo antes de la muerte, aunque no es completa sino cuando los últimos lazos energéticos espirituales quedan rotos. Es obvio deducir que la impresión experimentada es tanto más penosa y prolongada cuanto más firmes y numerosos sean estos lazos. La separación es seguida por un período de turbación, más corta para el espíritu equilibrado y adelantado, pero muy prolongada para las almas impregnadas de energías pesadas que la acercan y la anclan en la materia. El espíritu no muere, conserva su individualidad preservada por su envoltura energética modeladora (Periespíritu), y continúa evolucionando en estado desencarnado. Tiene por delante un futuro de proyectos, todos elaborados para conseguir el progreso; su pensamiento se perfeccionará según su esfuerzo; su Periespíritu se hará cada vez más sutil, necesitando encarnaciones en medios materiales cada vez menos densos; hasta que en un infinito inimaginable, pueda conseguir la perfección suficiente para no necesitar encarnar nuevamente, y continuar entonces su progreso, en estados espirituales y en labores ignorados por nosotros. 

 En la última época de su vida, el escritor francés Víctor Hugo (1802-1885) expresó bellamente su concepto de la muerte: 

"Hace medio siglo que escribo en prosa y en verso: historia, filosofía, drama, novela, leyenda, sátira, oda, canción; todo lo he ensayado y sólo he podido decir la milésima parte de lo que siento en mí. Cuando yazga en la tumba diré: terminé mi jornada y no, terminé mi vida. Mi existencia comenzará de nuevo al otro día. La tumba no es un callejón sin salida, sino una avenida. Mi obra es sólo un principio, y la sed de infinito, prueba que existe lo infinito".

DRA. CLAUDIA MARTA MAGLIO-ESTEBAN

miércoles, 31 de julio de 2019

El Alma es Inmortal - GRECIA


Los griegos, desde la más remota antigüedad, han estado en posesión de la verdad sobre el mundo espiritual. 
A menudo, en Homero, los moribundos profetizan y el alma de Patroclo viene a visitar a Aquiles en su tienda. “Según la doctrina de la mayoría de los filósofos griegos, todo hombre tiene por guía un demonio particular (se llamaba daimon a los espíritus) en el cual estaba personificada su individualidad moral”1. 

La generalidad de los humanos estaba guiada por espíritus vulgares, los sabios merecían ser visitados por espíritus superiores (Id.). Thales, que vivió seis siglos y medio antes de nuestra era, enseñaba, como en China, que el Universo estaba poblado de demonios y de genios, testigos secretos de nuestras acciones, de nuestros propios pensamientos y de nuestros guías espirituales2. Incluso hacía de este artículo uno de los principales puntos de su moral, confesando que nada más apropiado para inspirar a cada hombre que esta especie de vigilancia sobre si mismo, que Pitágoras ha llamado más tarde la sal de la vida3. Epiménides, contemporáneo de Solón, estaba guiado por los espíritus y recibía con frecuencia las inspiraciones divinas. Era muy adicto al dogma de la metempsicosis y, para convencer al pueblo, refería que él resucitaba con frecuencia y que especialmente había sido Eacus4. “Sócrates5, y sobre todo Platón, encontrando la distancia demasiado grande entre Dios y el hombre, llenaban el intervalo con espíritus que consideraban como los genios tutelares de los pueblos y de los individuos, y los inspiradores de los oráculos.

 El alma preexistía al cuerpo, y llegaba al mundo dotada del conocimiento de las ideas eternas. Semejante al niño, que olvida al día siguiente las cosas de la víspera, este conocimiento se debilita en ella por su unión con el cuerpo, para despertarse poco a poco con el tiempo, el trabajo, el uso de la razón y de los sentidos. Aprender era recordar, morir era regresar al punto de partida y volver a su primer estado: de felicidad para los buenos, de sufrimiento para los malos. Cada alma posee un demonio, un espíritu familiar que la inspira; que se comunica con ella; cuya voz habla a la conciencia de cada uno de nosotros y le advierte lo que tiene que hacer o evitar. 

Firmemente convencido de que, por mediación de esos espíritus, podía establecerse una comunicación entre este mundo de los vivos y el que nosotros llamamos de los muertos, Sócrates tenía un demonio, un espíritu familiar que le hablaba sin cesar, y cuya voz le guiaba en todas sus gestiones1. “Sí —dice Lamartine—, está inspirado; él nos lo dice, nos lo repite, ¿y por qué rehusaríamos creer, bajo su palabra, al hombre que dio su vida por amor de la verdad? 
¿Hay muchos testigos que valgan la palabra de Sócrates moribundo? Sí, estaba inspirado... La verdad y la sabiduría no son nuestras, descienden del cielo a los corazones escogidos, que son suscitados por Dios según las necesidades del tiempo.”2 El claro genio de los griegos ha comprendido la necesidad de un intermediario entre el alma y el cuerpo. 

Para explicar la unión del alma inmaterial con el cuerpo terrestre, los filósofos del Hellade habían reconocido la existencia de una sustancia mixta, designada bajo el nombre de Ochema, que le servía de envoltura y que los oráculos llamaban el vehículo ligero, el cuerpo luminoso, el carro sutil. Hipócrates, hablando de lo que mueve la materia, dice que el movimiento es debido a una fuerza inmortal, ignis, a la cual da el nombre de enormon o cuerpo fluídico.

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1 A. Maury, La Magie et I’Astrologie.
2 Diog. Laertius libro I, núm. 27.
3 Dictionnarie universal, historique, critique et biographique, t. XIII. Véase “Thalés”.
4 Fenelón, Vie des philosophes de l’antiquité. 5 Phédon, Timée, Phédre.

miércoles, 24 de julio de 2019

LA TIERRA



Ley de las combinaciones químicas. - Proporciones definidas. - De lo infinitamente pequeño y de los átomos. - Circulación de las moléculas bajo la dirección de las fuerzas físico-químicas. - La geometría y el álgebra en el reino inorgánico. - Estética de las ciencias. - Que el número todo lo rige. - Armonía de los sonidos. - Armonía de los colores. - Importancia de la ley; menor importancia de la materia, su inercia. - El primer desarrollo de la fuerza orgánica en el mundo vegetal. 

 Las demostraciones en favor de la dignidad de la fuerza, que sacamos del espectáculo del universo sideral y de la inteligencia de la mecánica celeste, pueden deducirse del mismo modo del examen de los cuerpos terrestres. Aquel era el himno de lo infinitamente pequeño. La fuerza rige lo mismo los movimientos de los átomos, que los de las órbitas inmensas de las esferas etéreas. Cambia de objeto, cambia de nombre en las clasificaciones humanas, pero es la misma fuerza: es la atracción universal. Se la llama cohesión cuando agrupa los átomos constitutivos de las moléculas, y gravitación, cuando hace girar los astros alrededor de su centro común de gravedad. Pero el nombre humano no diferencia el hecho físico. Las moléculas constitutivas de las sustancias están formadas por una reunión geométrica de átomos, tomados entre los cuerpos que la química llama simples. Cada molécula es un modelo de simetría y representa un tipo geométrico. 

Así, por ejemplo, la molécula de ácido sulfúrico monohidratado es un sólido geométrico regular, un octaedro de base cuadrada, compuesto de siete átomos SH2 O. Los cuerpos simples, para formar los cuerpos compuestos, no pueden combinarse sino en números proporcionales, determinados e invariables. Sabido es que se designan bajo el nombre de equivalentes los números que expresan las relaciones de las cantidades ponderables de los diversos cuerpos susceptibles de entrar, ellas o sus múltiples, en las combinaciones químicas, y de reemplazarse en ellas mutuamente para formar compuestos químicamente análogos. Cien partes de oxígeno, en peso, se combinan, por ejemplo, con 12,50 de hidrógeno, para formar el agua: porque el agua estará siempre compuesta en esta relación, y sería absolutamente imposible añadir a la combinación que constituye una molécula de agua, una parte más de hidrógeno o de oxígeno. El agua formada por la combustión de una llama, es idénticamente la misma que la de las fuentes y de los ríos. De la misma manera 100 partes de oxigeno se combinarán con 350 de hierro para formar protóxido de hierro. 

Estas son, pues, reglas absolutas, a que la materia está obligada a obedecer. La naturaleza tiene horror al acaso, como se decía antiguamente que tenía horror al vacío. Y no solamente estos equivalentes representan numéricamente todas las combinaciones de los cuerpos con el oxígeno, sino también todos los de los cuerpos entre si, de tal manera, en nuestro ejemplo, que si el hierro se combina con el hidrógeno, siempre en relación de 350 (equivalente del hierro), a 12,50 (equivalente del hidrógeno). Además, todas estas combinaciones se efectúan según reglas geométricas, y la cristalización de los cuerpos puede siempre referirse a uno de los seis tipos fundamentales: el cubo, los dos prismas rectos, el romboedro y los dos prismas oblicuos. 

Para explicar no solamente las combinaciones, sino también todos los movimientos múltiples que se operan en las incesantes transformaciones de la materia, en los fenómenos de contracción y de dilatación, en la manifestación de las diversas propiedades de los cuerpos, admítese que los átomos no se tocan, aun en los cuerpos más densos y más sólidos; que están aislados unos de otros, y que en razón de su pequeñez, los intervalos que los separan son los mismos relativamente a ellos que los intervalos que separan los cuerpos celestes; y en fin, lo mismo que los cuerpos celestes se mueven los unos alrededor de los otros sin dejar de estar unidos por un lazo solidario, así también los átomos oscilan alrededor de su posición respectiva sin apartarse de los limites señalados por la cohesión o por la afinidad molecular. No hay diferencia esencial entre el mundo de las estrellas y el mundo de los átomos. 

Aumentad ese cristal, esa molécula, suponedla creciendo, desarrollándose hasta alcanzar el volumen del sistema planetario, de una nebulosa; tendréis un verdadero sistema con sus fuerzas y sus movimientos. Por lo contrario: suponed que el sistema planetario se contrae, por decirlo así; que se estrechan todas las distancias, que todos los cuerpos que lo componen se empequeñecen y que llega finalmente a la dimensión de un agregado químico: hemos vuelto al microcosmos. Además, de esto, las medidas, las expresiones de infinitamente grande e infinitamente pequeño están en nosotros, y no en la naturaleza, por que todo lo referimos a nosotros como a un punto de comparación. Las ideas de grande y de pequeño son puramente relativas. 

La naturaleza no conoce estos modos de ver. Los fenómenos del calor, de la luz, del sonido y del magnetismo, se explican por esta concepción de los movimientos atómicos. Bajo la influencia de estas fuerzas exteriores, las moléculas se estrechan o se apartan y modifican sus movimientos, como se ve en el espacio a los mundos precipitar su curso en su perihelio y retardarlo en las regiones lejanas a su afelio. Cuando por medio de un choque ocasionamos vibraciones en los cuerpos sonoros, sus moléculas se agitan en cadencia, según el modo de su armonía. Pero estos átomos son de una indecible pequeñez. Se ha calculado que el número de átomos contenidos en un pequeño cubo de materia orgánica del tamaño de una cabeza de alfiler, debía elevarse al número inconcebible de ocho mil trillones (8 seguido de 21 ceros). Suponiendo -dice Gaudin-, que se quisiera contar estos átomos tomando de ellos mil millones por segundo, se emplearían doscientos cincuenta mil años en hacer la cuenta. No haremos la prueba. De todos modos la sustancia de los cuerpos es un pequeño mundo, un mundo analítico, en cuyo seno lo infinitamente pequeño está regulado por leyes tan rigurosas como lo infinitamente grande del mundo sideral. 

Cuando se sabe que una pulgada cúbica de trípoli contiene cuarenta mil millones de galionellas fósiles; cuando se piensa que en la clase de los infusorios el microscopio nos permite distinguir vibriones cuyo diámetro no excede de una milésima de milímetro, y que estos pequeños seres que se mueven en el agua con agilidad, están provistos de aparatos de locomoción servidos por músculos y nervios, que se nutren y poseen vasos nutritivos, que son activos, buscan, persiguen su presa, la combaten y se lanzan a veces en los abismos de la gota de agua con una celeridad y una fuerza relativamente superiores al galope de un caballo, cuando se añade a esta observación que estos animáculos están, en fin, dotados de órganos de sensibilidad, no cuesta trabajo creer que las moléculas de albúmina y de gelatina que los constituyen son verdaderamente de una tenuidad inimaginable, y que los átomos de que están compuestas estas mismas moléculas pertenecen sin metáfora a nuestra idea de lo infinitamente pequeño. 

Pero estos átomos no cambian: son invariables e inmutables; las moléculas de los cuerpos compuestos, en cuya formación están geométricamente asociados, no cambian ya, aunque pasan incesantemente de un ser a otro. Por el cambio perpetuo que se opera entre todos los seres de la naturaleza y que los encadena a todos bajo el imperio de una comunidad de sustancia, por la comunicación permanente de las cosas entre si, de la atmósfera con las plantas y con todos los seres que respiran, de las plantas con los animales y los hombres, del agua con todas las sustancias organizadas, por la nutrición y asimilación que perpetúan la cadena de las existencias, las moléculas entran y salen sin cesar de los cuerpos, cambian a cada instante de propietario, pero conservan esencialmente su naturaleza intrínseca. Lo reconocemos con nuestros adversarios: la molécula de hierro no varía, ya recorra, incorporada al meteorito, el universo, ya resuene sobre la vía férrea en la rueda del vagón, ya ascienda en glóbulo sanguíneo a las sienes del poeta. Cualquiera que sea, pues, el lugar habitado transitoriamente por las moléculas, éstas conservan su naturaleza esencial y sus propiedades. Los átomos son infinitamente pequeños; siempre separados unos de otros y sin embargo, encadenados por esta misma fuerza invisible que retiene las esferas en sus órbitas. 

La materia toda, orgánica o inorgánica (puesto que es la misma), obedece, desde luego, a esta fuerza. Las partes más pequeñas son como astros en el espacio: una a otra se atraen y se rechazan en virtud de sus movimientos respectivos. Bajo el velo de esta materia que nos parece pesada y densa, debemos, pues, buscar la fuerza a que obedece, la que rige al mineral, pesa los elementos, ordena las combinaciones, traza reglas absolutas, y dirigiendo a la materia como soberana, la somete como una esclava flexible y pasiva a las leyes primordiales que consagran la estabilidad del mundo. Los estados de la materia están regidos por leyes. ¿No habéis nunca admirado las formas características de la cristalización? No habéis nunca examinado con el microscopio la formación de las estrellas de nieve y de las moléculas cristalinas del hielo? 



En ese mundo invisible como en el universo visible, cada movimiento, cada asociación, se efectúa bajo la dirección de la ley. Siempre el mismo ángulo, siempre las mismas líneas, siempre las mismas sucesiones. Jamás las leyes humanas obtuvieron una obediencia tan pasiva, tan absoluta. Jamás geómetra alguno construyó figura tan perfecta como la naturalmente revestida por la molécula más humilde, como tampoco ningún rosetón de las basílicas más elegantes iguala al corte de una rodaja del tallo de un vegetal. No hablamos solamente de sus estados físicos. Sabido es, en efecto, que, por ejemplo, la fluidez de los cuerpos no es debida sino al calor, y que el vapor de agua que forma las nubes lo mismo que las ondas del profundo mar, estaría en estado sólido, es decir, en estado de hielo, si se desterrase de la tierra todo calor. Pero hablamos especialmente de sus estados químicos. Aquí la ley reina por completo. Está vedado al poder humano crear nada por leyes arbitrarias o caprichosas, y cambiar cosa alguna en la composición de los cuerpos. Nada nace, nada muere. La forma sola es perecedera, la sustancia es inmortal. 

Estamos constituidos del polvo de nuestros antepasados. Son los mismos átomos y las mismas moléculas. Nada se crea, nada se pierde. Una bujía que ha ardido por completo, no es ya visible a los ojos vulgares; no obstante, existe todavía integralmente, y recogiendo las sustancias consumidas las restituiríamos en su peso anterior. Los átomos viajan de un ser a otro, guiados por las fuerzas naturales. El acaso está excluido de sus combinaciones y maridajes. Y si, en este cambio perpetuo de los elementos constitutivos de todos los cuerpos, la naturaleza, bella y radiante subsiste a su grandeza, este poder racional de la tierra es debido únicamente a la previsión y al rigor de las leyes que organizan, sin descanso, los viajes y etapas de los átomos de guarnición en guarnición. 

Si la organización militar de Francia es debida a un consejo inteligente, nos parece que la organización química de los seres, mucho más importante que aquella, es la mejor prueba en favor de un plan y de un pensamiento director. Sin embargo, el papel que la ley ejecuta en el universo está relegado al rango de las fábulas por el autor de la Contestación a las cartas de Liebig. 
Según él, es sin razón, que el gran químico declara que “la ley es la que todo lo constituye” (1). 
¡La ley no sería más que una idea general inducida de caracteres sensibles; y de que no se encuentre ley sino después de experiencias, resultaría que no existe en realidad! “En tanto que se crea que la ley construye el mundo, se atreven a escribir, en vez de ser su resultado y de recibir su luz, el espíritu humano dormirá en las tinieblas y se opondrá la idea a la experiencia.” 

Para desterrar de la naturaleza el espíritu, y en particular el espíritu geométrico, es preciso negarse a la evidencia del papel ejecutado por el Número y obstinarse en no oír la armonía universal esparcida con profusión en las obras creadas. La armonía no es solamente la fraseología musical escrita en los pentagramas y ejecutada por los instrumentos humanos; no consiste en esas obras maestras, justamente respetadas, que surgieron en los días de inspiración en el cerebro de los Mozart y de los Beethoven; la armonía llena el universo con sus acordes. Y desde luego, la música propiamente dicha, está formada toda ella por el número; cada sonido es una serie de vibraciones en cantidad definida, y las relaciones armónicas de los sonidos no son otra cosa que relaciones numéricas. 

La escala es una sucesión de números; los modos, tanto el menor como el mayor, están creados por las cifras, y los acordes mismos no son más que una combinación algebraica. Además, como si el número debiese esencialmente reinar solo, todo compositor musical debe también sujetarse a reglas para el compás. Estas advertencias fundamentales, sugeridas por el estudio del sonido, encuentran su aplicación no menos importante en el estudio de la luz. Así como los tonos derivan del número de las vibraciones sonoras, de la misma manera los colores derivan del número de vibraciones luminosas. La coloración de un paisaje es una especie de música. El verde de los prados está formado por el número, como el fondo de una melodía: la rosa que se abre es el centro de una esfera de vibraciones luminosas que constituyen el matiz aparente; y el ruiseñor que entona sus notas cariñosas, envía a la atmósfera las vibraciones sonoras características de su tono. 

Todo movimiento es número y todo número es armonía. Hay sin duda, en este estado de cosas, una parte reservada a las leyes fisiológicas de nuestra organización. Los sonidos oíbles comienzan en las vibraciones lentas y concluyen en las vibraciones agudas que nuestro oído puede percibir: de 16 a 36.85 por segundo (2). 

Los colores visibles principian en las vibraciones lentas y se detienen en las vibraciones rápidas que puede recoger nuestra vista: de 458 billones a 727 billones (3) por segundo. Pero no se debe deducir de aquí que no haya más que una relación fortuita entre nuestra organización y los movimientos exteriores. Los sonidos y los colores se perciben por debajo y por encima de los límites de nuestra organización, igualmente sometidos a las reglas numéricas; hay sonidos que el oído humano no puede oír, y colores que no puede ver nuestra vista. Y en el límite mismo de nuestras percepciones, la relación que existe entre ellas y nuestros sentidos procede, a nuestro parecer al menos, de que el número, este lazo universal, no ha sido extraño a la construcción de muestro organismo. 
La forma también, en sus apariencias más onduladas, pertenece al número, porque toda figura está determinada por el guarismo. El sentido innato de la estética que nos inspira, busca las formas más puras. El círculo nos agrada por su curva graciosa. 

La geometría en nuestras construcciones no se extravía por sendas arbitrarias. La arquitectura se apoya, según sus aplicaciones, en la forma estética de nuestro espíritu, aunque le suceda a veces (como en nuestra época, por ejemplo), no tener estilo ninguno. Deseamos la simetría hasta en las figuras simbólicas de las tradiciones religiosas; a veces la fingimos en un desorden aparente. 
Nuestra vista, que se cansa pronto de mirar las muchedumbres que se entrecruzan al acaso, se recrea agradablemente con las danzas o movimientos melodiosos. Carácter particular del reino mineral, la simetría llega a ser menos severa elevándose en las regiones orgánicas. 
Los vegetales se modelan sobre su tipo ideal, pero dejan una latitud a las fuerzas que los modifican; crecen en dos direcciones opuestas; sus hojas se suceden en su ciclo alrededor del tallo en un número característico; sus flores no escapan del orden numérico; los números, como las formas, son las bases de las clasificaciones vegetales. Los animales, manifestando el tipo de cada especie, conceden también un último papel a la simetría y el hombre mismo es una unidad formada por dos mitades simétricas soldadas juntas. 
Y sobre todas estas formas particulares, la unidad del plan se manifiesta soberanamente. 
En las especies más diferentes, encontramos analogías significativas. Nada se parece menos a una mano que el casco de un caballo. Sin embargo, disecad este casco, y encontraréis en un estado rudimentario una mano con los dedos soldados. Así, el orden, el orden numérico mismo, reina en la tierra como en los cielos. No pensemos que las armonías naturales, no anotadas por la mano del hombre, sean ruidos informes y hagan excepción. El viento suspira entre los cedros y los abetos, el murmullo de las olas en la orilla, la sorda melodía de los insectos en las hierbas, los sonidos indefinidos que llenan la naturaleza, son vibraciones sonoras que pertenecen como las precedentes al reino del número. 

El hecho más insignificante en apariencia es el resultado de ciertas leyes, lo mismo que el acontecimiento más importante. ¿Con qué derecho se atreven los negadores del espíritu a declarar la materialidad absoluta del universo? ¿De qué es capaz la materia sola? ¿Qué vendrá a ser un átomo de oxígeno o de carbono si lo suponéis independiente de toda ley? ¿En qué caos informe caerá la naturaleza si aniquiláis la fuerza que la sostiene?. Imaginémonos por un instante que no existe el número: esta sola suposición destruye inmediatamente todas las armonías en que acabamos de ocuparnos. Pero, preguntamos, la facultad matemática, ¿puede pertenecer a la materia? 
Si lo pretendéis, os resta ahora decirnos a qué materia: ¿al oxígeno?, ¿al ázoe?, ¿al hierro?, ¿al aluminio? Pero no; puesto que la ley es superior a todos estos cuerpos y es ella precisamente la que los combina, los une, los desasocia, los separa, puesto que es ella la que los gobierna. ¿Qué os queda? ¿Es a la materia a quien pertenecen el sonido, la luz, el magnetismo? Vosotros experimentáis lo contrario. Estos son otros tantos modos de movimiento. Pero, ¿quién ordena tal modo de movimiento para el sonido y tal otro para la luz? ¿Quién rige estas fuerzas? 

Aparentemente son estas fuerzas mismas o una fuerza superior que las abraza a todas. 
La materia no es en todos sus movimientos sino el sujeto pasivo. Es, pues, imaginable, que en la naturaleza inorgánica la materia es esclava; la fuerza, soberana. Esto es precisamente lo que ponen en duda los campeones de la materia. Ya hemos podido apreciar el valor de sus raciocinios sobre la naturaleza inorgánica, muy pronto conoceremos su manera de explicar la naturaleza orgánica. Cuando se quema una planta con precaución, no es raro que se obtenga por residuo un esqueleto silíceo, correspondiente a la forma primitiva del tallo. Es la sustancia inorgánica que le constituye y que proviene de la sustancia del suelo. La planta integral contiene además ciertos cuerpos determinados por la naturaleza; por ejemplo: el trigo contiene gluten azoado y fosfatos; la vid, cal; la patata, potasa; el té, manganeso; el tabaco, salitre; etcétera. 

A cada planta le convienen principios minerales y la planta sabe escogerlos por si misma; el agricultor instruido subordina los frutos a la naturaleza del suelo, o elige sus abonos, según las cosechas que quiere recoger. En el conocimiento de las necesidades de cada especie está el secreto de las amelgas y de los barbechos. Ante este hecho, los teóricos de que se trata, hacen 1a mitad del camino por la verdadera explicación. La raíz de la planta, dicen, absorbe según las leyes fijas de afinidad los elementos inorgánicos que la rodean en la tierra. Y como si temieran que no se comprendiese del todo el papel que juiciosamente fijan a esta afinidad electiva añaden (véase a Moleschott) que la planta fabrica por sí misma la masa principal de su cuerpo. ¿Se creerá sin duda que con esta declaración se reconoce a la fuerza la dirección que le pertenece? 

Nada de eso; todo se refiere a la materia. La evaporación que permite a las raíces de las plantas absorber los principios de la tierra vegetal, dicen, y la afinidad de los líquidos obrando a través de las paredes de las celdillas que los separan, tales como son las facultades soberanas de la materia que efectúa el crecimiento. Véase una pobre raíz que vegeta en la cima de una roca; tiene necesidad de obscuridad, de silencio, de cierto alimento separado de ella por grandes piedras; examinad la expresión lenta de sus vagos, pero enérgicos deseos: ella busca, circula, adelanta, vuelve atrás, rodea las rocas, trepa, desciende, lánzase ávidamente hacia el punto que una especie de instinto le hace adivinar, vuelve a caer a veces desalentada, pero muy pronto animada de una fuerza nueva, derriba todos los obstáculos y llega por fin a la tierra prometida. 

Desde entonces, se fija en ella, se implanta allí, proclama sus derechos de conquista, y el árbol empobrecido que temblaba antes con el frío de una enfermedad de consunción, recobra bien pronto su vigor extendiendo al sol sus abundantes ramas. ¿Se osaría en este caso dejar de admitir más formalmente aún que en el de la cristalización mineral, la existencia de un “espíritu de las plantas”, de una fuerza orgánica particular? Por nuestra parte, lo confesamos sin reserva: en la manifestación de estas tendencias instintivas, saludamos al ser virtual, a la fuerza íntima que constituye al vegetal, y admitimos que la materia está obligada a obedecerla. Os encontramos inconsecuentes en referir a la materia esta afinidad electiva (¡como si la materia fuese capaz de escoger!) y nosotros la referimos al ser vegetal que extraviado en las condiciones más semejantes, sabe adivinar por todas partes los elementos necesarios a la existencia de su especie. Oh, pretendidos sabios que creéis servir a la ciencia arrastrando vuestro espíritu por el fondo de vuestras retortas, permitidme acusaros y compadeceros por no haber sabido ver, por no haber sabido sentir las escenas de la naturaleza. 

El aspecto de ciertos sitios admirables, en donde la gracia y la belleza se presentan bajo todas las formas; el movimiento de la vida en el verdor renaciente de los prados y de los bosques; la radiación de la luz en el azul pálido salpicado de copos de oro, en los árboles de silencioso aspecto, en el límpido espejo del lago que refleja el cielo; el dulce calor primaveral que alienta la atmósfera entibiada; los olores silvestres y los perfumes de las flores: todas las bellezas, todas las ternuras, todas las caricias de la naturaleza han quedado desconocidas a vuestro inerte ser. Las contemplaciones de esta naturaleza terrestre ofrecen, no obstante grandes encantos, y hacen a veces revelaciones inesperadas. Me acuerdo y os confieso, aunque podáis reíros de mi sensibilidad; recuerdo, digo, haber pasado horas deliciosas en la admiración solitaria de ciertos paisajes. 

No nombraré el de que os hablo aquí, porque la vista que sabe ver puede encontrarlo en muchas y diferentes comarcas. El sol, no puesto todavía pero oculto por las nubes, iluminaba las alturas del espacio, colorando con las tintas más tiernas y más exquisitas las elevadas nubes, cúmulos dorados que bogaban lentamente por debajo de copos argentados. Un viento superior insensible en la superficie del suelo, mecía estos grupos multicolores, en donde los matices de una paleta mágica, desde el oro hasta el rosa, se armonizaban en sus contrastes como los diversos acordes de un coro celestial. A mis pies murmuraba la onda transparente de un extenso lago que parecía llegar hasta el horizonte. Un gran silencio dominaba esta escena. 

A la orilla del agua, a cierta distancia, veíanse algunos grupos de árboles y de arbustos, reflejados en el móvil espejo con proporciones gigantescas. La onda reflejaba igualmente la tierra y el cielo, oponiendo a las luces de arriba las sombras de abajo. Era un cuadro digno de los grandes paisajistas, cuyas obras admiramos en los lienzos de Claudio Lorrain y de Poussin, pero cuya inimitable sencillez era muy superior a toda imaginación. El silencio general era a veces interrumpido por el lejano cencerro de los rebaños que el pastor reunía, o por las aves de las cercanías recortando algunos cantares. Había en este conjunto, una belleza tal, a pesar de la semioscuridad; una elocuencia tal, a pesar del silencio; una vida tal, a pesar de la inanimación aparente; y un esplendor tan interesante y tan imperioso, que sentí esa vida universal entrar en mi ser como el aire que respiraba y penetrarme por todos los poros. 

Ella me decía que los árboles viven, que las plantas respiran y sueñan. Me decía que en el aire y la luz, esta naturaleza que creemos inanimada crece y se eleva hacia la fase indecisa de las primeras manifestaciones del ser. Veía muy bien, con los ojos del químico, la sucesión rápida e incesante do los átomos constitutivos de estos cuerpos, desde la brizna de hierba hasta la nube; sabía que un movimiento inmenso e incontrastable hace arremolinarse en su circulación las moléculas simples combinadas unas después de otras en la sucesión de los cuerpos. Pero dentro de este movimiento, sentía la fuerza que lo arrastra; en el fondo de estas apariencias, admiraba la ley directriz de las cosas creadas. Dominado por el poder mismo de estas leyes, que derraman la belleza en el espacio con la misma facilidad que la mano del sembrador arroja el grano en el fértil campo; profundamente impresionado por esta comunicación pasajera de mi ser con la vida inconsciente de la naturaleza; sentí que mi admiración se había convertido en una especie de éxtasis, y que las imágenes aéreas de este hermoso cielo se reflejaban en mi alma como en el espejo del impasible lago. 

En estos instantes fugitivos e inexplicables de contemplación, es cuando la idea estética de Dios se me aparece más claramente y me domina con mayor fuerza. Estas revelaciones no puedo expresarlas, ni aun definírmelas a mi mismo, cuando han pasado. Me siento subyugado por la necesidad de reconocer una causa a esta belleza, una causa que no puedo nombrar pero que se me presenta con los caracteres de la hermosura misma, de la bondad, de la ternura, del amor, y por lo tanto también con los del poder, de la grandeza y de la dominación. Y no es ya por el espíritu, por donde Dios entra en mi alma, sino por el corazón. ¿Confesaré que a veces me he sorprendido embargado por una profunda emoción? No, porque en la opinión de mis secos contradictores toda señal de emoción no tiene otra causa que la contracción variable del corazón anatómico, o la secreción de la glándula lacrimal, más o menos sensible, según los temperamentos; de la misma manera que toda esta belleza de los paisajes, algunos de cuyos aspectos acabo de recordar no es más que el resultado ciego y falto de sentido de las combinaciones materiales engendradas por la química y la física de los cuerpos. 
“El Dios eterno, inmenso, que todo lo sabe, que todo lo puede, ha pasado delante de mí -exclamaba Linneo, después de sus admirables trabajos de la organización de las plantas-. No lo he visto de frente, pero su reflejo, apoderándose de mi alma, la ha embargado con el estupor de la admiración. 

Yo he seguido acá y allá su huella entre las cosas de la creación; y, en todas sus obras, aun en las más pequeñas, las más imperceptibles, ¡qué fuerza!, ¡qué sabiduría!, ¡qué indefinible perfección! He observado como los seres animados se superponen y encadenan al reino vegetal, los vegetales mismos a los minerales que están en las entrañas del globo, mientras que este globo gravita con un orden invariable en derredor del sol al que debe su vida. En fin; he visto el sol y todos los demás astros, todo el sistema sideral, inmenso, incalculable en su afinidad, moverse en el espacio, suspendido en el vacío por un primer motor incomprensible, el Ser de los seres, la Causa de las causas, el Guía y el Conservador del universo, el Señor y el Obrero de toda la obra del mundo. 

“Todas las cosas creadas llevan el testimonio de la sabiduría y del poder divinos, al mismo tiempo que son el tesoro y el alimento de nuestra felicidad. ¡La utilidad que tienen atestigua la bondad del que las ha hecho; su belleza demuestra su sabiduría, mientras que su armonía, su conservación, sus justas proporciones y su inagotable fecundidad proclaman el poder de este gran Dios! “¿Es esto lo que queréis llamar la Providencia? Este es, en efecto, su nombre, y no hay más que su consejo que explique el mundo. Justo es, pues, creer que hay un Dios inmenso, eterno, que ningún ser ha engendrado, que nadie ha creado; sin el cual no existe nada; que ha hecho y ordenado esta obra universal Escápase a nuestros ojos que inunda, sin embargo, con su luz; sólo el pensamiento le comprende; en este profundo santuario es donde se oculta esta majestad.” 

Nuestros adversarios no comprenden seguramente estas elevaciones del alma. 
Además, para sentir la poesía de las cosas es preciso antes que todo poseerla en sí; es preciso que el alma entre en vibración. El espíritu que se rebaja al papel de producto químico no es capaz de sentir estos goces. A propósito de esto, y puesto que hablamos aquí de la estética de la naturaleza inanimada, citemos de paso un ejemplo de la tendencia de nuestros químicos a extender sobre todas las cosas el rigor de sus concepciones. Descendamos del ideal verdadero, a un realismo que no es real. 

Moleschott es ciertamente el apóstol de la realidad físico-química: es también de un realismo sensiblemente exagerado. Juzgad por vosotros mismos de su manera de poetizar la naturaleza. Gustáis sin duda del puro brillo de las flores, de sus matices tan tiernos, de sus perfumes tan suaves. ¡Ay! no os figuráis, quizá, la posición en que os halláis cuando acercáis a una rosa vuestra nariz dilatada. Escuchad la revelación del químico: “Cuando respiramos el perfume embalsamado de nuestros jardines, aspiramos verdaderas sustancias excrementicias vegetales. Ciertamente no tenemos derecho para admirarnos de que los coleópteros femícolas y otros animales de un orden superior coman carroñas (sic) y excrementos, y que todo el mundo vegetal viva de excreciones de los animales, puesto que nosotros saboreamos con delicia sustancias que se han descompuesto por efecto de la vida de las plantas, y que tienen un origen análogo al de la orina y de las materias fecales.” ¿Vosotros no lo sospechabais? Pónese con esto a las flores y a aquellos o aquellas que las aman en una posición bien triste, porque en fin... (4). 

Volviendo a nuestro asunto y para terminar por la consideración general de la acción de la ley en la superficie de la Tierra, recordemos que esta acción permanente es la condición misma de la duración del mundo, lo mismo que de su hermosura. Ya lo hemos visto, todo es armonía. 

Cuando los cuerpos resuenan, se estremece la cuerda debajo del arco, y vibra la campana por el choque del badajo, las moléculas se agitan en cadencia, como las esferas en el espacio. 
La armonía de las esferas no es una palabra vana. Su causa es una fuerza, y es la misma fuerza en ambos casos, llámese cohesión cuando agrupa las moléculas, o gravitación cuando aproxima los cuerpos celestes, fuerza primordial, elemental, que anima toda sustancia, ya determinando una simple aproximación de las moléculas, ya sujetándolas a determinadas direcciones, según las condiciones en que se hallan colocadas. Esta fuerza puede llamarse físico-química. Pronto confirmaremos la existencia de una fuerza distinta que rige el torbellino de la materia en los seres vivientes. 

El animal se distingue de la planta y del mineral, por el sistema nervioso. 
Desde el estado rudimentario en que se encuentra en los zoófitos, hasta su completo desarrollo en la especie humana, el sistema nervioso es el sello de la animalidad; preside a los fenómenos inmateriales; por él percibimos toda sensación; él es el que hace posibles los movimientos voluntarios; en fin, él es el instrumento por el cual se manifiesta el pensamiento. 
Cortad los nervios y con el mismo golpe destruís la sensación; cortad los alambres telegráficos y el telegrama no se trasmite. Si se paraliza el nervio óptico, aunque el ojo quede intacto, el animal se queda ciego. Las imágenes continúan formándose en el fondo del ojo, pero la sensación no existe. 
La oreja puede estar perfectamente sana; está físicamente constituida para recoger las vibraciones sonoras. Sin embargo, no hay sonidos producidos si no está allí el nervio acústico para recogerlos y transmitirlos al cerebro, y si el cerebro viviente no está allí para percibirlos. La fuerza que percibe y juzga se sirve del cerebro y de los nervios. 

Reconocemos en el reino vegetal, y particularmente en ciertas especies, tales como la sensitiva, la dionea y la desmidia, una energía latente correspondiendo a nuestro sistema nervioso. Es indiscutible, no obstante, que la fuerza físico-química, la fuerza vegetal, la fuerza animal, la inteligencia, no son una sola fuerza-materia. Que se explique entonces, como una molécula está animada sucesivamente por fuerzas tan distintas. ¿Cómo es que el átomo de hierro que al presente forma parte de un hombre, de un animal o de un vegetal, constituía, un instante antes, por ejemplo, el modo de una antigua estatua? Si es todo a la vez materia y fuerza, y si la fuerza es única, ¿cómo es posible que produzca fenómenos tan distintos? Superiormente a la materia existe un principio inmaterial que es absolutamente distinto de ella. Un espíritu anima la materia, según la expresión de Virgilio. 

Ante la organización regular de los seres terrestres, no podemos menos de repetir lo que se contestaba ya hace cien años al Sistema de la Naturaleza. La materia es pasiva e incapaz de ordenarse ella misma en un todo regular. Está dotada de ciertas propiedades que la hacen susceptible de obedecer a leyes. Pero, ¿cómo una materia ciega puede tener designios y tender a un fin? ¿Cómo, sin inteligencia, habrá producido seres? ¿Cómo se gobernará por leyes llenas de sabiduría, si no conoce la sabiduría? ¿Cómo reinará un orden majestuoso entre sus partes, si no conoce el orden? ¿Cómo en fin, hará percibir una utilidad sensible en todas sus operaciones si no tiene fin alguno? Estos son otros tantos problemas, a los cuales los materialistas de hoy van a intentar responder detalladamente en sus discusiones (5). 

Para resumir, pues, el estado de la cuestión y los principios de nuestra refutación, desde el punto de vista del mundo inorgánico, hemos establecido que en el cielo, como en la Tierra, la fuerza rige la materia, que la armonía está constituida por el Número, y que el Número lleva por todas partes consigo su carácter intelectual. Pero en ninguna parte la inteligencia creadora aparece con una evidencia tan manifiesta como en la organización de la vida y en la existencia del hombre. Esto es lo que vamos a probar en los libros siguientes. 

CAMILO FLAMMARION 


 NOTAS  

(1) Chemische Briefe, p. 32. 
(2) Según Despretz. Las experiencias de Savart colocan el límite de los sonidos graves a ocho vibraciones por segundo, y el límite de los sonidos agudos a 24.000. 
(3) Tomamos aquí como limites el número de ondulaciones del extremo rojo y del extremo violado. Más allá del violado nuestra vista no puede percibir la luz, que, sin embargo, existe todavía. 
(4) Esta físico-química. ¿No va un poco lejos asimilando tan completamente las funciones vegetales a las funciones animales? Los cándidos lirios y las violetas, ¿no se parecen, enteramente, a los animales cerdosos de nuestros establos y el perfume de los alelíes? ¿No se desprende precisamente del mismo objeto que el olor inequívoco de las pesadas cubas que ruedan a medía noche por el empedrado de París? La química, ciertamente, no tiene que respetar “el buen parecer”, y queremos admitir que en un capítulo sobre la digestión, discuta Muleschott la idea que tiene Liebig de “reconocer el valor digestivo de un alimento por el tamaño particular de los residuos de las comidas consumidas, y que dejan los transeúntes a lo largo de los sotos y vallados”. Pero en un capitulo sobre las flores, no creemos necesario exagerar las similitudes entre el reino animal y el reino vegetal para llegar a ese extremo. En fin, esto no pasa de ser una digresión fuera del texto, que presenta a nuestros adversarios bajo un aspecto particular, y nos apresuramos a terminarla. 
(5) Al proclamar que la fuerza gobierna la sustancia, no vamos hasta a pretender, con ciertos metafísicos, que la sustancia no existe y que sólo existe la fuerza. Creemos esta exageración tan falsa como la de los materialistas. Escuchemos un momento una demostración metafísica de la inexistencia de los cuerpos y de la extensión. (Magy, De la science et de la nature). Si se supone que la extensión, lo mismo que la fuerza, conviene a los objetos de la experiencia y es un elemento inseparable de ella; en ese caso, como las propiedades de la primera son precisamente inversas de las propiedades de la segunda, encontramos haber admitido implícitamente que las contradictorias pueden coexistir en un mismo sujeto: error que es el tipo mismo de lo falso y de lo absurdo. 

Pero si por el contrario, se reconoce que sólo la fuerza es real, de una realidad absoluta y sustancial, mientras que la extensión no es nada más que un acto psicológico, que solamente, para aparecer bajo la mirada de la conciencia, requiere ciertas condiciones fisiológicas y físicas, al momento desaparece la contradicción. De modo que nuestra respuesta a la pregunta de saber cuál es la realidad objetiva de la noción de extensión, que a primera vista parece tan extraña, es en el fondo la única verdaderamente racional, puesto que no se la podría desechar, sin poner, por decirlo así, la razón en oposición consigo misma. Pero, se objetara, ¿esta respuesta está en expresa contradicción con la experiencia, porque reduce la extensión a una simple apariencia psicológica, mientras que la vista y el tacto, relativamente a todos los cuerpos a que puedan alcanzar, nos aseguran una extensión propia a cada uno y manifiestamente exterior al alma? ¿No son extensos, estos objetos con los cuales me encuentro en relación; este cuerpo al cual está unida mí alma; esta mesa ante de la cual estoy sentado; esta casa, esta tierra, este sol que me ilumina, en fin, todo el universo? Una ilusión tan constante y tan general, ¿es posible y aun concebible? 

Esta objeción supone justamente lo que está en cuestión, responde el filósofo. En efecto: ¿qué nos enseñan la vista y el tacto sobre el grado de realidad de la extensión corporal? ¿Qué la extensión es una cualidad del cuerpo en experiencia? Nada de eso, porque una vez operada la percepción, es siempre permitido preguntarse sí la imagen de la extensión que acompaña a esta percepción no será una simple apariencia. Sucede aquí con esta apariencia, lo que con ciertos fenómenos astronómicos, tal como el movimiento del sol, de que es tan fácil darse cuenta por la rotación del globo como por la del sol; en cuanto a la experiencia misma, que es literalmente neutra en la cuestión, su pretendido desacuerdo con nuestra tesis procede, no de los hechos mismos que se invocan sino del emitido arbitrario que se les atribuye implícitamente. Los elementos constitutivos de la materia son necesariamente inextensos y puramente dinámicos. 

Los mismos principios que nos han conducido a la verdadera teoría de la extensión corporal, nos sugieren igualmente la explicación de la extensión incorporal, es decir, del espacio. La extensión corporal es un simple fenómeno que acompaña a la reacción natural de esta fuerza híperorgánica que se llama alma, contra la acción de las fuerzas que constituyen los cuerpos brutos, de cuya acción está el alma advertida por las fuerzas orgánicas de nuestro cuerpo. Pero si las fuerzas orgánicas cuyo sistema es el cuerpo humano suscitan en nosotros la apariencia de la extensión, cuando obran como intermediarias entre el alma y la naturaleza exterior, estas mismas fuerzas, por su acción incesante sobre el alma misma, a la cual cada una está tan íntimamente unida, ¿podrían dejar de provocar un fenómeno análogo, del cual sería difícil a priori señalar los caracteres específicos, pero que debe infaliblemente hallarse entre los fenómenos psicológicos? Pues bien; esto es precisamente lo que sucede, y de lo que incesantemente somos informados por la conciencia. La reacción permanente del alma contra las fuerzas orgánicas engendra a cada instante un fenómeno homogéneo al de la extensión corporal. 

Es el fenómeno de la extensión incorporal o del espacio puro, en el cual localizamos naturalmente todos los cuerpos. El movimiento en el espacio como cualquier otro fenómeno sensible, no es, pues, mas que el signo visible de acciones invisibles y de cambios no menos inaccesibles a nuestros órganos, en el modo de coexistencia de las fuerzas. Pero, de todas las soluciones del problema, la más notable, sin contradicción, es la de Kant. Este gran pensador, que tanto había reflexionado sobre las condiciones primordiales del pensamiento, entre las cuales la noción del espacio le pareció con razón una de las principales, fue el primero que sospechó que el espacio no podría ser ni un objeto exterior a nosotros, como lo suponen los físicos, ni el orden de coexistencia de las cosas, como lo había pretendido Leibnitz, sino más bien un simple modo del sujeto pensante. “La geometría, dice, es una ciencia que determina las propiedades del espacio sintéticamente, y sin embargo, a priori. Pues, ¿qué debe ser la representación del espacio, para que respecto a el sea posible un conocimiento de esta especie? Una institución primitiva.” 

El espacio, para Kant como para nosotros, concluye el escritor, es, pues, esencialmente una afectación psicológica. Por una parte, según la ley objetiva del conocimiento, todas las ideas científicas se refieren a las nociones de fuerza y de extensión, las únicas verdaderamente primordiales o irreductibles; y por otra, según el examen profundo que acabamos de hacer sufrir a estas dos nociones, la noción de la fuerza representa el elemento sustancial de los seres, y la de extensión un modo puramente subjetivo de nuestro naturaleza. 
Así hablan aun los partidarios de la interpretación puramente subjetiva. Con respecto a esto puede hacerse una observación muy curiosa, y que bastaría para responder a esta teoría ligeramente exagerada: es, que si la extensión no existe, los cuerpos no podrían ocupar una parte de ella, como se enseña en física. ¡Lo que resulta de todo esto es, sencillamente, que no ocupamos lugar y que jamás estamos en parte alguna! 

En cuanto al primer punto, ténganlo presente los constructores de teatros. Respecto al segundo, los malhechores podrán, si les parece, aplicarlo a su justificación metafísica. Estos argumentos se parecen mucho a los que emplean los fraseólogos modernos que renuevan disputas de palabras creyendo disentir hechos. Por ejemplo, los que repiten con Broussais, que Dios y el alma no existen, porque el lenguaje humano los designa a veces bajo términos negativos. ¡Tanto valdría decir que la materia no existe, porque se la califica de impenetrable, y que esta palabra es negativa! Verdaderamente, esto no es más que logomaquia.