Ley de las combinaciones químicas. - Proporciones definidas. - De lo infinitamente pequeño y de los átomos. - Circulación de las moléculas bajo la dirección de las fuerzas físico-químicas. - La geometría y el álgebra en el reino inorgánico. - Estética de las ciencias. - Que el número todo lo rige. - Armonía de los sonidos. - Armonía de los colores. - Importancia de la ley; menor importancia de la materia, su inercia. - El primer desarrollo de la fuerza orgánica en el mundo vegetal.
Las demostraciones en favor de la dignidad de la fuerza, que sacamos del espectáculo del universo sideral y de la inteligencia de la mecánica celeste, pueden deducirse del mismo modo del examen de los cuerpos terrestres. Aquel era el himno de lo infinitamente pequeño. La fuerza rige lo mismo los movimientos de los átomos, que los de las órbitas inmensas de las esferas etéreas. Cambia de objeto, cambia de nombre en las clasificaciones humanas, pero es la misma fuerza: es la atracción universal. Se la llama cohesión cuando agrupa los átomos constitutivos de las moléculas, y gravitación, cuando hace girar los astros alrededor de su centro común de gravedad. Pero el nombre humano no diferencia el hecho físico.
Las moléculas constitutivas de las sustancias están formadas por una reunión geométrica de átomos, tomados entre los cuerpos que la química llama simples. Cada molécula es un modelo de simetría y representa un tipo geométrico.
Así, por ejemplo, la molécula de ácido sulfúrico monohidratado es un sólido geométrico regular, un octaedro de base cuadrada, compuesto de siete átomos SH2 O. Los cuerpos simples, para formar los cuerpos compuestos, no pueden combinarse sino en números proporcionales, determinados e invariables. Sabido es que se designan bajo el nombre de equivalentes los números que expresan las relaciones de las cantidades ponderables de los diversos cuerpos susceptibles de entrar, ellas o sus múltiples, en las combinaciones químicas, y de reemplazarse en ellas mutuamente para formar compuestos químicamente análogos. Cien partes de oxígeno, en peso, se combinan, por ejemplo, con 12,50 de hidrógeno, para formar el agua: porque el agua estará siempre compuesta en esta relación, y sería absolutamente imposible añadir a la combinación que constituye una molécula de agua, una parte más de hidrógeno o de oxígeno. El agua formada por la combustión de una llama, es idénticamente la misma que la de las fuentes y de los ríos. De la misma manera 100 partes de oxigeno se combinarán con 350 de hierro para formar protóxido de hierro.
Estas son, pues, reglas absolutas, a que la materia está obligada a obedecer. La naturaleza tiene horror al acaso, como se decía antiguamente que tenía horror al vacío. Y no solamente estos equivalentes representan numéricamente todas las combinaciones de los cuerpos con el oxígeno, sino también todos los de los cuerpos entre si, de tal manera, en nuestro ejemplo, que si el hierro se combina con el hidrógeno, siempre en relación de 350 (equivalente del hierro), a 12,50 (equivalente del hidrógeno). Además, todas estas combinaciones se efectúan según reglas geométricas, y la cristalización de los cuerpos puede siempre referirse a uno de los seis tipos fundamentales: el cubo, los dos prismas rectos, el romboedro y los dos prismas oblicuos.
Para explicar no solamente las combinaciones, sino también todos los movimientos múltiples que se operan en las incesantes transformaciones de la materia, en los fenómenos de contracción y de dilatación, en la manifestación de las diversas propiedades de los cuerpos, admítese que los átomos no se tocan, aun en los cuerpos más densos y más sólidos; que están aislados unos de otros, y que en razón de su pequeñez, los intervalos que los separan son los mismos relativamente a ellos que los intervalos que separan los cuerpos celestes; y en fin, lo mismo que los cuerpos celestes se mueven los unos alrededor de los otros sin dejar de estar unidos por un lazo solidario, así también los átomos oscilan alrededor de su posición respectiva sin apartarse de los limites señalados por la cohesión o por la afinidad molecular. No hay diferencia esencial entre el mundo de las estrellas y el mundo de los átomos.
Aumentad ese cristal, esa molécula, suponedla creciendo, desarrollándose hasta alcanzar el volumen del sistema planetario, de una nebulosa; tendréis un verdadero sistema con sus fuerzas y sus movimientos. Por lo contrario: suponed que el sistema planetario se contrae, por decirlo así; que se estrechan todas las distancias, que todos los cuerpos que lo componen se empequeñecen y que llega finalmente a la dimensión de un agregado químico: hemos vuelto al microcosmos. Además, de esto, las medidas, las expresiones de infinitamente grande e infinitamente pequeño están en nosotros, y no en la naturaleza, por que todo lo referimos a nosotros como a un punto de comparación. Las ideas de grande y de pequeño son puramente relativas.
La naturaleza no conoce estos modos de ver.
Los fenómenos del calor, de la luz, del sonido y del magnetismo, se explican por esta concepción de los movimientos atómicos. Bajo la influencia de estas fuerzas exteriores, las moléculas se estrechan o se apartan y modifican sus movimientos, como se ve en el espacio a los mundos precipitar su curso en su perihelio y retardarlo en las regiones lejanas a su afelio.
Cuando por medio de un choque ocasionamos vibraciones en los cuerpos sonoros, sus moléculas se agitan en cadencia, según el modo de su armonía. Pero estos átomos son de una indecible pequeñez. Se ha calculado que el número de átomos contenidos en un pequeño cubo de materia orgánica del tamaño de una cabeza de alfiler, debía elevarse al número inconcebible de ocho mil trillones (8 seguido de 21 ceros). Suponiendo -dice Gaudin-, que se quisiera contar estos átomos tomando de ellos mil millones por segundo, se emplearían doscientos cincuenta mil años en hacer la cuenta.
No haremos la prueba. De todos modos la sustancia de los cuerpos es un pequeño mundo, un mundo analítico, en cuyo seno lo infinitamente pequeño está regulado por leyes tan rigurosas como lo infinitamente grande del mundo sideral.
Cuando se sabe que una pulgada cúbica de trípoli contiene cuarenta mil millones de galionellas fósiles; cuando se piensa que en la clase de los infusorios el microscopio nos permite distinguir vibriones cuyo diámetro no excede de una milésima de milímetro, y que estos pequeños seres que se mueven en el agua con agilidad, están provistos de aparatos de locomoción servidos por músculos y nervios, que se nutren y poseen vasos nutritivos, que son activos, buscan, persiguen su presa, la combaten y se lanzan a veces en los abismos de la gota de agua con una celeridad y una fuerza relativamente superiores al galope de un caballo, cuando se añade a esta observación que estos animáculos están, en fin, dotados de órganos de sensibilidad, no cuesta trabajo creer que las moléculas de albúmina y de gelatina que los constituyen son verdaderamente de una tenuidad inimaginable, y que los átomos de que están compuestas estas mismas moléculas pertenecen sin metáfora a nuestra idea de lo infinitamente pequeño.
Pero estos átomos no cambian: son invariables e inmutables; las moléculas de los cuerpos compuestos, en cuya formación están geométricamente asociados, no cambian ya, aunque pasan incesantemente de un ser a otro. Por el cambio perpetuo que se opera entre todos los seres de la naturaleza y que los encadena a todos bajo el imperio de una comunidad de sustancia, por la comunicación permanente de las cosas entre si, de la atmósfera con las plantas y con todos los seres que respiran, de las plantas con los animales y los hombres, del agua con todas las sustancias organizadas, por la nutrición y asimilación que perpetúan la cadena de las existencias, las moléculas entran y salen sin cesar de los cuerpos, cambian a cada instante de propietario, pero conservan esencialmente su naturaleza intrínseca. Lo reconocemos con nuestros adversarios: la molécula de hierro no varía, ya recorra, incorporada al meteorito, el universo, ya resuene sobre la vía férrea en la rueda del vagón, ya ascienda en glóbulo sanguíneo a las sienes del poeta. Cualquiera que sea, pues, el lugar habitado transitoriamente por las moléculas, éstas conservan su naturaleza esencial y sus propiedades. Los átomos son infinitamente pequeños; siempre separados unos de otros y sin embargo, encadenados por esta misma fuerza invisible que retiene las esferas en sus órbitas.
La materia toda, orgánica o inorgánica (puesto que es la misma), obedece, desde luego, a esta fuerza. Las partes más pequeñas son como astros en el espacio: una a otra se atraen y se rechazan en virtud de sus movimientos respectivos. Bajo el velo de esta materia que nos parece pesada y densa, debemos, pues, buscar la fuerza a que obedece, la que rige al mineral, pesa los elementos, ordena las combinaciones, traza reglas absolutas, y dirigiendo a la materia como soberana, la somete como una esclava flexible y pasiva a las leyes primordiales que consagran la estabilidad del mundo.
Los estados de la materia están regidos por leyes. ¿No habéis nunca admirado las formas características de la cristalización? No habéis nunca examinado con el microscopio la formación de las estrellas de nieve y de las moléculas cristalinas del hielo?
En ese mundo invisible como en el universo visible, cada movimiento, cada asociación, se efectúa bajo la dirección de la ley. Siempre el mismo ángulo, siempre las mismas líneas, siempre las mismas sucesiones. Jamás las leyes humanas obtuvieron una obediencia tan pasiva, tan absoluta. Jamás geómetra alguno construyó figura tan perfecta como la naturalmente revestida por la molécula más humilde, como tampoco ningún rosetón de las basílicas más elegantes iguala al corte de una rodaja del tallo de un vegetal. No hablamos solamente de sus estados físicos. Sabido es, en efecto, que, por ejemplo, la fluidez de los cuerpos no es debida sino al calor, y que el vapor de agua que forma las nubes lo mismo que las ondas del profundo mar, estaría en estado sólido, es decir, en estado de hielo, si se desterrase de la tierra todo calor. Pero hablamos especialmente de sus estados químicos. Aquí la ley reina por completo. Está vedado al poder humano crear nada por leyes arbitrarias o caprichosas, y cambiar cosa alguna en la composición de los cuerpos. Nada nace, nada muere.
La forma sola es perecedera, la sustancia es inmortal.
Estamos constituidos del polvo de nuestros antepasados. Son los mismos átomos y las mismas moléculas. Nada se crea, nada se pierde. Una bujía que ha ardido por completo, no es ya visible a los ojos vulgares; no obstante, existe todavía integralmente, y recogiendo las sustancias consumidas las restituiríamos en su peso anterior.
Los átomos viajan de un ser a otro, guiados por las fuerzas naturales. El acaso está excluido de sus combinaciones y maridajes. Y si, en este cambio perpetuo de los elementos constitutivos de todos los cuerpos, la naturaleza, bella y radiante subsiste a su grandeza, este poder racional de la tierra es debido únicamente a la previsión y al rigor de las leyes que organizan, sin descanso, los viajes y etapas de los átomos de guarnición en guarnición.
Si la organización militar de Francia es debida a un consejo inteligente, nos parece que la organización química de los seres, mucho más importante que aquella, es la mejor prueba en favor de un plan y de un pensamiento director.
Sin embargo, el papel que la ley ejecuta en el universo está relegado al rango de las fábulas por el autor de la Contestación a las cartas de Liebig.
Según él, es sin razón, que el gran químico declara que “la ley es la que todo lo constituye” (1).
¡La ley no sería más que una idea general inducida de caracteres sensibles; y de que no se encuentre ley sino después de experiencias, resultaría que no existe en realidad! “En tanto que se crea que la ley construye el mundo, se atreven a escribir, en vez de ser su resultado y de recibir su luz, el espíritu humano dormirá en las tinieblas y se opondrá la idea a la experiencia.”
Para desterrar de la naturaleza el espíritu, y en particular el espíritu geométrico, es preciso negarse a la evidencia del papel ejecutado por el Número y obstinarse en no oír la armonía universal esparcida con profusión en las obras creadas. La armonía no es solamente la fraseología musical escrita en los pentagramas y ejecutada por los instrumentos humanos; no consiste en esas obras maestras, justamente respetadas, que surgieron en los días de inspiración en el cerebro de los Mozart y de los Beethoven; la armonía llena el universo con sus acordes. Y desde luego, la música propiamente dicha, está formada toda ella por el número; cada sonido es una serie de vibraciones en cantidad definida, y las relaciones armónicas de los sonidos no son otra cosa que relaciones numéricas.
La escala es una sucesión de números; los modos, tanto el menor como el mayor, están creados por las cifras, y los acordes mismos no son más que una combinación algebraica. Además, como si el número debiese esencialmente reinar solo, todo compositor musical debe también sujetarse a reglas para el compás. Estas advertencias fundamentales, sugeridas por el estudio del sonido, encuentran su aplicación no menos importante en el estudio de la luz. Así como los tonos derivan del número de las vibraciones sonoras, de la misma manera los colores derivan del número de vibraciones luminosas. La coloración de un paisaje es una especie de música. El verde de los prados está formado por el número, como el fondo de una melodía: la rosa que se abre es el centro de una esfera de vibraciones luminosas que constituyen el matiz aparente; y el ruiseñor que entona sus notas cariñosas, envía a la atmósfera las vibraciones sonoras características de su tono.
Todo movimiento es número y todo número es armonía.
Hay sin duda, en este estado de cosas, una parte reservada a las leyes fisiológicas de nuestra organización. Los sonidos oíbles comienzan en las vibraciones lentas y concluyen en las vibraciones agudas que nuestro oído puede percibir: de 16 a 36.85 por segundo (2).
Los colores visibles principian en las vibraciones lentas y se detienen en las vibraciones rápidas que puede recoger nuestra vista: de 458 billones a 727 billones (3) por segundo. Pero no se debe deducir de aquí que no haya más que una relación fortuita entre nuestra organización y los movimientos exteriores.
Los sonidos y los colores se perciben por debajo y por encima de los límites de nuestra organización, igualmente sometidos a las reglas numéricas; hay sonidos que el oído humano no puede oír, y colores que no puede ver nuestra vista. Y en el límite mismo de nuestras percepciones, la relación que existe entre ellas y nuestros sentidos procede, a nuestro parecer al menos, de que el número, este lazo universal, no ha sido extraño a la construcción de muestro organismo.
La forma también, en sus apariencias más onduladas, pertenece al número, porque toda figura está determinada por el guarismo. El sentido innato de la estética que nos inspira, busca las formas más puras. El círculo nos agrada por su curva graciosa.
La geometría en nuestras construcciones no se extravía por sendas arbitrarias. La arquitectura se apoya, según sus aplicaciones, en la forma estética de nuestro espíritu, aunque le suceda a veces (como en nuestra época, por ejemplo), no tener estilo ninguno. Deseamos la simetría hasta en las figuras simbólicas de las tradiciones religiosas; a veces la fingimos en un desorden aparente.
Nuestra vista, que se cansa pronto de mirar las muchedumbres que se entrecruzan al acaso, se recrea agradablemente con las danzas o movimientos melodiosos.
Carácter particular del reino mineral, la simetría llega a ser menos severa elevándose en las regiones orgánicas.
Los vegetales se modelan sobre su tipo ideal, pero dejan una latitud a las fuerzas que los modifican; crecen en dos direcciones opuestas; sus hojas se suceden en su ciclo alrededor del tallo en un número característico; sus flores no escapan del orden numérico; los números, como las formas, son las bases de las clasificaciones vegetales. Los animales, manifestando el tipo de cada especie, conceden también un último papel a la simetría y el hombre mismo es una unidad formada por dos mitades simétricas soldadas juntas.
Y sobre todas estas formas particulares, la unidad del plan se manifiesta soberanamente.
En las especies más diferentes, encontramos analogías significativas. Nada se parece menos a una mano que el casco de un caballo. Sin embargo, disecad este casco, y encontraréis en un estado rudimentario una mano con los dedos soldados.
Así, el orden, el orden numérico mismo, reina en la tierra como en los cielos. No pensemos que las armonías naturales, no anotadas por la mano del hombre, sean ruidos informes y hagan excepción. El viento suspira entre los cedros y los abetos, el murmullo de las olas en la orilla, la sorda melodía de los insectos en las hierbas, los sonidos indefinidos que llenan la naturaleza, son vibraciones sonoras que pertenecen como las precedentes al reino del número.
El hecho más insignificante en apariencia es el resultado de ciertas leyes, lo mismo que el acontecimiento más importante. ¿Con qué derecho se atreven los negadores del espíritu a declarar la materialidad absoluta del universo? ¿De qué es capaz la materia sola? ¿Qué vendrá a ser un átomo de oxígeno o de carbono si lo suponéis independiente de toda ley? ¿En qué caos informe caerá la naturaleza si aniquiláis la fuerza que la sostiene?. Imaginémonos por un instante que no existe el número: esta sola suposición destruye inmediatamente todas las armonías en que acabamos de ocuparnos. Pero, preguntamos, la facultad matemática, ¿puede pertenecer a la materia?
Si lo pretendéis, os resta ahora decirnos a qué materia: ¿al oxígeno?, ¿al ázoe?, ¿al hierro?, ¿al aluminio? Pero no; puesto que la ley es superior a todos estos cuerpos y es ella precisamente la que los combina, los une, los desasocia, los separa, puesto que es ella la que los gobierna.
¿Qué os queda?
¿Es a la materia a quien pertenecen el sonido, la luz, el magnetismo? Vosotros experimentáis lo contrario. Estos son otros tantos modos de movimiento. Pero, ¿quién ordena tal modo de movimiento para el sonido y tal otro para la luz? ¿Quién rige estas fuerzas?
Aparentemente son estas fuerzas mismas o una fuerza superior que las abraza a todas.
La materia no es en todos sus movimientos sino el sujeto pasivo.
Es, pues, imaginable, que en la naturaleza inorgánica la materia es esclava; la fuerza, soberana.
Esto es precisamente lo que ponen en duda los campeones de la materia. Ya hemos podido apreciar el valor de sus raciocinios sobre la naturaleza inorgánica, muy pronto conoceremos su manera de explicar la naturaleza orgánica.
Cuando se quema una planta con precaución, no es raro que se obtenga por residuo un esqueleto silíceo, correspondiente a la forma primitiva del tallo. Es la sustancia inorgánica que le constituye y que proviene de la sustancia del suelo. La planta integral contiene además ciertos cuerpos determinados por la naturaleza; por ejemplo: el trigo contiene gluten azoado y fosfatos; la vid, cal; la patata, potasa; el té, manganeso; el tabaco, salitre; etcétera.
A cada planta le convienen principios minerales y la planta sabe escogerlos por si misma; el agricultor instruido subordina los frutos a la naturaleza del suelo, o elige sus abonos, según las cosechas que quiere recoger. En el conocimiento de las necesidades de cada especie está el secreto de las amelgas y de los barbechos. Ante este hecho, los teóricos de que se trata, hacen 1a mitad del camino por la verdadera explicación. La raíz de la planta, dicen, absorbe según las leyes fijas de afinidad los elementos inorgánicos que la rodean en la tierra. Y como si temieran que no se comprendiese del todo el papel que juiciosamente fijan a esta afinidad electiva añaden (véase a Moleschott) que la planta fabrica por sí misma la masa principal de su cuerpo. ¿Se creerá sin duda que con esta declaración se reconoce a la fuerza la dirección que le pertenece?
Nada de eso; todo se refiere a la materia. La evaporación que permite a las raíces de las plantas absorber los principios de la tierra vegetal, dicen, y la afinidad de los líquidos obrando a través de las paredes de las celdillas que los separan, tales como son las facultades soberanas de la materia que efectúa el crecimiento.
Véase una pobre raíz que vegeta en la cima de una roca; tiene necesidad de obscuridad, de silencio, de cierto alimento separado de ella por grandes piedras; examinad la expresión lenta de sus vagos, pero enérgicos deseos: ella busca, circula, adelanta, vuelve atrás, rodea las rocas, trepa, desciende, lánzase ávidamente hacia el punto que una especie de instinto le hace adivinar, vuelve a caer a veces desalentada, pero muy pronto animada de una fuerza nueva, derriba todos los obstáculos y llega por fin a la tierra prometida.
Desde entonces, se fija en ella, se implanta allí, proclama sus derechos de conquista, y el árbol empobrecido que temblaba antes con el frío de una enfermedad de consunción, recobra bien pronto su vigor extendiendo al sol sus abundantes ramas. ¿Se osaría en este caso dejar de admitir más formalmente aún que en el de la cristalización mineral, la existencia de un “espíritu de las plantas”, de una fuerza orgánica particular? Por nuestra parte, lo confesamos sin reserva: en la manifestación de estas tendencias instintivas, saludamos al ser virtual, a la fuerza íntima que constituye al vegetal, y admitimos que la materia está obligada a obedecerla. Os encontramos inconsecuentes en referir a la materia esta afinidad electiva (¡como si la materia fuese capaz de escoger!) y nosotros la referimos al ser vegetal que extraviado en las condiciones más semejantes, sabe adivinar por todas partes los elementos necesarios a la existencia de su especie.
Oh, pretendidos sabios que creéis servir a la ciencia arrastrando vuestro espíritu por el fondo de vuestras retortas, permitidme acusaros y compadeceros por no haber sabido ver, por no haber sabido sentir las escenas de la naturaleza.
El aspecto de ciertos sitios admirables, en donde la gracia y la belleza se presentan bajo todas las formas; el movimiento de la vida en el verdor renaciente de los prados y de los bosques; la radiación de la luz en el azul pálido salpicado de copos de oro, en los árboles de silencioso aspecto, en el límpido espejo del lago que refleja el cielo; el dulce calor primaveral que alienta la atmósfera entibiada; los olores silvestres y los perfumes de las flores: todas las bellezas, todas las ternuras, todas las caricias de la naturaleza han quedado desconocidas a vuestro inerte ser. Las contemplaciones de esta naturaleza terrestre ofrecen, no obstante grandes encantos, y hacen a veces revelaciones inesperadas. Me acuerdo y os confieso, aunque podáis reíros de mi sensibilidad; recuerdo, digo, haber pasado horas deliciosas en la admiración solitaria de ciertos paisajes.
No nombraré el de que os hablo aquí, porque la vista que sabe ver puede encontrarlo en muchas y diferentes comarcas. El sol, no puesto todavía pero oculto por las nubes, iluminaba las alturas del espacio, colorando con las tintas más tiernas y más exquisitas las elevadas nubes, cúmulos dorados que bogaban lentamente por debajo de copos argentados.
Un viento superior insensible en la superficie del suelo, mecía estos grupos multicolores, en donde los matices de una paleta mágica, desde el oro hasta el rosa, se armonizaban en sus contrastes como los diversos acordes de un coro celestial. A mis pies murmuraba la onda transparente de un extenso lago que parecía llegar hasta el horizonte. Un gran silencio dominaba esta escena.
A la orilla del agua, a cierta distancia, veíanse algunos grupos de árboles y de arbustos, reflejados en el móvil espejo con proporciones gigantescas. La onda reflejaba igualmente la tierra y el cielo, oponiendo a las luces de arriba las sombras de abajo. Era un cuadro digno de los grandes paisajistas, cuyas obras admiramos en los lienzos de Claudio Lorrain y de Poussin, pero cuya inimitable sencillez era muy superior a toda imaginación. El silencio general era a veces interrumpido por el lejano cencerro de los rebaños que el pastor reunía, o por las aves de las cercanías recortando algunos cantares. Había en este conjunto, una belleza tal, a pesar de la semioscuridad; una elocuencia tal, a pesar del silencio; una vida tal, a pesar de la inanimación aparente; y un esplendor tan interesante y tan imperioso, que sentí esa vida universal entrar en mi ser como el aire que respiraba y penetrarme por todos los poros.
Ella me decía que los árboles viven, que las plantas respiran y sueñan. Me decía que en el aire y la luz, esta naturaleza que creemos inanimada crece y se eleva hacia la fase indecisa de las primeras manifestaciones del ser. Veía muy bien, con los ojos del químico, la sucesión rápida e incesante do los átomos constitutivos de estos cuerpos, desde la brizna de hierba hasta la nube; sabía que un movimiento inmenso e incontrastable hace arremolinarse en su circulación las moléculas simples combinadas unas después de otras en la sucesión de los cuerpos. Pero dentro de este movimiento, sentía la fuerza que lo arrastra; en el fondo de estas apariencias, admiraba la ley directriz de las cosas creadas. Dominado por el poder mismo de estas leyes, que derraman la belleza en el espacio con la misma facilidad que la mano del sembrador arroja el grano en el fértil campo; profundamente impresionado por esta comunicación pasajera de mi ser con la vida inconsciente de la naturaleza; sentí que mi admiración se había convertido en una especie de éxtasis, y que las imágenes aéreas de este hermoso cielo se reflejaban en mi alma como en el espejo del impasible lago.
En estos instantes fugitivos e inexplicables de contemplación, es cuando la idea estética de Dios se me aparece más claramente y me domina con mayor fuerza. Estas revelaciones no puedo expresarlas, ni aun definírmelas a mi mismo, cuando han pasado. Me siento subyugado por la necesidad de reconocer una causa a esta belleza, una causa que no puedo nombrar pero que se me presenta con los caracteres de la hermosura misma, de la bondad, de la ternura, del amor, y por lo tanto también con los del poder, de la grandeza y de la dominación. Y no es ya por el espíritu, por donde Dios entra en mi alma, sino por el corazón. ¿Confesaré que a veces me he sorprendido embargado por una profunda emoción? No, porque en la opinión de mis secos contradictores toda señal de emoción no tiene otra causa que la contracción variable del corazón anatómico, o la secreción de la glándula lacrimal, más o menos sensible, según los temperamentos; de la misma manera que toda esta belleza de los paisajes, algunos de cuyos aspectos acabo de recordar no es más que el resultado ciego y falto de sentido de las combinaciones materiales engendradas por la química y la física de los cuerpos.
“El Dios eterno, inmenso, que todo lo sabe, que todo lo puede, ha pasado delante de mí -exclamaba Linneo, después de sus admirables trabajos de la organización de las plantas-. No lo he visto de frente, pero su reflejo, apoderándose de mi alma, la ha embargado con el estupor de la admiración.
Yo he seguido acá y allá su huella entre las cosas de la creación; y, en todas sus obras, aun en las más pequeñas, las más imperceptibles, ¡qué fuerza!, ¡qué sabiduría!, ¡qué indefinible perfección! He observado como los seres animados se superponen y encadenan al reino vegetal, los vegetales mismos a los minerales que están en las entrañas del globo, mientras que este globo gravita con un orden invariable en derredor del sol al que debe su vida. En fin; he visto el sol y todos los demás astros, todo el sistema sideral, inmenso, incalculable en su afinidad, moverse en el espacio, suspendido en el vacío por un primer motor incomprensible, el Ser de los seres, la Causa de las causas, el Guía y el Conservador del universo, el Señor y el Obrero de toda la obra del mundo.
“Todas las cosas creadas llevan el testimonio de la sabiduría y del poder divinos, al mismo tiempo que son el tesoro y el alimento de nuestra felicidad. ¡La utilidad que tienen atestigua la bondad del que las ha hecho; su belleza demuestra su sabiduría, mientras que su armonía, su conservación, sus justas proporciones y su inagotable fecundidad proclaman el poder de este gran Dios!
“¿Es esto lo que queréis llamar la Providencia? Este es, en efecto, su nombre, y no hay más que su consejo que explique el mundo. Justo es, pues, creer que hay un Dios inmenso, eterno, que ningún ser ha engendrado, que nadie ha creado; sin el cual no existe nada; que ha hecho y ordenado esta obra universal Escápase a nuestros ojos que inunda, sin embargo, con su luz; sólo el pensamiento le comprende; en este profundo santuario es donde se oculta esta majestad.”
Nuestros adversarios no comprenden seguramente estas elevaciones del alma.
Además, para sentir la poesía de las cosas es preciso antes que todo poseerla en sí; es preciso que el alma entre en vibración. El espíritu que se rebaja al papel de producto químico no es capaz de sentir estos goces.
A propósito de esto, y puesto que hablamos aquí de la estética de la naturaleza inanimada, citemos de paso un ejemplo de la tendencia de nuestros químicos a extender sobre todas las cosas el rigor de sus concepciones. Descendamos del ideal verdadero, a un realismo que no es real.
Moleschott es ciertamente el apóstol de la realidad físico-química: es también de un realismo sensiblemente exagerado. Juzgad por vosotros mismos de su manera de poetizar la naturaleza. Gustáis sin duda del puro brillo de las flores, de sus matices tan tiernos, de sus perfumes tan suaves. ¡Ay! no os figuráis, quizá, la posición en que os halláis cuando acercáis a una rosa vuestra nariz dilatada. Escuchad la revelación del químico: “Cuando respiramos el perfume embalsamado de nuestros jardines, aspiramos verdaderas sustancias excrementicias vegetales. Ciertamente no tenemos derecho para admirarnos de que los coleópteros femícolas y otros animales de un orden superior coman carroñas (sic) y excrementos, y que todo el mundo vegetal viva de excreciones de los animales,
puesto que nosotros saboreamos con delicia sustancias que se han descompuesto por efecto de la vida de las plantas, y que tienen un origen análogo al de la orina y de las materias fecales.”
¿Vosotros no lo sospechabais?
Pónese con esto a las flores y a aquellos o aquellas que las aman en una posición bien triste, porque en fin... (4).
Volviendo a nuestro asunto y para terminar por la consideración general de la acción de la ley en la superficie de la Tierra, recordemos que esta acción permanente es la condición misma de la duración del mundo, lo mismo que de su hermosura. Ya lo hemos visto, todo es armonía.
Cuando los cuerpos resuenan, se estremece la cuerda debajo del arco, y vibra la campana por el choque del badajo, las moléculas se agitan en cadencia, como las esferas en el espacio.
La armonía de las esferas no es una palabra vana.
Su causa es una fuerza, y es la misma fuerza en ambos casos, llámese cohesión cuando agrupa las moléculas, o gravitación cuando aproxima los cuerpos celestes, fuerza primordial, elemental, que anima toda sustancia, ya determinando una simple aproximación de las moléculas, ya sujetándolas a determinadas direcciones, según las condiciones en que se hallan colocadas. Esta fuerza puede llamarse físico-química. Pronto confirmaremos la existencia de una fuerza distinta que rige el torbellino de la materia en los seres vivientes.
El animal se distingue de la planta y del mineral, por el sistema nervioso.
Desde el estado rudimentario en que se encuentra en los zoófitos, hasta su completo desarrollo en la especie humana, el sistema nervioso es el sello de la animalidad; preside a los fenómenos inmateriales; por él percibimos toda sensación; él es el que hace posibles los movimientos voluntarios; en fin, él es el instrumento por el cual se manifiesta el pensamiento.
Cortad los nervios y con el mismo golpe destruís la sensación; cortad los alambres telegráficos y el telegrama no se trasmite.
Si se paraliza el nervio óptico, aunque el ojo quede intacto, el animal se queda ciego. Las imágenes continúan formándose en el fondo del ojo, pero la sensación no existe.
La oreja puede estar perfectamente sana; está físicamente constituida para recoger las vibraciones sonoras. Sin embargo, no hay sonidos producidos si no está allí el nervio acústico para recogerlos y transmitirlos al cerebro, y si el cerebro viviente no está allí para percibirlos. La fuerza que percibe y juzga se sirve del cerebro y de los nervios.
Reconocemos en el reino vegetal, y particularmente en ciertas especies, tales como la sensitiva, la dionea y la desmidia, una energía latente correspondiendo a nuestro sistema nervioso. Es indiscutible, no obstante, que la fuerza físico-química, la fuerza vegetal, la fuerza animal, la inteligencia, no son una sola fuerza-materia. Que se explique entonces, como una molécula está animada sucesivamente por fuerzas tan distintas. ¿Cómo es que el átomo de hierro que al presente forma parte de un hombre, de un animal o de un vegetal, constituía, un instante antes, por ejemplo, el modo de una antigua estatua? Si es todo a la vez materia y fuerza, y si la fuerza es única, ¿cómo es posible que produzca fenómenos tan distintos?
Superiormente a la materia existe un principio inmaterial que es absolutamente distinto de ella. Un espíritu anima la materia, según la expresión de Virgilio.
Ante la organización regular de los seres terrestres, no podemos menos de repetir lo que se contestaba ya hace cien años al Sistema de la Naturaleza. La materia es pasiva e incapaz de ordenarse ella misma en un todo regular. Está dotada de ciertas propiedades que la hacen susceptible de obedecer a leyes. Pero, ¿cómo una materia ciega puede tener designios y tender a un fin? ¿Cómo, sin inteligencia, habrá producido seres? ¿Cómo se gobernará por leyes llenas de sabiduría, si no conoce la sabiduría? ¿Cómo reinará un orden majestuoso entre sus partes, si no conoce el orden? ¿Cómo en fin, hará percibir una utilidad sensible en todas sus operaciones si no tiene fin alguno?
Estos son otros tantos problemas, a los cuales los materialistas de hoy van a intentar responder detalladamente en sus discusiones (5).
Para resumir, pues, el estado de la cuestión y los principios de nuestra refutación, desde el punto de vista del mundo inorgánico, hemos establecido que en el cielo, como en la Tierra, la fuerza rige la materia, que la armonía está constituida por el Número, y que el Número lleva por todas partes consigo su carácter intelectual. Pero en ninguna parte la inteligencia creadora aparece con una evidencia tan manifiesta como en la organización de la vida y en la existencia del hombre. Esto es lo que vamos a probar en los libros siguientes.
CAMILO FLAMMARION
CAMILO FLAMMARION
NOTAS
(1) Chemische Briefe, p. 32.
(2) Según Despretz. Las experiencias de Savart colocan el límite de los sonidos graves a ocho vibraciones por segundo, y el límite de los sonidos agudos a 24.000.
(3) Tomamos aquí como limites el número de ondulaciones del extremo rojo y del extremo violado. Más allá del violado nuestra vista no puede percibir la luz, que, sin embargo, existe todavía.
(4) Esta físico-química. ¿No va un poco lejos asimilando tan completamente las funciones vegetales a las funciones animales? Los cándidos lirios y las violetas, ¿no se parecen, enteramente, a los animales cerdosos de nuestros establos y el perfume de los alelíes? ¿No se desprende precisamente del mismo objeto que el olor inequívoco de las pesadas cubas que ruedan a medía noche por el empedrado de París? La química, ciertamente, no tiene que respetar “el buen parecer”, y queremos admitir que en un capítulo sobre la digestión, discuta Muleschott la idea que tiene Liebig de “reconocer el valor digestivo de un alimento por el tamaño particular de los residuos de las comidas consumidas, y que dejan los transeúntes a lo largo de los sotos y vallados”. Pero en un capitulo sobre las flores, no creemos necesario exagerar las similitudes entre el reino animal y el reino vegetal para llegar a ese extremo.
En fin, esto no pasa de ser una digresión fuera del texto, que presenta a nuestros adversarios bajo un aspecto particular, y nos apresuramos a terminarla.
(5) Al proclamar que la fuerza gobierna la sustancia, no vamos hasta a pretender, con ciertos metafísicos, que la sustancia no existe y que sólo existe la fuerza. Creemos esta exageración tan falsa como la de los materialistas. Escuchemos un momento una demostración metafísica de la inexistencia de los cuerpos y de la extensión. (Magy, De la science et de la nature).
Si se supone que la extensión, lo mismo que la fuerza, conviene a los objetos de la experiencia y es un elemento inseparable de ella; en ese caso, como las propiedades de la primera son precisamente inversas de las propiedades de la segunda, encontramos haber admitido implícitamente que las contradictorias pueden coexistir en un mismo sujeto: error que es el tipo mismo de lo falso y de lo absurdo.
Pero si por el contrario, se reconoce que sólo la fuerza es real, de una realidad absoluta y sustancial, mientras que la extensión no es nada más que un acto psicológico, que solamente, para aparecer bajo la mirada de la conciencia, requiere ciertas condiciones fisiológicas y físicas, al momento desaparece la contradicción. De modo que nuestra respuesta a la pregunta de saber cuál es la realidad objetiva de la noción de extensión, que a primera vista parece tan extraña, es en el fondo la única verdaderamente racional, puesto que no se la podría desechar, sin poner, por decirlo así, la razón en oposición consigo misma.
Pero, se objetara, ¿esta respuesta está en expresa contradicción con la experiencia, porque reduce la extensión a una simple apariencia psicológica, mientras que la vista y el tacto, relativamente a todos los cuerpos a que puedan alcanzar, nos aseguran una extensión propia a cada uno y manifiestamente exterior al alma? ¿No son extensos, estos objetos con los cuales me encuentro en relación; este cuerpo al cual está unida mí alma; esta mesa ante de la cual estoy sentado; esta casa, esta tierra, este sol que me ilumina, en fin, todo el universo? Una ilusión tan constante y tan general, ¿es posible y aun concebible?
Esta objeción supone justamente lo que está en cuestión, responde el filósofo. En efecto: ¿qué nos enseñan la vista y el tacto sobre el grado de realidad de la extensión corporal? ¿Qué la extensión es una cualidad del cuerpo en experiencia? Nada de eso, porque una vez operada la percepción, es siempre permitido preguntarse sí la imagen de la extensión que acompaña a esta percepción no será una simple apariencia.
Sucede aquí con esta apariencia, lo que con ciertos fenómenos astronómicos, tal como el movimiento del sol, de que es tan fácil darse cuenta por la rotación del globo como por la del sol; en cuanto a la experiencia misma, que es literalmente neutra en la cuestión, su pretendido desacuerdo con nuestra tesis procede, no de los hechos mismos que se invocan sino del emitido arbitrario que se les atribuye implícitamente.
Los elementos constitutivos de la materia son necesariamente inextensos y puramente dinámicos.
Los mismos principios que nos han conducido a la verdadera teoría de la extensión corporal, nos sugieren igualmente la explicación de la extensión incorporal, es decir, del espacio. La extensión corporal es un simple fenómeno que acompaña a la reacción natural de esta fuerza híperorgánica que se llama alma, contra la acción de las fuerzas que constituyen los cuerpos brutos, de cuya acción está el alma advertida por las fuerzas orgánicas de nuestro cuerpo. Pero si las fuerzas orgánicas cuyo sistema es el cuerpo humano suscitan en nosotros la apariencia de la extensión, cuando obran como intermediarias entre el alma y la naturaleza exterior, estas mismas fuerzas, por su acción incesante sobre el alma misma, a la cual cada una está tan íntimamente unida, ¿podrían dejar de provocar un
fenómeno análogo, del cual sería difícil a priori señalar los caracteres específicos, pero que debe infaliblemente hallarse entre los fenómenos psicológicos? Pues bien; esto es precisamente lo que sucede, y de lo que incesantemente somos informados por la conciencia. La reacción permanente del alma contra las fuerzas orgánicas engendra a cada instante un fenómeno homogéneo al de la extensión corporal.
Es el fenómeno de la extensión incorporal o del espacio puro, en el cual localizamos naturalmente todos los cuerpos.
El movimiento en el espacio como cualquier otro fenómeno sensible, no es, pues, mas que el signo visible de acciones invisibles y de cambios no menos inaccesibles a nuestros órganos, en el modo de coexistencia de las fuerzas.
Pero, de todas las soluciones del problema, la más notable, sin contradicción, es la de Kant. Este gran pensador, que tanto había reflexionado sobre las condiciones primordiales del pensamiento, entre las cuales la noción del espacio le pareció con razón una de las principales, fue el primero que sospechó que el espacio no podría ser ni un objeto exterior a nosotros, como lo suponen los físicos, ni el orden de coexistencia de las cosas, como lo había pretendido Leibnitz, sino más bien un simple modo del sujeto pensante. “La geometría, dice, es una ciencia que determina las propiedades del espacio sintéticamente, y sin embargo, a priori. Pues, ¿qué debe ser la representación del espacio, para que respecto a el sea posible un conocimiento de esta especie? Una institución primitiva.”
El espacio, para Kant como para nosotros, concluye el escritor, es, pues, esencialmente una afectación psicológica.
Por una parte, según la ley objetiva del conocimiento, todas las ideas científicas se refieren a las nociones de fuerza y de extensión, las únicas verdaderamente primordiales o irreductibles; y por otra, según el examen profundo que acabamos de hacer sufrir a estas dos nociones, la noción de la fuerza representa el elemento sustancial de los seres, y la de extensión un modo puramente subjetivo de nuestro naturaleza.
Así hablan aun los partidarios de la interpretación puramente subjetiva.
Con respecto a esto puede hacerse una observación muy curiosa, y que bastaría para responder a esta teoría ligeramente exagerada: es, que si la extensión no existe, los cuerpos no podrían ocupar una parte de ella, como se enseña en física. ¡Lo que resulta de todo esto es, sencillamente, que no ocupamos lugar y que jamás estamos en parte alguna!
En cuanto al primer punto, ténganlo presente los constructores de teatros. Respecto al segundo, los malhechores podrán, si les parece, aplicarlo a su justificación metafísica.
Estos argumentos se parecen mucho a los que emplean los fraseólogos modernos que renuevan disputas de palabras creyendo disentir hechos. Por ejemplo, los que repiten con Broussais, que Dios y el alma no existen, porque el lenguaje humano los designa a veces bajo términos negativos. ¡Tanto valdría decir que la materia no existe, porque se la califica de impenetrable, y que esta palabra es negativa!
Verdaderamente, esto no es más que logomaquia.

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