miércoles, 24 de julio de 2019

Mente, Alma y Espíritu


La personalidad humana
es una representación parcial tan sólo de la personalidad trascendente. 
El cuerpo psíquico, actúa como unión entre el espíritu y el cuerpo biológico ya que el ego superior o espíritu, no puede manifestarse directamente en el plano físico, para lo que necesita el alma humana. 
El alma tiene la misma forma y configuración que el cuerpo físico y comprende dos aspectos: la mente psíquica condicionada a recibir el pensamiento y demás facultades del espíritu y el cuerpo sensorial o emocional. La primera permite recibir al espíritu las manifestaciones del plano físico así como, recíprocamente, transmitir las sensaciones espirituales a la personalidad; mientras que el cuerpo sensorial transmite a la personalidad la energía estimulante que recibe del espíritu; es decir, la facultad sin la que nuestra personalidad no tendría entusiasmo para actuar. Cuando una persona fallece, el cuerpo físico deja de recibir la energía del espíritu y la fuerza cohesiva del cuerpo psíquico o alma; entonces comienza la disgregación de los átomos y la putrefacción. 

A continuación la mente y el alma humana que conforman el cuerpo psíquico pasan a manifestarse en el mundo astral. El cuerpo físico se compone de materia orgánica; el cuerpo psíquico de materia astral, energía emanada de la Divinidad Creadora que modela la forma de ese cuerpo psíquico. 
El cuerpo psíquico se ve afectado grandemente por vibraciones emanadas de otras mentes, encarnadas o desencarnadas, así como por los pensamientos y sentimientos de la persona misma. 
El espíritu o ego superior, es vibración intensa y energía sutilísima; carece de forma y se compone de dos aspectos; la mente espiritual superior y el alma espiritual superior. En la primera residen las facultades intelectivas, raciocinativas, volitivas y rectora o directriz, la memoria de todo lo aprendido a través de las diversas existencias. 

El alma espiritual superior es la envoltura donde reside la facultad sensorial que percibe y manifiesta las bellezas y sentimientos elevados, y vibra siempre en sentimientos y deseos de bien. 
En el aspecto psíquico, ya descrito anteriormente, reside la mente humana, conocida como mente consciente, receptora de las vibraciones de la mente superior. Esta mente humana se manifiesta a través del cerebro y sirve de archivo o memoria del conocimiento adquirido en la vida presente. 
Como ya explicamos arriba en el aspecto psíquico reside igualmente el alma humana con sus facultades sensoriales y emocionales; siendo que el alma espiritual superior puede percibir a través del alma humana las bellezas y sensaciones del plano físico. 

El alma superior experimenta, en las personas evolucionadas, un deseo de melancolía, un ansia que se traduce en el deseo de darse a los demás. Si analizamos detenidamente nuestros sentimientos, podremos distinguir fácilmente aquellos que proceden del alma espiritual superior y los del alma humana. El deseo de riquezas y poder, la atracción al sexo y a las conveniencias humanas, la búsqueda de los placeres inmediatos están relacionados con el alma inferior humana. 
La atracción y encanto hacia las bellezas de la naturaleza, las expresiones artísticas y musicales, el ansia en cooperar en toda acción de bien, son sensaciones procedentes del alma espiritual superior. 

Toda inspiración viene del ego superior. 

El ego humano sólo conoce lo que su mente ha aprendido en la vida actual a través de los sentidos, grabado en su cerebro psíquico e inter-penetrado en el cerebro físico. Las experiencias y aprendizaje intenso pasan a la mente superior y servirá al espíritu para las siguientes vidas humanas. Así pues, los valores intelectuales, son el cúmulo de múltiples experiencias y aprendizajes en diversas vidas y en el plano espiritual, entre una existencia física y otra. Las genialidades, inspiraciones, etc. son manifestaciones del ego superior. La armonía vibratoria de la mente y el alma humana son de grandísima importancia para una mejor manifestación del espíritu o ego superior. 

Necesitamos purificar y sutilizar los deseos y sentimientos para que el cuerpo psíquico pueda ser más receptivo a las vibraciones del espíritu y este se manifieste de forma más eficiente. Es preciso también realizarse interna y externamente, sin dejarse vencer por la comodidad o la desidia, donde el espíritu no progresa, siendo motivo de sufrimiento y derivando en estados psíquicos depresivos, desasosiego e incomodidad, que generan infelicidad. Cuando dormimos, el espíritu se desprende con su cuerpo psíquico y recupera energía.

Sebastián De Arauco

sábado, 20 de julio de 2019

EL CIELO




Las armonías del mundo sideral. - Leyes de Kepler. - Atracción universal. - Orden de los orbes y de los movimientos. —La fuerza rige a la materia. - Carácter inteligente de las leyes astronómicas; condiciones de la estabilidad del universo. - Poder, orden, sabiduría. - Negación a tea; acusaciones curiosas al organizador; objeciones singulares al mecanismo. - ¿Es exacto que no hay ninguna señal de inteligencia en la construcción de la naturaleza? - Respuesta a los jueces de Dios

 La contemplación de la naturaleza terrestre ofrece, sin contradicción, encantos particulares al espíritu instruido, que descubre en la organización de los seres el movimiento interesante de los átomos de que están formados y el cambio permanente que se opera entre todas las cosas. Con justicia admiramos las manifestaciones de la vida en la superficie de la tierra. El calor solar que conserva en estado liquido el agua de los ríos y de los mares, eleva la savia hacia la copa de los árboles, y hace latir el corazón de las águilas y de las palomas. La luz que difunde el verdor sobre las praderas, alimenta las plantas con un soplo incorpóreo, y puebla la atmósfera con sus maravillosas bellezas aéreas. El sonido, que murmura entre el follaje, canta en los linderos de los bosques, retumba a la orilla de los mares; en una palabra, la correlación de las fuerzas físicas que reúne el sistema de la vida entero bajo la fraternidad de las mismas leyes. Pero, tan ferviente como es la admiración excitada por la radiación de la vida en la superficie de la tierra, tanto o más es aplicable a todos esos mundos que centellean por encima de nuestras cabezas durante la noche silenciosa. 

Esos mundos lejanos, que se mecen como el nuestro en el éter, a impulso de las mismas energías y de las mismas leyes, son como el nuestro el asiento de la actividad y de la vida. Podríamos presentar este grande y magnifico espectáculo de la vida universal como un elocuente testimonio de la inteligencia, de la sabiduría y del poder de la causa innominada que quiso, desde la aurora de la creación, ver reflejar su esplendor en el espejo de la naturaleza creada. Pero no es bajo este aspecto, como queremos desarrollar aquí el panorama de las grandezas celestes. Queremos únicamente emplazar a los negadores de la inteligencia creadora ante el teatro de las leyes que rigen el mundo. 

Si, consintiendo en abrir los ojos ante semejante espectáculo, persisten en negar esta inteligencia, confesamos que la mayor justicia que hay que hacerles en respuesta a esta negación incomprensible, es dudar a nuestra vez de sus facultades mentales; porque francamente hablando, la inteligencia del Creador nos parece infinitamente más cierta y más incontestable que la de los ateos franceses y extranjeros. Y como el método positivo consiste en no juzgar sino por la observación de los hechos, nuestro deber es examinar, en primer lugar, los hechos astronómicos de que hablamos y después, la interpretación con que se contentan nuestros adversarios. Si esta interpretación es satisfactoria, suscribimos de antemano sus doctrinas. Si, por el contrario, es insensata, debemos al honor y a la verdad desenmascararla y entregarla a la irrisión de los espectadores. 

Olvidemos, pues, un instante el átomo terrestre a que nos ha fijado el destino por algunos días. Láncese nuestro espíritu al espacio y vea pasar ante sí el mecanismo inmenso, mundos tras mundos, sistemas tras sistemas, en la sucesión sin fin de los universos estrellados. Escuchemos con Pitágoras las armonías de la naturaleza en las vastas y rápidas revoluciones de las esferas, y contemplemos en su realidad esos movimientos a la vez formidables y regulares que arrastran a las tierras celestes en sus órbitas ideales. Observamos que la ley suprema y universal de la gravitación dirige esos mundos. Alrededor de nuestro sol, centro, foco luminoso, eléctrico, calorífico, del sistema planetario a que pertenece la tierra, giran obedientes los planetas. Los trabajos más asombrosos del espíritu humano nos han dado la fórmula de esta ley. Divídese en tres puntos fundamentales, conocidos en astronomía con el nombre de leyes de Kepler, laborioso astrónomo que las descubrió, tanto por su paciencia como por su genio, y que examinó atentamente, durante diecisiete años de un trabajo ímprobo, las observaciones de su maestro Tycho-Brahe, antes de distinguir bajo el velo de la materia la fuerza que la rige. 

1º Cada planeta describe alrededor del sol una órbita de forma elíptica, de la cual el centro del sol ocupa siempre uno de los focos. 

2º Las áreas (o superficies) descritas por el radio vector (1) de un planeta alrededor del foco solar son proporcionales a los tiempos empleados en describirías. 

3º Los cuadrados de los tiempos de las revoluciones de los planetas alrededor del sol, son proporcionales a los cubos de los grandes ejes de las órbitas. La síntesis de estas leyes forma el gran principio que Newton formuló el primero en su obra inmortal sobre los “Principios”. 

Enseña en este libro, cómo lo nota juiciosamente Herschel, que todos los movimientos celestes son la consecuencia de esta ley, “que dos moléculas de materia se atraen en razón directa del producto de su masa, y en razón inversa del cuadrado de su distancia”. Partiendo de este principio, explica cómo la atracción que se ejerce entre las grandes masas esféricas que componen nuestro sistema, se halla regida por una ley cuya expresión es exactamente semejante; cómo los movimientos elípticos de los planetas alrededor del sol, y de los satélites alrededor de sus planetas, tales como los ha determinado Kepler, se deducen como consecuencias necesarias de la misma ley y cómo las órbitas de los cometas no son sino casos particulares de los movimientos planetarios. 

Pasando enseguida a difíciles aplicaciones, demuestra que las desigualdades tan complicadas del movimiento de la luna dependen de la acción perturbadora del sol, como las mareas proceden de la desigualdad de la atracción que estos dos astros ejercen sobre la Tierra y el Océano que la rodea. Hace ver, en fin, que la precesión de los equinoccios no es más que una consecuencia necesaria de la misma ley. A la ejecución de estas leyes se halla confiada la armonía del sistema planetario; a estas leyes deben los mundos sus años, sus estaciones y sus días; por ellas toman la luz y el calor distribuidos en diversos grados por el manantial resplandeciente; y de ellas desciende la radiación de la vida, forma y adorno de los cuerpos celestes. 

Bajo la acción irresistible de estas fuerzas colosales, son arrebatados estos mundos en el espacio con la rapidez del relámpago y corren centenares de miles de leguas por día, incesantemente, sin pararse, siguiendo escrupulosamente la ruta segura, trazada de antemano por estas mismas fuerzas. Si nos fuese posible librarnos, un instante, de las apariencias bajo cuyo imperio nos creemos en reposo en el centro del mundo, y nos fuera permitido abarcar de una ojeada, los movimientos de que están animadas todas las esferas, quedaríamos extrañamente sorprendidos de la majestad de estos movimientos. Ante nuestros ojos asombrados, vastos globos girarían rápidamente sobre sí mismos, lanzados a toda velocidad en los desiertos del vacío, como balas gigantescas que una fuerza de proyección inconcebible hubiera enviado al infinito. Nos asombramos de esos trenes rápidos que circulan por nuestras vías férreas devorando el espacio, y parecen arrebatados por los dragones flamígeros del aire; pero los globos celestes, más voluminosos que la Tierra, desaparecen con una rapidez que supera tanto a la de las locomotoras, cuanto la de éstas excede al paso de una tortuga. 

La Tierra en que estamos, por ejemplo, boga en el espacio con una celeridad de seiscientas cincuenta mil leguas por día. Alrededor de esos mundos y a distancias diversas, veríamos girar satélites, arrastrados y gobernados por las mismas leyes. Y todas estas repúblicas flotantes, inclinando alternativamente sus polos hacia el calor y la luz, gravitando sobre su eje y presentando cada mañana los diferentes puntos de su superficie al beso del astro rey; hallando en la combinación misma de sus movimientos la renovación incesante de su juventud y de su belleza; renovando su fecundidad por la sucesión de las primaveras, de los veranos, de los otoños y de los inviernos; coronando sus montañas de bosques en donde suspira el viento; adornando sus paisajes con el espejo de los lagos silenciosos; envolviéndose a veces en su atmósfera como en un manto protector o rodeándose en los días de cólera, de los rayos fulminantes y de las tempestades; desplegando en su superficie la inmensidad de las ondas oceánicas que se levantan también bajo la atracción de los mundos como un seno que respira; iluminando sus crepúsculos con los esplendores del adiós que el sol da a su última mirada, y estremeciéndose en sus polos bajo las palpitaciones eléctricas de donde se lanzan los efluvios de la aurora boreal, dando a luz, meciendo y alimentando la multitud de seres que constituyen y renuevan el reino de la vida, desde las plantas, vestigios del pasado hasta el hombre contemplador del porvenir... Todos esos mundos, todas esas moradas del espacio, todas esas repúblicas de la vida, se nos aparecerían como navíos guiados por la brújula, y llevando al través del océano celeste poblaciones que no tienen que temer ni los escollos, ni la ignorancia del capitán, ni la falta de combustible, ni el hambre, ni las tempestades. 

Estrellas, soles, mundos errantes, cometas flamígeros, sistemas extraños, astros misteriosos, todos proclamarían la armonía, todos serían los acusadores de esos espíritus que condenan la fuerza a no ser más que un atributo de la ciega materia. Y cuando, siguiendo, las relaciones numéricas que ligan todos estos mundos al sol como al corazón palpitante de un mismo ser, hayamos personificado el sistema planetario en el sol mismo, loco colosal que los absorbe a todos en su resplandeciente y poderosa personalidad; entonces contemplaremos este sol y este sistema en su carrera al través de los vacíos infinitos, y al momento, sabiendo que todas las estrellas son otros tantos soles, rodeados como el nuestro de una familia que respira a su alrededor su vida y su luz, observaremos que todas esas estrellas están guiadas unas y otras por diversos movimientos, y que en vez de estar fijas en la inmensidad, la recorren con celeridades aterradoras, más formidables aún que las mencionadas más arriba. Es entonces, cuando el universo entero se presentará a nuestros ojos bajo su verdadero aspecto y las fuerzas que lo rigen proclamarán con la elocuencia maravillosamente brutal del hecho, su valor, su misión, su autoridad y su poder. 

Ante esos movimientos indescriptibles, y aun podemos decir inconcebibles, que arrastran en los desiertos infinitos a esos millares de millones de soles; ante esa inmensa catarata, esa lluvia de estrellas en el infinito; ante esas rutas, esas órbitas inconmensurables, que siguen tan dócilmente como la aguja de un reloj, la manzana que cae, o la rueda de un molino siguen la gravedad; ante la obediencia de los cuerpos celestes a reglas que la mecánica y las formas del análisis pueden trazar de antemano, y ante esa condición suprema de la estabilidad y de la duración del mundo; ¿quién osará negar que la fuerza rige a la materia, que la gobierna soberanamente, que la dirige según la ley inherente o afecta a la fuerza misma? ¿Quién será el que pretenda sujetar la fuerza a la constitución ciega de la materia; afirmar, a la manera retrógrada de los peripatéticos, que no es sino una cualidad oculta de ésta, y reducirla al papel de esclava, cuando se impone por su propio derecho a título de soberana absoluta? ¡No quiera Dios que así sea! 

¿Qué sucedería si dejase de obrar un solo instante y si abdicase su cetro? 
La sola suposición de esta hipótesis disuelve la armonía del mundo y lo hace hundirse en un caos informe, digno resultado de una tentativa tan insensata. Estas leyes están demostradas como universales, proclaman la unidad de los mundos, y manifiestan que es un mismo pensamiento el que reguló las mareas de nuestro océano y las revoluciones siderales de las estrellas dobles, en el fondo de los cielos. Estos soles, dobles, triples, y cuádruples, giran unidos alrededor de su centro común de gravedad, y obedecen a las mismas leyes que rigen nuestro sistema planetario. Nada es más propio para dar una idea de la escala en que están construidos los cielos, como esos magníficos sistemas, dice John Herschel. Cuando se ven esos cuerpos inmensos reunidos por parejas, describir, en virtud de la ley de gravitación que rige todas las partes de nuestro sistema, esas inmensas órbitas que se necesitan siglos para recorrerlas, admitimos a la vez que tienen en la creación un objeto que no alcanzamos, y que hemos llegado al punto en que la inteligencia humana se ve forzada a confesar su debilidad, y a reconocer que la imaginación más rica no puede formarse del mundo un concepto que se acerque a la grandeza del objeto. 

Los astrónomos que se remontan humildemente al principio desconocido de las causas no pueden dejar de poner en manos de un ser inteligente esta atracción universal por la cual el mundo entero está inteligentemente regido. “El principio de la gravitación -decía el malogrado director del Observatorio de Tolosa (2)- encierra implícitamente las grandes leyes que rigen los movimientos celestes y, por una de esas coincidencias notables que son el indicio más seguro de la verdad, lejos de tener que temer las excepciones aparentes, las perturbaciones de los movimientos normales, no deja de sacar de las mismas excepciones las confirmaciones más patentes. Por eso, se ve, a los geómetras modernos, explicar con su auxilio la precesión de los equinoccios por la combinación de la fuerza centrífuga debida a la rotación del globo terrestre, con la acción del sol sobre nuestro menisco ecuatorial. 
Por eso se ve también explicar con él la nutación por una influencia análoga de la Luna sobre el relieve de la Tierra; y por eso se ve igualmente dar razón, por medio de las atracciones planetarias, del balanceo de la elíptica, del movimiento del apogeo solar, del retardo de Júpiter cuando Saturno se acelera, y por el contrario del retardo de Saturno cuando la aceleración se produce en Júpiter, etc.; se ve en fin, revelar porqué, bajo la influencia perturbadora del Sol, el movimiento medio de nuestro satélite se acelera hoy, de siglo en siglo, y debe más adelante retardarse; porqué la línea de los nudos de la Luna verifica su revolución, con un movimiento retrógrado, en dieciocho años; y por qué el perigeo lunar verifica el suyo con un movimiento directo en poco menos de nueve años(3); etc. 

En una palabra: no solamente este notable principio satisface a todos los fenómenos conocidos, sino que también permite a menudo descubrir efectos que la observación no había indicado; de manera que podría establecerse a priori la constitución del mundo por el análisis, y no tomar de la observación sino algunos puntos de mira de que los geómetras se sirven, bajo la denominación de constantes, en sus cálculos. Todo, en el universo marcha, pues, por medio de una organización admirable por su sencillez, puesto que los movimientos más complicados en la apariencia, resultan de la combinación de impulsos primitivos con una fuerza única obrando sobre cada una de las moléculas de la materia; única fuerza, por consiguiente, de que el Creador debe, por decirlo así, ocuparse constantemente. Pero también, ¡qué desarrollo de poder, el de esta producción incesante de fuerzas cuya existencia no es esencialmente inherente a la de la materia! ¡Oh! ¡Cuán vigilante debe ser la mano eterna que sabe, a cada instante, renovar semejantes fuerzas hasta en los átomos más impalpables de los astros sin número sujetos a poblar las regiones infinitas de la inmensidad! 

¿No estamos en el caso de decir, con el rey profeta, inclinándonos ante tanta grandeza: Coeli enarrant gloriam Dei?” Desde Newton y Kepler, sabemos que el universo es un inmenso dinamismo, cuyos elementos todos no dejan de obrar y resistir en la infinidad del tiempo y del espacio con una actividad indefectible. Esta es la gran verdad que la astronomía, la física y la química nos revelan en las asombrosas maravillas de la creación. Tal es el sublime espectáculo del mundo; tales son las leyes que constituyen su armonía. Pero, ¿por qué perfidia de lenguaje o de raciocinio los materialistas traducen estos hechos en favor suyo, y llegan a deducir de ellos la ausencia de todo pensamiento divino? He aquí los argumentos trazados en gruesos caracteres en un catecismo materialista cuyo color científico ha engañado a un gran número de personas, en el libro Fuerza y Materia. “Todos los cuerpos celestes, grandes o pequeños, se conforman, sin resistencia alguna, sin excepción y sin desviación, a esta ley inherente a toda materia y a toda partícula de materia, como lo experimentamos a cada momento. Todos estos movimientos se reconocen, determinan y predicen con una precisión y exactitud matemáticas.” Los espiritualistas ven en estos hechos el pensamiento de un Dios eterno que impuso a la creación las leyes inmutables que la perpetúan. Pero los materialistas, por el contrario, ven en ellos una prueba de que la idea de Dios no es más que una chanza. 

Si hubiese cuerpos celestes que fuesen caprichosos o rebeldes, si la gran ley que los rige no fuese soberana, sería diferente. “Es fácil -dice Büchner- referir el nacimiento, la constelación (?) y el movimiento de los globos a los procedimientos más sencillos, hechos posibles por la materia misma. La hipótesis de una fuerza creadora personal no es admisible”. ¿Por qué? Esto es lo que nunca se ha podido saber. “Los espiritualistas admiran la imponente regularidad de los movimientos celestes, el orden y la armonía que los presiden. ¡Crédulos! No hay orden ni armonía en el universo. Por el contrario, la irregularidad, los accidentes, el desorden, excluyen la hipótesis de una acción personal y regida por las leyes de la inteligencia, aun humana.” 

 De modo que, sólo después de treinta años de trabajo, Copérnico publicó su libro de las Revoluciones celestes; veinte años de investigaciones empleó Galileo para fecundar el principio del péndulo; después de diecisiete años de pertinaces tareas consiguió Kepler formular sus leyes; Newton, octogenario, decía que aún no había llegado a comprender el mecanismo de los cielos. ¡Y se nos viene a proponer que creamos que estas leyes sublimes, que genios tan poderosos apenas llegaron a encontrar y a formular, no revelan en la causa que las ha impuesto a la materia una inteligencia siquiera igual a la inteligencia humana! Y Renán escribe esta frase: “Por mi parte, creo que no hay en el universo inteligencia superior a la del hombre.” ¡Y se atreven a buscar un refugio en accidentes que no lo tienen, para declarar que no hay armonía inteligente en la construcción del mundo! ¿Qué se necesitaría, pues, para satisfacernos, señores críticos de Dios? Helo aquí: seria preciso, primero, que no hubiese espacio (¡!) o que este espacio fuese menos vasto, porque decididamente hay en el infinito demasiado sitio: “Si importase a una fuerza creadora individual -dice Büchner-, crear mundos y habitaciones para los hombres y para los animales, réstanos saber, para qué sirve este espacio inmenso, desierto, vacío, inútil, en que nadan los soles y los globos. ¿Por qué los demás planetas de nuestro sistema solar no se han hecho habitables para los hombres?” Verdaderamente preguntáis una cosa bien sencilla. De modo que conviene a la fantasía de estos señores declarar inútil el espacio y querer que todos los globos se comuniquen entre si. 

El caricaturista Granville había ya tenido la misma idea; efectivamente, uno de sus croquis encantadores representa a los habitantes Júpiter yendo, por un puente colgante, a pasearse por Saturno fumando un cigarro. El mismo anillo de Saturno no es allí más que un extenso balcón al cual van los saturnianos por la noche a tomar fresco. Si es éste el universo apetecido, cuyo primer resultado sería hacer inmóvil el sistema del mundo, harían mejor los inventores en dirigirse formalmente a la escuela de puentes y caminos, que a la filosofía. Esta nada puede hacer en el asunto. “Si hubiese un Dios -añaden-, ¿de qué servirían las irregularidades y las inmensas desproporciones de tamaño y de distancia entre los planetas y nuestro sistema solar? ¿Para qué esa ausencia completa de todo orden, de toda simetría, de toda belleza?” Se convendrá en que es preciso ser algo presuntuoso para admirar las decoraciones pintorreadas del escenario del teatro humano, y para rehusar la belleza y la simetría, a las obras de la naturaleza. 

Parécenos que es la primera vez que se acusa a la naturaleza por este lado. Por lo demás no nos dan más que negaciones: negación de Dios, negación del alma, negación de la razón y de sus potencias más altas; siempre negaciones. Esto es lo que en propiedad les pertenece; nada más. Su titulada conciencia científica no es más que un reclamo. Nuestros espirituales adversarios caen poco a poco en puerilidades. Uno de ellos objeta que la luz, que corre 77,000 leguas por segundo, no va bastante deprisa, y que es cosa miserable por parte de un Creador no espolearla un poco. Otro encuentra que la Luna, no gira sobre sí misma con bastante prontitud. “La Luna -dice el americano Hudson Tuttle- no gira sino una sola vez sobre sí misma mientras hace su revolución alrededor de la Tierra, de manera que siempre le presenta el mismo lado de su superficie. Tenemos perfecto derecho de preguntar la causa de ello, pues si hubiese una intención cualquiera, su ejecución estaría ciertamente señalada”; y el Creador es muy negligente por no haber enterado a estos señores de su manera de obrar. ¿Se ha visto jamás cosa semejante? ¡Dejarlos en una completa ignorancia acerca del objeto que se ha propuesto haciendo girar tan lentamente a nuestra querida pequeña Luna! En efecto, ¿acaso no hubiera debido Dios conducirse mejor para nuestra instrucción personal? 

¿Debería tratarnos de esa manera? ¡A nosotros! “¿Por qué?, volvemos a preguntar (4), ¿por qué la fuerza creadora no escribió en caracteres de fuego (en alemán, sin duda) su nombre en el cielo? ¿Por qué no dio a los sistemas de los cuerpos celestes un orden que nos hiciese conocer su intención y sus designios de una manera evidente?” ¡Qué divinidad tan estúpida! Verdaderamente, señores, sois admirables, y vuestro modo de raciocinar iguala a vuestra ciencia, lo que no es poco decir. ¡Qué lástima que vosotros mismos no hubieseis construido el universo: y qué bien hubierais evitado todos estos inconvenientes! Pero, ¿conocéis bien la materia y sus propiedades para afirmar que reemplaza a Dios tan ventajosamente? ¿Os explica ella completamente el estado del universo? ¿Qué respondéis? “Sin duda, aún no nos es dado saber exactamente por qué la materia ha tomado tal movimiento en tal momento, pero la ciencia no ha pronunciado su última palabra, y no es imposible, pues, que ella nos haga conocer un día la época del nacimiento de los globos”. Tal es la respuesta definitiva de esos señores. Al menos confiesan un poco de ignorancia. 

¿Qué será cuando crean absolutamente conocerlo todo? ¡Oh, ciencia! ¿Son éstos los frutos de tu árbol? Este es precisamente el caso de confesar, con el alemán Büchner, que “lo que se llama ordinariamente la profundidad del espíritu alemán, es más bien la perturbación de las ideas, que la verdadera profundidad del espíritu”. “Lo que los alemanes llaman filosofía, añade el mismo escritor, no es más que una manía pueril de jugar con las ideas y las palabras, creyéndose por ello con derecho a mirar a las demás naciones por encima del hombro.” ¡No hay ni sabiduría, ni inteligencia, ni orden, ni armonía en el universo! Semejante acusación ¿puede hacerse formalmente? Permitido es dudarlo. En el mes de octubre de 1604 apareció de pronto una magnífica estrella en la constelación del Serpentario. Los astrónomos se sorprendieron sobremanera, porque esta aparición parecía extraña a la armonía de los cielos. No se conocían todavía las estrellas variables. ¿Acababa de nacer fortuitamente? ¿La había producido el acaso? 

Tales eran las preguntas que se hacia Kepler, cuando ocurrió un pequeño incidente. “Ayer, dice, en medio de mis meditaciones, me llamaron a comer. Mi joven esposa puso en la mesa una ensalada. -¿Crees tú -le dije-, que si desde la creación, platos de estaño, hojas de lechuga, granos de sal, gotas de aceite y vinagre y pedazos de huevos duros, flotasen en el espacio en todas direcciones y sin orden, podría el azar reunirlos hoy para hacer una ensalada? -No tan buena, a buen seguro, ni tan bien hecha como ésta -respondió mi bella esposa.” Nadie se atrevió a mirar la nueva estrella como una producción del acaso, y hoy sabemos que el acaso no tiene participación alguna en los movimientos celestes. Kepler vivió en una verdadera adoración de la armonía del mundo. 

La duda sobre este punto la hubiera tomado por extravagancia. Los fundadores de la astronomía están acordes en esta admiración: Copérnico, Galileo, Tycho-Brahe y Newton, dicen lo mismo que Kepler (5) - Los que acusan al cielo de falta de orden no son astrónomos. ¡Oh, mundos espléndidos! Estrellas, soles del espacio, y vosotras, tierras habitadas que gravitáis alrededor de esos centros brillantes, cesad en vuestros movimientos armoniosos, suspended vuestro curso. La vida irradia sobre vuestra frente, la inteligencia habita bajo vuestras tiendas, y vuestras campiñas, como las de la Tierra, reciben de los soles variados que las iluminan, el manantial fecundo de la existencia. 

Sois arrastrados en el infinito por la misma mano que sostiene nuestro globo, por esa ley suprema bajo la cual el genio prosternado adora la gran causa. Desde aquí, seguimos vuestros movimientos, a pesar de las distancias innumerables que os diseminan en la extensión, y observamos que están dirigidos, como los nuestros, por aquellas tres reglas geométricas que el genio paciente de Kepler llegó a formular. Desde el fondo de los celestes abismos, nos enseñáis que un orden soberano y universal rige el mundo. Vosotros cantáis la gloria de Dios en términos que dejan muy atrás los de los cantos del rey profeta; escribís en el cielo el nombre misterioso de ese ser desconocido, que ninguna criatura puede ni aun presentir. ¡Astros de movimientos formidables, focos gigantescos de la vida universal, esplendores del cielo! Vosotros os inclináis como niños bajo la voluntad divina, y vuestras cunas aéreas se mecen con confianza bajo la mirada del Altísimo. Seguís humildemente el camino trazado a cada uno de vosotros, oh, viajeros celestes, y desde los siglos más remotos, desde las edades inaccesibles en que salisteis en otro tiempo del caos antiguo, manifestáis la previsora sabiduría de la ley que os guía... ¡Insensatos! ¡Masas inertes! ¡Globos ciegos! ¡Brutos de la noche! ¿Qué hacéis? ¡Cesad! cesad en vuestro eterno testimonio. Detened el torbellino colosal de vuestras múltiples carreras. Protestad contra la fuerza que os arrastra. ¿Qué significa esa obediencia servil? Hijos de la materia, ¿es que la materia no es la soberana del espacio? 

¿Es que hay leyes inteligentes? ¿Es que hay fuerzas directrices? ¡No, jamás! ¡Estrellas del infinito, sois juguete del error más insigne! Sois víctimas de la ilusión más ridícula. Escuchad: en el fondo de los vastos desiertos del espacio, duerme oscuramente un pequeño globo desconocido. ¿Habéis notado alguna vez, entre los millones de estrellas que blanquean la Vía Láctea, una estrella pequeña de la última magnitud? Pues bien: esa pequeña estrella es un sol como vosotros, y a su alrededor giran algunas miniaturas de mundos, mundos tan pequeños, que rodarían como bolas de billar en la superficie de cualquiera de vosotros. Pues, sobre uno de los más microscópicos de estos microscópicos mundículos, hay una raza de seres habladores, y en el seno de esta raza un campo de filósofos que acaban de declarar sin rodeos, ¡oh, magnificencia! que vuestro Dios no existe. Estos soberbios pigmeos se han levantado, se han empinado sobre las puntas de los pies, creyendo veros un poco más cerca. Os han hecho seña de deteneros, y después han dicho al mundo que los habéis oído, y que la naturaleza toda era de su parecer. Proclámanse con altivez los únicos intérpretes de esta naturaleza inmensa. A creer su esperanza, en adelante les pertenece el cetro de la razón, y el porvenir del pensamiento humano está entre sus manos. Están firmemente convencidos, no sólo de la verdad, sino sobre todo de la utilidad de su descubrimiento y de su influencia favorable sobre el sano progreso de esta pequeña humanidad. 

Además, han hecho saber a los miembros de esta humanidad, que todos los que no participan de su opinión están en contradicción con la ciencia de la naturaleza, y que la mejor calificación con que se pudiera honrar a estos retrógrados, es la de ignorantísimos y testarudos. ¡No os expongáis, pues, a ser juzgadas tan desfavorablemente por estos señores, oh estrellas resplandecientes! Procurad distinguir nuestro sol imperceptible, nuestro átomo terrestre, nuestra mita parlante, y, uniéndoos a esta importante declaración, detened el mecanismo del universo, suspended a la vez la medida y la armonía, sustituid el reposo al movimiento, la obscuridad a la luz, la muerte a la vida; y después, cuando toda potencia intelectual sea aniquilada, todo pensamiento desterrado de la naturaleza, suprimida toda ley, y atrofiada toda fuerza, el universo se reducirá a polvo, lloveréis en polvo en la noche infinita; y si todavía existe el átomo terrestre, los señores filósofos, únicos que sobrevivan, estarán satisfechos. ¡Ya no habrá espíritu en 1a naturaleza! 

Camilo Flammarion

  NOTAS 

(1) Llámese radio vector de un planeta, la línea ideal que une este planeta a1 sol. 
(2) F. Petit Traité d´astronomie, XXIV y última lección. 
(3) Es curioso que Clairaut, encontrando por el calculo un periodo de dieciocho años en vez de nueve, declarase insuficiente, para el caso actual, la gravitación inversa del cuadro de la distancia y que sea precisamente un naturalista, Buffon, quien, persuadido de que la naturaleza no podía tener dos leyes diferentes haya insistido en convencer al geómetra de que revisase sus cálculos. Después de un nuevo examen, Clairaut reconoció, en efecto, que su primera aserción se basaba en un error. Había olvidado, en las series, términos que no debían olvidarse. 
(4) Kraft und Storf; VIII. 
(5) Cuanto más adelanta el hombre en la penetración de los secretos de la naturaleza, mejor se le descubre la universalidad del plan eterno. Sí stellæ fixææ, dice Newton (Phil. nat. Principia math., Schol, gen.), sint centra similium systematum, hæc omnia simili consilio constructa suberant unius dominio” - Cf. también Kepler, Harmonices Mundi.

jueves, 18 de julio de 2019

El Bien, el Mal, el Libre albedrío y el Dolor

El bien y el mal son consecuencias del uso que las personas hacen de su libre albedrío. 
Existen personas y organizaciones humanas orientadas al bien y otras al mal. 
Siendo que en el universo todo se rige por leyes sabias y justas destinadas al progreso y felicidad, y siendo el mal contrario a esto último, la lógica nos lleva a la conclusión de que el mal no es creación de Dios, sino de los hombres. El mal no tiene existencia propia, sino como resultado de la acción humana en el uso de su libertad. 

El bien es la manifestación de la ley del amor, el mal es la trasmutación de la vibración positiva en negativa, cuando la persona, desoyendo la voz de su conciencia se deja dominar por una pasión que lo obceca o por el egoísmo que turba la razón. Otros en su ambición de poder y autoridad, sacrifican su propia conciencia y dignidad, prestándose a abusos de poder y creando con ello destinos futuros de dolor. Mentalidades miopes que sólo buscan la posesión de bienes materiales a cualquier precio, y que sin darse cuenta, van creando en su psiquismo una desarmonía vibratoria que les arrastrará a la frustración. Los primeros síntomas son el tedio, el hastío y el aburrimiento, intentando disiparlos hasta caer en la ansiedad y desesperación. 

La riqueza material, por sí sola, no genera felicidad. Aquellos cegados por una pasión que hacen sufrir a sus semejantes están creando las fuerzas que actuarán contra ellos en un futuro , pasando por el sufrimiento y el dolor. Los que pisotean la dignidad de los débiles, serán pisoteados; los que engañan y perjudican a otros por beneficio económico, se engañan y perjudican a sí mismos. 
La práctica del mal es el mayor error que pueda cometer un ser humano; una vez en este camino se desciende rápidamente hacia el vicio y el crimen. Y ¿porqué las gentes practican el mal? Sencillamente por ignorancia, por desconocer sus consecuencias; todo el mundo debería comprender que toda acción de mal recae sobre el mismo que la hace. 

Nada puede apartarnos del camino del bien si nos determinamos firmemente a transitar por él. 
Las fuerzas del mal pueden presionarnos incidiendo en nuestras debilidades; pero si recurrimos a nuestro poder interno y lo ponemos en acción, somos invencibles, haciendo el uso correcto del libre albedrío. Dependiendo de cómo usemos este último atraeremos hacia nosotros felicidad o desdicha. En las primeras fases de la evolución, el espíritu ignorante se ve arrastrado por el egoísmo y cae en el mal; pero al cabo de varias vidas de error el espíritu va despertando y desarrollando sus facultades, aprendiendo mediante el dolor que el mal no debe practicarse, siendo que en cada encarnación viene determinado a corregirse y vencer las tendencias que le arrastran al mal. Mediante la “voz de la conciencia” el espíritu manifiesta sus intenciones más nobles, pero muchos espíritus bien intencionados sucumben de nuevo al no sobreponerse a las atracciones del medio ambiente y las circunstancias. 

La práctica del bien, hecho con amor y sin esperar retribución alguna, es el camino más seguro para nuestra redención; permitiéndonos el rescate voluntario de nuestros hechos delictivos del pasado, y abreviando años de sufrimiento al entregarnos a la tarea del rescate mediante el servicio fraterno a nuestros semejantes. Todos somos deudores ante la ley por errores voluntarios del pasado, y la práctica del bien es nuestra puerta de salvación. Hay muchos que actúan en el mal obsesionados y presionados por las fuerzas negativas o seres del mal desencarnados. Mediante el libre albedrío, Dios concede al hombre la facultad de tomar sus propias decisiones y realizarlas, de forma que sea el propio ser, el forjador de su destino. Pero con ello adquirimos la responsabilidad del uso que hagamos, pudiendo escoger entre el bien y el mal, y siendo responsables de sus resultados. 

El que camina por el bien percibe paz y armonía, que le facilita la vida y le ayuda a superar las vicisitudes adversas, con lo que asciende y se engrandece. Pero si se practica el mal, se desarmoniza su vida y desciende a los abismos de la desesperación y el dolor, retardando su ascenso espiritual. 
El libre albedrío está limitado en base al grado de evolución alcanzado por el ser; por ello la responsabilidad es progresiva. Así pues el mal no tiene existencia propia sino como acción del hombre ignorante que se desvía del camino del bien. El bien es la ley, el mal la oposición a la ley. 
El bien practicado protege de las influencias de las fuerzas negativas, y va generando las condiciones creadoras de la felicidad en el ser humano. 

El dolor no es un castigo divino, sino la consecuencia de nuestras acciones equivocadas; es la reacción de las energías psíquicas, físicas y biológicas desequilibradas por nosotros mismos con las actuaciones contrarias a las leyes de la vida. El dolor y el sufrimiento pueden ser psíquico, físico y espiritual. Es físico cuando se refleja en el cuerpo humano como dolencias o enfermedades derivadas de excesos, vicios o estados afectivos desarmónicos. Es psíquico cuando, como resultado de tensiones emocionales, sentimientos inferiores, actitudes mentales desacertadas y deseos de baja naturaleza, se convierten en estados anormales como las neurosis, psicosis, así como psicopatías de diversos grados. Y es espiritual cuando nuestra propia conciencia nos acusa, resultado de la debilidad del espíritu ante el egoísmo, la ambición, el rencor, la concupiscencia, etc. 

El dolor es pues una llamada de atención a la ley violada, a fin de que se pueda atender la amenaza de salud física, psíquica o espiritual. Cuando se desatiende esta llamada, el dolor se intensifica. Las leyes que rigen la vida del espíritu son perfectas, pero el hombre en su egoísmo o dominado por las pasiones y búsqueda de placeres ha ido adquiriendo hábitos contrarios a esas leyes, y como consecuencia se reciben la reacción de las mismas en forma de dolencias, enfermedades y trastornos psíquicos. El hombre no se preocupó del mal que ocasionaba a los demás ni en el que se hace a sí mismo al intentar satisfacer sus ambiciones y placeres transformándose en vicios que le dominaron y debilitaron su cuerpo y su alma. Toda acción que se realiza crea una vibración que queda unida al hombre, y aquel que cae en el egoísmo, las falsedades y hace sufrir a sus semejantes la ley le devuelve, tarde o temprano el dolor que haya ocasionado, para que aprenda a vivir en la ley del amor. 

Si es por negligencia que causamos dolor a otros, la ley de consecuencias nos traerá condiciones semejantes posteriormente; sin que en ello haya castigo divino sino devolución del mal realizado por violar la ley. La idea de castigo de Dios es incongruente con el concepto de un Dios infinitamente bueno; así pues, las desventuras humanas son consecuencias de nuestras acciones del pasado, la cosecha de la siembra realizada. Los dolores humanos son consecuencia de los errores humanos. 
Por ello, el amor divino nos ofrece tantas vidas humanas como necesitemos para reparar el daño causado. Nadie tiene poder para perdonar las faltas de otro. 

La ley es: a cada cual según sus obras. Quien hace daño recibe daño, a menos que repare el daño causado. Toda trasgresión a las leyes divinas oscurece y densifica el alma; y sólo a través del dolor o la práctica del bien, el alma se sutiliza y aclara, purificándose. ¿Porqué afirmamos esto? 
Porque cuando practicamos el bien, con amor, vibramos en esa sintonía y nos unimos vibratoriamente a esa fuerza cósmica purificadora: La ley del Amor, que actúa en armonía con la ley de consecuencias. 

La ley del Amor es tan poderosa que puede modificar el efecto, la consecuencia de la trasgresión, sin desvirtuar la ley. Observando el dolor desde otro ángulo, podemos afirmar que posee otras funciones benéficas, ablandando la dureza del alma en personas soberbias y orgullosas. Todos se resisten a aceptar el dolor por desconocimiento de su acción depuradora sobre el alma. La acción del dolor depura el magnetismo mórbido generado por los apetitos groseros, los vicios, los sentimientos y acciones de mal realizadas por egoísmo, orgullo, etc. 

Otro aspecto a considerar es evitar el lamento de nuestras dolencias, ya que este aumenta la sensación de dolencia y no ayuda, haciendo que nos parezcan mayores e insuperables. Tampoco hemos de dar cabida jamás a la rebeldía ante el dolor; teniendo en cuenta que nadie pasa por vicisitudes que por ley no le correspondan; y que nadie carece de los medios y fuerzas internas para superarlas. Cuando comprendemos que el objeto de las vidas humanas es el progreso del espíritu; nos damos cuenta de que para dominar el orgullo y la soberbia, las vicisitudes de la vida son necesarias para adquirir las experiencias que debemos aprovechar para ese progreso que nos liberará del dolor.

Sebastián de Arauco


sábado, 13 de julio de 2019

PRINCIPIOS ESPIRITUALES



Verdad y Conocimiento 

En cualquier campo de la vida, la búsqueda de la verdad precisa de una mente clara, libre de prejuicios, preconceptos o sectarismos. La verdad es una, infinita en sus manifestaciones, con múltiples aspectos, y cada cual aceptará sólo aquellos que sea capaz de comprender. 

La verdad no ha sido nunca privilegio de ninguna teología o religión; siempre ha sido y será de todo aquel que la busque con sana intención, con un corazón libre de ambiciones personales y una mente exenta de ideas preconcebidas o dogmatismos. 

Toda ética basada en una teología, es dogmática por su propia naturaleza, y todo dogma limita la libertad de pensamiento, impidiendo el avance del progreso intelectual y moral, y por ende espiritual. Muchas personas rechazan, sin el menor análisis, todo aquello que no encuadra dentro de sus conceptos de verdad, sin percatarse de que las verdades que hoy sustentan reemplazaron a otras del ayer, y que las de hoy serán también reemplazadas por otras más amplias y grandiosas. 

El conocimiento de estas leyes es pues necesario, porque su desconocimiento nos expone día a día a obrar contra ellas, creando desarmonía de consecuencias dolorosas. ¨Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” dijo Jesús. ¿Libres de qué? Del error, de la mentira, de los dogmas, de la hipocresía, los prejuicios y de la explotación de la ignorancia. Muy pocos tienen la valentía de buscar la verdad; unos no quieren tomar el trabajo de investigar, otros prefieren el error y la mentira, su egoísmo y orgullo no les permite escuchar. La mayoría prefiere la posición cómoda de que los dirijan, se sienten seguros en lo establecido. A mayor desarrollo intelectual y cultural la mente comprende aspectos más amplios de la Verdad; quien crea estar en posesión de la verdad plena, es un ignorante o un fanático. 

El conocimiento es luz; la ignorancia espiritual ata al hombre al fanatismo y al materialismo, causa primera de todos los males. La Vida humana es tan sólo un aspecto de la Vida Una, de la vida del ser espiritual que es eterna. 

El conocimiento de estas leyes iluminará nuestra mente, librándonos de la ignorancia y del dolor. Debemos comprender que el objeto principal de la vida es progresar, avanzar en el camino de la evolución. De aquí la apremiante necesidad de conocer; pero ¿qué debemos conocer? Por ejemplo, que, de nuestros actos, debemos vigilar los pensamientos, sentimientos y deseos; fuerzas psíquicas que nos hacen actuar siendo responsables de sus consecuencias. 

Estos pensamientos y sentimientos, si son negativos, influyen sobre las glándulas de secreción interna produciendo desequilibrios que afectan nuestra salud, además de densificar el alma con vibraciones negativas causa de sufrimiento al pasar al Más Allá. También debemos conocer que el egoísmo es una enfermedad psíquica que ejerce presión sobre la mente insensibilizando el alma. Que el miedo debilita las energías mentales, siendo una creación imaginaria del afectado por desconocimiento de sus propios recursos psíquicos y espirituales. 

Que la vanidad es una imperfección que nos lleva al ridículo, mientras la humildad es el sello del espíritu evolucionado. Que la irritabilidad desarmoniza la mente, siendo un derroche de energía. 
Que la lujuria desgasta el sistema nervioso, debilita la voluntad y degenera en neurosis. 
Que las malquerencias, odios y rencores son pasiones destructoras de la tranquilidad y la salud. 

En cambio el Amor, es la ley universal de armonía y felicidad; que atrae a nuestra vida armonía cósmica, equilibrando nuestra vida humana y espiritual, traduciéndose en una inefable sensación de paz y felicidad interior. También hemos de saber que el conocimiento nos hace más responsables; no pudiendo guardarlo para nosotros. Que la mayor caridad es enseñar el modo de no caer en los errores que causan el dolor. Que debemos dar a comprender la Ley de Consecuencias o causa y efecto, por la que todo bien que hacemos contribuye a nuestro progreso y evolución. Dios y el Universo. Vida y ser humano Nuestra limitada inteligencia humana no puede definir ni comprender la Grandiosidad Cósmica que llamamos Dios, sencillamente porque lo limitado no puede definir lo ilimitado. El primer mandamiento dice “amarás a Dios sobre todas las cosas”. 

El concepto de un Dios irascible, celoso, vengativo y cruel como lo presenta el Antiguo Testamento es un contrasentido; nadie puede amar aquello que teme. Este Dios nunca ha existido, es una creación mental de conciencias poco evolucionadas. Pero si consideramos a Dios como Amor permanente, sí podremos comprenderlo mejor y amarlo en sus criaturas, en su creación. La realidad Divina es algo imposible de concebir en su plenitud, y cualquier elucidación filosófica o teológica que pretenda definirla solo puede dar una idea vaga, una aproximación. Hemos de admitir que existe una Sabiduría Cósmica, un Poder Cósmico Transcendente negarlo sería negarnos a nosotros mismos. 

Existe pues una Fuerza Creadora Universal, que trasciende el cosmos infinito, a toda manifestación física, visible o invisible, así como espiritual en otras dimensiones y que está inmanente en ellas, pues vibra en ellas. Es una causa primera que crea vida en su propia esencia. Hemos de reconocer dos aspectos, el espiritual y el físico. El primero, ya que Dios es espíritu, representa el poder, la sabiduría y el amor del cosmos, el aspecto trascendente. 

El segundo, como inmanente en su creación es el todo-cósmico, en su aspecto físico. 
Al ser espíritu, no tiene forma; no obstante el hombre en sus fases primitivas necesita de la imagen y por ello se personaliza a la divinidad. Actualmente el Dios que nos presenta la ciencia no cabe dentro de estas concepciones religiosas. Dios es el poder creador universal de las grandes leyes que trascienden a todas las galaxias, causa suprema de toda vida y todo bien, vibrando permanentemente en Amor hacia toda su creación y animando toda manifestación de Vida del universo físico y espiritual. 

Su manifestación espiritual la conoceremos a medida que vayamos penetrando en la ciencia espiritual, mientras que su manifestación física son aquellos aspectos de vida perceptibles a nuestros sentidos. Valga como ejemplo de esto último la afirmación de la astronomía actual; que nos confirma más de 100.000 millones de estrellas, y más de 10.000 millones de estrellas gigantes y supernovas. La gran mayoría de ellas con sus distintos sistemas planetarios y esto solamente en nuestra galaxia. Nuestro mundo es tan sólo un punto insignificante en el universo. Ese universo donde existen centros colosales de energía emanada de la Grandiosidad Cósmica que abastecen y mantienen la Vida; donde todo se transforma y evoluciona impulsado por esa Energía-Cósmica- Dios. 

Es una verdad incontrovertible que tan sólo en nuestra galaxia existen millones de mundos habitados; unos más adelantados, otros más atrasados. Así pues, la religión, es el sentimiento que tiene el ser espiritual de acercarse a su Creador. Un sentimiento que se va apartando poco a poco de la adoración de las formas, elevando su mente y su alma hacia la fuente de toda vida, vibrando en amor. Es preciso matizar que las religiones son creaciones de los hombres basadas en principios y conceptos morales dejados por sus fundadores. 

Esos conceptos se van desvirtuando a medida que se impone la fe ciega y la sumisión al dogma, imponiéndose como única creencia verdadera. A partir de aquí se estancan, envejecen y entran en decadencia. Algunas religiones pretenden ser únicas poseedoras de la verdad; lo que a la mente evolucionada le produce escepticismo e indiferencia, no satisfaciéndole en absoluto los credos y dogmas. Es pues necesario diferenciar entre religión y religiosidad; esta última es el aspecto del culto, ritos, ceremonial; mientras que la primera es la necesidad que tiene el espíritu encarnado de retornar a su Creador. Cuando a Jesús le preguntaron cual era su Dios y su religión contestó así: “Mi Dios es el Eterno invisible que no veo, pero que siento en todo cuanto vive, en todos los mundos que ruedan como globos de luz por la inmensidad. 

Mi religión se reduce a amar a todos mis semejantes tanto como a mí mismo, lo cual me obliga a hacerles todo el bien posible, aun cuando el cumplimiento de este deber llegare a costarme a vida” Así pues las religiones son mejores o peores según estén de acuerdo con la religión universal; única emanada del Creador y que tiene una sola base: Ama a Dios sobre todas las cosas y a tus semejantes como a ti mismo. Con frecuencia nos preguntamos ¿qué es la vida? ¿de dónde emana? ¿hacia dónde va esa vida?. A la luz de la ciencia espiritual, la Vida es y está en todo en cuanto existe en los múltiples aspectos, la vida como esencia y energía animadora de las formas. 

La Vida es energía, pero esta última es efecto y no causa; siendo que como humanos sólo percibimos la vida en sus manifestaciones físicas, visibles. La Vida en su origen emana de Dios, esa Energía Cósmica Creadora, que crea Vida de su propia esencia; así pues la Vida es una manifestación de Dios. La energía emanada de la vida del propio ser espiritual impele al hombre a una constante acción, para el desarrollo de las facultades recibidas de la divinidad creadora. Ese ejercicio constante de las facultades espirituales y psíquicas es indispensable para ascender en el camino que lleva a la felicidad. Por ello, las vicisitudes adversas que nos presenta la vida son oportunidades para desarrollar las facultades de la mente; intelectiva y volitiva. 

Las dificultades son al espíritu lo que la gimnasia al atleta; si nos rebelamos ante ellas no las superamos y se repetirán hasta que hayamos aprendido a superarlas. El ser humano presenta dos aspectos diferenciados claramente; como un ser material y como una entidad espiritual. Aquellas personas que creen que al morir todo termina, se llevan una gran sorpresa, ignorantes de su propia realidad existencial e imperecedera. La mayoría de los humanos limitan su vida a lo tangible, creando necesidades artificiales en la búsqueda del placer que les convierten en esclavos de las mismas. 

El amor, es la única fuente inagotable de armonía y felicidad; desalojado por el egoísmo y la ambición que crean rivalidades y estados afectivos perturbadores logran trasformar la vida del hombre en un tormento. Así pues, el materialismo embrutece al ser humano que sólo piensa en enriquecerse y en el poder para satisfacción de dominio; por otra parte, busca la felicidad en los goces momentáneos, inconsciente de su responsabilidad; en su ceguera psíquica va creando las causas de su dolor futuro. Analicemos ahora el hombre como una entidad espiritual. En un universo donde todo expresa indestructibilidad, causalidad, orden; en el que todo es justicia perfecta, y donde todo está ligado por una red con un funcionamiento matemático, en el que todo tiene una razón y una consecuencia lógica, resulta inaceptable la existencia del hombre como accidente. 

Argumentos teológicos del pasado obstruyeron y obstruyen todavía la inteligencia humana en cuanto a las realidades divinas. Es preciso elevarse por encima del materialismo que nos rodea; y a pesar de que las necesidades de nuestra vida humana presente absorben la mayoría de nuestro tiempo, llevemos a un segundo plano el aspecto material de nuestra vida si queremos cumplir con el verdadero objeto de la vida humana que no es otro que el avance, el progreso y evolución espiritual. ¿Cuál es pues el objeto de la Vida? ¿A qué hemos venido a este mundo? 

El progreso espiritual en sus diversos aspectos, según la necesidad evolutiva de cada cual. Estamos en este mundo para algo más que comer, dormir o divertirnos, estamos para perfeccionarnos e ir acercándonos lo que debemos ser. La ciencia espiritual sostiene que el objeto de las vidas humanas es seguir ascendiendo en la escala de los mundos; mediante la evolución y el progreso derivado de la adquisición de experiencias y conocimientos; desarrollando la inteligencia, fortaleciendo el espíritu, sutilizando el alma y eliminando las imperfecciones. Venciendo dificultades y tentaciones, y en la lucha por medio del esfuerzo, desarrollamos las facultades y nos hacemos fuertes y grandes. 
En cada uno de nosotros existen recursos y fuerzas internas que desconocemos y que hemos de poner en acción y nos llevarán a grandes realizaciones.

Sebastián de Arauco

domingo, 7 de julio de 2019

NADIE PUEDE VER EL REINO DE DIOS SI NO NACIERE DE NUEVO



“Jesús, habiendo venido a los alrededores de Cesárea de Filipo, interrogó a sus discípulos, diciéndoles: ¿Qué dicen los hombres con relación al Hijo del Hombre? ¿Quién dicen que soy yo? Ellos respondieron: los unos dicen que eres Juan Bautista; los otros que eres Elías, los otros que eres Jeremías, o uno de los profetas. Jesús les dijo: Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo? Hablando Simón Pedro le dijo: Eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente. Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no fue ni la carne, ni la sangre que te lo reveló, sino mi Padre, que está en los cielos. 
(San Mateo, cap. 16, v. 13 al 17; San Marcos, cap. VIII, v. del 27 al 30)”. 

“Entretanto Herodes el Tetrarca, oyendo hablar de todo lo que Jesús hacía, tenía su Espíritu en suspense porque los unos decían que Juan había resucitado entre los muertos, los otros que Elías apareció, y algunos que uno de los antiguos profetas había resucitado. Entonces Herodes dijo: Yo hice cortar la cabeza a Juan, mas, ¿Quién es éste de quien oigo hablar tan grandes cosas? Y tenía voluntad de verlo. 
(San Marcos, cap. VI, v. 14 y 15; San Lucas, cap. IX, v. 7, 8 y 9)”. 

“Sus discípulos (después de la transfiguración) le preguntaban, diciéndole: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es menester que Elías venga antes? Mas Jesús les respondió: Es verdad que Elías debe venir y restablecer todas las cosas; mas yo os declaro que Elías ya ha venido, y no le conocieron, mas lo trataron como quisieron. Es así que ellos harán padecer al Hijo del hombre. Entonces, sus discípulos entendieron que era de Juan Bautista que les había hablado. 

(San Mateo, cap. XVII, v. del 10 al 13; San Marcos, cap. IX, v. 11, 12 y 13)”.



La reencarnación formaba parte de los dogmas judaicos, bajo el nombre de resurrección; sólo los saduceos, que pensaban que todo concluía con la muerte, no creían en ella. Las ideas de los judíos en este punto, como en muchos otros, no estaban claramente definidas, porque sólo tenían nociones vagas e incompletas sobre el alma y sus lazos con el cuerpo. 


Creían que un hombre que había vivido podía volver a vivir, sin explicarse con precisión la manera como esto podía suceder; designaban con la palabra resurrección, lo que el Espiritismo llama más juiciosamente reencarnación. 
En efecto, la resurrección supone la vuelta a la vida al cuerpo que está muerto, lo que la ciencia demuestra ser materialmente imposible, sobre todo cuando los elementos de su cuerpo están dispersos y absortos después de mucho tiempo; la reencarnación es la vuelta del alma, o Espíritu, a la vida corporal, pero en otro cuerpo nuevamente formado para él y que nada tiene de común con el antiguo. 


 La palabra resurrección podía de este modo, aplicarse a Lázaro, pero no a Elías, ni a los profetas. Si, pues, según su creencia, Juan Bautista era Elías, el cuerpo de Juan no podía ser el de Elías, puesto que se había visto a Juan niño y se conocía a su padre y a su madre, Juan podía, pues, ser Elías reencarnado, pero no resucitado. 


“Había un hombre de los Fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos, y que vino a Jesús de noche, y le dijo: Maestro, sabemos que has venido de Dios para instruirnos a nosotros como un doctor; porque nadie puede hacer estos milagros que hacéis, si no está Dios con él. Respondió Jesús: En verdad, en verdad, os digo, nadie puede ver el reino de Dios si no naciere de nuevo”. 


“Nicodemo le dijo: ¡Cómo puede un hombre nacer siendo viejo! ¿Puede volver al vientre de su madre y nacer por segunda vez?” “Jesús le respondió: En verdad, os digo, si un hombre no renaciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne es carne, y lo que es nacido del Espíritu es Espíritu, no os maravilléis de lo que he dicho; os es necesario nacer de nuevo. El Espíritu sopla donde quiere, y oís su voz, mas no sabéis de donde viene ni a donde va. Sucede lo mismo con todo hombre que es nacido del Espíritu. Nicodemo le respondió: ¿Cómo puede suceder eso? Jesús le dijo: ¡Cómo! ¿Sois maestro en Israel y no sabéis de esas cosas? 

En verdad, os digo que no decimos sino lo que sabemos y no atestiguamos sino lo que hemos visto y sin embargo, no has recibido nuestro testimonio, mas si no me creéis cuando os hablo de las cosas de la Tierra ¿Cómo me creeréis cuando os hable de las cosas del cielo? 

(San Juan, cap. III, v. del 1 al 12)”. 


La idea de que Juan Bautista era Elías y que los profetas podían volver a vivir en la Tierra, se encuentra en muchos pasajes de los Evangelios, particularmente en los relatos anteriores. 

Si esa creencia hubiese sido un error, Jesús la hubiera combatido como combatió tantas otras; lejos de esto, la sancionó con toda su autoridad y la pone en principio y como una condición necesaria, cuando dice: Nadie puede ver el reino de los cielos si no naciere de nuevo; y añade insistiendo en lo mismo: No te maravilles porque dije: Os es necesario nacer de nuevo. 

Estas palabras: “Si un hombre no renaciere del agua y del Espíritu”, han sido interpretadas en el sentido de la regeneración por el agua del bautismo; pero el texto primitivo dice simplemente no renace del agua y del Espíritu; mientras que en ciertas traducciones se ha substituido Espíritu por Santo Espíritu, lo que no está conforme con el mismo pensamiento. 


Este punto principal sobresale en los primeros comentarios hechos sobre el Evangelio, lo que un día se hará constar sin equívoco posible. Para comprender el verdadero sentido de esas palabras, es menester referirse a la significación de la palabra agua, que no se emplea en su acepción propia. 


Los conocimientos que los antiguos tenían sobre las ciencias físicas eran muy imperfectos; creían que la Tierra había salido de las aguas, y por esto consideraban el agua como elemento regenerador absoluto; así es que en la Génesis se dice: 
“El Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas, flotaba sobre las aguas; - Que el firmamento fue hecho en medio de las aguas; - Que las aguas que están bajo del cielo se junten en un solo punto y que el elemento árido aparezca; - Que las aguas produzcan los animales vivientes que nadan en el agua, y los pájaros que vuelan sobre la Tierra y bajo el firmamento”.



Según esta creencia, el agua venía a ser el símbolo de la naturaleza material, como el Espíritu era el de la naturaleza inteligente. Las palabras: “Si el hombre no renace del agua y del Espíritu, o en agua y en Espíritu”, significan, pues: “Si el hombre no vuelve a nacer con su cuerpo y su alma”. 


En este sentido fueron comprendidas al principio. Esta interpretación está, además, justificada con estas palabras: Lo que es nacido de la carne, es carne y lo que es nacido del Espíritu es Espíritu. Jesús hace aquí una distinción positiva entre el Espíritu y el cuerpo. 
Lo que es nacido de la carne, es carne, indica claramente que el cuerpo sólo procede del cuerpo, y que el Espíritu es independiente del cuerpo. El Espíritu sopla donde quiere, y oís su voz; mas no sabéis de donde viene, ni a donde va, puede entenderse del Espíritu de Dios que da vida a quien quiere o del alma del hombre; en esta última acepción: “No sabéis de dónde viene, ni a dónde va”, significa que no se conoce lo que él fue ni lo que será. Si el Espíritu, o alma, fuese creado al mismo tiempo que el cuerpo, se sabría de donde viene, puesto que se conocería su principio.


En todo caso este pasaje es la consagración del principio de la preexistencia del alma, y por consiguiente de la pluralidad de existencias. “Desde los días de Juan Bautista, hasta ahora, el reino de los cielos es arrebatado por la violencia, y son los violentos los que lo arrebatan; porque, hasta Juan, todos los profetas, así como la ley, profetizaban; y si queréis entender lo que os digo, él mismo es aquel Elías que ha de venir. Oiga aquel que tiene oídos para oír. (San Mateo, cap. XI, v. 12 al 15)”. Pero si el principio de la reencarnación expresado en San Juan, podía en rigor ser interpretado en un sentido puramente místico, no sucedería lo mismo en el pasaje de San Mateo referido, que está sin equívoco posible. 


El mismo es aquel Elías que ha de venir; aquí no hay figura ni alegoría; es una afirmación positiva. “Desde los días de Juan Bautista hasta ahora, el reino de los cielos es arrebatado por la violencia”. ¿Qué significan estas palabras, puesto que Juan Bautista vivía aún en aquel momento? Jesús las explica claramente diciendo: “Si queréis entender lo que os digo, él mismo es aquel Elías que ha de venir”. 

No siendo Juan otro que Elías, Jesús hacía alusión al tiempo en que Juan vivía bajo el nombre de Elías. “Hasta ahora el reino de los cielos es arrebatado por la violencia”, es otra alusión a la violencia de la ley mosaica que ordenaba el exterminio de los infieles para ganar la Tierra de promisión, paraíso de los Hebreos, mientras que según la nueva ley, el cielo se gana con la caridad y la dulzura. Después añade: “Oiga el que tenga oídos para oír”.


Estas palabras, tan a menudo repetidas por Jesús, prueban claramente que no todos estaban en estado de comprender ciertas verdades. “Aquellos de vuestro pueblo a los que hicieron morir vivirán de nuevo. Los que eran muertos en medio de mí, resucitarán. Despertad de vuestro sueño y cantad loas a Dios, vosotros que habitáis en el polvo; porque el rocío que os cae encima es rocío de luz, y porque arruinaréis la Tierra y el reino de los gigantes.” (Isaías, cap. XXVI, v. 19)”.



Este pasaje de Isaías, también es explícito: “Aquellos de vuestro pueblo a los que hicieron morir, vivirán de nuevo”. Si el profeta hubiese querido hablar de la vida espiritual, si hubiese querido decir que aquellos que se habían hecho morir no estaban muertos en Espíritu, hubiera dicho: Aún viven y no vivirán de nuevo. 
En el sentido espiritual, esas palabras no tendrían sentido puesto que implicarían una interrupción en la vida del alma. En el sentido de regeneración moral, son la negación de las penas eternas, puesto que establecen en principio el que todos aquellos que están muertos, volverán a vivir. 

“Cuando un hombre ha muerto una vez, su cuerpo separado de su Espíritu está consumido, ¿Qué es de él? – El hombre estando muerto una vez, ¿Podría acaso vivir de nuevo? En esta guerra en que me encuentro todos los días de mi vida, espero que mi cambio llegará. 

(Job, cap. XIV, v. 10 y 14. traducción de Le Maistre de Sacy)”. 


“Cuando el hombre muere pierde toda su fuerza, expira 

¿Después, en dónde está? – Si el hombre muere ¿Volverá a vivir? Esperaré todos los días de mi combate hasta que llegue algún cambio. (Id. traducción protestante de Osterwald)”. “Cuando el hombre está muerto, vive siempre; concluyendo los días de mi existencia terrestre esperaré porque volveré a ella de nuevo. (Id. versión de la iglesia griega)”. 

El principio de la pluralidad de existencias, está claramente expresado en estas tres versiones. 
No se puede suponer que Job quisiese hablar de la regeneración por el agua del bautismo, que ciertamente no conocía. “El hombre estando muerto una vez, ¿Podría, acaso revivir de nuevo?” 
La idea de morir una vez y volver a vivir implica la de morir y volver a vivir muchas veces. 

La versión de la iglesia griega es aún más explícita, si es posible. “Concluyendo los días de mi existencia terrestre, esperaré, porque volveré; es decir, volveré a la existencia terrestre”. Esto es tan claro como si uno dijera: “Salgo de mi casa, pero volveré”. En esta guerra que me encuentro, todos los días de mi vida, espero que mi cambio llegará”. Job quiere evidentemente hablar de la lucha que sostiene contra las miserias de la vida; espera su cambio, es decir, se resigna. 


En la versión griega yo esperaré, parece más bien aplicarse a la nueva existencia: “Concluyendo los días de mi existencia terrestre, esperaré, porque volveré a ella de nuevo”. Job parece colocarse después de la muerte, en el intervalo que separa una existencia de otra, y decir que allí esperará su vuelta. No es, pues, dudoso que bajo el nombre de resurrección, el principio de la reencarnación era una de las creencias fundamentales de los judíos, siendo confirmada por Jesús y los profetas de una manera formal; de donde se sigue que negar la reencarnación, es negar las palabras de Cristo. 



Sus palabras serán un día autoridad sobre este punto, como sobre muchos otros, cuando se mediten sin prevención. Pero a esta autoridad, desde el punto de vista religioso, viene a unirse desde el punto de vista filosófico, el de las pruebas que resultan de la observación de los hechos; cuando de los efectos quiere uno remontarse a las causas, la reencarnación aparece como una necesidad absoluta, como una condición inherente a la humanidad, en una palabra, como una ley de la Naturaleza; se revela por sus resultados de una manera, por decirlo así, material, como el motor oculto se revela por el movimiento; ella sola puede decir al hombre, de dónde viene y dónde va y porqué está en la Tierra, y justificar todas las anomalías y todas las injusticias aparentes que presenta la vida. Sin el principio de la preexistencia del alma y de la pluralidad de existencias, la mayor parte de las máximas del Evangelio son ininteligibles; por esto dieron lugar a interpretaciones tan contradictorias; ese principio es la clave que debe restituirles su verdadero sentido.



AMALIA DOMINGO SOLER

lunes, 1 de julio de 2019

El Alma es Inmortal - PERSIA



En el antiguo Irán, se encuentra una concepción completamente particular del alma. 
Zoroastro puede reivindicar la paternidad de la invención de lo que se llama hoy el yo superior, la conciencia subliminal, y, desde otro punto de vista, la teoría de los ángeles guardianes o custodios. Es conocida la doctrina del gran legislador: por debajo del Ser increado, eterno, existen dos emanaciones opuestas, que tienen cada una, una misión determinada. 

Ormuz está encargado de crear y de conservar el mundo; Ahriman debe combatir a Ormuz y destruir el mundo, si puede. Existen genios celestes, emanados del Eterno, para ayudar a Ormuz en el trabajo de la creación; pero hay también una serie de espíritus, de “genios’ de féroüers, por los cuales el hombre puede considerarse como dotado de algo divino. El féroüer, inevitable en cada ser, dotado de inteligencia, era al mismo tiempo un inspirador y un vigilante: inspirador sugiriendo el pensamiento de Ormuz en el cerebro del hombre; vigilante como guardián de la criatura amada del dios. Parece que los féroüers inmateriales existían, por la voluntad divina, antes de la creación del hombre, y que cada uno de ellos, anticipadamente, sabía el cuerpo humano que le estaba destinado1. 
La misión de este féroüer era combatir los malos genios producidos por Ahriman, y conservar la Humanidad. Después de la muerte, el féroüer permanece unido “al alma y a la inteligencia” para sufrir un juicio y recibir su recompensa o su castigo. 

Todo hombre, cada Ized (genio celeste) y Ormuz mismo tenía su féroüer, su fravarski, que velaba sobre sí, que se consagraba a su conservación2. Se ha podido deducir de ciertos pasajes del Avesta que después de la muerte del hombre, el féroüer volvía al cielo para gozar allí de un poder independiente más o menos extenso, si la criatura cuyo cargo le había sido confiado había sido más o menos pura y virtuosa. Perfectamente independiente del cuerpo físico y del alma humana, el féroüer es un genio inmaterial, responsable e inmortal. Todo ser ha tenido o tendrá su féroüer. Hay un féroüer cierto, es decir, algo divino, en todo lo que existe. 

El Avesta invoca los féroüers de los santos, del fuego, de la asamblea, de los sacerdotes, de Ormuz, de los amschaspands (ángeles celestes), de los izeds, de la “palabra excelente”, de los “seres puros”, del agua, de la tierra, de los árboles, de los rebaños, del torogermen, de Zoroastro,”en el que Ormuz ante todo ha pensado, que ha instruido por el oído y al que ha formado con grandeza en medio de las provincias del Irán”3. En Judea, la idea de un alma es perfectamente desconocida para los hebreos del tiempo de Moisés4. Es preciso que este pueblo vaya en cautividad a Babilonia, para que saque de sus vencedores la idea de la inmortalidad, al mismo tiempo que la de la verdadera composición del hombre. 
Los kabalistas, intérpretes del esoterismo judío, llaman Nephesh al cuerpo fluídico del Principio pensante. 

Gabriel Delanne
 ________________________________________________ 

 1 G. de Lafond, Le Alazdezsrne et I‘Avesta. 
2 Mario Fontanes Les Iraniens, 
3 Eugenio Burnouf, La Science des Religions. Véase también, para los informes, Anquetil-Duperron, Zend- Avesta, t. II. 
4 A. Maury, La Terre et I’Homme. “Los hebreos no creían ni en el alma personal ni en su inmortalidad.” Levítico, XVII; E. Reuss, L’Histoire, t. II.