En el antiguo Irán, se encuentra una concepción completamente
particular del alma.
Zoroastro puede reivindicar la paternidad de la
invención de lo que se llama hoy el yo superior, la conciencia subliminal,
y, desde otro punto de vista, la teoría de los ángeles guardianes o
custodios.
Es conocida la doctrina del gran legislador: por debajo del Ser
increado, eterno, existen dos emanaciones opuestas, que tienen cada una,
una misión determinada.
Ormuz está encargado de crear y de conservar
el mundo; Ahriman debe combatir a Ormuz y destruir el mundo, si
puede. Existen genios celestes, emanados del Eterno, para ayudar a
Ormuz en el trabajo de la creación; pero hay también una serie de
espíritus, de “genios’ de féroüers, por los cuales el hombre puede
considerarse como dotado de algo divino. El féroüer, inevitable en cada
ser, dotado de inteligencia, era al mismo tiempo un inspirador y un
vigilante: inspirador sugiriendo el pensamiento de Ormuz en el cerebro
del hombre; vigilante como guardián de la criatura amada del dios.
Parece que los féroüers inmateriales existían, por la voluntad divina,
antes de la creación del hombre, y que cada uno de ellos,
anticipadamente, sabía el cuerpo humano que le estaba destinado1.
La misión de este féroüer era combatir los malos genios producidos
por Ahriman, y conservar la Humanidad.
Después de la muerte, el féroüer permanece unido “al alma y a la
inteligencia” para sufrir un juicio y recibir su recompensa o su castigo.
Todo hombre, cada Ized (genio celeste) y Ormuz mismo tenía su féroüer,
su fravarski, que velaba sobre sí, que se consagraba a su conservación2.
Se ha podido deducir de ciertos pasajes del Avesta que después de
la muerte del hombre, el féroüer volvía al cielo para gozar allí de un
poder independiente más o menos extenso, si la criatura cuyo cargo le
había sido confiado había sido más o menos pura y virtuosa.
Perfectamente independiente del cuerpo físico y del alma humana, el
féroüer es un genio inmaterial, responsable e inmortal. Todo ser ha
tenido o tendrá su féroüer. Hay un féroüer cierto, es decir, algo divino, en
todo lo que existe.
El Avesta invoca los féroüers de los santos, del fuego,
de la asamblea, de los sacerdotes, de Ormuz, de los amschaspands
(ángeles celestes), de los izeds, de la “palabra excelente”, de los “seres
puros”, del agua, de la tierra, de los árboles, de los rebaños, del torogermen,
de Zoroastro,”en el que Ormuz ante todo ha pensado, que ha
instruido por el oído y al que ha formado con grandeza en medio de las
provincias del Irán”3.
En Judea, la idea de un alma es perfectamente desconocida para los
hebreos del tiempo de Moisés4. Es preciso que este pueblo vaya en
cautividad a Babilonia, para que saque de sus vencedores la idea de la
inmortalidad, al mismo tiempo que la de la verdadera composición del
hombre.
Los kabalistas, intérpretes del esoterismo judío, llaman Nephesh
al cuerpo fluídico del Principio pensante.
Gabriel Delanne
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1 G. de Lafond, Le Alazdezsrne et I‘Avesta.
2 Mario Fontanes Les Iraniens,
3 Eugenio Burnouf, La Science des Religions. Véase también, para los informes, Anquetil-Duperron, Zend- Avesta, t. II.
4 A. Maury, La Terre et I’Homme. “Los hebreos no creían ni en el alma personal ni en su inmortalidad.” Levítico, XVII; E. Reuss, L’Histoire, t. II.

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