sábado, 20 de julio de 2019

EL CIELO




Las armonías del mundo sideral. - Leyes de Kepler. - Atracción universal. - Orden de los orbes y de los movimientos. —La fuerza rige a la materia. - Carácter inteligente de las leyes astronómicas; condiciones de la estabilidad del universo. - Poder, orden, sabiduría. - Negación a tea; acusaciones curiosas al organizador; objeciones singulares al mecanismo. - ¿Es exacto que no hay ninguna señal de inteligencia en la construcción de la naturaleza? - Respuesta a los jueces de Dios

 La contemplación de la naturaleza terrestre ofrece, sin contradicción, encantos particulares al espíritu instruido, que descubre en la organización de los seres el movimiento interesante de los átomos de que están formados y el cambio permanente que se opera entre todas las cosas. Con justicia admiramos las manifestaciones de la vida en la superficie de la tierra. El calor solar que conserva en estado liquido el agua de los ríos y de los mares, eleva la savia hacia la copa de los árboles, y hace latir el corazón de las águilas y de las palomas. La luz que difunde el verdor sobre las praderas, alimenta las plantas con un soplo incorpóreo, y puebla la atmósfera con sus maravillosas bellezas aéreas. El sonido, que murmura entre el follaje, canta en los linderos de los bosques, retumba a la orilla de los mares; en una palabra, la correlación de las fuerzas físicas que reúne el sistema de la vida entero bajo la fraternidad de las mismas leyes. Pero, tan ferviente como es la admiración excitada por la radiación de la vida en la superficie de la tierra, tanto o más es aplicable a todos esos mundos que centellean por encima de nuestras cabezas durante la noche silenciosa. 

Esos mundos lejanos, que se mecen como el nuestro en el éter, a impulso de las mismas energías y de las mismas leyes, son como el nuestro el asiento de la actividad y de la vida. Podríamos presentar este grande y magnifico espectáculo de la vida universal como un elocuente testimonio de la inteligencia, de la sabiduría y del poder de la causa innominada que quiso, desde la aurora de la creación, ver reflejar su esplendor en el espejo de la naturaleza creada. Pero no es bajo este aspecto, como queremos desarrollar aquí el panorama de las grandezas celestes. Queremos únicamente emplazar a los negadores de la inteligencia creadora ante el teatro de las leyes que rigen el mundo. 

Si, consintiendo en abrir los ojos ante semejante espectáculo, persisten en negar esta inteligencia, confesamos que la mayor justicia que hay que hacerles en respuesta a esta negación incomprensible, es dudar a nuestra vez de sus facultades mentales; porque francamente hablando, la inteligencia del Creador nos parece infinitamente más cierta y más incontestable que la de los ateos franceses y extranjeros. Y como el método positivo consiste en no juzgar sino por la observación de los hechos, nuestro deber es examinar, en primer lugar, los hechos astronómicos de que hablamos y después, la interpretación con que se contentan nuestros adversarios. Si esta interpretación es satisfactoria, suscribimos de antemano sus doctrinas. Si, por el contrario, es insensata, debemos al honor y a la verdad desenmascararla y entregarla a la irrisión de los espectadores. 

Olvidemos, pues, un instante el átomo terrestre a que nos ha fijado el destino por algunos días. Láncese nuestro espíritu al espacio y vea pasar ante sí el mecanismo inmenso, mundos tras mundos, sistemas tras sistemas, en la sucesión sin fin de los universos estrellados. Escuchemos con Pitágoras las armonías de la naturaleza en las vastas y rápidas revoluciones de las esferas, y contemplemos en su realidad esos movimientos a la vez formidables y regulares que arrastran a las tierras celestes en sus órbitas ideales. Observamos que la ley suprema y universal de la gravitación dirige esos mundos. Alrededor de nuestro sol, centro, foco luminoso, eléctrico, calorífico, del sistema planetario a que pertenece la tierra, giran obedientes los planetas. Los trabajos más asombrosos del espíritu humano nos han dado la fórmula de esta ley. Divídese en tres puntos fundamentales, conocidos en astronomía con el nombre de leyes de Kepler, laborioso astrónomo que las descubrió, tanto por su paciencia como por su genio, y que examinó atentamente, durante diecisiete años de un trabajo ímprobo, las observaciones de su maestro Tycho-Brahe, antes de distinguir bajo el velo de la materia la fuerza que la rige. 

1º Cada planeta describe alrededor del sol una órbita de forma elíptica, de la cual el centro del sol ocupa siempre uno de los focos. 

2º Las áreas (o superficies) descritas por el radio vector (1) de un planeta alrededor del foco solar son proporcionales a los tiempos empleados en describirías. 

3º Los cuadrados de los tiempos de las revoluciones de los planetas alrededor del sol, son proporcionales a los cubos de los grandes ejes de las órbitas. La síntesis de estas leyes forma el gran principio que Newton formuló el primero en su obra inmortal sobre los “Principios”. 

Enseña en este libro, cómo lo nota juiciosamente Herschel, que todos los movimientos celestes son la consecuencia de esta ley, “que dos moléculas de materia se atraen en razón directa del producto de su masa, y en razón inversa del cuadrado de su distancia”. Partiendo de este principio, explica cómo la atracción que se ejerce entre las grandes masas esféricas que componen nuestro sistema, se halla regida por una ley cuya expresión es exactamente semejante; cómo los movimientos elípticos de los planetas alrededor del sol, y de los satélites alrededor de sus planetas, tales como los ha determinado Kepler, se deducen como consecuencias necesarias de la misma ley y cómo las órbitas de los cometas no son sino casos particulares de los movimientos planetarios. 

Pasando enseguida a difíciles aplicaciones, demuestra que las desigualdades tan complicadas del movimiento de la luna dependen de la acción perturbadora del sol, como las mareas proceden de la desigualdad de la atracción que estos dos astros ejercen sobre la Tierra y el Océano que la rodea. Hace ver, en fin, que la precesión de los equinoccios no es más que una consecuencia necesaria de la misma ley. A la ejecución de estas leyes se halla confiada la armonía del sistema planetario; a estas leyes deben los mundos sus años, sus estaciones y sus días; por ellas toman la luz y el calor distribuidos en diversos grados por el manantial resplandeciente; y de ellas desciende la radiación de la vida, forma y adorno de los cuerpos celestes. 

Bajo la acción irresistible de estas fuerzas colosales, son arrebatados estos mundos en el espacio con la rapidez del relámpago y corren centenares de miles de leguas por día, incesantemente, sin pararse, siguiendo escrupulosamente la ruta segura, trazada de antemano por estas mismas fuerzas. Si nos fuese posible librarnos, un instante, de las apariencias bajo cuyo imperio nos creemos en reposo en el centro del mundo, y nos fuera permitido abarcar de una ojeada, los movimientos de que están animadas todas las esferas, quedaríamos extrañamente sorprendidos de la majestad de estos movimientos. Ante nuestros ojos asombrados, vastos globos girarían rápidamente sobre sí mismos, lanzados a toda velocidad en los desiertos del vacío, como balas gigantescas que una fuerza de proyección inconcebible hubiera enviado al infinito. Nos asombramos de esos trenes rápidos que circulan por nuestras vías férreas devorando el espacio, y parecen arrebatados por los dragones flamígeros del aire; pero los globos celestes, más voluminosos que la Tierra, desaparecen con una rapidez que supera tanto a la de las locomotoras, cuanto la de éstas excede al paso de una tortuga. 

La Tierra en que estamos, por ejemplo, boga en el espacio con una celeridad de seiscientas cincuenta mil leguas por día. Alrededor de esos mundos y a distancias diversas, veríamos girar satélites, arrastrados y gobernados por las mismas leyes. Y todas estas repúblicas flotantes, inclinando alternativamente sus polos hacia el calor y la luz, gravitando sobre su eje y presentando cada mañana los diferentes puntos de su superficie al beso del astro rey; hallando en la combinación misma de sus movimientos la renovación incesante de su juventud y de su belleza; renovando su fecundidad por la sucesión de las primaveras, de los veranos, de los otoños y de los inviernos; coronando sus montañas de bosques en donde suspira el viento; adornando sus paisajes con el espejo de los lagos silenciosos; envolviéndose a veces en su atmósfera como en un manto protector o rodeándose en los días de cólera, de los rayos fulminantes y de las tempestades; desplegando en su superficie la inmensidad de las ondas oceánicas que se levantan también bajo la atracción de los mundos como un seno que respira; iluminando sus crepúsculos con los esplendores del adiós que el sol da a su última mirada, y estremeciéndose en sus polos bajo las palpitaciones eléctricas de donde se lanzan los efluvios de la aurora boreal, dando a luz, meciendo y alimentando la multitud de seres que constituyen y renuevan el reino de la vida, desde las plantas, vestigios del pasado hasta el hombre contemplador del porvenir... Todos esos mundos, todas esas moradas del espacio, todas esas repúblicas de la vida, se nos aparecerían como navíos guiados por la brújula, y llevando al través del océano celeste poblaciones que no tienen que temer ni los escollos, ni la ignorancia del capitán, ni la falta de combustible, ni el hambre, ni las tempestades. 

Estrellas, soles, mundos errantes, cometas flamígeros, sistemas extraños, astros misteriosos, todos proclamarían la armonía, todos serían los acusadores de esos espíritus que condenan la fuerza a no ser más que un atributo de la ciega materia. Y cuando, siguiendo, las relaciones numéricas que ligan todos estos mundos al sol como al corazón palpitante de un mismo ser, hayamos personificado el sistema planetario en el sol mismo, loco colosal que los absorbe a todos en su resplandeciente y poderosa personalidad; entonces contemplaremos este sol y este sistema en su carrera al través de los vacíos infinitos, y al momento, sabiendo que todas las estrellas son otros tantos soles, rodeados como el nuestro de una familia que respira a su alrededor su vida y su luz, observaremos que todas esas estrellas están guiadas unas y otras por diversos movimientos, y que en vez de estar fijas en la inmensidad, la recorren con celeridades aterradoras, más formidables aún que las mencionadas más arriba. Es entonces, cuando el universo entero se presentará a nuestros ojos bajo su verdadero aspecto y las fuerzas que lo rigen proclamarán con la elocuencia maravillosamente brutal del hecho, su valor, su misión, su autoridad y su poder. 

Ante esos movimientos indescriptibles, y aun podemos decir inconcebibles, que arrastran en los desiertos infinitos a esos millares de millones de soles; ante esa inmensa catarata, esa lluvia de estrellas en el infinito; ante esas rutas, esas órbitas inconmensurables, que siguen tan dócilmente como la aguja de un reloj, la manzana que cae, o la rueda de un molino siguen la gravedad; ante la obediencia de los cuerpos celestes a reglas que la mecánica y las formas del análisis pueden trazar de antemano, y ante esa condición suprema de la estabilidad y de la duración del mundo; ¿quién osará negar que la fuerza rige a la materia, que la gobierna soberanamente, que la dirige según la ley inherente o afecta a la fuerza misma? ¿Quién será el que pretenda sujetar la fuerza a la constitución ciega de la materia; afirmar, a la manera retrógrada de los peripatéticos, que no es sino una cualidad oculta de ésta, y reducirla al papel de esclava, cuando se impone por su propio derecho a título de soberana absoluta? ¡No quiera Dios que así sea! 

¿Qué sucedería si dejase de obrar un solo instante y si abdicase su cetro? 
La sola suposición de esta hipótesis disuelve la armonía del mundo y lo hace hundirse en un caos informe, digno resultado de una tentativa tan insensata. Estas leyes están demostradas como universales, proclaman la unidad de los mundos, y manifiestan que es un mismo pensamiento el que reguló las mareas de nuestro océano y las revoluciones siderales de las estrellas dobles, en el fondo de los cielos. Estos soles, dobles, triples, y cuádruples, giran unidos alrededor de su centro común de gravedad, y obedecen a las mismas leyes que rigen nuestro sistema planetario. Nada es más propio para dar una idea de la escala en que están construidos los cielos, como esos magníficos sistemas, dice John Herschel. Cuando se ven esos cuerpos inmensos reunidos por parejas, describir, en virtud de la ley de gravitación que rige todas las partes de nuestro sistema, esas inmensas órbitas que se necesitan siglos para recorrerlas, admitimos a la vez que tienen en la creación un objeto que no alcanzamos, y que hemos llegado al punto en que la inteligencia humana se ve forzada a confesar su debilidad, y a reconocer que la imaginación más rica no puede formarse del mundo un concepto que se acerque a la grandeza del objeto. 

Los astrónomos que se remontan humildemente al principio desconocido de las causas no pueden dejar de poner en manos de un ser inteligente esta atracción universal por la cual el mundo entero está inteligentemente regido. “El principio de la gravitación -decía el malogrado director del Observatorio de Tolosa (2)- encierra implícitamente las grandes leyes que rigen los movimientos celestes y, por una de esas coincidencias notables que son el indicio más seguro de la verdad, lejos de tener que temer las excepciones aparentes, las perturbaciones de los movimientos normales, no deja de sacar de las mismas excepciones las confirmaciones más patentes. Por eso, se ve, a los geómetras modernos, explicar con su auxilio la precesión de los equinoccios por la combinación de la fuerza centrífuga debida a la rotación del globo terrestre, con la acción del sol sobre nuestro menisco ecuatorial. 
Por eso se ve también explicar con él la nutación por una influencia análoga de la Luna sobre el relieve de la Tierra; y por eso se ve igualmente dar razón, por medio de las atracciones planetarias, del balanceo de la elíptica, del movimiento del apogeo solar, del retardo de Júpiter cuando Saturno se acelera, y por el contrario del retardo de Saturno cuando la aceleración se produce en Júpiter, etc.; se ve en fin, revelar porqué, bajo la influencia perturbadora del Sol, el movimiento medio de nuestro satélite se acelera hoy, de siglo en siglo, y debe más adelante retardarse; porqué la línea de los nudos de la Luna verifica su revolución, con un movimiento retrógrado, en dieciocho años; y por qué el perigeo lunar verifica el suyo con un movimiento directo en poco menos de nueve años(3); etc. 

En una palabra: no solamente este notable principio satisface a todos los fenómenos conocidos, sino que también permite a menudo descubrir efectos que la observación no había indicado; de manera que podría establecerse a priori la constitución del mundo por el análisis, y no tomar de la observación sino algunos puntos de mira de que los geómetras se sirven, bajo la denominación de constantes, en sus cálculos. Todo, en el universo marcha, pues, por medio de una organización admirable por su sencillez, puesto que los movimientos más complicados en la apariencia, resultan de la combinación de impulsos primitivos con una fuerza única obrando sobre cada una de las moléculas de la materia; única fuerza, por consiguiente, de que el Creador debe, por decirlo así, ocuparse constantemente. Pero también, ¡qué desarrollo de poder, el de esta producción incesante de fuerzas cuya existencia no es esencialmente inherente a la de la materia! ¡Oh! ¡Cuán vigilante debe ser la mano eterna que sabe, a cada instante, renovar semejantes fuerzas hasta en los átomos más impalpables de los astros sin número sujetos a poblar las regiones infinitas de la inmensidad! 

¿No estamos en el caso de decir, con el rey profeta, inclinándonos ante tanta grandeza: Coeli enarrant gloriam Dei?” Desde Newton y Kepler, sabemos que el universo es un inmenso dinamismo, cuyos elementos todos no dejan de obrar y resistir en la infinidad del tiempo y del espacio con una actividad indefectible. Esta es la gran verdad que la astronomía, la física y la química nos revelan en las asombrosas maravillas de la creación. Tal es el sublime espectáculo del mundo; tales son las leyes que constituyen su armonía. Pero, ¿por qué perfidia de lenguaje o de raciocinio los materialistas traducen estos hechos en favor suyo, y llegan a deducir de ellos la ausencia de todo pensamiento divino? He aquí los argumentos trazados en gruesos caracteres en un catecismo materialista cuyo color científico ha engañado a un gran número de personas, en el libro Fuerza y Materia. “Todos los cuerpos celestes, grandes o pequeños, se conforman, sin resistencia alguna, sin excepción y sin desviación, a esta ley inherente a toda materia y a toda partícula de materia, como lo experimentamos a cada momento. Todos estos movimientos se reconocen, determinan y predicen con una precisión y exactitud matemáticas.” Los espiritualistas ven en estos hechos el pensamiento de un Dios eterno que impuso a la creación las leyes inmutables que la perpetúan. Pero los materialistas, por el contrario, ven en ellos una prueba de que la idea de Dios no es más que una chanza. 

Si hubiese cuerpos celestes que fuesen caprichosos o rebeldes, si la gran ley que los rige no fuese soberana, sería diferente. “Es fácil -dice Büchner- referir el nacimiento, la constelación (?) y el movimiento de los globos a los procedimientos más sencillos, hechos posibles por la materia misma. La hipótesis de una fuerza creadora personal no es admisible”. ¿Por qué? Esto es lo que nunca se ha podido saber. “Los espiritualistas admiran la imponente regularidad de los movimientos celestes, el orden y la armonía que los presiden. ¡Crédulos! No hay orden ni armonía en el universo. Por el contrario, la irregularidad, los accidentes, el desorden, excluyen la hipótesis de una acción personal y regida por las leyes de la inteligencia, aun humana.” 

 De modo que, sólo después de treinta años de trabajo, Copérnico publicó su libro de las Revoluciones celestes; veinte años de investigaciones empleó Galileo para fecundar el principio del péndulo; después de diecisiete años de pertinaces tareas consiguió Kepler formular sus leyes; Newton, octogenario, decía que aún no había llegado a comprender el mecanismo de los cielos. ¡Y se nos viene a proponer que creamos que estas leyes sublimes, que genios tan poderosos apenas llegaron a encontrar y a formular, no revelan en la causa que las ha impuesto a la materia una inteligencia siquiera igual a la inteligencia humana! Y Renán escribe esta frase: “Por mi parte, creo que no hay en el universo inteligencia superior a la del hombre.” ¡Y se atreven a buscar un refugio en accidentes que no lo tienen, para declarar que no hay armonía inteligente en la construcción del mundo! ¿Qué se necesitaría, pues, para satisfacernos, señores críticos de Dios? Helo aquí: seria preciso, primero, que no hubiese espacio (¡!) o que este espacio fuese menos vasto, porque decididamente hay en el infinito demasiado sitio: “Si importase a una fuerza creadora individual -dice Büchner-, crear mundos y habitaciones para los hombres y para los animales, réstanos saber, para qué sirve este espacio inmenso, desierto, vacío, inútil, en que nadan los soles y los globos. ¿Por qué los demás planetas de nuestro sistema solar no se han hecho habitables para los hombres?” Verdaderamente preguntáis una cosa bien sencilla. De modo que conviene a la fantasía de estos señores declarar inútil el espacio y querer que todos los globos se comuniquen entre si. 

El caricaturista Granville había ya tenido la misma idea; efectivamente, uno de sus croquis encantadores representa a los habitantes Júpiter yendo, por un puente colgante, a pasearse por Saturno fumando un cigarro. El mismo anillo de Saturno no es allí más que un extenso balcón al cual van los saturnianos por la noche a tomar fresco. Si es éste el universo apetecido, cuyo primer resultado sería hacer inmóvil el sistema del mundo, harían mejor los inventores en dirigirse formalmente a la escuela de puentes y caminos, que a la filosofía. Esta nada puede hacer en el asunto. “Si hubiese un Dios -añaden-, ¿de qué servirían las irregularidades y las inmensas desproporciones de tamaño y de distancia entre los planetas y nuestro sistema solar? ¿Para qué esa ausencia completa de todo orden, de toda simetría, de toda belleza?” Se convendrá en que es preciso ser algo presuntuoso para admirar las decoraciones pintorreadas del escenario del teatro humano, y para rehusar la belleza y la simetría, a las obras de la naturaleza. 

Parécenos que es la primera vez que se acusa a la naturaleza por este lado. Por lo demás no nos dan más que negaciones: negación de Dios, negación del alma, negación de la razón y de sus potencias más altas; siempre negaciones. Esto es lo que en propiedad les pertenece; nada más. Su titulada conciencia científica no es más que un reclamo. Nuestros espirituales adversarios caen poco a poco en puerilidades. Uno de ellos objeta que la luz, que corre 77,000 leguas por segundo, no va bastante deprisa, y que es cosa miserable por parte de un Creador no espolearla un poco. Otro encuentra que la Luna, no gira sobre sí misma con bastante prontitud. “La Luna -dice el americano Hudson Tuttle- no gira sino una sola vez sobre sí misma mientras hace su revolución alrededor de la Tierra, de manera que siempre le presenta el mismo lado de su superficie. Tenemos perfecto derecho de preguntar la causa de ello, pues si hubiese una intención cualquiera, su ejecución estaría ciertamente señalada”; y el Creador es muy negligente por no haber enterado a estos señores de su manera de obrar. ¿Se ha visto jamás cosa semejante? ¡Dejarlos en una completa ignorancia acerca del objeto que se ha propuesto haciendo girar tan lentamente a nuestra querida pequeña Luna! En efecto, ¿acaso no hubiera debido Dios conducirse mejor para nuestra instrucción personal? 

¿Debería tratarnos de esa manera? ¡A nosotros! “¿Por qué?, volvemos a preguntar (4), ¿por qué la fuerza creadora no escribió en caracteres de fuego (en alemán, sin duda) su nombre en el cielo? ¿Por qué no dio a los sistemas de los cuerpos celestes un orden que nos hiciese conocer su intención y sus designios de una manera evidente?” ¡Qué divinidad tan estúpida! Verdaderamente, señores, sois admirables, y vuestro modo de raciocinar iguala a vuestra ciencia, lo que no es poco decir. ¡Qué lástima que vosotros mismos no hubieseis construido el universo: y qué bien hubierais evitado todos estos inconvenientes! Pero, ¿conocéis bien la materia y sus propiedades para afirmar que reemplaza a Dios tan ventajosamente? ¿Os explica ella completamente el estado del universo? ¿Qué respondéis? “Sin duda, aún no nos es dado saber exactamente por qué la materia ha tomado tal movimiento en tal momento, pero la ciencia no ha pronunciado su última palabra, y no es imposible, pues, que ella nos haga conocer un día la época del nacimiento de los globos”. Tal es la respuesta definitiva de esos señores. Al menos confiesan un poco de ignorancia. 

¿Qué será cuando crean absolutamente conocerlo todo? ¡Oh, ciencia! ¿Son éstos los frutos de tu árbol? Este es precisamente el caso de confesar, con el alemán Büchner, que “lo que se llama ordinariamente la profundidad del espíritu alemán, es más bien la perturbación de las ideas, que la verdadera profundidad del espíritu”. “Lo que los alemanes llaman filosofía, añade el mismo escritor, no es más que una manía pueril de jugar con las ideas y las palabras, creyéndose por ello con derecho a mirar a las demás naciones por encima del hombro.” ¡No hay ni sabiduría, ni inteligencia, ni orden, ni armonía en el universo! Semejante acusación ¿puede hacerse formalmente? Permitido es dudarlo. En el mes de octubre de 1604 apareció de pronto una magnífica estrella en la constelación del Serpentario. Los astrónomos se sorprendieron sobremanera, porque esta aparición parecía extraña a la armonía de los cielos. No se conocían todavía las estrellas variables. ¿Acababa de nacer fortuitamente? ¿La había producido el acaso? 

Tales eran las preguntas que se hacia Kepler, cuando ocurrió un pequeño incidente. “Ayer, dice, en medio de mis meditaciones, me llamaron a comer. Mi joven esposa puso en la mesa una ensalada. -¿Crees tú -le dije-, que si desde la creación, platos de estaño, hojas de lechuga, granos de sal, gotas de aceite y vinagre y pedazos de huevos duros, flotasen en el espacio en todas direcciones y sin orden, podría el azar reunirlos hoy para hacer una ensalada? -No tan buena, a buen seguro, ni tan bien hecha como ésta -respondió mi bella esposa.” Nadie se atrevió a mirar la nueva estrella como una producción del acaso, y hoy sabemos que el acaso no tiene participación alguna en los movimientos celestes. Kepler vivió en una verdadera adoración de la armonía del mundo. 

La duda sobre este punto la hubiera tomado por extravagancia. Los fundadores de la astronomía están acordes en esta admiración: Copérnico, Galileo, Tycho-Brahe y Newton, dicen lo mismo que Kepler (5) - Los que acusan al cielo de falta de orden no son astrónomos. ¡Oh, mundos espléndidos! Estrellas, soles del espacio, y vosotras, tierras habitadas que gravitáis alrededor de esos centros brillantes, cesad en vuestros movimientos armoniosos, suspended vuestro curso. La vida irradia sobre vuestra frente, la inteligencia habita bajo vuestras tiendas, y vuestras campiñas, como las de la Tierra, reciben de los soles variados que las iluminan, el manantial fecundo de la existencia. 

Sois arrastrados en el infinito por la misma mano que sostiene nuestro globo, por esa ley suprema bajo la cual el genio prosternado adora la gran causa. Desde aquí, seguimos vuestros movimientos, a pesar de las distancias innumerables que os diseminan en la extensión, y observamos que están dirigidos, como los nuestros, por aquellas tres reglas geométricas que el genio paciente de Kepler llegó a formular. Desde el fondo de los celestes abismos, nos enseñáis que un orden soberano y universal rige el mundo. Vosotros cantáis la gloria de Dios en términos que dejan muy atrás los de los cantos del rey profeta; escribís en el cielo el nombre misterioso de ese ser desconocido, que ninguna criatura puede ni aun presentir. ¡Astros de movimientos formidables, focos gigantescos de la vida universal, esplendores del cielo! Vosotros os inclináis como niños bajo la voluntad divina, y vuestras cunas aéreas se mecen con confianza bajo la mirada del Altísimo. Seguís humildemente el camino trazado a cada uno de vosotros, oh, viajeros celestes, y desde los siglos más remotos, desde las edades inaccesibles en que salisteis en otro tiempo del caos antiguo, manifestáis la previsora sabiduría de la ley que os guía... ¡Insensatos! ¡Masas inertes! ¡Globos ciegos! ¡Brutos de la noche! ¿Qué hacéis? ¡Cesad! cesad en vuestro eterno testimonio. Detened el torbellino colosal de vuestras múltiples carreras. Protestad contra la fuerza que os arrastra. ¿Qué significa esa obediencia servil? Hijos de la materia, ¿es que la materia no es la soberana del espacio? 

¿Es que hay leyes inteligentes? ¿Es que hay fuerzas directrices? ¡No, jamás! ¡Estrellas del infinito, sois juguete del error más insigne! Sois víctimas de la ilusión más ridícula. Escuchad: en el fondo de los vastos desiertos del espacio, duerme oscuramente un pequeño globo desconocido. ¿Habéis notado alguna vez, entre los millones de estrellas que blanquean la Vía Láctea, una estrella pequeña de la última magnitud? Pues bien: esa pequeña estrella es un sol como vosotros, y a su alrededor giran algunas miniaturas de mundos, mundos tan pequeños, que rodarían como bolas de billar en la superficie de cualquiera de vosotros. Pues, sobre uno de los más microscópicos de estos microscópicos mundículos, hay una raza de seres habladores, y en el seno de esta raza un campo de filósofos que acaban de declarar sin rodeos, ¡oh, magnificencia! que vuestro Dios no existe. Estos soberbios pigmeos se han levantado, se han empinado sobre las puntas de los pies, creyendo veros un poco más cerca. Os han hecho seña de deteneros, y después han dicho al mundo que los habéis oído, y que la naturaleza toda era de su parecer. Proclámanse con altivez los únicos intérpretes de esta naturaleza inmensa. A creer su esperanza, en adelante les pertenece el cetro de la razón, y el porvenir del pensamiento humano está entre sus manos. Están firmemente convencidos, no sólo de la verdad, sino sobre todo de la utilidad de su descubrimiento y de su influencia favorable sobre el sano progreso de esta pequeña humanidad. 

Además, han hecho saber a los miembros de esta humanidad, que todos los que no participan de su opinión están en contradicción con la ciencia de la naturaleza, y que la mejor calificación con que se pudiera honrar a estos retrógrados, es la de ignorantísimos y testarudos. ¡No os expongáis, pues, a ser juzgadas tan desfavorablemente por estos señores, oh estrellas resplandecientes! Procurad distinguir nuestro sol imperceptible, nuestro átomo terrestre, nuestra mita parlante, y, uniéndoos a esta importante declaración, detened el mecanismo del universo, suspended a la vez la medida y la armonía, sustituid el reposo al movimiento, la obscuridad a la luz, la muerte a la vida; y después, cuando toda potencia intelectual sea aniquilada, todo pensamiento desterrado de la naturaleza, suprimida toda ley, y atrofiada toda fuerza, el universo se reducirá a polvo, lloveréis en polvo en la noche infinita; y si todavía existe el átomo terrestre, los señores filósofos, únicos que sobrevivan, estarán satisfechos. ¡Ya no habrá espíritu en 1a naturaleza! 

Camilo Flammarion

  NOTAS 

(1) Llámese radio vector de un planeta, la línea ideal que une este planeta a1 sol. 
(2) F. Petit Traité d´astronomie, XXIV y última lección. 
(3) Es curioso que Clairaut, encontrando por el calculo un periodo de dieciocho años en vez de nueve, declarase insuficiente, para el caso actual, la gravitación inversa del cuadro de la distancia y que sea precisamente un naturalista, Buffon, quien, persuadido de que la naturaleza no podía tener dos leyes diferentes haya insistido en convencer al geómetra de que revisase sus cálculos. Después de un nuevo examen, Clairaut reconoció, en efecto, que su primera aserción se basaba en un error. Había olvidado, en las series, términos que no debían olvidarse. 
(4) Kraft und Storf; VIII. 
(5) Cuanto más adelanta el hombre en la penetración de los secretos de la naturaleza, mejor se le descubre la universalidad del plan eterno. Sí stellæ fixææ, dice Newton (Phil. nat. Principia math., Schol, gen.), sint centra similium systematum, hæc omnia simili consilio constructa suberant unius dominio” - Cf. también Kepler, Harmonices Mundi.

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