miércoles, 31 de julio de 2019

El Alma es Inmortal - GRECIA


Los griegos, desde la más remota antigüedad, han estado en posesión de la verdad sobre el mundo espiritual. 
A menudo, en Homero, los moribundos profetizan y el alma de Patroclo viene a visitar a Aquiles en su tienda. “Según la doctrina de la mayoría de los filósofos griegos, todo hombre tiene por guía un demonio particular (se llamaba daimon a los espíritus) en el cual estaba personificada su individualidad moral”1. 

La generalidad de los humanos estaba guiada por espíritus vulgares, los sabios merecían ser visitados por espíritus superiores (Id.). Thales, que vivió seis siglos y medio antes de nuestra era, enseñaba, como en China, que el Universo estaba poblado de demonios y de genios, testigos secretos de nuestras acciones, de nuestros propios pensamientos y de nuestros guías espirituales2. Incluso hacía de este artículo uno de los principales puntos de su moral, confesando que nada más apropiado para inspirar a cada hombre que esta especie de vigilancia sobre si mismo, que Pitágoras ha llamado más tarde la sal de la vida3. Epiménides, contemporáneo de Solón, estaba guiado por los espíritus y recibía con frecuencia las inspiraciones divinas. Era muy adicto al dogma de la metempsicosis y, para convencer al pueblo, refería que él resucitaba con frecuencia y que especialmente había sido Eacus4. “Sócrates5, y sobre todo Platón, encontrando la distancia demasiado grande entre Dios y el hombre, llenaban el intervalo con espíritus que consideraban como los genios tutelares de los pueblos y de los individuos, y los inspiradores de los oráculos.

 El alma preexistía al cuerpo, y llegaba al mundo dotada del conocimiento de las ideas eternas. Semejante al niño, que olvida al día siguiente las cosas de la víspera, este conocimiento se debilita en ella por su unión con el cuerpo, para despertarse poco a poco con el tiempo, el trabajo, el uso de la razón y de los sentidos. Aprender era recordar, morir era regresar al punto de partida y volver a su primer estado: de felicidad para los buenos, de sufrimiento para los malos. Cada alma posee un demonio, un espíritu familiar que la inspira; que se comunica con ella; cuya voz habla a la conciencia de cada uno de nosotros y le advierte lo que tiene que hacer o evitar. 

Firmemente convencido de que, por mediación de esos espíritus, podía establecerse una comunicación entre este mundo de los vivos y el que nosotros llamamos de los muertos, Sócrates tenía un demonio, un espíritu familiar que le hablaba sin cesar, y cuya voz le guiaba en todas sus gestiones1. “Sí —dice Lamartine—, está inspirado; él nos lo dice, nos lo repite, ¿y por qué rehusaríamos creer, bajo su palabra, al hombre que dio su vida por amor de la verdad? 
¿Hay muchos testigos que valgan la palabra de Sócrates moribundo? Sí, estaba inspirado... La verdad y la sabiduría no son nuestras, descienden del cielo a los corazones escogidos, que son suscitados por Dios según las necesidades del tiempo.”2 El claro genio de los griegos ha comprendido la necesidad de un intermediario entre el alma y el cuerpo. 

Para explicar la unión del alma inmaterial con el cuerpo terrestre, los filósofos del Hellade habían reconocido la existencia de una sustancia mixta, designada bajo el nombre de Ochema, que le servía de envoltura y que los oráculos llamaban el vehículo ligero, el cuerpo luminoso, el carro sutil. Hipócrates, hablando de lo que mueve la materia, dice que el movimiento es debido a una fuerza inmortal, ignis, a la cual da el nombre de enormon o cuerpo fluídico.

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1 A. Maury, La Magie et I’Astrologie.
2 Diog. Laertius libro I, núm. 27.
3 Dictionnarie universal, historique, critique et biographique, t. XIII. Véase “Thalés”.
4 Fenelón, Vie des philosophes de l’antiquité. 5 Phédon, Timée, Phédre.

miércoles, 24 de julio de 2019

LA TIERRA



Ley de las combinaciones químicas. - Proporciones definidas. - De lo infinitamente pequeño y de los átomos. - Circulación de las moléculas bajo la dirección de las fuerzas físico-químicas. - La geometría y el álgebra en el reino inorgánico. - Estética de las ciencias. - Que el número todo lo rige. - Armonía de los sonidos. - Armonía de los colores. - Importancia de la ley; menor importancia de la materia, su inercia. - El primer desarrollo de la fuerza orgánica en el mundo vegetal. 

 Las demostraciones en favor de la dignidad de la fuerza, que sacamos del espectáculo del universo sideral y de la inteligencia de la mecánica celeste, pueden deducirse del mismo modo del examen de los cuerpos terrestres. Aquel era el himno de lo infinitamente pequeño. La fuerza rige lo mismo los movimientos de los átomos, que los de las órbitas inmensas de las esferas etéreas. Cambia de objeto, cambia de nombre en las clasificaciones humanas, pero es la misma fuerza: es la atracción universal. Se la llama cohesión cuando agrupa los átomos constitutivos de las moléculas, y gravitación, cuando hace girar los astros alrededor de su centro común de gravedad. Pero el nombre humano no diferencia el hecho físico. Las moléculas constitutivas de las sustancias están formadas por una reunión geométrica de átomos, tomados entre los cuerpos que la química llama simples. Cada molécula es un modelo de simetría y representa un tipo geométrico. 

Así, por ejemplo, la molécula de ácido sulfúrico monohidratado es un sólido geométrico regular, un octaedro de base cuadrada, compuesto de siete átomos SH2 O. Los cuerpos simples, para formar los cuerpos compuestos, no pueden combinarse sino en números proporcionales, determinados e invariables. Sabido es que se designan bajo el nombre de equivalentes los números que expresan las relaciones de las cantidades ponderables de los diversos cuerpos susceptibles de entrar, ellas o sus múltiples, en las combinaciones químicas, y de reemplazarse en ellas mutuamente para formar compuestos químicamente análogos. Cien partes de oxígeno, en peso, se combinan, por ejemplo, con 12,50 de hidrógeno, para formar el agua: porque el agua estará siempre compuesta en esta relación, y sería absolutamente imposible añadir a la combinación que constituye una molécula de agua, una parte más de hidrógeno o de oxígeno. El agua formada por la combustión de una llama, es idénticamente la misma que la de las fuentes y de los ríos. De la misma manera 100 partes de oxigeno se combinarán con 350 de hierro para formar protóxido de hierro. 

Estas son, pues, reglas absolutas, a que la materia está obligada a obedecer. La naturaleza tiene horror al acaso, como se decía antiguamente que tenía horror al vacío. Y no solamente estos equivalentes representan numéricamente todas las combinaciones de los cuerpos con el oxígeno, sino también todos los de los cuerpos entre si, de tal manera, en nuestro ejemplo, que si el hierro se combina con el hidrógeno, siempre en relación de 350 (equivalente del hierro), a 12,50 (equivalente del hidrógeno). Además, todas estas combinaciones se efectúan según reglas geométricas, y la cristalización de los cuerpos puede siempre referirse a uno de los seis tipos fundamentales: el cubo, los dos prismas rectos, el romboedro y los dos prismas oblicuos. 

Para explicar no solamente las combinaciones, sino también todos los movimientos múltiples que se operan en las incesantes transformaciones de la materia, en los fenómenos de contracción y de dilatación, en la manifestación de las diversas propiedades de los cuerpos, admítese que los átomos no se tocan, aun en los cuerpos más densos y más sólidos; que están aislados unos de otros, y que en razón de su pequeñez, los intervalos que los separan son los mismos relativamente a ellos que los intervalos que separan los cuerpos celestes; y en fin, lo mismo que los cuerpos celestes se mueven los unos alrededor de los otros sin dejar de estar unidos por un lazo solidario, así también los átomos oscilan alrededor de su posición respectiva sin apartarse de los limites señalados por la cohesión o por la afinidad molecular. No hay diferencia esencial entre el mundo de las estrellas y el mundo de los átomos. 

Aumentad ese cristal, esa molécula, suponedla creciendo, desarrollándose hasta alcanzar el volumen del sistema planetario, de una nebulosa; tendréis un verdadero sistema con sus fuerzas y sus movimientos. Por lo contrario: suponed que el sistema planetario se contrae, por decirlo así; que se estrechan todas las distancias, que todos los cuerpos que lo componen se empequeñecen y que llega finalmente a la dimensión de un agregado químico: hemos vuelto al microcosmos. Además, de esto, las medidas, las expresiones de infinitamente grande e infinitamente pequeño están en nosotros, y no en la naturaleza, por que todo lo referimos a nosotros como a un punto de comparación. Las ideas de grande y de pequeño son puramente relativas. 

La naturaleza no conoce estos modos de ver. Los fenómenos del calor, de la luz, del sonido y del magnetismo, se explican por esta concepción de los movimientos atómicos. Bajo la influencia de estas fuerzas exteriores, las moléculas se estrechan o se apartan y modifican sus movimientos, como se ve en el espacio a los mundos precipitar su curso en su perihelio y retardarlo en las regiones lejanas a su afelio. Cuando por medio de un choque ocasionamos vibraciones en los cuerpos sonoros, sus moléculas se agitan en cadencia, según el modo de su armonía. Pero estos átomos son de una indecible pequeñez. Se ha calculado que el número de átomos contenidos en un pequeño cubo de materia orgánica del tamaño de una cabeza de alfiler, debía elevarse al número inconcebible de ocho mil trillones (8 seguido de 21 ceros). Suponiendo -dice Gaudin-, que se quisiera contar estos átomos tomando de ellos mil millones por segundo, se emplearían doscientos cincuenta mil años en hacer la cuenta. No haremos la prueba. De todos modos la sustancia de los cuerpos es un pequeño mundo, un mundo analítico, en cuyo seno lo infinitamente pequeño está regulado por leyes tan rigurosas como lo infinitamente grande del mundo sideral. 

Cuando se sabe que una pulgada cúbica de trípoli contiene cuarenta mil millones de galionellas fósiles; cuando se piensa que en la clase de los infusorios el microscopio nos permite distinguir vibriones cuyo diámetro no excede de una milésima de milímetro, y que estos pequeños seres que se mueven en el agua con agilidad, están provistos de aparatos de locomoción servidos por músculos y nervios, que se nutren y poseen vasos nutritivos, que son activos, buscan, persiguen su presa, la combaten y se lanzan a veces en los abismos de la gota de agua con una celeridad y una fuerza relativamente superiores al galope de un caballo, cuando se añade a esta observación que estos animáculos están, en fin, dotados de órganos de sensibilidad, no cuesta trabajo creer que las moléculas de albúmina y de gelatina que los constituyen son verdaderamente de una tenuidad inimaginable, y que los átomos de que están compuestas estas mismas moléculas pertenecen sin metáfora a nuestra idea de lo infinitamente pequeño. 

Pero estos átomos no cambian: son invariables e inmutables; las moléculas de los cuerpos compuestos, en cuya formación están geométricamente asociados, no cambian ya, aunque pasan incesantemente de un ser a otro. Por el cambio perpetuo que se opera entre todos los seres de la naturaleza y que los encadena a todos bajo el imperio de una comunidad de sustancia, por la comunicación permanente de las cosas entre si, de la atmósfera con las plantas y con todos los seres que respiran, de las plantas con los animales y los hombres, del agua con todas las sustancias organizadas, por la nutrición y asimilación que perpetúan la cadena de las existencias, las moléculas entran y salen sin cesar de los cuerpos, cambian a cada instante de propietario, pero conservan esencialmente su naturaleza intrínseca. Lo reconocemos con nuestros adversarios: la molécula de hierro no varía, ya recorra, incorporada al meteorito, el universo, ya resuene sobre la vía férrea en la rueda del vagón, ya ascienda en glóbulo sanguíneo a las sienes del poeta. Cualquiera que sea, pues, el lugar habitado transitoriamente por las moléculas, éstas conservan su naturaleza esencial y sus propiedades. Los átomos son infinitamente pequeños; siempre separados unos de otros y sin embargo, encadenados por esta misma fuerza invisible que retiene las esferas en sus órbitas. 

La materia toda, orgánica o inorgánica (puesto que es la misma), obedece, desde luego, a esta fuerza. Las partes más pequeñas son como astros en el espacio: una a otra se atraen y se rechazan en virtud de sus movimientos respectivos. Bajo el velo de esta materia que nos parece pesada y densa, debemos, pues, buscar la fuerza a que obedece, la que rige al mineral, pesa los elementos, ordena las combinaciones, traza reglas absolutas, y dirigiendo a la materia como soberana, la somete como una esclava flexible y pasiva a las leyes primordiales que consagran la estabilidad del mundo. Los estados de la materia están regidos por leyes. ¿No habéis nunca admirado las formas características de la cristalización? No habéis nunca examinado con el microscopio la formación de las estrellas de nieve y de las moléculas cristalinas del hielo? 



En ese mundo invisible como en el universo visible, cada movimiento, cada asociación, se efectúa bajo la dirección de la ley. Siempre el mismo ángulo, siempre las mismas líneas, siempre las mismas sucesiones. Jamás las leyes humanas obtuvieron una obediencia tan pasiva, tan absoluta. Jamás geómetra alguno construyó figura tan perfecta como la naturalmente revestida por la molécula más humilde, como tampoco ningún rosetón de las basílicas más elegantes iguala al corte de una rodaja del tallo de un vegetal. No hablamos solamente de sus estados físicos. Sabido es, en efecto, que, por ejemplo, la fluidez de los cuerpos no es debida sino al calor, y que el vapor de agua que forma las nubes lo mismo que las ondas del profundo mar, estaría en estado sólido, es decir, en estado de hielo, si se desterrase de la tierra todo calor. Pero hablamos especialmente de sus estados químicos. Aquí la ley reina por completo. Está vedado al poder humano crear nada por leyes arbitrarias o caprichosas, y cambiar cosa alguna en la composición de los cuerpos. Nada nace, nada muere. La forma sola es perecedera, la sustancia es inmortal. 

Estamos constituidos del polvo de nuestros antepasados. Son los mismos átomos y las mismas moléculas. Nada se crea, nada se pierde. Una bujía que ha ardido por completo, no es ya visible a los ojos vulgares; no obstante, existe todavía integralmente, y recogiendo las sustancias consumidas las restituiríamos en su peso anterior. Los átomos viajan de un ser a otro, guiados por las fuerzas naturales. El acaso está excluido de sus combinaciones y maridajes. Y si, en este cambio perpetuo de los elementos constitutivos de todos los cuerpos, la naturaleza, bella y radiante subsiste a su grandeza, este poder racional de la tierra es debido únicamente a la previsión y al rigor de las leyes que organizan, sin descanso, los viajes y etapas de los átomos de guarnición en guarnición. 

Si la organización militar de Francia es debida a un consejo inteligente, nos parece que la organización química de los seres, mucho más importante que aquella, es la mejor prueba en favor de un plan y de un pensamiento director. Sin embargo, el papel que la ley ejecuta en el universo está relegado al rango de las fábulas por el autor de la Contestación a las cartas de Liebig. 
Según él, es sin razón, que el gran químico declara que “la ley es la que todo lo constituye” (1). 
¡La ley no sería más que una idea general inducida de caracteres sensibles; y de que no se encuentre ley sino después de experiencias, resultaría que no existe en realidad! “En tanto que se crea que la ley construye el mundo, se atreven a escribir, en vez de ser su resultado y de recibir su luz, el espíritu humano dormirá en las tinieblas y se opondrá la idea a la experiencia.” 

Para desterrar de la naturaleza el espíritu, y en particular el espíritu geométrico, es preciso negarse a la evidencia del papel ejecutado por el Número y obstinarse en no oír la armonía universal esparcida con profusión en las obras creadas. La armonía no es solamente la fraseología musical escrita en los pentagramas y ejecutada por los instrumentos humanos; no consiste en esas obras maestras, justamente respetadas, que surgieron en los días de inspiración en el cerebro de los Mozart y de los Beethoven; la armonía llena el universo con sus acordes. Y desde luego, la música propiamente dicha, está formada toda ella por el número; cada sonido es una serie de vibraciones en cantidad definida, y las relaciones armónicas de los sonidos no son otra cosa que relaciones numéricas. 

La escala es una sucesión de números; los modos, tanto el menor como el mayor, están creados por las cifras, y los acordes mismos no son más que una combinación algebraica. Además, como si el número debiese esencialmente reinar solo, todo compositor musical debe también sujetarse a reglas para el compás. Estas advertencias fundamentales, sugeridas por el estudio del sonido, encuentran su aplicación no menos importante en el estudio de la luz. Así como los tonos derivan del número de las vibraciones sonoras, de la misma manera los colores derivan del número de vibraciones luminosas. La coloración de un paisaje es una especie de música. El verde de los prados está formado por el número, como el fondo de una melodía: la rosa que se abre es el centro de una esfera de vibraciones luminosas que constituyen el matiz aparente; y el ruiseñor que entona sus notas cariñosas, envía a la atmósfera las vibraciones sonoras características de su tono. 

Todo movimiento es número y todo número es armonía. Hay sin duda, en este estado de cosas, una parte reservada a las leyes fisiológicas de nuestra organización. Los sonidos oíbles comienzan en las vibraciones lentas y concluyen en las vibraciones agudas que nuestro oído puede percibir: de 16 a 36.85 por segundo (2). 

Los colores visibles principian en las vibraciones lentas y se detienen en las vibraciones rápidas que puede recoger nuestra vista: de 458 billones a 727 billones (3) por segundo. Pero no se debe deducir de aquí que no haya más que una relación fortuita entre nuestra organización y los movimientos exteriores. Los sonidos y los colores se perciben por debajo y por encima de los límites de nuestra organización, igualmente sometidos a las reglas numéricas; hay sonidos que el oído humano no puede oír, y colores que no puede ver nuestra vista. Y en el límite mismo de nuestras percepciones, la relación que existe entre ellas y nuestros sentidos procede, a nuestro parecer al menos, de que el número, este lazo universal, no ha sido extraño a la construcción de muestro organismo. 
La forma también, en sus apariencias más onduladas, pertenece al número, porque toda figura está determinada por el guarismo. El sentido innato de la estética que nos inspira, busca las formas más puras. El círculo nos agrada por su curva graciosa. 

La geometría en nuestras construcciones no se extravía por sendas arbitrarias. La arquitectura se apoya, según sus aplicaciones, en la forma estética de nuestro espíritu, aunque le suceda a veces (como en nuestra época, por ejemplo), no tener estilo ninguno. Deseamos la simetría hasta en las figuras simbólicas de las tradiciones religiosas; a veces la fingimos en un desorden aparente. 
Nuestra vista, que se cansa pronto de mirar las muchedumbres que se entrecruzan al acaso, se recrea agradablemente con las danzas o movimientos melodiosos. Carácter particular del reino mineral, la simetría llega a ser menos severa elevándose en las regiones orgánicas. 
Los vegetales se modelan sobre su tipo ideal, pero dejan una latitud a las fuerzas que los modifican; crecen en dos direcciones opuestas; sus hojas se suceden en su ciclo alrededor del tallo en un número característico; sus flores no escapan del orden numérico; los números, como las formas, son las bases de las clasificaciones vegetales. Los animales, manifestando el tipo de cada especie, conceden también un último papel a la simetría y el hombre mismo es una unidad formada por dos mitades simétricas soldadas juntas. 
Y sobre todas estas formas particulares, la unidad del plan se manifiesta soberanamente. 
En las especies más diferentes, encontramos analogías significativas. Nada se parece menos a una mano que el casco de un caballo. Sin embargo, disecad este casco, y encontraréis en un estado rudimentario una mano con los dedos soldados. Así, el orden, el orden numérico mismo, reina en la tierra como en los cielos. No pensemos que las armonías naturales, no anotadas por la mano del hombre, sean ruidos informes y hagan excepción. El viento suspira entre los cedros y los abetos, el murmullo de las olas en la orilla, la sorda melodía de los insectos en las hierbas, los sonidos indefinidos que llenan la naturaleza, son vibraciones sonoras que pertenecen como las precedentes al reino del número. 

El hecho más insignificante en apariencia es el resultado de ciertas leyes, lo mismo que el acontecimiento más importante. ¿Con qué derecho se atreven los negadores del espíritu a declarar la materialidad absoluta del universo? ¿De qué es capaz la materia sola? ¿Qué vendrá a ser un átomo de oxígeno o de carbono si lo suponéis independiente de toda ley? ¿En qué caos informe caerá la naturaleza si aniquiláis la fuerza que la sostiene?. Imaginémonos por un instante que no existe el número: esta sola suposición destruye inmediatamente todas las armonías en que acabamos de ocuparnos. Pero, preguntamos, la facultad matemática, ¿puede pertenecer a la materia? 
Si lo pretendéis, os resta ahora decirnos a qué materia: ¿al oxígeno?, ¿al ázoe?, ¿al hierro?, ¿al aluminio? Pero no; puesto que la ley es superior a todos estos cuerpos y es ella precisamente la que los combina, los une, los desasocia, los separa, puesto que es ella la que los gobierna. ¿Qué os queda? ¿Es a la materia a quien pertenecen el sonido, la luz, el magnetismo? Vosotros experimentáis lo contrario. Estos son otros tantos modos de movimiento. Pero, ¿quién ordena tal modo de movimiento para el sonido y tal otro para la luz? ¿Quién rige estas fuerzas? 

Aparentemente son estas fuerzas mismas o una fuerza superior que las abraza a todas. 
La materia no es en todos sus movimientos sino el sujeto pasivo. Es, pues, imaginable, que en la naturaleza inorgánica la materia es esclava; la fuerza, soberana. Esto es precisamente lo que ponen en duda los campeones de la materia. Ya hemos podido apreciar el valor de sus raciocinios sobre la naturaleza inorgánica, muy pronto conoceremos su manera de explicar la naturaleza orgánica. Cuando se quema una planta con precaución, no es raro que se obtenga por residuo un esqueleto silíceo, correspondiente a la forma primitiva del tallo. Es la sustancia inorgánica que le constituye y que proviene de la sustancia del suelo. La planta integral contiene además ciertos cuerpos determinados por la naturaleza; por ejemplo: el trigo contiene gluten azoado y fosfatos; la vid, cal; la patata, potasa; el té, manganeso; el tabaco, salitre; etcétera. 

A cada planta le convienen principios minerales y la planta sabe escogerlos por si misma; el agricultor instruido subordina los frutos a la naturaleza del suelo, o elige sus abonos, según las cosechas que quiere recoger. En el conocimiento de las necesidades de cada especie está el secreto de las amelgas y de los barbechos. Ante este hecho, los teóricos de que se trata, hacen 1a mitad del camino por la verdadera explicación. La raíz de la planta, dicen, absorbe según las leyes fijas de afinidad los elementos inorgánicos que la rodean en la tierra. Y como si temieran que no se comprendiese del todo el papel que juiciosamente fijan a esta afinidad electiva añaden (véase a Moleschott) que la planta fabrica por sí misma la masa principal de su cuerpo. ¿Se creerá sin duda que con esta declaración se reconoce a la fuerza la dirección que le pertenece? 

Nada de eso; todo se refiere a la materia. La evaporación que permite a las raíces de las plantas absorber los principios de la tierra vegetal, dicen, y la afinidad de los líquidos obrando a través de las paredes de las celdillas que los separan, tales como son las facultades soberanas de la materia que efectúa el crecimiento. Véase una pobre raíz que vegeta en la cima de una roca; tiene necesidad de obscuridad, de silencio, de cierto alimento separado de ella por grandes piedras; examinad la expresión lenta de sus vagos, pero enérgicos deseos: ella busca, circula, adelanta, vuelve atrás, rodea las rocas, trepa, desciende, lánzase ávidamente hacia el punto que una especie de instinto le hace adivinar, vuelve a caer a veces desalentada, pero muy pronto animada de una fuerza nueva, derriba todos los obstáculos y llega por fin a la tierra prometida. 

Desde entonces, se fija en ella, se implanta allí, proclama sus derechos de conquista, y el árbol empobrecido que temblaba antes con el frío de una enfermedad de consunción, recobra bien pronto su vigor extendiendo al sol sus abundantes ramas. ¿Se osaría en este caso dejar de admitir más formalmente aún que en el de la cristalización mineral, la existencia de un “espíritu de las plantas”, de una fuerza orgánica particular? Por nuestra parte, lo confesamos sin reserva: en la manifestación de estas tendencias instintivas, saludamos al ser virtual, a la fuerza íntima que constituye al vegetal, y admitimos que la materia está obligada a obedecerla. Os encontramos inconsecuentes en referir a la materia esta afinidad electiva (¡como si la materia fuese capaz de escoger!) y nosotros la referimos al ser vegetal que extraviado en las condiciones más semejantes, sabe adivinar por todas partes los elementos necesarios a la existencia de su especie. Oh, pretendidos sabios que creéis servir a la ciencia arrastrando vuestro espíritu por el fondo de vuestras retortas, permitidme acusaros y compadeceros por no haber sabido ver, por no haber sabido sentir las escenas de la naturaleza. 

El aspecto de ciertos sitios admirables, en donde la gracia y la belleza se presentan bajo todas las formas; el movimiento de la vida en el verdor renaciente de los prados y de los bosques; la radiación de la luz en el azul pálido salpicado de copos de oro, en los árboles de silencioso aspecto, en el límpido espejo del lago que refleja el cielo; el dulce calor primaveral que alienta la atmósfera entibiada; los olores silvestres y los perfumes de las flores: todas las bellezas, todas las ternuras, todas las caricias de la naturaleza han quedado desconocidas a vuestro inerte ser. Las contemplaciones de esta naturaleza terrestre ofrecen, no obstante grandes encantos, y hacen a veces revelaciones inesperadas. Me acuerdo y os confieso, aunque podáis reíros de mi sensibilidad; recuerdo, digo, haber pasado horas deliciosas en la admiración solitaria de ciertos paisajes. 

No nombraré el de que os hablo aquí, porque la vista que sabe ver puede encontrarlo en muchas y diferentes comarcas. El sol, no puesto todavía pero oculto por las nubes, iluminaba las alturas del espacio, colorando con las tintas más tiernas y más exquisitas las elevadas nubes, cúmulos dorados que bogaban lentamente por debajo de copos argentados. Un viento superior insensible en la superficie del suelo, mecía estos grupos multicolores, en donde los matices de una paleta mágica, desde el oro hasta el rosa, se armonizaban en sus contrastes como los diversos acordes de un coro celestial. A mis pies murmuraba la onda transparente de un extenso lago que parecía llegar hasta el horizonte. Un gran silencio dominaba esta escena. 

A la orilla del agua, a cierta distancia, veíanse algunos grupos de árboles y de arbustos, reflejados en el móvil espejo con proporciones gigantescas. La onda reflejaba igualmente la tierra y el cielo, oponiendo a las luces de arriba las sombras de abajo. Era un cuadro digno de los grandes paisajistas, cuyas obras admiramos en los lienzos de Claudio Lorrain y de Poussin, pero cuya inimitable sencillez era muy superior a toda imaginación. El silencio general era a veces interrumpido por el lejano cencerro de los rebaños que el pastor reunía, o por las aves de las cercanías recortando algunos cantares. Había en este conjunto, una belleza tal, a pesar de la semioscuridad; una elocuencia tal, a pesar del silencio; una vida tal, a pesar de la inanimación aparente; y un esplendor tan interesante y tan imperioso, que sentí esa vida universal entrar en mi ser como el aire que respiraba y penetrarme por todos los poros. 

Ella me decía que los árboles viven, que las plantas respiran y sueñan. Me decía que en el aire y la luz, esta naturaleza que creemos inanimada crece y se eleva hacia la fase indecisa de las primeras manifestaciones del ser. Veía muy bien, con los ojos del químico, la sucesión rápida e incesante do los átomos constitutivos de estos cuerpos, desde la brizna de hierba hasta la nube; sabía que un movimiento inmenso e incontrastable hace arremolinarse en su circulación las moléculas simples combinadas unas después de otras en la sucesión de los cuerpos. Pero dentro de este movimiento, sentía la fuerza que lo arrastra; en el fondo de estas apariencias, admiraba la ley directriz de las cosas creadas. Dominado por el poder mismo de estas leyes, que derraman la belleza en el espacio con la misma facilidad que la mano del sembrador arroja el grano en el fértil campo; profundamente impresionado por esta comunicación pasajera de mi ser con la vida inconsciente de la naturaleza; sentí que mi admiración se había convertido en una especie de éxtasis, y que las imágenes aéreas de este hermoso cielo se reflejaban en mi alma como en el espejo del impasible lago. 

En estos instantes fugitivos e inexplicables de contemplación, es cuando la idea estética de Dios se me aparece más claramente y me domina con mayor fuerza. Estas revelaciones no puedo expresarlas, ni aun definírmelas a mi mismo, cuando han pasado. Me siento subyugado por la necesidad de reconocer una causa a esta belleza, una causa que no puedo nombrar pero que se me presenta con los caracteres de la hermosura misma, de la bondad, de la ternura, del amor, y por lo tanto también con los del poder, de la grandeza y de la dominación. Y no es ya por el espíritu, por donde Dios entra en mi alma, sino por el corazón. ¿Confesaré que a veces me he sorprendido embargado por una profunda emoción? No, porque en la opinión de mis secos contradictores toda señal de emoción no tiene otra causa que la contracción variable del corazón anatómico, o la secreción de la glándula lacrimal, más o menos sensible, según los temperamentos; de la misma manera que toda esta belleza de los paisajes, algunos de cuyos aspectos acabo de recordar no es más que el resultado ciego y falto de sentido de las combinaciones materiales engendradas por la química y la física de los cuerpos. 
“El Dios eterno, inmenso, que todo lo sabe, que todo lo puede, ha pasado delante de mí -exclamaba Linneo, después de sus admirables trabajos de la organización de las plantas-. No lo he visto de frente, pero su reflejo, apoderándose de mi alma, la ha embargado con el estupor de la admiración. 

Yo he seguido acá y allá su huella entre las cosas de la creación; y, en todas sus obras, aun en las más pequeñas, las más imperceptibles, ¡qué fuerza!, ¡qué sabiduría!, ¡qué indefinible perfección! He observado como los seres animados se superponen y encadenan al reino vegetal, los vegetales mismos a los minerales que están en las entrañas del globo, mientras que este globo gravita con un orden invariable en derredor del sol al que debe su vida. En fin; he visto el sol y todos los demás astros, todo el sistema sideral, inmenso, incalculable en su afinidad, moverse en el espacio, suspendido en el vacío por un primer motor incomprensible, el Ser de los seres, la Causa de las causas, el Guía y el Conservador del universo, el Señor y el Obrero de toda la obra del mundo. 

“Todas las cosas creadas llevan el testimonio de la sabiduría y del poder divinos, al mismo tiempo que son el tesoro y el alimento de nuestra felicidad. ¡La utilidad que tienen atestigua la bondad del que las ha hecho; su belleza demuestra su sabiduría, mientras que su armonía, su conservación, sus justas proporciones y su inagotable fecundidad proclaman el poder de este gran Dios! “¿Es esto lo que queréis llamar la Providencia? Este es, en efecto, su nombre, y no hay más que su consejo que explique el mundo. Justo es, pues, creer que hay un Dios inmenso, eterno, que ningún ser ha engendrado, que nadie ha creado; sin el cual no existe nada; que ha hecho y ordenado esta obra universal Escápase a nuestros ojos que inunda, sin embargo, con su luz; sólo el pensamiento le comprende; en este profundo santuario es donde se oculta esta majestad.” 

Nuestros adversarios no comprenden seguramente estas elevaciones del alma. 
Además, para sentir la poesía de las cosas es preciso antes que todo poseerla en sí; es preciso que el alma entre en vibración. El espíritu que se rebaja al papel de producto químico no es capaz de sentir estos goces. A propósito de esto, y puesto que hablamos aquí de la estética de la naturaleza inanimada, citemos de paso un ejemplo de la tendencia de nuestros químicos a extender sobre todas las cosas el rigor de sus concepciones. Descendamos del ideal verdadero, a un realismo que no es real. 

Moleschott es ciertamente el apóstol de la realidad físico-química: es también de un realismo sensiblemente exagerado. Juzgad por vosotros mismos de su manera de poetizar la naturaleza. Gustáis sin duda del puro brillo de las flores, de sus matices tan tiernos, de sus perfumes tan suaves. ¡Ay! no os figuráis, quizá, la posición en que os halláis cuando acercáis a una rosa vuestra nariz dilatada. Escuchad la revelación del químico: “Cuando respiramos el perfume embalsamado de nuestros jardines, aspiramos verdaderas sustancias excrementicias vegetales. Ciertamente no tenemos derecho para admirarnos de que los coleópteros femícolas y otros animales de un orden superior coman carroñas (sic) y excrementos, y que todo el mundo vegetal viva de excreciones de los animales, puesto que nosotros saboreamos con delicia sustancias que se han descompuesto por efecto de la vida de las plantas, y que tienen un origen análogo al de la orina y de las materias fecales.” ¿Vosotros no lo sospechabais? Pónese con esto a las flores y a aquellos o aquellas que las aman en una posición bien triste, porque en fin... (4). 

Volviendo a nuestro asunto y para terminar por la consideración general de la acción de la ley en la superficie de la Tierra, recordemos que esta acción permanente es la condición misma de la duración del mundo, lo mismo que de su hermosura. Ya lo hemos visto, todo es armonía. 

Cuando los cuerpos resuenan, se estremece la cuerda debajo del arco, y vibra la campana por el choque del badajo, las moléculas se agitan en cadencia, como las esferas en el espacio. 
La armonía de las esferas no es una palabra vana. Su causa es una fuerza, y es la misma fuerza en ambos casos, llámese cohesión cuando agrupa las moléculas, o gravitación cuando aproxima los cuerpos celestes, fuerza primordial, elemental, que anima toda sustancia, ya determinando una simple aproximación de las moléculas, ya sujetándolas a determinadas direcciones, según las condiciones en que se hallan colocadas. Esta fuerza puede llamarse físico-química. Pronto confirmaremos la existencia de una fuerza distinta que rige el torbellino de la materia en los seres vivientes. 

El animal se distingue de la planta y del mineral, por el sistema nervioso. 
Desde el estado rudimentario en que se encuentra en los zoófitos, hasta su completo desarrollo en la especie humana, el sistema nervioso es el sello de la animalidad; preside a los fenómenos inmateriales; por él percibimos toda sensación; él es el que hace posibles los movimientos voluntarios; en fin, él es el instrumento por el cual se manifiesta el pensamiento. 
Cortad los nervios y con el mismo golpe destruís la sensación; cortad los alambres telegráficos y el telegrama no se trasmite. Si se paraliza el nervio óptico, aunque el ojo quede intacto, el animal se queda ciego. Las imágenes continúan formándose en el fondo del ojo, pero la sensación no existe. 
La oreja puede estar perfectamente sana; está físicamente constituida para recoger las vibraciones sonoras. Sin embargo, no hay sonidos producidos si no está allí el nervio acústico para recogerlos y transmitirlos al cerebro, y si el cerebro viviente no está allí para percibirlos. La fuerza que percibe y juzga se sirve del cerebro y de los nervios. 

Reconocemos en el reino vegetal, y particularmente en ciertas especies, tales como la sensitiva, la dionea y la desmidia, una energía latente correspondiendo a nuestro sistema nervioso. Es indiscutible, no obstante, que la fuerza físico-química, la fuerza vegetal, la fuerza animal, la inteligencia, no son una sola fuerza-materia. Que se explique entonces, como una molécula está animada sucesivamente por fuerzas tan distintas. ¿Cómo es que el átomo de hierro que al presente forma parte de un hombre, de un animal o de un vegetal, constituía, un instante antes, por ejemplo, el modo de una antigua estatua? Si es todo a la vez materia y fuerza, y si la fuerza es única, ¿cómo es posible que produzca fenómenos tan distintos? Superiormente a la materia existe un principio inmaterial que es absolutamente distinto de ella. Un espíritu anima la materia, según la expresión de Virgilio. 

Ante la organización regular de los seres terrestres, no podemos menos de repetir lo que se contestaba ya hace cien años al Sistema de la Naturaleza. La materia es pasiva e incapaz de ordenarse ella misma en un todo regular. Está dotada de ciertas propiedades que la hacen susceptible de obedecer a leyes. Pero, ¿cómo una materia ciega puede tener designios y tender a un fin? ¿Cómo, sin inteligencia, habrá producido seres? ¿Cómo se gobernará por leyes llenas de sabiduría, si no conoce la sabiduría? ¿Cómo reinará un orden majestuoso entre sus partes, si no conoce el orden? ¿Cómo en fin, hará percibir una utilidad sensible en todas sus operaciones si no tiene fin alguno? Estos son otros tantos problemas, a los cuales los materialistas de hoy van a intentar responder detalladamente en sus discusiones (5). 

Para resumir, pues, el estado de la cuestión y los principios de nuestra refutación, desde el punto de vista del mundo inorgánico, hemos establecido que en el cielo, como en la Tierra, la fuerza rige la materia, que la armonía está constituida por el Número, y que el Número lleva por todas partes consigo su carácter intelectual. Pero en ninguna parte la inteligencia creadora aparece con una evidencia tan manifiesta como en la organización de la vida y en la existencia del hombre. Esto es lo que vamos a probar en los libros siguientes. 

CAMILO FLAMMARION 


 NOTAS  

(1) Chemische Briefe, p. 32. 
(2) Según Despretz. Las experiencias de Savart colocan el límite de los sonidos graves a ocho vibraciones por segundo, y el límite de los sonidos agudos a 24.000. 
(3) Tomamos aquí como limites el número de ondulaciones del extremo rojo y del extremo violado. Más allá del violado nuestra vista no puede percibir la luz, que, sin embargo, existe todavía. 
(4) Esta físico-química. ¿No va un poco lejos asimilando tan completamente las funciones vegetales a las funciones animales? Los cándidos lirios y las violetas, ¿no se parecen, enteramente, a los animales cerdosos de nuestros establos y el perfume de los alelíes? ¿No se desprende precisamente del mismo objeto que el olor inequívoco de las pesadas cubas que ruedan a medía noche por el empedrado de París? La química, ciertamente, no tiene que respetar “el buen parecer”, y queremos admitir que en un capítulo sobre la digestión, discuta Muleschott la idea que tiene Liebig de “reconocer el valor digestivo de un alimento por el tamaño particular de los residuos de las comidas consumidas, y que dejan los transeúntes a lo largo de los sotos y vallados”. Pero en un capitulo sobre las flores, no creemos necesario exagerar las similitudes entre el reino animal y el reino vegetal para llegar a ese extremo. En fin, esto no pasa de ser una digresión fuera del texto, que presenta a nuestros adversarios bajo un aspecto particular, y nos apresuramos a terminarla. 
(5) Al proclamar que la fuerza gobierna la sustancia, no vamos hasta a pretender, con ciertos metafísicos, que la sustancia no existe y que sólo existe la fuerza. Creemos esta exageración tan falsa como la de los materialistas. Escuchemos un momento una demostración metafísica de la inexistencia de los cuerpos y de la extensión. (Magy, De la science et de la nature). Si se supone que la extensión, lo mismo que la fuerza, conviene a los objetos de la experiencia y es un elemento inseparable de ella; en ese caso, como las propiedades de la primera son precisamente inversas de las propiedades de la segunda, encontramos haber admitido implícitamente que las contradictorias pueden coexistir en un mismo sujeto: error que es el tipo mismo de lo falso y de lo absurdo. 

Pero si por el contrario, se reconoce que sólo la fuerza es real, de una realidad absoluta y sustancial, mientras que la extensión no es nada más que un acto psicológico, que solamente, para aparecer bajo la mirada de la conciencia, requiere ciertas condiciones fisiológicas y físicas, al momento desaparece la contradicción. De modo que nuestra respuesta a la pregunta de saber cuál es la realidad objetiva de la noción de extensión, que a primera vista parece tan extraña, es en el fondo la única verdaderamente racional, puesto que no se la podría desechar, sin poner, por decirlo así, la razón en oposición consigo misma. Pero, se objetara, ¿esta respuesta está en expresa contradicción con la experiencia, porque reduce la extensión a una simple apariencia psicológica, mientras que la vista y el tacto, relativamente a todos los cuerpos a que puedan alcanzar, nos aseguran una extensión propia a cada uno y manifiestamente exterior al alma? ¿No son extensos, estos objetos con los cuales me encuentro en relación; este cuerpo al cual está unida mí alma; esta mesa ante de la cual estoy sentado; esta casa, esta tierra, este sol que me ilumina, en fin, todo el universo? Una ilusión tan constante y tan general, ¿es posible y aun concebible? 

Esta objeción supone justamente lo que está en cuestión, responde el filósofo. En efecto: ¿qué nos enseñan la vista y el tacto sobre el grado de realidad de la extensión corporal? ¿Qué la extensión es una cualidad del cuerpo en experiencia? Nada de eso, porque una vez operada la percepción, es siempre permitido preguntarse sí la imagen de la extensión que acompaña a esta percepción no será una simple apariencia. Sucede aquí con esta apariencia, lo que con ciertos fenómenos astronómicos, tal como el movimiento del sol, de que es tan fácil darse cuenta por la rotación del globo como por la del sol; en cuanto a la experiencia misma, que es literalmente neutra en la cuestión, su pretendido desacuerdo con nuestra tesis procede, no de los hechos mismos que se invocan sino del emitido arbitrario que se les atribuye implícitamente. Los elementos constitutivos de la materia son necesariamente inextensos y puramente dinámicos. 

Los mismos principios que nos han conducido a la verdadera teoría de la extensión corporal, nos sugieren igualmente la explicación de la extensión incorporal, es decir, del espacio. La extensión corporal es un simple fenómeno que acompaña a la reacción natural de esta fuerza híperorgánica que se llama alma, contra la acción de las fuerzas que constituyen los cuerpos brutos, de cuya acción está el alma advertida por las fuerzas orgánicas de nuestro cuerpo. Pero si las fuerzas orgánicas cuyo sistema es el cuerpo humano suscitan en nosotros la apariencia de la extensión, cuando obran como intermediarias entre el alma y la naturaleza exterior, estas mismas fuerzas, por su acción incesante sobre el alma misma, a la cual cada una está tan íntimamente unida, ¿podrían dejar de provocar un fenómeno análogo, del cual sería difícil a priori señalar los caracteres específicos, pero que debe infaliblemente hallarse entre los fenómenos psicológicos? Pues bien; esto es precisamente lo que sucede, y de lo que incesantemente somos informados por la conciencia. La reacción permanente del alma contra las fuerzas orgánicas engendra a cada instante un fenómeno homogéneo al de la extensión corporal. 

Es el fenómeno de la extensión incorporal o del espacio puro, en el cual localizamos naturalmente todos los cuerpos. El movimiento en el espacio como cualquier otro fenómeno sensible, no es, pues, mas que el signo visible de acciones invisibles y de cambios no menos inaccesibles a nuestros órganos, en el modo de coexistencia de las fuerzas. Pero, de todas las soluciones del problema, la más notable, sin contradicción, es la de Kant. Este gran pensador, que tanto había reflexionado sobre las condiciones primordiales del pensamiento, entre las cuales la noción del espacio le pareció con razón una de las principales, fue el primero que sospechó que el espacio no podría ser ni un objeto exterior a nosotros, como lo suponen los físicos, ni el orden de coexistencia de las cosas, como lo había pretendido Leibnitz, sino más bien un simple modo del sujeto pensante. “La geometría, dice, es una ciencia que determina las propiedades del espacio sintéticamente, y sin embargo, a priori. Pues, ¿qué debe ser la representación del espacio, para que respecto a el sea posible un conocimiento de esta especie? Una institución primitiva.” 

El espacio, para Kant como para nosotros, concluye el escritor, es, pues, esencialmente una afectación psicológica. Por una parte, según la ley objetiva del conocimiento, todas las ideas científicas se refieren a las nociones de fuerza y de extensión, las únicas verdaderamente primordiales o irreductibles; y por otra, según el examen profundo que acabamos de hacer sufrir a estas dos nociones, la noción de la fuerza representa el elemento sustancial de los seres, y la de extensión un modo puramente subjetivo de nuestro naturaleza. 
Así hablan aun los partidarios de la interpretación puramente subjetiva. Con respecto a esto puede hacerse una observación muy curiosa, y que bastaría para responder a esta teoría ligeramente exagerada: es, que si la extensión no existe, los cuerpos no podrían ocupar una parte de ella, como se enseña en física. ¡Lo que resulta de todo esto es, sencillamente, que no ocupamos lugar y que jamás estamos en parte alguna! 

En cuanto al primer punto, ténganlo presente los constructores de teatros. Respecto al segundo, los malhechores podrán, si les parece, aplicarlo a su justificación metafísica. Estos argumentos se parecen mucho a los que emplean los fraseólogos modernos que renuevan disputas de palabras creyendo disentir hechos. Por ejemplo, los que repiten con Broussais, que Dios y el alma no existen, porque el lenguaje humano los designa a veces bajo términos negativos. ¡Tanto valdría decir que la materia no existe, porque se la califica de impenetrable, y que esta palabra es negativa! Verdaderamente, esto no es más que logomaquia.

Mente, Alma y Espíritu


La personalidad humana
es una representación parcial tan sólo de la personalidad trascendente. 
El cuerpo psíquico, actúa como unión entre el espíritu y el cuerpo biológico ya que el ego superior o espíritu, no puede manifestarse directamente en el plano físico, para lo que necesita el alma humana. 
El alma tiene la misma forma y configuración que el cuerpo físico y comprende dos aspectos: la mente psíquica condicionada a recibir el pensamiento y demás facultades del espíritu y el cuerpo sensorial o emocional. La primera permite recibir al espíritu las manifestaciones del plano físico así como, recíprocamente, transmitir las sensaciones espirituales a la personalidad; mientras que el cuerpo sensorial transmite a la personalidad la energía estimulante que recibe del espíritu; es decir, la facultad sin la que nuestra personalidad no tendría entusiasmo para actuar. Cuando una persona fallece, el cuerpo físico deja de recibir la energía del espíritu y la fuerza cohesiva del cuerpo psíquico o alma; entonces comienza la disgregación de los átomos y la putrefacción. 

A continuación la mente y el alma humana que conforman el cuerpo psíquico pasan a manifestarse en el mundo astral. El cuerpo físico se compone de materia orgánica; el cuerpo psíquico de materia astral, energía emanada de la Divinidad Creadora que modela la forma de ese cuerpo psíquico. 
El cuerpo psíquico se ve afectado grandemente por vibraciones emanadas de otras mentes, encarnadas o desencarnadas, así como por los pensamientos y sentimientos de la persona misma. 
El espíritu o ego superior, es vibración intensa y energía sutilísima; carece de forma y se compone de dos aspectos; la mente espiritual superior y el alma espiritual superior. En la primera residen las facultades intelectivas, raciocinativas, volitivas y rectora o directriz, la memoria de todo lo aprendido a través de las diversas existencias. 

El alma espiritual superior es la envoltura donde reside la facultad sensorial que percibe y manifiesta las bellezas y sentimientos elevados, y vibra siempre en sentimientos y deseos de bien. 
En el aspecto psíquico, ya descrito anteriormente, reside la mente humana, conocida como mente consciente, receptora de las vibraciones de la mente superior. Esta mente humana se manifiesta a través del cerebro y sirve de archivo o memoria del conocimiento adquirido en la vida presente. 
Como ya explicamos arriba en el aspecto psíquico reside igualmente el alma humana con sus facultades sensoriales y emocionales; siendo que el alma espiritual superior puede percibir a través del alma humana las bellezas y sensaciones del plano físico. 

El alma superior experimenta, en las personas evolucionadas, un deseo de melancolía, un ansia que se traduce en el deseo de darse a los demás. Si analizamos detenidamente nuestros sentimientos, podremos distinguir fácilmente aquellos que proceden del alma espiritual superior y los del alma humana. El deseo de riquezas y poder, la atracción al sexo y a las conveniencias humanas, la búsqueda de los placeres inmediatos están relacionados con el alma inferior humana. 
La atracción y encanto hacia las bellezas de la naturaleza, las expresiones artísticas y musicales, el ansia en cooperar en toda acción de bien, son sensaciones procedentes del alma espiritual superior. 

Toda inspiración viene del ego superior. 

El ego humano sólo conoce lo que su mente ha aprendido en la vida actual a través de los sentidos, grabado en su cerebro psíquico e inter-penetrado en el cerebro físico. Las experiencias y aprendizaje intenso pasan a la mente superior y servirá al espíritu para las siguientes vidas humanas. Así pues, los valores intelectuales, son el cúmulo de múltiples experiencias y aprendizajes en diversas vidas y en el plano espiritual, entre una existencia física y otra. Las genialidades, inspiraciones, etc. son manifestaciones del ego superior. La armonía vibratoria de la mente y el alma humana son de grandísima importancia para una mejor manifestación del espíritu o ego superior. 

Necesitamos purificar y sutilizar los deseos y sentimientos para que el cuerpo psíquico pueda ser más receptivo a las vibraciones del espíritu y este se manifieste de forma más eficiente. Es preciso también realizarse interna y externamente, sin dejarse vencer por la comodidad o la desidia, donde el espíritu no progresa, siendo motivo de sufrimiento y derivando en estados psíquicos depresivos, desasosiego e incomodidad, que generan infelicidad. Cuando dormimos, el espíritu se desprende con su cuerpo psíquico y recupera energía.

Sebastián De Arauco

sábado, 20 de julio de 2019

EL CIELO




Las armonías del mundo sideral. - Leyes de Kepler. - Atracción universal. - Orden de los orbes y de los movimientos. —La fuerza rige a la materia. - Carácter inteligente de las leyes astronómicas; condiciones de la estabilidad del universo. - Poder, orden, sabiduría. - Negación a tea; acusaciones curiosas al organizador; objeciones singulares al mecanismo. - ¿Es exacto que no hay ninguna señal de inteligencia en la construcción de la naturaleza? - Respuesta a los jueces de Dios

 La contemplación de la naturaleza terrestre ofrece, sin contradicción, encantos particulares al espíritu instruido, que descubre en la organización de los seres el movimiento interesante de los átomos de que están formados y el cambio permanente que se opera entre todas las cosas. Con justicia admiramos las manifestaciones de la vida en la superficie de la tierra. El calor solar que conserva en estado liquido el agua de los ríos y de los mares, eleva la savia hacia la copa de los árboles, y hace latir el corazón de las águilas y de las palomas. La luz que difunde el verdor sobre las praderas, alimenta las plantas con un soplo incorpóreo, y puebla la atmósfera con sus maravillosas bellezas aéreas. El sonido, que murmura entre el follaje, canta en los linderos de los bosques, retumba a la orilla de los mares; en una palabra, la correlación de las fuerzas físicas que reúne el sistema de la vida entero bajo la fraternidad de las mismas leyes. Pero, tan ferviente como es la admiración excitada por la radiación de la vida en la superficie de la tierra, tanto o más es aplicable a todos esos mundos que centellean por encima de nuestras cabezas durante la noche silenciosa. 

Esos mundos lejanos, que se mecen como el nuestro en el éter, a impulso de las mismas energías y de las mismas leyes, son como el nuestro el asiento de la actividad y de la vida. Podríamos presentar este grande y magnifico espectáculo de la vida universal como un elocuente testimonio de la inteligencia, de la sabiduría y del poder de la causa innominada que quiso, desde la aurora de la creación, ver reflejar su esplendor en el espejo de la naturaleza creada. Pero no es bajo este aspecto, como queremos desarrollar aquí el panorama de las grandezas celestes. Queremos únicamente emplazar a los negadores de la inteligencia creadora ante el teatro de las leyes que rigen el mundo. 

Si, consintiendo en abrir los ojos ante semejante espectáculo, persisten en negar esta inteligencia, confesamos que la mayor justicia que hay que hacerles en respuesta a esta negación incomprensible, es dudar a nuestra vez de sus facultades mentales; porque francamente hablando, la inteligencia del Creador nos parece infinitamente más cierta y más incontestable que la de los ateos franceses y extranjeros. Y como el método positivo consiste en no juzgar sino por la observación de los hechos, nuestro deber es examinar, en primer lugar, los hechos astronómicos de que hablamos y después, la interpretación con que se contentan nuestros adversarios. Si esta interpretación es satisfactoria, suscribimos de antemano sus doctrinas. Si, por el contrario, es insensata, debemos al honor y a la verdad desenmascararla y entregarla a la irrisión de los espectadores. 

Olvidemos, pues, un instante el átomo terrestre a que nos ha fijado el destino por algunos días. Láncese nuestro espíritu al espacio y vea pasar ante sí el mecanismo inmenso, mundos tras mundos, sistemas tras sistemas, en la sucesión sin fin de los universos estrellados. Escuchemos con Pitágoras las armonías de la naturaleza en las vastas y rápidas revoluciones de las esferas, y contemplemos en su realidad esos movimientos a la vez formidables y regulares que arrastran a las tierras celestes en sus órbitas ideales. Observamos que la ley suprema y universal de la gravitación dirige esos mundos. Alrededor de nuestro sol, centro, foco luminoso, eléctrico, calorífico, del sistema planetario a que pertenece la tierra, giran obedientes los planetas. Los trabajos más asombrosos del espíritu humano nos han dado la fórmula de esta ley. Divídese en tres puntos fundamentales, conocidos en astronomía con el nombre de leyes de Kepler, laborioso astrónomo que las descubrió, tanto por su paciencia como por su genio, y que examinó atentamente, durante diecisiete años de un trabajo ímprobo, las observaciones de su maestro Tycho-Brahe, antes de distinguir bajo el velo de la materia la fuerza que la rige. 

1º Cada planeta describe alrededor del sol una órbita de forma elíptica, de la cual el centro del sol ocupa siempre uno de los focos. 

2º Las áreas (o superficies) descritas por el radio vector (1) de un planeta alrededor del foco solar son proporcionales a los tiempos empleados en describirías. 

3º Los cuadrados de los tiempos de las revoluciones de los planetas alrededor del sol, son proporcionales a los cubos de los grandes ejes de las órbitas. La síntesis de estas leyes forma el gran principio que Newton formuló el primero en su obra inmortal sobre los “Principios”. 

Enseña en este libro, cómo lo nota juiciosamente Herschel, que todos los movimientos celestes son la consecuencia de esta ley, “que dos moléculas de materia se atraen en razón directa del producto de su masa, y en razón inversa del cuadrado de su distancia”. Partiendo de este principio, explica cómo la atracción que se ejerce entre las grandes masas esféricas que componen nuestro sistema, se halla regida por una ley cuya expresión es exactamente semejante; cómo los movimientos elípticos de los planetas alrededor del sol, y de los satélites alrededor de sus planetas, tales como los ha determinado Kepler, se deducen como consecuencias necesarias de la misma ley y cómo las órbitas de los cometas no son sino casos particulares de los movimientos planetarios. 

Pasando enseguida a difíciles aplicaciones, demuestra que las desigualdades tan complicadas del movimiento de la luna dependen de la acción perturbadora del sol, como las mareas proceden de la desigualdad de la atracción que estos dos astros ejercen sobre la Tierra y el Océano que la rodea. Hace ver, en fin, que la precesión de los equinoccios no es más que una consecuencia necesaria de la misma ley. A la ejecución de estas leyes se halla confiada la armonía del sistema planetario; a estas leyes deben los mundos sus años, sus estaciones y sus días; por ellas toman la luz y el calor distribuidos en diversos grados por el manantial resplandeciente; y de ellas desciende la radiación de la vida, forma y adorno de los cuerpos celestes. 

Bajo la acción irresistible de estas fuerzas colosales, son arrebatados estos mundos en el espacio con la rapidez del relámpago y corren centenares de miles de leguas por día, incesantemente, sin pararse, siguiendo escrupulosamente la ruta segura, trazada de antemano por estas mismas fuerzas. Si nos fuese posible librarnos, un instante, de las apariencias bajo cuyo imperio nos creemos en reposo en el centro del mundo, y nos fuera permitido abarcar de una ojeada, los movimientos de que están animadas todas las esferas, quedaríamos extrañamente sorprendidos de la majestad de estos movimientos. Ante nuestros ojos asombrados, vastos globos girarían rápidamente sobre sí mismos, lanzados a toda velocidad en los desiertos del vacío, como balas gigantescas que una fuerza de proyección inconcebible hubiera enviado al infinito. Nos asombramos de esos trenes rápidos que circulan por nuestras vías férreas devorando el espacio, y parecen arrebatados por los dragones flamígeros del aire; pero los globos celestes, más voluminosos que la Tierra, desaparecen con una rapidez que supera tanto a la de las locomotoras, cuanto la de éstas excede al paso de una tortuga. 

La Tierra en que estamos, por ejemplo, boga en el espacio con una celeridad de seiscientas cincuenta mil leguas por día. Alrededor de esos mundos y a distancias diversas, veríamos girar satélites, arrastrados y gobernados por las mismas leyes. Y todas estas repúblicas flotantes, inclinando alternativamente sus polos hacia el calor y la luz, gravitando sobre su eje y presentando cada mañana los diferentes puntos de su superficie al beso del astro rey; hallando en la combinación misma de sus movimientos la renovación incesante de su juventud y de su belleza; renovando su fecundidad por la sucesión de las primaveras, de los veranos, de los otoños y de los inviernos; coronando sus montañas de bosques en donde suspira el viento; adornando sus paisajes con el espejo de los lagos silenciosos; envolviéndose a veces en su atmósfera como en un manto protector o rodeándose en los días de cólera, de los rayos fulminantes y de las tempestades; desplegando en su superficie la inmensidad de las ondas oceánicas que se levantan también bajo la atracción de los mundos como un seno que respira; iluminando sus crepúsculos con los esplendores del adiós que el sol da a su última mirada, y estremeciéndose en sus polos bajo las palpitaciones eléctricas de donde se lanzan los efluvios de la aurora boreal, dando a luz, meciendo y alimentando la multitud de seres que constituyen y renuevan el reino de la vida, desde las plantas, vestigios del pasado hasta el hombre contemplador del porvenir... Todos esos mundos, todas esas moradas del espacio, todas esas repúblicas de la vida, se nos aparecerían como navíos guiados por la brújula, y llevando al través del océano celeste poblaciones que no tienen que temer ni los escollos, ni la ignorancia del capitán, ni la falta de combustible, ni el hambre, ni las tempestades. 

Estrellas, soles, mundos errantes, cometas flamígeros, sistemas extraños, astros misteriosos, todos proclamarían la armonía, todos serían los acusadores de esos espíritus que condenan la fuerza a no ser más que un atributo de la ciega materia. Y cuando, siguiendo, las relaciones numéricas que ligan todos estos mundos al sol como al corazón palpitante de un mismo ser, hayamos personificado el sistema planetario en el sol mismo, loco colosal que los absorbe a todos en su resplandeciente y poderosa personalidad; entonces contemplaremos este sol y este sistema en su carrera al través de los vacíos infinitos, y al momento, sabiendo que todas las estrellas son otros tantos soles, rodeados como el nuestro de una familia que respira a su alrededor su vida y su luz, observaremos que todas esas estrellas están guiadas unas y otras por diversos movimientos, y que en vez de estar fijas en la inmensidad, la recorren con celeridades aterradoras, más formidables aún que las mencionadas más arriba. Es entonces, cuando el universo entero se presentará a nuestros ojos bajo su verdadero aspecto y las fuerzas que lo rigen proclamarán con la elocuencia maravillosamente brutal del hecho, su valor, su misión, su autoridad y su poder. 

Ante esos movimientos indescriptibles, y aun podemos decir inconcebibles, que arrastran en los desiertos infinitos a esos millares de millones de soles; ante esa inmensa catarata, esa lluvia de estrellas en el infinito; ante esas rutas, esas órbitas inconmensurables, que siguen tan dócilmente como la aguja de un reloj, la manzana que cae, o la rueda de un molino siguen la gravedad; ante la obediencia de los cuerpos celestes a reglas que la mecánica y las formas del análisis pueden trazar de antemano, y ante esa condición suprema de la estabilidad y de la duración del mundo; ¿quién osará negar que la fuerza rige a la materia, que la gobierna soberanamente, que la dirige según la ley inherente o afecta a la fuerza misma? ¿Quién será el que pretenda sujetar la fuerza a la constitución ciega de la materia; afirmar, a la manera retrógrada de los peripatéticos, que no es sino una cualidad oculta de ésta, y reducirla al papel de esclava, cuando se impone por su propio derecho a título de soberana absoluta? ¡No quiera Dios que así sea! 

¿Qué sucedería si dejase de obrar un solo instante y si abdicase su cetro? 
La sola suposición de esta hipótesis disuelve la armonía del mundo y lo hace hundirse en un caos informe, digno resultado de una tentativa tan insensata. Estas leyes están demostradas como universales, proclaman la unidad de los mundos, y manifiestan que es un mismo pensamiento el que reguló las mareas de nuestro océano y las revoluciones siderales de las estrellas dobles, en el fondo de los cielos. Estos soles, dobles, triples, y cuádruples, giran unidos alrededor de su centro común de gravedad, y obedecen a las mismas leyes que rigen nuestro sistema planetario. Nada es más propio para dar una idea de la escala en que están construidos los cielos, como esos magníficos sistemas, dice John Herschel. Cuando se ven esos cuerpos inmensos reunidos por parejas, describir, en virtud de la ley de gravitación que rige todas las partes de nuestro sistema, esas inmensas órbitas que se necesitan siglos para recorrerlas, admitimos a la vez que tienen en la creación un objeto que no alcanzamos, y que hemos llegado al punto en que la inteligencia humana se ve forzada a confesar su debilidad, y a reconocer que la imaginación más rica no puede formarse del mundo un concepto que se acerque a la grandeza del objeto. 

Los astrónomos que se remontan humildemente al principio desconocido de las causas no pueden dejar de poner en manos de un ser inteligente esta atracción universal por la cual el mundo entero está inteligentemente regido. “El principio de la gravitación -decía el malogrado director del Observatorio de Tolosa (2)- encierra implícitamente las grandes leyes que rigen los movimientos celestes y, por una de esas coincidencias notables que son el indicio más seguro de la verdad, lejos de tener que temer las excepciones aparentes, las perturbaciones de los movimientos normales, no deja de sacar de las mismas excepciones las confirmaciones más patentes. Por eso, se ve, a los geómetras modernos, explicar con su auxilio la precesión de los equinoccios por la combinación de la fuerza centrífuga debida a la rotación del globo terrestre, con la acción del sol sobre nuestro menisco ecuatorial. 
Por eso se ve también explicar con él la nutación por una influencia análoga de la Luna sobre el relieve de la Tierra; y por eso se ve igualmente dar razón, por medio de las atracciones planetarias, del balanceo de la elíptica, del movimiento del apogeo solar, del retardo de Júpiter cuando Saturno se acelera, y por el contrario del retardo de Saturno cuando la aceleración se produce en Júpiter, etc.; se ve en fin, revelar porqué, bajo la influencia perturbadora del Sol, el movimiento medio de nuestro satélite se acelera hoy, de siglo en siglo, y debe más adelante retardarse; porqué la línea de los nudos de la Luna verifica su revolución, con un movimiento retrógrado, en dieciocho años; y por qué el perigeo lunar verifica el suyo con un movimiento directo en poco menos de nueve años(3); etc. 

En una palabra: no solamente este notable principio satisface a todos los fenómenos conocidos, sino que también permite a menudo descubrir efectos que la observación no había indicado; de manera que podría establecerse a priori la constitución del mundo por el análisis, y no tomar de la observación sino algunos puntos de mira de que los geómetras se sirven, bajo la denominación de constantes, en sus cálculos. Todo, en el universo marcha, pues, por medio de una organización admirable por su sencillez, puesto que los movimientos más complicados en la apariencia, resultan de la combinación de impulsos primitivos con una fuerza única obrando sobre cada una de las moléculas de la materia; única fuerza, por consiguiente, de que el Creador debe, por decirlo así, ocuparse constantemente. Pero también, ¡qué desarrollo de poder, el de esta producción incesante de fuerzas cuya existencia no es esencialmente inherente a la de la materia! ¡Oh! ¡Cuán vigilante debe ser la mano eterna que sabe, a cada instante, renovar semejantes fuerzas hasta en los átomos más impalpables de los astros sin número sujetos a poblar las regiones infinitas de la inmensidad! 

¿No estamos en el caso de decir, con el rey profeta, inclinándonos ante tanta grandeza: Coeli enarrant gloriam Dei?” Desde Newton y Kepler, sabemos que el universo es un inmenso dinamismo, cuyos elementos todos no dejan de obrar y resistir en la infinidad del tiempo y del espacio con una actividad indefectible. Esta es la gran verdad que la astronomía, la física y la química nos revelan en las asombrosas maravillas de la creación. Tal es el sublime espectáculo del mundo; tales son las leyes que constituyen su armonía. Pero, ¿por qué perfidia de lenguaje o de raciocinio los materialistas traducen estos hechos en favor suyo, y llegan a deducir de ellos la ausencia de todo pensamiento divino? He aquí los argumentos trazados en gruesos caracteres en un catecismo materialista cuyo color científico ha engañado a un gran número de personas, en el libro Fuerza y Materia. “Todos los cuerpos celestes, grandes o pequeños, se conforman, sin resistencia alguna, sin excepción y sin desviación, a esta ley inherente a toda materia y a toda partícula de materia, como lo experimentamos a cada momento. Todos estos movimientos se reconocen, determinan y predicen con una precisión y exactitud matemáticas.” Los espiritualistas ven en estos hechos el pensamiento de un Dios eterno que impuso a la creación las leyes inmutables que la perpetúan. Pero los materialistas, por el contrario, ven en ellos una prueba de que la idea de Dios no es más que una chanza. 

Si hubiese cuerpos celestes que fuesen caprichosos o rebeldes, si la gran ley que los rige no fuese soberana, sería diferente. “Es fácil -dice Büchner- referir el nacimiento, la constelación (?) y el movimiento de los globos a los procedimientos más sencillos, hechos posibles por la materia misma. La hipótesis de una fuerza creadora personal no es admisible”. ¿Por qué? Esto es lo que nunca se ha podido saber. “Los espiritualistas admiran la imponente regularidad de los movimientos celestes, el orden y la armonía que los presiden. ¡Crédulos! No hay orden ni armonía en el universo. Por el contrario, la irregularidad, los accidentes, el desorden, excluyen la hipótesis de una acción personal y regida por las leyes de la inteligencia, aun humana.” 

 De modo que, sólo después de treinta años de trabajo, Copérnico publicó su libro de las Revoluciones celestes; veinte años de investigaciones empleó Galileo para fecundar el principio del péndulo; después de diecisiete años de pertinaces tareas consiguió Kepler formular sus leyes; Newton, octogenario, decía que aún no había llegado a comprender el mecanismo de los cielos. ¡Y se nos viene a proponer que creamos que estas leyes sublimes, que genios tan poderosos apenas llegaron a encontrar y a formular, no revelan en la causa que las ha impuesto a la materia una inteligencia siquiera igual a la inteligencia humana! Y Renán escribe esta frase: “Por mi parte, creo que no hay en el universo inteligencia superior a la del hombre.” ¡Y se atreven a buscar un refugio en accidentes que no lo tienen, para declarar que no hay armonía inteligente en la construcción del mundo! ¿Qué se necesitaría, pues, para satisfacernos, señores críticos de Dios? Helo aquí: seria preciso, primero, que no hubiese espacio (¡!) o que este espacio fuese menos vasto, porque decididamente hay en el infinito demasiado sitio: “Si importase a una fuerza creadora individual -dice Büchner-, crear mundos y habitaciones para los hombres y para los animales, réstanos saber, para qué sirve este espacio inmenso, desierto, vacío, inútil, en que nadan los soles y los globos. ¿Por qué los demás planetas de nuestro sistema solar no se han hecho habitables para los hombres?” Verdaderamente preguntáis una cosa bien sencilla. De modo que conviene a la fantasía de estos señores declarar inútil el espacio y querer que todos los globos se comuniquen entre si. 

El caricaturista Granville había ya tenido la misma idea; efectivamente, uno de sus croquis encantadores representa a los habitantes Júpiter yendo, por un puente colgante, a pasearse por Saturno fumando un cigarro. El mismo anillo de Saturno no es allí más que un extenso balcón al cual van los saturnianos por la noche a tomar fresco. Si es éste el universo apetecido, cuyo primer resultado sería hacer inmóvil el sistema del mundo, harían mejor los inventores en dirigirse formalmente a la escuela de puentes y caminos, que a la filosofía. Esta nada puede hacer en el asunto. “Si hubiese un Dios -añaden-, ¿de qué servirían las irregularidades y las inmensas desproporciones de tamaño y de distancia entre los planetas y nuestro sistema solar? ¿Para qué esa ausencia completa de todo orden, de toda simetría, de toda belleza?” Se convendrá en que es preciso ser algo presuntuoso para admirar las decoraciones pintorreadas del escenario del teatro humano, y para rehusar la belleza y la simetría, a las obras de la naturaleza. 

Parécenos que es la primera vez que se acusa a la naturaleza por este lado. Por lo demás no nos dan más que negaciones: negación de Dios, negación del alma, negación de la razón y de sus potencias más altas; siempre negaciones. Esto es lo que en propiedad les pertenece; nada más. Su titulada conciencia científica no es más que un reclamo. Nuestros espirituales adversarios caen poco a poco en puerilidades. Uno de ellos objeta que la luz, que corre 77,000 leguas por segundo, no va bastante deprisa, y que es cosa miserable por parte de un Creador no espolearla un poco. Otro encuentra que la Luna, no gira sobre sí misma con bastante prontitud. “La Luna -dice el americano Hudson Tuttle- no gira sino una sola vez sobre sí misma mientras hace su revolución alrededor de la Tierra, de manera que siempre le presenta el mismo lado de su superficie. Tenemos perfecto derecho de preguntar la causa de ello, pues si hubiese una intención cualquiera, su ejecución estaría ciertamente señalada”; y el Creador es muy negligente por no haber enterado a estos señores de su manera de obrar. ¿Se ha visto jamás cosa semejante? ¡Dejarlos en una completa ignorancia acerca del objeto que se ha propuesto haciendo girar tan lentamente a nuestra querida pequeña Luna! En efecto, ¿acaso no hubiera debido Dios conducirse mejor para nuestra instrucción personal? 

¿Debería tratarnos de esa manera? ¡A nosotros! “¿Por qué?, volvemos a preguntar (4), ¿por qué la fuerza creadora no escribió en caracteres de fuego (en alemán, sin duda) su nombre en el cielo? ¿Por qué no dio a los sistemas de los cuerpos celestes un orden que nos hiciese conocer su intención y sus designios de una manera evidente?” ¡Qué divinidad tan estúpida! Verdaderamente, señores, sois admirables, y vuestro modo de raciocinar iguala a vuestra ciencia, lo que no es poco decir. ¡Qué lástima que vosotros mismos no hubieseis construido el universo: y qué bien hubierais evitado todos estos inconvenientes! Pero, ¿conocéis bien la materia y sus propiedades para afirmar que reemplaza a Dios tan ventajosamente? ¿Os explica ella completamente el estado del universo? ¿Qué respondéis? “Sin duda, aún no nos es dado saber exactamente por qué la materia ha tomado tal movimiento en tal momento, pero la ciencia no ha pronunciado su última palabra, y no es imposible, pues, que ella nos haga conocer un día la época del nacimiento de los globos”. Tal es la respuesta definitiva de esos señores. Al menos confiesan un poco de ignorancia. 

¿Qué será cuando crean absolutamente conocerlo todo? ¡Oh, ciencia! ¿Son éstos los frutos de tu árbol? Este es precisamente el caso de confesar, con el alemán Büchner, que “lo que se llama ordinariamente la profundidad del espíritu alemán, es más bien la perturbación de las ideas, que la verdadera profundidad del espíritu”. “Lo que los alemanes llaman filosofía, añade el mismo escritor, no es más que una manía pueril de jugar con las ideas y las palabras, creyéndose por ello con derecho a mirar a las demás naciones por encima del hombro.” ¡No hay ni sabiduría, ni inteligencia, ni orden, ni armonía en el universo! Semejante acusación ¿puede hacerse formalmente? Permitido es dudarlo. En el mes de octubre de 1604 apareció de pronto una magnífica estrella en la constelación del Serpentario. Los astrónomos se sorprendieron sobremanera, porque esta aparición parecía extraña a la armonía de los cielos. No se conocían todavía las estrellas variables. ¿Acababa de nacer fortuitamente? ¿La había producido el acaso? 

Tales eran las preguntas que se hacia Kepler, cuando ocurrió un pequeño incidente. “Ayer, dice, en medio de mis meditaciones, me llamaron a comer. Mi joven esposa puso en la mesa una ensalada. -¿Crees tú -le dije-, que si desde la creación, platos de estaño, hojas de lechuga, granos de sal, gotas de aceite y vinagre y pedazos de huevos duros, flotasen en el espacio en todas direcciones y sin orden, podría el azar reunirlos hoy para hacer una ensalada? -No tan buena, a buen seguro, ni tan bien hecha como ésta -respondió mi bella esposa.” Nadie se atrevió a mirar la nueva estrella como una producción del acaso, y hoy sabemos que el acaso no tiene participación alguna en los movimientos celestes. Kepler vivió en una verdadera adoración de la armonía del mundo. 

La duda sobre este punto la hubiera tomado por extravagancia. Los fundadores de la astronomía están acordes en esta admiración: Copérnico, Galileo, Tycho-Brahe y Newton, dicen lo mismo que Kepler (5) - Los que acusan al cielo de falta de orden no son astrónomos. ¡Oh, mundos espléndidos! Estrellas, soles del espacio, y vosotras, tierras habitadas que gravitáis alrededor de esos centros brillantes, cesad en vuestros movimientos armoniosos, suspended vuestro curso. La vida irradia sobre vuestra frente, la inteligencia habita bajo vuestras tiendas, y vuestras campiñas, como las de la Tierra, reciben de los soles variados que las iluminan, el manantial fecundo de la existencia. 

Sois arrastrados en el infinito por la misma mano que sostiene nuestro globo, por esa ley suprema bajo la cual el genio prosternado adora la gran causa. Desde aquí, seguimos vuestros movimientos, a pesar de las distancias innumerables que os diseminan en la extensión, y observamos que están dirigidos, como los nuestros, por aquellas tres reglas geométricas que el genio paciente de Kepler llegó a formular. Desde el fondo de los celestes abismos, nos enseñáis que un orden soberano y universal rige el mundo. Vosotros cantáis la gloria de Dios en términos que dejan muy atrás los de los cantos del rey profeta; escribís en el cielo el nombre misterioso de ese ser desconocido, que ninguna criatura puede ni aun presentir. ¡Astros de movimientos formidables, focos gigantescos de la vida universal, esplendores del cielo! Vosotros os inclináis como niños bajo la voluntad divina, y vuestras cunas aéreas se mecen con confianza bajo la mirada del Altísimo. Seguís humildemente el camino trazado a cada uno de vosotros, oh, viajeros celestes, y desde los siglos más remotos, desde las edades inaccesibles en que salisteis en otro tiempo del caos antiguo, manifestáis la previsora sabiduría de la ley que os guía... ¡Insensatos! ¡Masas inertes! ¡Globos ciegos! ¡Brutos de la noche! ¿Qué hacéis? ¡Cesad! cesad en vuestro eterno testimonio. Detened el torbellino colosal de vuestras múltiples carreras. Protestad contra la fuerza que os arrastra. ¿Qué significa esa obediencia servil? Hijos de la materia, ¿es que la materia no es la soberana del espacio? 

¿Es que hay leyes inteligentes? ¿Es que hay fuerzas directrices? ¡No, jamás! ¡Estrellas del infinito, sois juguete del error más insigne! Sois víctimas de la ilusión más ridícula. Escuchad: en el fondo de los vastos desiertos del espacio, duerme oscuramente un pequeño globo desconocido. ¿Habéis notado alguna vez, entre los millones de estrellas que blanquean la Vía Láctea, una estrella pequeña de la última magnitud? Pues bien: esa pequeña estrella es un sol como vosotros, y a su alrededor giran algunas miniaturas de mundos, mundos tan pequeños, que rodarían como bolas de billar en la superficie de cualquiera de vosotros. Pues, sobre uno de los más microscópicos de estos microscópicos mundículos, hay una raza de seres habladores, y en el seno de esta raza un campo de filósofos que acaban de declarar sin rodeos, ¡oh, magnificencia! que vuestro Dios no existe. Estos soberbios pigmeos se han levantado, se han empinado sobre las puntas de los pies, creyendo veros un poco más cerca. Os han hecho seña de deteneros, y después han dicho al mundo que los habéis oído, y que la naturaleza toda era de su parecer. Proclámanse con altivez los únicos intérpretes de esta naturaleza inmensa. A creer su esperanza, en adelante les pertenece el cetro de la razón, y el porvenir del pensamiento humano está entre sus manos. Están firmemente convencidos, no sólo de la verdad, sino sobre todo de la utilidad de su descubrimiento y de su influencia favorable sobre el sano progreso de esta pequeña humanidad. 

Además, han hecho saber a los miembros de esta humanidad, que todos los que no participan de su opinión están en contradicción con la ciencia de la naturaleza, y que la mejor calificación con que se pudiera honrar a estos retrógrados, es la de ignorantísimos y testarudos. ¡No os expongáis, pues, a ser juzgadas tan desfavorablemente por estos señores, oh estrellas resplandecientes! Procurad distinguir nuestro sol imperceptible, nuestro átomo terrestre, nuestra mita parlante, y, uniéndoos a esta importante declaración, detened el mecanismo del universo, suspended a la vez la medida y la armonía, sustituid el reposo al movimiento, la obscuridad a la luz, la muerte a la vida; y después, cuando toda potencia intelectual sea aniquilada, todo pensamiento desterrado de la naturaleza, suprimida toda ley, y atrofiada toda fuerza, el universo se reducirá a polvo, lloveréis en polvo en la noche infinita; y si todavía existe el átomo terrestre, los señores filósofos, únicos que sobrevivan, estarán satisfechos. ¡Ya no habrá espíritu en 1a naturaleza! 

Camilo Flammarion

  NOTAS 

(1) Llámese radio vector de un planeta, la línea ideal que une este planeta a1 sol. 
(2) F. Petit Traité d´astronomie, XXIV y última lección. 
(3) Es curioso que Clairaut, encontrando por el calculo un periodo de dieciocho años en vez de nueve, declarase insuficiente, para el caso actual, la gravitación inversa del cuadro de la distancia y que sea precisamente un naturalista, Buffon, quien, persuadido de que la naturaleza no podía tener dos leyes diferentes haya insistido en convencer al geómetra de que revisase sus cálculos. Después de un nuevo examen, Clairaut reconoció, en efecto, que su primera aserción se basaba en un error. Había olvidado, en las series, términos que no debían olvidarse. 
(4) Kraft und Storf; VIII. 
(5) Cuanto más adelanta el hombre en la penetración de los secretos de la naturaleza, mejor se le descubre la universalidad del plan eterno. Sí stellæ fixææ, dice Newton (Phil. nat. Principia math., Schol, gen.), sint centra similium systematum, hæc omnia simili consilio constructa suberant unius dominio” - Cf. también Kepler, Harmonices Mundi.