jueves, 27 de junio de 2019

INTELIGENCIA Y ESPÍRITU



NUEVOS PARADIGMAS DE LA CIENCIA

“Pienso, luego existo”– Descartes – Filósofo S. XVII 


 Cómo muy bien explicó el padre del racionalismo filosófico, Descartes, la característica principal que define al hombre es la capacidad de pensar, y a través de ella se puede confirmar la realidad de la propia existencia. La inteligencia es una facultad de la mente que nos permite no sólo pensar, sino el raciocinio, la cognición y el poder entender lo que ocurre a nuestro alcance. Sin embargo, en la evolución antropo-socio-psicológica de la especie humana, dónde nuestros ancestros provienen del homo-sapiens y con anterioridad de los simios, la inteligencia apenas existía a un nivel primario, siendo el instinto el gobernador principal de las acciones y reacciones de nuestros antepasados. 

 El instinto en sí es otro tipo de inteligencia que predomina, ampliamente desarrollada en especies inferiores como los animales, y también está presente en la vida del hombre, aunque de forma inconsciente muchas veces y en contadas ocasiones de forma consciente. Es el reducto de la evolución anclado en el inconsciente profundo del ser que prueba además que somos un ser milenario, con automatismos fisiológicos y genéticos procedentes de la herencia biológica, pero con un acervo todavía mayor de características psicológicas y espirituales cuyo origen se remonta varios millones de años, cuando el principio inteligente que ahora nos rige comenzaba sus primeras experiencias evolutivas en los animales unicelulares. 

 Así pues, el hombre es el resultado de su herencia biológica, psicológica y espiritual, y el grado de inteligencia que posee cada uno es personal, individual e intransferible, pues procede de la totalidad de procesos evolutivos por los que cada ser transcurre en su andadura evolutiva. Si prestamos atención a la ciencia, el psicólogo Howard Gardner presenta en el hombre hasta ocho tipos de inteligencia diferentes que abarcan todo un amplio campo de la cognición, la percepción, la sensación o la emoción. “Cada ser humano tiene una combinación única de inteligencia, podemos ignorar las diferencias, pero yo creo que todas las personas tienen un tipo de mente distinto” 
(H. Gardner – Psicólogo) Respecto al origen de la inteligencia, los científicos naturalistas la atribuyen a una función de la mente. 

A pesar de ser exacta esta afirmación no es del todo precisa, el problema llega a la hora de explicar el origen de la mente, pues consideran que esta última es producto de las relaciones que se establecen entre las neuronas cerebrales que dan origen al pensamiento y mediante un proceso evolutivo. Sin embargo, todavía están muy lejos de probar tal afirmación, es más un deseo que una tesis comprobada, los hechos lo desmienten, pues la inteligencia ya no depende únicamente del Qi (Coeficiente Intelectual) sino que la emoción tiene también mucho que decir en ese proceso, y la forma en que se procesa la inteligencia emocional no está todavía verificada por completo. 

 Es más, una persona a la que se haya trepanado una parte de su cerebro, debería perder parte de su capacidad intelectiva o emocional, así como su propia conciencia e individualidad si todo esto emerge del cerebro. Sin embargo se observa todo lo contrario; la persona puede perder recuerdos,memoria o capacidades sensitivas, pero lo que no pierde nunca es la inteligencia, la individualidad ni la conciencia propia de su existencia. Este simple ejemplo nos demuestra que la mente, como sustancia inmaterial que es, no puede ser producida por el cerebro, más bien al contrario, el cerebro es el aparato, el receptor de los impulsos de la mente que no son otros que los pensamientos y las emociones. Comprendiendo que somos seres inmortales en cuanto a nuestro espíritu que viene evolucionando desde hace millones de años es todo mucho más fácil. 

La inteligencia es efectivamente una función de la mente, y esta no es otra cosa que un instrumento del espíritu, como la conciencia o el propio cerebro. Es la voluntad de nuestro ser inmortal y milenario la que imprime a través de la mente las capacidades intelectivas y emocionales, así como las respuestas que damos a las sensaciones y percepciones que experimentamos y que el sistema nervioso central traslada a nuestro cerebro. La inteligencia es así el resultado del proceso evolutivo de cada espíritu en su trayectoria milenaria. Unos más y otros menos inteligentes, no depende del tamaño del cerebro, ni de los genes biológicos heredados de nuestros ancestros -como debería ser si fuera cierta la teoría materialista- sino del desarrollo alcanzado por nosotros mismos en ese área intelectiva a través de las diferentes experiencias en la carne, vida tras vida, asimilando, comprendiendo, razonando, creciendo intelectualmente. 

 Si la inteligencia fuera resultado de los genes, cómo es posible que de padres, abuelos o tatarabuelos analfabetos puedan surgir genios y personas de inteligencias privilegiadas, y al contrario, cómo de padres inteligentes pueden surgir hijos con escasa inteligencia a pesar de estar biológicamente sanos. Sin duda la inteligencia es lo que caracteriza el “principio inteligente” definición dada por Allán Kardec para explicar la característica esencial del alma humana. No sólo eso, la evolución y con ello el desarrollo de la inteligencia presenta una doble naturaleza, la animal y la espiritual. La primera procede de la evolución biológica de especies inferiores.., vegetal, animal y humana, mientras que la segunda hace referencia a la evolución del principio espiritual que acompaña la evolución biológica desde la primera célula. Un principio espiritual que, al llegar a la etapa humana adquiere las facultades de la mente y con ello la inteligencia que lo llevará a las capacidades de autoreflexión, conciencia de sí mismo e individualidad. “Todo efecto inteligente procede de una causa inteligente”. El principio inteligente (Espíritu Inmortal o Ser pensante) procede sin duda de una causa inteligente que lo ha creado simple e ignorante, y que contiene en estado latente las capacidades de desarrollo intelectivo, emocional y espiritual propias de su creador. 

Capacidades y cualidades que mediante el impulso y el desarrollo de la evolución a través de millones de años van elevando su potencial intelectual y moral, en rumbo permanente hacia la plenitud, la felicidad y la perfección relativa a la que todos estamos llamados. 

Antonio Lledó Flor

domingo, 23 de junio de 2019

El Alma es Inmortal - CHINA



Tal vez en ningún pueblo fue tan vivo el sentimiento de la supervivencia como lo Fue en la China. 
El culto a los espíritus se impuso en estas naciones desde la más remota antigüedad. Se creía en el Thian o Chang-si, nombres que daban los chinos indistintamente al cielo, pero se honraba preferentemente a los espíritus y a las almas de los antepasados. Confucio respetó estas antiguas creencias, y admiró un día, junto a los que le rodeaban, máximas escritas, desde hacía más de quinientos años, sobre una estatua de oro en el Templo de la Luz; entre las cuales figuraba la siguiente: “Hablando, obrando, no penséis, aunque estéis solos, que no sois vistos ni oídos: los espíritus son testigos de todo.”2 

En el Celeste Imperio los cielos están poblados como en la Tierra, están habitados no solamente por los genios, sino también por las almas de los hombres que han vivido en este planeta. Al lado del culto a los espíritus, se colocaba el de los antepasados. “Tenía por objeto no solamente conservar el precioso recuerdo de los abuelos y de honrarles; sino más aún, de atraer la atención sobre sus descendientes, que les pedían consejos en todas las circunstancias importantes de la vida, sobre las cuales se consideraba que ejercían una influencia decisiva, aprobando o censurando, además, su conducta.”3 En estas condiciones, es evidente que la naturaleza del alma debía ser bien conocida de los chinos. Confucio no concebía la existencia de espíritus puros, les atribuía una envoltura semimaterial, un cuerpo aeriforme, como atestigua esta cita del gran filósofo: “¡Cuán profundas son las facultades de los Koúci-Chin (espíritus diversos) 

Se procura verles y no se les ve; se trata de oírles y no se les oye: identificados con la sustancia de los seres no pueden ser separados de ella. Están en todas partes, por encima de nosotros, por debajo de nosotros, a nuestra izquierda, a nuestra derecha; nos rodean por todas partes. Esos espíritus, sin embargo, por sutiles e imperceptibles que sean, se manifiestan a través de las formas corporales de los seres; siendo su esencia una esencia real, verdadera, no puede manifestarse bajo una forma indefinida.”4 El budismo penetró en China y se asimiló las antiguas creencias; continuó las relaciones establecidas con los muertos. He aquí un ejemplo de esas evocaciones y de la apariencia tomada por el alma para hacerse ver por los ojos mortales. 

M. Estanislao Julien, que ha traducido del chino la historia de Hiouen-Thsang, que vivió hacia el año 650 de nuestra era, cuenta así la aparición de Buda, debida a la plegaria hecha por el santo personaje: «Después de haber penetrado en la caverna en que vivió el gran iniciador, animado de una fe profunda Hiouen-Thsang se acusa de sus pecados con el corazón lleno de sinceridad; recita devotamente sus oraciones, prostándose después de cada estrofa. Cuando así hubo hecho cien saludos, vio aparecer un resplandor sobre el muro oriental. “Penetrado de alegría y de dolor reemprendió sus salutaciones, y de nuevo vio una luz de la amplitud de un estanque que brilló y se desvaneció como un relámpago. Entonces, en un transporte de alegría y de amor, juró no abandonar aquel sitio antes de haber visto la sombra augusta de Buda. Continuó sus homenajes, y después de doscientas salutaciones, de pronto, se iluminó la gruta de luz y Buda apareció con una blancura brillante, dibujándose majestuosamente sobre el muro. 

Un brillo resplandeciente iluminaba los contornos de su faz divina. Hiouen- Thsang contempló largo tiempo, sumido en éxtasis, el objeto sublime e incomparable de su admiración. Se prosternó con respeto, celebró las alabanzas de Buda, esparció flores y perfumes, después de lo cual la luz celeste se extinguió. El brahmán que le había acompañado quedó tan encantado como maravillado de aquel milagro. «Maestro —le dijo—, sin la sinceridad de vuestra fe y la energía de vuestros deseos, no habríais podido ver tal prodigio.»” Esta aparición recuerda la transfiguración de Jesús cuando se mostraron Moisés y Elías. Los espíritus superiores tienen un cuerpo espiritual de un incomparable esplendor, pues su sustancia fluídica es más luminosa que las más rápidas vibraciones del éter, como más adelante podremos asegurarnos. 


Gabriel Delanne
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1 Marpéro, Archéologie égyptienne, e Histoire ancienne des peuples de I’Orient.
2 G. Pauthier, La Chine, VI.
3 León Carré, L’ancien Orient.
4 G. Pauthier, La Chine, VII.

miércoles, 19 de junio de 2019

LA FUERZA Y LA MATERIA




PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

Misión de la ciencia en la sociedad moderna. - Su poder y su grandeza. - Sus límites; la tendencia a traspasarlos. - Las ciencias no pueden dar ninguna definición de Dios. - Procedimiento general del ateísmo contemporáneo. - Objeciones contra la existencia divina sacadas de la inmutabilidad de las leyes y de la unión íntima entre la fuerza y la materia. - Ilusión de los que afirman o niegan. - Errores de raciocinio. - La cuestión general se reduce a establecer las relaciones reciprocas de la FUERZA, y de la SUSTANCIA. El siglo en que vivimos está desde ahora inscripto con caracteres indelebles en los anales de la historia.

Desde las remotas edades de las civilizaciones antiguas, ninguna época como la nuestra ha visto este despertar magnífico del espíritu humano, afirmando a la vez sus derechos y su poderío. El mundo no es ya ese valle de la Edad Media, donde el alma venia a llorar la culpa del primer padre, y aislándose en el retiro y la oración, creía ganar un lugar en el paraíso castigando su cuerpo con el silicio y la ceniza. Los trabajos de la inteligencia no son ya esas largas, oscuras e interminables discusiones de una metafísica infecunda, fundadas en trivialidades y sustentadas por las sutilezas de la escolástica, a que se entregaron ciegamente grandes genios, consagrándoles una preciosa vida de estudios, sin advertir que perdían a la vez su tiempo y el de un gran número de generaciones.

Allí donde los claustros encerraban en sus muros monjes y reclinatorios, se oyen hoy resonar los pesados martillos de la industria, rechinar las tenazas de hierro, silbar el vapor de las máquinas encendidas. Las instituciones monásticas han tenido su misión en los siglos de las invasiones bárbaras, su fin ha sonado como el de toda obra perecedera: el trabajo fecundo del obrero y del agricultor hace suceder la juventud a la decadencia. En el anfiteatro de las Universidades, en donde se discutía hasta la saciedad sobre los seis días de la creación, las lenguas de fuego de Pentecostés, el milagro de Josué, el paso del Mar Rojo, la forma de la gracia actual, la consustancialidad, las indulgencias parciales o plenarias, etc., y mil asuntos tan difíciles de profundizar, se ve hoy el laboratorio del químico, en el cual los elementos de la materia van dócilmente a dejarse medir y pesar; la mesa del anatomista sobre la cual se descubren el mecanismo del cuerpo y las funciones de la vida; el microscopio del botánico, que permite sorprender los primeros pasos vacilantes de la esfinge de la vida; el telescopio del astrónomo, que descubre más allá de los cielos transparentes los movimientos formidables de soles inmensos, dispuestos por las mismas leyes que rigen la caída de una fruta; la cátedra de la enseñanza experimental, a cuyo alrededor las inteligencias populares van a agrupar sus atentas filas.

La tierra está transformada. Se ha viajado a su alrededor, ha sido medida y ya no es Carlomagno quien la tiene en su mano: el compás del geómetra ha sustituido al cetro imperial. Los Océanos están surcados en todas direcciones por naves de hinchadas velas, por la nave rápida cuya hélice hiende las olas; los continentes son recorridos por el dragón flamígero de la locomotora, y por medio del telégrafo, hablamos en voz baja de un cabo del mundo a otro; el vapor da una vida desconocida a innumerables motores, y la electricidad nos permite contar en un solo momento las pulsaciones de la humanidad entera. No, jamás la humanidad ha asistido a una fase igual; jamás se ha sentido su seno tan lleno de vida y de fuerza como hoy día, jamás su corazón ha enviado con tanta fuerza la luz y el calor hasta las arterias más lejanas; jamás su mirada fue iluminada por un rayo semejante. Por vastos que sean todavía los progresos que se hayan de adquirir, nuestros descendientes se verán eternamente obligados a reconocer que la ciencia debe a nuestra época el estribo de su Pegaso, y que si todavía progresan y ven levantarse el Sol en su cenit, su luz no brillaría sin nuestra aurora. Pero lo que da a la Ciencia su fuerza y su poder, tengámoslo bien presente, es tener por asunto de estudio elementos bien determinados y no ya abstracciones y fantasmas.

Es que la química se ocupa del volumen y del peso de los cuerpos, examina sus combinaciones y determina sus relaciones; la física, busca sus propiedades, observa sus relaciones y las leyes generales que las rigen; la botánica, comienza el estudio de las primeras condiciones de la vida; la zoología, sigue las formas de la existencia y registra las funciones asignadas a los órganos, los principios de la circulación de la materia en los seres vivientes, de su sostenimiento y de sus metamorfosis; la antropología confirma las leyes fisiológicas en acción en el organismo humano, y determina el papel de los diversos aparatos que lo constituyen; la astronomía, inscribe los movimientos de los cuerpos celestes y deduce de ellos la noción de las leyes que dirigen el universo; la matemática, formula estas leyes y lleva a la unidad las relaciones numéricas de las cosas. Esta determinación precisa del objeto de sus estudios, es la que da a la ciencia su valor y su autoridad. He aquí como y por qué es grande. Pero estos últimos títulos le imponen un deber imperioso.

Si olvidando esta condición de su poder, se aparta de estos objetos fundamentales para revolotear en el espacio imaginario, pierde al instante su carácter y su razón de ser. Desde ese momento, los argumentos que pretende imponer en estas regiones fuera de su alcance y de su objeto, no tienen autoridad alguna; pierde entonces hasta su propia cualidad y no merece ya llevar el nombre de ciencia. En esta posición es una soberana que acaba de abdicar. Ya no es a ella a quien se escucha; son sabios que peroran (lo que no siempre es lo mismo). Y estos sabios, cualquiera que sea por otra parte su valor, no son ya los intérpretes de la ciencia, desde el instante en que se lanzan fuera de su esfera. Pues, tal es precisamente la posición de los defensores del materialismo contemporáneo; aplican la astronomía, la química, la física, la fisiología a problemas que dichas ciencias, no pueden ni quieren resolver, y no solamente obligan a las mismas a responder a cuestiones que no son de su competencia, sino que las torturan como a pobres esclavas para hacerlas confesar contra su voluntad y falsamente, proposiciones en las cuales jamás han pensado.

En vez de ser los inquisidores de la palabra, son los inquisidores del hecho. Empero no es la ciencia la que tienen entre sus manos, sino un simulacro de ella. En las siguientes discusiones probaremos que estos sabios están completamente fuera de la ciencia, que se engañan y nos engañan, que sus raciocinios, sus deducciones, sus consecuencias, son ilegítimos, y que, en su gran amor por esta ciencia virginal, la comprometen singularmente, y la perderían del todo en la estimación pública, si no hubiese quien cuidara de manifestar que en vez de la realidad no poseen sino una sombra ilusoria. La circunstancia más lamentable y la razón dominante que nos ordena protestar contra esos supuestos triunfos de un estandarte engañador, es que en nuestra época se siente, o al menos se presiente universalmente la misión y el alcance de la ciencia; compréndese que no hay salvación fuera de ella, y que la humanidad, tanto tiempo agitada por el océano de la ignorancia, no tiene más que un puerto a que arribar: la tierra firme del saber. Así el pensamiento humano tiende con convicción y esperanza sus brazos hacia la ciencia. Desde hace un siglo ha recibido ya tantas pruebas de su poder y de su riqueza, que está dispuesto a acoger con reconocimiento todas sus enseñanzas, todos sus discursos. Aquí es donde, por el momento, hay un lazo para el espiritualismo.

Cierto número de los que cultivan la ciencia, que la representan o que se han hecho sus intérpretes, enseñan falsas y funestas doctrinas: los espíritus inquietos y vacilantes que toman en sus libros los conocimientos de que tienen necesidad, beben en ellos un veneno pernicioso, capaz de destruir en su seno una parte de los beneficios del saber. He aquí por qué es necesario detener un movimiento tan deplorable, que amenaza ser universal. He aquí por qué es sumamente indispensable, discutir estas doctrinas y demostrar que están lejos de derivar de la ciencia, con tanto rigor y con tanta facilidad como quieren decir, sino que son más bien el producto grosero de pensamientos sistemáticos que, repitiéndose perpetuamente, se han formado la ilusión de creerse fecundados por la ciencia, mientras que no habían recibido de este brillante sol sino un rayo pálido y estéril, extraviado de su dirección natural. Hay ciertas cuestiones profundas que, en el curso de la vida humana, en las horas de soledad y de silencio, se presentan ante nosotros, como otros tantos puntos de interrogación, perturbadores y misteriosos. Tales son los problemas de la existencia del alma, de nuestro destino en el porvenir, de la existencia de Dios, y de sus relaciones con la creación.

Estos vastos e imponentes problemas nos envuelven y nos dominan con su inmensidad, porque sentimos que nos atañen, y en la ignorancia que tenemos de ellos, no podemos razonablemente librarnos de un cierto temor de lo desconocido. Como escribía Pascal, uno de estos problemas, el de la inmortalidad del alma, es una cosa tan importante, que es preciso haber perdido todo sentimiento, para que nos sea indiferente saber lo que hay acerca de ello. La misma observación puede aplicarse a la existencia de Dios. Cuando reflexionamos en estas verdades, o solamente en la posibilidad de su existencia, se nos presenta bajo un aspecto tan formidable, que nos preguntamos cómo puede suceder que seres pensadores, hombres, puedan pasar toda su vida preocupados por intereses transitorios, sin salir alguna vez de su apatía en vista de estas implacables interrogaciones.

Si es cierto, como creemos haberlo observado en el mundo, que hay hombres completamente indiferentes, que nunca han comprendido la grandeza de estos problemas, experimentamos respecto a ellos, un verdadero sentimiento de compasión. Pero, si llevando la indiferencia a un grado más brutal todavía, los hay que, deliberadamente, desdeñan elevar jamás su espíritu hacia estos importantes asuntos, porque prefieren los dulces goces de la vida física; a éstos, lo confesamos en alta voz, los dejamos sin escrúpulos en su inercia, considerándolos como fuera de la esfera intelectual: los pensadores reservan sus trabajos y sus estudios para los que juzgan de mayor precio las contemplaciones de la inteligencia. El problema de la existencia de Dios es el más importante de todos. Por eso contra él han dirigido los materialistas, a quienes vamos a combatir, sus primeras y más poderosas baterías. Se quiere probar por la ciencia positiva que Dios no existe, y que esta hipótesis no es más que una aberración del espíritu humano.

Un gran número de hombres graves, convencidos del valor de estos supuestos raciocinios científicos, se han ido poniendo al lado de estos innovadores, y las filas de los materialistas se han engrosado desmesuradamente, primero en Alemania, después en Francia, en Inglaterra, en Suiza y hasta en Italia. Pues bien; no tememos decirlo: todos los que, maestros o discípulos, se apoyan en el testimonio de las ciencias experimentales para negar la existencia de Dios, cometen en esto la más grave de las inconsecuencias. Tenemos derecho para acusarlos de este error, y justificaremos esta acusación, aun cuando aquellos contra quienes va dirigida, puedan ser por otra parte hombres eminentes y respetables En nombre de esa misma ciencia experimental vamos a combatirlos. Dejemos a un lado toda la ciencia especulativa, para colocarnos exclusivamente en el mismo terreno que nuestros adversarios.

No creemos con Demócrito que el mejor medio de ocuparse fructuosamente en la filosofía, sea sacarse los ojos, para librarse de las distracciones y de las observaciones del mundo exterior: al contrario, permanecemos firmemente en la esfera de la observación y de la experiencia. En esta posición, declaramos, por una parte, que la ciencia no se ocupa inmediatamente en el problema de Dios, y por otra, que cuando se aplican a este problema nuestros conocimientos científicos actuales, lejos de tender a la negativa, afirman, al contrario, la inteligencia y la sabiduría de las leyes que rigen la naturaleza. La elevación hacia Dios, por el estudio científico de la naturaleza, nos mantiene a igual distancia de dos extremos; de los que niegan y de los que se permiten definir familiarmente la causa suprema, como si hubiesen sido admitidos a su consejo. Combatimos con las mismas armas a dos poderes opuestos: el materialismo y la ilusión religiosa.

Creemos que es igualmente falso e igualmente peligroso, creer en un Dios infantil, o negar toda causa primera. En vano se nos objetará que no podemos afirmar la existencia de un ser que no conocemos: pongámonos en guardia contra semejantes argumentos. No, no conocemos a Dios, pero sabemos que existe. No conocemos la luz, pero sabemos que irradia de lo alto de los cielos. No conocemos la vida, pero sabemos que despliega sus esplendores en la superficie del mundo. “Estoy muy lejos de creer -decía Goethe a Erckmann- que tengo del Ser supremo una noción exacta. Mis opiniones, sostenidas de palabra o por escrito, se resumen todas en esto: Dios es incomprensible y el hombre no tiene de él sino un testimonio vago, una idea aproximada. Por lo demás, tanto la naturaleza como nosotros los hombres, estamos de tal manera penetrados de la Divinidad, que ella nos sostiene, por ella vivimos, respiramos y somos; sufrimos y nos regocijamos, según las leyes eternas, en cuya presencia ejecutamos un papel a la vez activo y pasivo; poco importa las reconozcamos o no.

El niño se regala con un bollo sin inquietarse por saber quién lo ha hecho, y el gorrión picotea la cereza sin pensar cómo ha brotado. ¿Qué sabemos nosotros de la idea de Dios, y qué significa, definitivamente, esta intuición limitada que tenemos del Ser supremo? Aun cuando yo lo designase como los turcos por un centenar de nombres, todavía me quedaría infinitamente inferior a la verdad, tan innumerables son sus atributos... Como el Ser augusto que nombramos la Divinidad te manifiesta no solamente en el hombre, sino también en el seno de una naturaleza rica y poderosa, y en los grandes sucesos del mundo, la idea que nos formamos de él, según las cualidades humanas, es evidentemente insuficiente.” La idea que nuestros antepasados se han formado de Dios, estuvo, en todas las épocas, en armonía con el grado de ciencia sucesivamente adquirido por la humanidad. Como el saber humano, esta idea es variable y debe necesariamente progresar; por más que se haga, cada una de las nociones que constituyen el dominio del espíritu humano, debe marchar de frente con el progreso general, bajo pena de quedarse atrás.

En el conjunto de un sistema en movimiento, todo punto que se obstinase en permanecer estacionario, retrocedería en realidad. Ya no es, pues, posible en nuestros días declarar dogmáticamente que tal o cual noción es perfecta y debe conservar el statu quo de la infalibilidad. O forma parte de la marcha progresiva del espíritu, o no. En el primer caso, es preciso seguirla íntegramente; en el segundo, es forzoso declararse en retirada. Téngase bien entendido. Digámoslo francamente: en ciencia experimental, Dios no debe admitirse a priori, como tampoco el destino o el fin que creemos comprender en las obras de la naturaleza. Las doctrinas a priori han pasado ya y no son admitidas. Lo confesamos con los materialistas: los que han tomado a Dios por punto de partida y no a la naturaleza, ¿nos han explicado nunca las propiedades de la materia o las leyes por las cuales se gobierna el mundo? ¿Han podido decirnos si el sol andaba o estaba fijo; si la tierra era un globo o una llanura; cuál era el designio de Dios; etc.? No; esto sería imposible. Partir de Dios en la investigación y en el examen de la creación, es un procedimiento que no tiene sentido ni objeto. Este defectuoso método de estudiar la naturaleza y de sacar consecuencias filosóficas, creyendo poder, por una simple teoría, construir el universo y establecer las verdades naturales, ha felizmente perdido todo crédito hace mucho tiempo. Precisamente al método opuesto deben las ciencias naturales los grandes progresos y los resultados tan felices de nuestro tiempo.

Porque en virtud de la ciencia experimental sustituyamos a la hipótesis precedente los resultados a posteriori del examen, ¿es razón para que estemos obligados a cerrar los ojos y a negar la inteligencia, la sabiduría y la armonía reveladas por la observación misma? ¿Es esta una razón para rechazar toda conclusión filosófica y para quedarnos en el camino por temor de llegar al fin? ¿Es esta una razón para dar la mano a los escépticos modernos que, a pesar de la evidencia, rechazan toda luz y toda conclusión? No lo creemos. Por el contrario, en virtud del método que preconizan, afirmamos su negación y su inconsecuencia. Antes de entrar en discusión, importa mucho determinar las posiciones recíprocas, a fin de evitar toda equivocación.

Esperamos que las declaraciones que preceden basten para establecer categóricamente la nuestra. Combatiremos francamente el materialismo, no con las armas de la fe religiosa, no con los argumentos de la fraseología escolástica, no con las autoridades de la tradición, sino con los razonamientos que inspira y fecundiza la contemplación científica del universo. Examinemos, ante todo y en conjunto, el procedimiento general del ateísmo contemporáneo. Este procedimiento ofrece alguna semejanza con el que el barón d’Holbach empleó a fines del siglo pasado, para establecer su famoso Sistema de la Naturaleza, obra de un materialismo vulgar, el cual, según Goethe, nunca podría despreciarse bastante, y al que calificaba de “verdadera quintaesencia de la vejez empalagosa e insípida”. El nuevo procedimiento (más exclusivamente científico, sin embargo) consiste principalmente en declarar que las fuerzas que dirigen el mundo no lo dirigen; que, lejos de ser soberanas de la materia, son sus esclavas y que la materia (inerte, ciega y desprovista de inteligencia) es la que, moviéndose por si misma, se dirige según leyes cuyo alcance, sin embargo, es incapaz de apreciar. Nuestros materialistas actuales pretenden que la materia existe de toda eternidad, que está revestida eternamente de ciertas propiedades, de ciertos atributos, y que estas propiedades calificativas de la materia, bastan con ella para explicar la existencia, el estado y la conservación del mundo. De esta manera sustituyen con un dios-materia al Dios-espíritu.

Enseñan que la materia gobierna el mundo, y que las fuerzas físicas, químicas y mecánicas, no son más que cualidades de la misma. Para refutar este sistema es, pues, necesario tomar exactamente el sistema opuesto, demostrar que un Dios-espíritu es quien rige la creación y no un incomprensible dios-materia; establecer que la sustancia no es la propietaria de la fuerza, sino al contrario, su esclava; probar que la dirección del mundo no pertenece a las moléculas ciegas que lo constituyen, sino a las fuerzas bajo cuya acción aparecen las leyes supremas. En el fondo, el problema se reduce a esta demostración fundamental. Esperamos que ésta resultará claramente de los estudios que forman el objeto de nuestro trabajo. Y puesto que nuestros adversarios se apoyan en los verdaderos hechos científicos, para establecer su error es preciso que también nosotros nos apoyemos en los mismos hechos para combatirlo.

A decir verdad, aun cuando estuviese demostrado que el universo no es más que un mecanismo material, cuyas fuerzas no pertenecen a un motor, sino que se remontan sin cesar a la matera, y descienden de ella incesantemente, como un sistema de movimiento perpetuo, no por eso la causa de Dios estaría perdida. Pero desde los orígenes de la filosofía, desde Heráclito y Demócrito, el sistema mecánico del mundo fue generalmente el refugio y la razón de los ateos, mientras que el sistema dinámico fue el apoyo de los espiritualistas. Nosotros pertenecemos en principio a la concepción dinámica del mundo y combatimos el sistema incompleto de un mecanismo sin constructor. Como lo expresa juiciosamente M. Caro (La Philosophie de Goethe, cap. VI.), por un lado el “mecanismo” lo explica todo por combinaciones y agrupaciones de átomos primitivos, eternos.

Todas las variedades de los fenómenos, el nacimiento, la vida, la muerte, no son más que el resultado mecánico de composiciones y descomposiciones, la manifestación de sistemas, de átomos, que se reúnen o separan. El “dinamismo”, por el contrario, refiere todos los fenómenos y todos los seres a la idea de fuerza. El mundo es la expresión, ya de fuerzas opuestas y armonizadas entre sí, ya de una fuerza única, cuya perpetua metamorfosis constituye la universalidad de los seres. Puede asegurarse que aunque la explicación segunda de las cosas sea hasta cierto punto independiente de la explicación primera o metafísica, la historia atestigua el hecho constante de que hay afinidad natural: por una parte entre la explicación mecánica del mundo y la hipótesis que suprime a Dios; por otra entre la teoría dinámica del mundo y la hipótesis que lo diviniza en su principio. La teoría mecánica, estableciendo la pura necesidad matemática en las acciones y reacciones que forman la vida del mundo, es incompleta, por cuanto suprime la idea de causa y disipa en humo el mundo moral.

La teoría de una fuerza única, universal, siempre en acción, formando la variedad de los seres por sus metamorfosis, refiere esta universalidad misteriosa a una fuerza primordial. Podría, pues, sencillamente acusarse al procedimiento general de nuestros contradictores de consistir en una falta gramatical: atribuir a la materia un poder que sólo pertenece a la fuerza, y pretender que la fuerza no es más que un adjetivo calificativo, mientras que tiene los mismos derechos que la materia a la categoría de sustantivo. Examinemos ahora en conjunto cuáles son los grandes errores que acompañan a este procedimiento y le sostienen, y que encontraremos de nuevo bajo diferentes formas en el pormenor de nuestras discusiones.

El primer error general en que incurren los materialistas es imaginar que para que Dios exista, es preciso que goce de una voluntad caprichosa y no de una voluntad constante e inmutable en su perfección. Por ejemplo, Ærsted, el sabio escrutador del mundo físico, ha expresado cuerdamente las relaciones de Dios con la naturaleza, diciendo que “el mundo está gobernado por una razón eterna que nos manifiesta sus efectos en las leyes inmutables de la naturaleza”. El doctor Búchner opone a esta proposición la siguiente especiosa objeción: “Nadie podría comprender -dice- cómo una razón eterna que gobierna, ha de avenirse con leyes inmutables. O son las leyes de la naturaleza las que gobiernan, o es la razón eterna; las unas al lado de la otra entrarían a cada momento en colisión. Si la razón eterna gobernase, las leyes de la naturaleza serían superfluas; si por el contrario, gobiernan las leyes inmutables de la naturaleza, excluyen toda intervención divina.” “Si una personalidad gobierna la materia con un fin -dice Moleschott-, la ley de la necesidad desaparece de la naturaleza. Cada fenómeno será objeto de un juego de azar y de un arbitrarismo sin freno (¡!)”. Hay que convenir en que esta grave objeción es bastante singular.

Este extraño raciocinio vacila por su propia base. Parécenos, al contrario, que la inteligencia que se revela en las leyes de la naturaleza, demuestra por lo menos la inteligencia de la causa a que son debidas estas leyes, y que son precisamente la expresión inmutable de esta inteligencia eterna. ¿No es algo ridículo pretender que esta causa debe dejar de existir por la razón de que está íntimamente acorde con estas mismas leyes? Véase, por ejemplo, a un excelente arpista, de habilidad tan perfecta que los acordes que saca de las cuerdas vibrantes parecen identificados con la poesía de su alma: pues, esta alma, no existe, porque para admitir su existencia, sería preciso que se pusiese a veces arbitrariamente en desacuerdo con las leyes de la armonía.

Este modo de raciocinar es tan evidentemente falso, que los mismos que lo emplean lo reconocen implícitamente. Así, refiriendo Büchner, a propósito de los milagros, el hecho de que el clero inglés había pedido al gobierno que ordenase un día general de ayuno y de oración para alejar el cólera, alaba a lord Palmerston por haber respondido que la propagación del cólera dependía de condiciones naturales, conocidas en parte, y podría mejor detenerse con medidas sanitarias que con oraciones. ¡Muy bien! Todavía añade más el autor: “Esta respuesta -dice- le acarreó la acusación de ateísmo, y el clero declaró que era un pecado mortal no querer creer que la Providencia puede en todo tiempo contrariar las leyes de la naturaleza. ¡Qué singular idea se forman estas gentes del Dios que se han creado! ¡Un legislador supremo, capaz de dejarse ablandar por súplicas y sollozos para trastornar el orden inmutable que ha creado, violar sus propias leyes y destruir con su mano la acción de las fuerzas de la naturaleza!” “Todo milagro -dice también Cotta-, si los hubiera, probaría que la creación no merece la veneración que por ella sentimos; y el místico debería necesariamente deducir de la imperfección de la creación la imperfección del Creador.”

Véase, pues, a nuestros adversarios en contradicción consigo mismos, puesto que por una parte no quieren admitir que una razón eterna pueda estar acorde con leyes inmutables, y por otra piensan con nosotros que la idea de inmutabilidad o cuando menos de regularidad conviene mucho mejor con la perfección ideal del ser desconocido que llamamos Dios, que la idea de mudanza o de arbitrariedad que ciertas creencias pretenden imponerle. Un segundo error general no menos funesto que el precedente y que engaña igualmente a nuestros contradictores, es creer que para que Dios exista, es preciso que esté fuera del mundo. No vemos bajo ningún concepto la razón de esta pretendida necesidad. Y ante todo, ¿qué idea es esa de una causa soberana fuera del mundo? ¿Dónde limitáis el mundo para que esta idea tenga algún fundamento?

El mundo, es decir, el espacio en el cual se mueven las estrellas y las tierras, ¿no es infinito por su esencia misma? En cualquier lugar en que imaginéis un límite a este espacio, acaso más allá del mismo espacio, ¿no se renueva éste? ¿Es posible fijar límites a la extensión? ¿En dónde, pues, se imaginaría este Dios fuera del mundo? ¿Tal vez se quiere decir que fuera de la materia? Pero, ¿qué es la materia misma? Agrupaciones de moléculas impalpables. Es imposible, pues, precisar semejante posición. Dios no puede estar fuera del mundo, sino que está en el mismo lugar que el mundo, del cual es el sostén y la vida. Si no temiésemos que se nos acusara de panteístas, añadiríamos que es “el alma del mundo”. El universo vive por Dios como el cuerpo obedece al alma. En vano pretenden los teólogos que el espacio no puede ser infinito; en vano se esfuerzan los materialistas en suponer a Dios fuera del mundo: nosotros sostenemos que Dios, infinito, está en el mundo, en cada átomo del universo. Nosotros adoramos a Dios en la Naturaleza.

Sin embargo, nuestros adversarios combaten desatinadamente su fantasma. “No se debe considerar el gobierno del universo, como un orden regulado por un espíritu fuera del mundo -dice Strauss-, sino como la razón inmanente a las fuerzas cósmicas y a sus relaciones.” En cuanto a nosotros, a esta razón, la llamamos Dios, en tanto que los ateos modernos se sirven de esta declaración para afirmar que, no estando Dios fuera del mundo, no existe. “Todo -dice H. Tuttle-, desde la polilla (perdónesenos la expresión) que revolotea a los rayos del sol, hasta la inteligencia humana que emana de las masas medulosas del cerebro, todo está sujeto a principios fijos. Luego Dios no existe.” Luego Dios existe, deducimos nosotros. “Cada uno es libre de traspasar los límites del mundo visible -dice Büchner-, y buscar fuera una razón que gobierna, un poder absoluto, un alma del mundo, un Dios personal”; etc. Pero, ¿quién os habla de esto? “Nunca y en ninguna parte -dice el mismo literato-, ni aun en los espacios más lejanos que el telescopio ha descubierto, se ha podido observar un hecho que forme excepción y que pueda hacer admitir la necesidad de una fuerza absoluta, que ejerza su acción fuera de las cosas.” Pero, digámoslo una vez más, ¿quién os habla de esto?

“La fuerza no es un Dios que impele -dice Moleschott-, no es una esencia de las cosas aisladas del principio material.” “Nadie será tan corto de vista -dice el mismo en otra parte-, que vea en las acciones de la naturaleza fuerzas que no estén ligadas a un sustrato material. Una fuerza que se cerniese libremente por encima de la materia sería una idea absolutamente vacía.” Decididamente, hay todavía hoy día caballeros andantes, que guerrean alrededor de los viejos castillos del Rhin y que se entretienen en pelear contra molinos de viento, a la manera del héroe de Cervantes. Porque en fin, ¿cuál es el filósofo de hoy que enseña que hay un Dios o fuerzas fuera de la naturaleza? Nosotros vemos en Dios la esencia virtual que sostiene el mundo en cada una de sus partes infinitamente pequeñas; de donde resulta que el mundo está de ella como bañado, empapado en todas sus partes, y que Dios está presente en la composición misma de cada cuerpo.

De modo que la primera trinchera abierta por nuestros adversarios para el sitio del espiritualismo, ha sido cegada por ellos mismos; la segunda, ni aun se dirige contra la ciudadela, y nuestros soldados alemanes no hacen más que delirar. Un tercer error capital e imperdonable para sabios de cierta edad, es que imaginan tener el derecho de afirmar sin pruebas, y se mantienen en la cándida confianza de que uno está forzado a creerlos bajo su palabra. Ellos afirman en donde la verdadera ciencia guarda el más profundo silencio. Afirman, como si hubiesen asistido al consejo de la creación, o como si ellos mismos hubiesen creado el mundo. He aquí algunas muestras de este género de razonamientos, cuya infalibilidad ha sido tan orgullosamente proclamada. Tómense las personas un poco acostumbradas a la práctica de la ciencia, el trabajo de analizar las siguientes afirmaciones:
“La fuerza -dice Moleschott-, no es un dios, que da el impulso, no es un ser separado de la sustancia material de las cosas. (¿Queréis decir separado o distinto?) La propiedad, inseparable de la materia, es la que le es inherente de toda eternidad. Una fuerza que no estuviese unida a la materia, sería una idea absurda. El ázoe, el carbono, el hidrógeno y el oxígeno, el azufre y el fósforo tienen propiedades que les son inherentes de toda eternidad... Luego, la materia gobierna al hombre.” Cada una de estas afirmaciones o de estas negaciones es una petición de principio; todo depende del sentido que se dé a los términos discutibles, empleados aquí; se reducen a declarar que la fuerza es una propiedad de la materia. Pero precisamente en esto está la cuestión.

Estos fieros campeones que pretenden representar la ciencia y hablar en nombre de ella, ni aun se dignan seguir el método científico, que consiste en no afirmar nada sin pruebas. Han estereotipado una máxima que brilla en letras de oro al desplegar su bandera: “Toda proposición no demostrada experimentalmente merece desdén”, y la olvidan desde el principio de sus discursos. Son predicadores de un género nuevo: “Haced lo que digo y no lo que hago.” Probaremos en efecto que los que afirman que la fuerza no da el impulso a la materia, toman esta idea de su imaginación, y no de la ciencia. Oigamos algunas otras afirmaciones generales: “La materia -dice Dubois-Reymond-, no es un vehículo al cual, como a un caballo, se dan y se quitan alternativamente las fuerzas. Las propiedades son de toda eternidad inalienables, intransmisibles.” Sobre el destino del hombre se expresa así Moleschott: “Cuanto más claramente concebimos que trabajamos para el mayor desarrollo de la humanidad por una juiciosa (?) asociación de ácido carbónico, de amoníaco y de sales, de ácido húmico y de agua, tanto más nobles llegan a ser la lucha y el trabajo”; etc. Y en nuestro mismo país: “Una idea -dice la Revista médica-, es una combinación análoga a la del ácido fórmico; el pensamiento depende del fósforo; la virtud, el sacrificio y el valor, son corrientes de electricidad orgánica”; etc.

¿Quién os ha dicho esto, señores redactores? Vuestros lectores deben imaginar que vuestros maestros enseñan semejantes majaderías. Y sin embargo, no es así. Desde el punto de vista científico, estos raciocinios son absolutamente nulos. Verdaderamente, no se sabe qué admirar más: si la audacia de estos singulares representantes de la ciencia, o la tontería de sus pretensiones. Newton decía: Nos parece... Kepler decía: Os someto estas hipótesis... Estos señores dicen: Yo afirmo, yo niego, esto es, esto no es, la ciencia ha juzgado, la ciencia ha pronunciado, la ciencia condena, aunque en lo que aleguen no haya ni sombra de argumento científico. Semejante método puede tener el mérito de la claridad, pero de seguro no se le acusará de ser ni demasiado modesto ni verdaderamente científico. Tenéis el atrevimiento de imputar a la ciencia la pesada carga de vuestras herejías.
Si la ciencia os oye, señores -y debe oíros, porque sois sus hijos- si la ciencia os oye, debe sonreírse de vuestra ilusión. La ciencia afirma, decís; la ciencia niega; la ciencia ordena; la ciencia prohibe. . . A esta pobre ciencia le atribuís palabras exageradas, le suponéis un gran orgullo en el corazón. No, señores, y bien lo sabéis vosotros (aquí en confianza), en estas materias la ciencia no afirma nada, no niega nada, ¡la ciencia busca!

Reflexionad, pues, que la forma de vuestras frases engaña a los ignorantes, y puede inducir a error a todos los que no han tenido la facultad de hacer los mismos estudios que vosotros; y tened entendido que cuando uno se presenta con el titulo de intérprete de la ciencia, no se le debe disfrazar y hay que ser los fieles y, por consiguiente, los modestos traductores de una causa cuyo primer mérito es la modestia. Si de la cuestión de la fuerza en general, pasásemos a la del alma, observaríamos que en el dominio de la vida animal o humana, nuestros adversarios no temen afirmar, sin más pruebas que antes, que la personalidad de ser viviente y pensador no existe, que el espíritu, como la vida, no es más que el resultado físico de ciertos agrupamientos de átomos, y que materia gobierna al hombre tan exclusivamente corno gobierna, según ellos, a los astros y a los cristales.

El fenómeno más curioso es que se imaginan ilustrar el problema con sus oscuras explicaciones:
“El espíritu -dice el Dr. Hermaun Scheffier (Körper un Geist) -, no es otra cosa que una fuerza de la materia, resultante inmediata de la actividad nerviosa.” Pero, ¿de dónde viene esta actividad nerviosa? Del éter (?) en movimiento en los nervios. De manera que los actos del espíritu son el producto inmediato del movimiento nervioso determinado por el éter o del movimiento del éter en los nervios, a lo cual hay que añadir un cambio mecánico, físico o químico, de la sustancia imponderable de los nervios y de los demás elementos de los cuerpos... He aquí, creo, la cuestión bien clara. “Vivir -dice Virchow-, no es más que una forma particular de la mecánica.” “El hombre no es más que un producto de la materia -dice Büchner-, no es el ser que pintan los moralistas; no tiene el privilegio de ninguna facultad intelectual.” “Hay en todos los nervios una corriente eléctrica -dice Dubois-Reymond-, y el pensamiento no es más que un movimiento de la materia.” “Las facultades del alma -dice Vogt- no son otra cosa que funciones de la sustancia cerebral; ellas tienen con el cerebro la misma relación casi que la orina con los riñones (Philogische Briefe).”

“El sentimiento de sí mismo, la conciencia -dice Moleschotr-, no es más que una sensación de movimientos materiales, dependiendo en los nervios de corrientes eléctricas que son percibidas por el cerebro” Tendremos ocasión de citar más adelante un ditirambo del mismo autor sobre el fósforo del cerebro, sobre los guisantes, las habichuelas y las lentejas. Por ahora, limitémonos a estos edificantes testimonios. Pero admiremos la conclusión fundamental: “Por estos motivos los sabios definen la fuerza como una simple propiedad de la materia. ¿Cuál es la consecuencia general y filosófica de esta noción, tan sencilla como natural? Que los que hablan de una fuerza creatriz, que hubo de crear el mundo de sí misma o de la nada, ignoran el primero y más sencillo principio del estudio de la naturaleza, basado sobre la filosofía y sobre el empirismo”. “Y -añaden- ¿cuál es el hombre instruido, cuál el que, con un conocimiento solamente superficial de los resultados de las ciencias naturales, podría dudar que el mundo no está gobernado, como se dice habitualmente, sino que los movimientos de la materia están sometidos a una necesidad absoluta e inherente a la materia misma?”

Así mediante la autoridad de algunos alemanes, que vienen cándidamente a declarar, desde la primera página, que no quieren a ningún precio ni la existencia de Dios ni la del alma, y a prestar una sombra de noción científica a la supuesta justificación de su fantasía, nos sería preciso, o dejar de ocuparnos en la ciencia, o dejar de creer en Dios. Si, cuando menos, hubiesen tenido la precaución de aplicar las reglas del silogismo a su método, si hubiesen tenido cuidado de sentar desde luego, premisas irrefutables, y de no sacar de ellas sino una conclusión legítima, podría seguírseles en su raciocinio y concedérseles un premio de retórica. Pero obsérvese en qué consiste su procedimiento.

Mayor: La fuerza es una propiedad de la materia. Menor: Pero una propiedad de la materia no puede ser considerada como superior, creadora u organizadora de esta materia. Conclusión: Luego, la idea de Dios es una concepción absurda. De esta manera sientan desde luego como principio el asunto que se va a discutir. Combatiendo el método del cristianismo, se parecen mucho a los que, para probar a los romanos la divinidad de Jesús, principiaban así: Jesús es Dios; y después sacaban sus deducciones de este principio no probado. Y nosotros hacemos mucho honor a estos escritores, aplicando a sus alegaciones, las reglas del raciocinio, porque ellos quizás no han pensado jamás en seguir estas reglas. Todavía podríamos presentar sus pretensiones bajo otra forma más sencilla: Antecedente: La materia y la fuerza se encuentran siempre juntas. Consecuente: Luego, la fuerza es una cualidad de la materia. He aquí, según mi opinión, un entinema de nuevo genero, y la consecuencia es muy evidente; ¿no es verdad? Pues, así es como raciocinan los señores alemanes y sus perspicaces imitadores de la joven Francia. En el primer caso, el razonamiento peca por su base; en el segundo, ni aun merece este cargo: es una niñería. Es penoso escribirlo; pero, verdaderamente, a esta puerilidad, o por mejor decir, a esta perversión de la facultad razonable, es a lo que se reduce el formidable movimiento del materialismo contemporáneo.

Y o ahora o nunca es el caso de aplicar el dicho de un misántropo que, modificando ligeramente la calificación de nuestra especie, decía, que el hombre no es un animal razonable, sino razonador. Todo el fundamento de esta gran disputa, toda la base de este edificio heterogéneo cuya caída inminente podrá aplastar a muchos cerebros con sus ruinas, toda la fuerza de este sistema que pretende dominar el mundo y el porvenir, todo su valor y todo su poder, estriban en esta aserción fantástica, arbitraria y en manera alguna demostrada: que la fuerza es una propiedad de la materia. Fingiendo seguir rigurosamente las demostraciones científicas y no apoyarse sino sobre verdades reconocidas; cubriéndose con el estandarte de la ciencia, tomando sus fórmulas y sus hechos, y ocultándose bajo su máscara, es como los oradores del ateísmo y de la nada proclaman sus bellas e interesantes doctrinas. Pero la ciencia no es una máscara.

Habla con el rostro descubierto, no echa mano de falsas maniobras ni de declaraciones engañadoras: tranquila y pura en su grandeza, se expresa sencilla y humildemente, como un ser que tiene conciencia de su valor íntimo, que no trata de imponerse y sobre todo, no afirma las cosas de que no está segura, y en lugar de afirmar o de negar, busca y prosigue laboriosamente su obra. Lo expuesto anteriormente ha dejado ya adivinar, sin duda, la táctica del ateísmo contemporáneo, que no es el resultado directo del estudio científico, pero procura insinuarse bajo esta apariencia. En esto, esos filósofos son víctimas evidentemente de una ilusión, porque sabemos que cierto número de ellos tienen una convicción sincera; a fuerza de desear enlazar sus teorías con la ciencia, es como han concluido por ver realizada en su espíritu esta unión, esta alianza imposible. Estas teorías no pueden invocar en su favor uno sólo de los grandes experimentos científicos de nuestro tiempo.

No importa; a pesar de esto, se presentan como el resultado de todo el trabajo científico moderno: ellos lo repiten, y por medio de estas palabras engañan a los ignorantes y a la juventud ligera, y tienden a hacerles creer que las ciencias, a fuerza de progresar, han concluido por descubrir y demostrar que no hay ni Dios ni alma. Son ellos los que forman la ciencia. Al oírlos se diría que no hay nada fuera de ellos. Los grandes hombres de la antigüedad, de la Edad Media y de los tiempos modernos, no son más que fantasmas y la filosofía debe desaparecer por completo ante el ateísmo titulado científico. Es preciso que las imaginaciones populares no se dejen engañar por un juego de palabras, que verdaderamente parece a veces una comedia. Conviene que las inteligencias piensen por sí mismas, juzguen con conocimiento de causa, y adquieran la certidumbre de que los hechos científicos, interrogados sin previa resolución, no consienten las consecuencias dogmáticas que se les imponen. Vista de cerca, la piedra angular sentada con grandes esfuerzos por el materialismo contemporáneo, permite adivinar que no es otra cosa que un antiguo pedazo de madera carcomida; y en el fondo los partidarios de este sistema no están más seguros de la solidez de su escepticismo, que lo estaban los calvos discípulos de Heráclito o de Epicuro.

Por más que ellos quieran hacernos creer otra cosa, todo su sistema no es nada más que una hipótesis, más vana y menos fundada que muchas novelas científicas. Y puesto que ellos mismos declaran que toda hipótesis debe desterrarse de la ciencia, es preciso comenzar por expulsar la suya. En efecto, ¿con qué derecho vienen a hacer de la fuerza un atributo de la materia? ¿Con qué derecho afirman que la fuerza está sometida a la materia, que obedece humildemente a los caprichos de ésta, y que es la esclava absoluta de los elementos inertes, muertos, indiferentes y ciegos? Parécenos que tenemos un derecho, mejor fundado y más evidente, de proponer lo contrario, y de derribar así por su base su famoso edificio. Terminaremos, pues, esta exposición del problema, diciendo que la cuestión debe plantearse en estos términos fundamentales: La fuerza ¿está sometida a la materia, o bien, la materia a la fuerza? Trátase de discutir lo uno y lo otro y escoger; o para hablar con más exactitud, trátase de observar la naturaleza y decidirse según la observación. Pero, puesto que los respetables campeones de la materia afirman con tanta seguridad el primer punto, principiemos por ponerlo en duda y por proponer la alegación contraria.

En la portada de esta obra inscribimos, pues, esta pregunta: ¿La fuerza está sometida a la materia, o por el contrario, la materia está regida por la fuerza? Este es el dilema que debe ser resuelto por los hechos mismos. El espectáculo general del universo va a ofrecernos una primera demostración de la soberanía de la fuerza y de la ilusión de los materialistas. De la materia nos elevamos a las fuerzas que la rigen, de las fuerzas a las leyes que las gobiernan, de estas leyes a su misterioso autor.
La armonía llena el mundo con sus acordes y el oído de ciertos pequeños seres humanos rehusa oírla. La mecánica celeste lanza atrevidamente en el espacio el arco de las órbitas estelares, y la vista de un parásito de estos globos desconoce la grandeza de su arquitectura.

La luz, el calor, la electricidad, puentes invisibles echados de una esfera a otra, hacen circular al través de los infinitos, el movimiento, la actividad, la vida, la radiación del esplendor y de la belleza; y débiles criaturas apenas salidas a la superficie de una pobre esfera, prefieren más bien tiritar en la sombra, a confesar la radiación celeste. ¿Es esto locura, o necedad? ¿Es orgullo, o ignorancia? ¿Cuál puede ser el origen y cuál el objeto de tan singular aberración? ¿Por qué, cuando la fuerza vital, gozosa y fecunda, palpita lo mismo en el paternal sol que en la linda mariposa que nace y muere en la misma mañana, en la encina secular de nuestros bosques como en la violeta primaveral; ¿por qué, cuando la vida brillante y magnífica dora las mieses de Julio, acaricia los rubios cabellos de la bulliciosa juventud y se estremece en el seno virginal de la prometida; por qué negar la belleza, por qué disfrazar la bondad, por qué desconocer la inteligencia?

¿Por qué emponzoñar las virtudes eternas que sostienen el edificio del mundo, y eclipsar tristemente la luz inmaculada que desciende de los cielos? Antes de penetrar los misterios del reino tan rico y tan interesante de la vida, debemos, en primer lugar, considerar el bosquejo material del universo y comenzar por demostrar la soberanía de la fuerza en el trazado de este bosquejo mismo. Dividiremos esta primera consideración en dos secciones: el Cielo y la Tierra a fin de establecer, primero por las leyes astronómicas, después por las leyes terrestres, que en toda la creación, la materia no ha sido nunca más que una esclava servil, dominada universalmente por la soberanía de las fuerzas que la rigen. Esta división no debe un sólo instante recordarnos la antigua comparación del cielo y de la Tierra; ya todos sabemos que son dos términos no comparables.

En valor absoluto, el cielo es todo, la Tierra es nada. La Tierra es un átomo imperceptible perdido en el seno del infinito; el cielo la rodea, la envuelve sin límites; ella forma parte de la población celeste, sin excepción, sin privilegio particular. Unir estas dos expresiones: el cielo y la tierra, es como decir: los Alpes y un pequeño guijarro; el océano y una gota de agua; el Sahara y un grano de arena.
Es comparar la mínima parte de un todo a este mismo todo. Importa, pues, no dar una interpretación literal a nuestra división; ésta no tiene otra razón de ser que la claridad del asunto.
Para nosotros, habitantes de la Tierra, este astro es alguna cosa, lo mismo que para la pequeña oruga que nace sobre una brizna de hierba, esta brizna es alguna cosa a pesar de su insignificancia en la pradera entera. Nuestra esfera de observación se divide naturalmente en dos partes: la que pertenece a nuestro mundo y lo que no le pertenece.

Pues, vamos a establecer que fuera de nuestro mundo, lo mismo que en él, la materia en todo y por todo, no es más que una cosa inerte, ciega, muerta, compuesta de elementos incapaces de dirigirse por sí mismos, que no piensan ni obran por su propio impulso, y que en los senderos invisibles del espacio, lo mismo que en los canales de la savia o de la sangre, lo que agrupa los átomos, lo que dirige las moléculas, lo que conduce los mundos, es una fuerza, que manifiesta a la vez el plan, la voluntad, la inteligencia, la sabiduría y el poder de su autor.


CAMILO FLAMMARION

domingo, 16 de junio de 2019

LA FUERZA ES INDEPENDIENTE DE LA MATERIA



Examinemos ahora la segunda proposición de Moleschott, que pretende que la fuerza es un atributo de la materia, es decir, que sea imposible concebir una sin otra. En su opinión, estudiar por separado la fuerza y la materia es un contrasentido, de donde podemos concluir que, estando la energía contenida en la materia, las fuerzas como el alma, el pensamiento, Dios, no son más que propiedades de esa materia. Si demostramos que tal afirmación es falsa, estableceremos implícita-mente, la realidad del alma. Para responder a un sabio no hay mejor método que oponerle otros sabios. D’Alembert dice, secundando a Newton: “un cuerpo abandonado a sí mismo debe persistir eternamente en su estado de movimiento o de reposo uniforme”. En otras palabras: estando un cuerpo en reposo no podría moverse por sí mismo. 

Laplace expresa el mismo pensamiento. Un punto en reposo no puede proporcionarse movimiento a sí mismo, ya que no dispone de raciocinio que le haga moverse en un sentido en lugar de en otro. 
En contacto con una fuerza cualquiera y abandonado a sí mismo, se mueve constantemente, de manera uniforme, en la dirección de esa fuerza, no ofrece ninguna resistencia y su fuerza y dirección de movimiento son las mismas durante todo el tiempo. Esa tendencia de la materia para perseverar en su estado de movimiento y de reposo es lo que llamamos inercia. Esta es la primera ley del movimiento de los cuerpos. Así, Newton, D’Alembert y Laplace reconocen que la materia es indiferente al movimiento y al reposo, que sólo se mueve cuando una fuerza actúa sobre ella, porque, de forma natural, es inerte. Es, por tanto, una afirmación gratuita y sin fundamento científico, atribuir fuerza a la materia. 

Creemos que, difícilmente pueden rechazarse los testimonios y la competencia de los tres grandes hombre de ciencia arriba citados, pero para dar más peso a nuestra afirmación, diremos que el cardenal Gerdil y Euler establecen, por cálculos matemáticos, la certeza de la inercia de los cuerpos, no podemos reproducirlos aquí, pero haremos constar un argumento decisivo en apoyo de nuestras convicciones. Tenemos una excelente prueba del principio de inercia en las aplicaciones que se hicieron de las teorías de la mecánica a los fenómenos astronómicos. En efecto, si esta ciencia que tiene por base la inercia no se apoyase en un hecho real, sus deducciones serían falsas e inverificables por la experiencia. Si la ley de inercia no pasase de ser un concepto del espíritu, sin ningún valor positivo, le habría sido imposible a Leverrier encontrar y calcular la órbita de un planeta desconocido hasta su época, y sus previsiones jamás se habrían realizado. 

Por el contrario, se han comprobado punto por punto. Ese descubrimiento demuestra que las leyes encontradas por la razón son exactas, ya que se verifican por la observación de un fenómeno cuya posibilidad ni siquiera se sospechaba, cuando se establecieron los principios de la mecánica celeste. ¿No es evidente que se conocían las propiedades de los cuerpos y más tarde se conocieron las curvas que describían, mucho antes de haberse observado el movimiento de los astros en el cielo? 

Ahora bien, no siendo la mecánica sino el estudio de las fuerzas en acción, sus leyes son rigurosas porque se comprueban en la naturaleza. No sólo trataron este tema los matemáticos: M. H. Martín en su libro “Las ciencias y la filosofía” demuestra, según el Sr. Dupré, que, en virtud de las leyes de la termodinámica es necesario admitir una acción inicial exterior e independiente de la materia. Además, es fácil la convicción, razonando de acuerdo al método positivo, que el testimonio de los sentidos no puede hacernos ver la fuerza como un atributo de la materia. Al contrario, comprobamos a través de la experiencia cotidiana que un cuerpo queda inerte y permanecerá eternamente en la misma posición si nada le viene a dar movimiento. 

Una piedra que lancemos permanece después de caer en el mismo estado cuando la fuerza que le animaba dejó de actuar. Una bola no rodará sin un primer impulso que lo provoque. Siendo el universo el conjunto de los cuerpos se puede decir del conjunto de la creación lo que se dice de cada cuerpo en particular, y si el universo está en movimiento, es imposible encontrar que la causa de ese movimiento esté en sí mismo. Hasta este punto hemos comprobado que Moleschott no tuvo mucho éxito al elegir sus afirmaciones. Sitúa como verdad los puntos más impugnables. No nos sorprende pues que, partiendo de datos tan falsos, llegue a conclusiones totalmente erróneas. 

El estudio imparcial de los datos nos lleva a contemplar el mundo como formado por dos principios independientes el uno del otro: la fuerza y la materia. Es necesario, además de eso, observar que la fuerza es la causa efectiva a que obedecen los seres, orgánicos o no. Todas las fuerzas, por tanto, designadas bajo los nombres de Dios, alma, voluntad, etc., tienen una existencia real fuera de la materia y ésta es el instrumento pasivo, sobre el que se ejercen. 

Continuamos con el análisis del libro de Moleschott y comprobaremos en sus apreciaciones sobre el hombre que no muestra más perspicacia que en su estudio sobre la naturaleza. 
El gran argumento que ofrece como prueba de convicción es el mismo que el de los materialistas en general. Consiste en decir “el cerebro es el órgano por el que se manifiesta el pensamiento, luego es el cerebro el que produce el pensamiento”. Ese razonamiento es casi tan lógico como si dijéramos: “el piano es el instrumento que sirve para que se haga oír una melodía, luego el piano produce la melodía”. Si alguien se expresase de tal forma delante de un incrédulo, es muy probable que se encogiese de hombros desdeñosamente, pero, por extraño que parezca, cuando se trata del alma, se acepta inmediatamente semejante forma de discusión. 

Los materialistas no quieren, bajo ningún concepto, creer en un principio pensante,niegan la existencia del músico, por eso son tan singulares las teorías que nos exponen. 
Los materialistas se encuentran delante de ese problema: el hombre piensa, el pensamiento no tiene ninguna de las cualidades de la materia, es invisible, no tiene forma, ni peso, ni color, pero existe. 
Es necesario pues, para mostrar coherencia que lo hagan proceder de la materia. 
Existe una gran dificultad para explicar como una cosa material, el cerebro, puede engendrar una acción inmaterial, el pensamiento. Vamos a ver, entonces, desfilar los sofismas, para que, con su ayuda, nuestros adversarios puedan dar la apariencia de un razonamiento. 

El cerebro es necesario para que el pensamiento se manifieste. 
Los filósofos griegos ya lo sabían y no caían, por eso, en el error de los escépticos de hoy. 
Establecían la distinción entre la causa y el instrumento que sirve para producir el efecto. 
Algunos fisiólogos, como Cabanis, no encaraban el tema tan de cerca. Este dice: 
“Vemos las impresiones llegar al cerebro a través de los nervios, encontrándose entonces aisladas, sin coherencia. 
El órgano entra en acción, actúa sobre las impresiones y las reenvía metamorfoseadas en ideas, que se manifiestan, exteriormente, por el lenguaje de la fisionomía o del gesto, o por las señales de la palabra o de la escritura. Concluimos, con la misma seguridad, que el cerebro digiere, de alguna forma, estas impresiones y que realiza, orgánicamente, la secreción del pensamiento. 

Esa doctrina se implantó tan bien en el espíritu de los materialistas que, según Carl Vogt, los pensamientos tienen con el cerebro casi “la misma relación que la bilis con el hígado o la orina con los riñones”. Broussais ya había dicho en su testamento: “Desde que supe, por la cirugía, que el pus acumulado en la superficie del cerebro destruía nuestras facultades, y que la salida de ese pus permitía su reaparición, no las pude considerar de otra forma que actos del cerebro vivo, aunque no supiese ni qué era el cerebro ni qué era la vida”. Moleschott, siguiendo esta pista, dice a su vez, variando un poco la argumentación: 

“El pensamiento no es más que un fluido, como el calor o el sonido. 
Es un movimiento, una transformación de la materia cerebral. 
La actividad del cerebro es una propiedad del cerebro, tan necesaria como la fuerza, totalmente inherente a la materia, de la que es un carácter esencial e inalienable. Es tan imposible que el cerebro intacto no piense, como es imposible que el pensamiento esté ligado a otra materia que no sea el cerebro”. 

Según el sabio químico, cualquier alteración del pensamiento modifica el cerebro, y cualquier daño en ese órgano suprime el pensamiento total o parcialmente. Afirma: 

“Sabemos, por experiencia, que la excesiva abundancia de líquido cefalorraquídeo produce el estupor, que la apoplejía va seguida del aniquilamiento de la consciencia, que la inflamación del cerebro provoca el delirio, que el síncope, que disminuye el movimiento de la sangre hacia el cerebro, provoca la pérdida del conocimiento, que la afluencia de sangre venosa al cerebro produce alucinaciones y vértigos, y que una idiotez completa es el efecto inevitable de la degeneración de los dos hemisferios cerebrales. En fin, que toda excitación nerviosa en la periferia del cuerpo sólo despierta una sensación consciente en el momento en que repercute en el cerebro”. 

Concluye, pues, que en los fenómenos psicológicos lo que se observa es la eterna dualidad de la creación: una fuerza, el pensamiento que modifica; una materia, el cerebro. Toda la argumentación de Moleschott consiste en decir que, con los órganos sanos, los actos intelectuales se ejercen con facilidad, pero al contrario, si el cerebro enferma, el alma no se puede servir más de él, y las facultades reaparecen cuando las causas que lo alteraban cesan de actuar. Es siempre la historia del piano. Si una de las cuerdas llega a romperse, será imposible hacer vibrar la nota que le corresponde. Sustitúyase la cuerda e inmediatamente el sonido volverá a producirse. Pero cuando se demostrase que el pensamiento siempre es el resultado del estado del cerebro, no bastaría eso para afirmar que el encéfalo produce el pensamiento. 

Como mucho, de ahí se podrían inducir las relaciones íntimas existentes entre ambos. No está todavía probado que la integridad del cerebro sea indispensable para la producción de los fenómenos espirituales. He aquí lo que dice Longet, cuya competencia en Fisiología está unánimemente reconocida: “Nunca se ha negado la solidaridad de los órganos sanos con una inteligencia sana (mens sana in corpore sano), pero esa dependencia tan natural no es absoluta, encontrándose numerosos ejemplos de lo contrario. Se ven a débiles niños asombrar por la precocidad de su inteligencia y capacidad de su espíritu así como a viejos decrépitos, cercanos a la tumba, conservar intacto el juicio y la memoria, el fuego del genio y el ardor del coraje. Hace pocos años, el profesor Lordat escribió un notable tratado sobre la insenescencia 1 

 La locura va acompañada, muchas veces, por una lesión apreciable de los centros nerviosos, pero ¿qué diremos en los casos en que Esquirol y otros autores muy conscientes afirman no haber encontrado ningún vestigio de alteración en el cerebro? 
Los anales de la ciencia proporcionan un gran número de hechos, perfectamente observados, de alteración profunda de la sustancia cerebral, sin que durante la vida, se haya notado la más leve alteración de la inteligencia. Se han visto en porciones de cerebro estudiadas, que las balas han atravesado el órgano de un lado a otro sin el menor desarreglo del espíritu, sin embargo, bastan algunos hilillos de sangre en un pequeño punto para encender la fiebre, excitar un delirio furioso y traer rápidamente la muerte. Debemos reconocer que la integridad de los órganos, su buena disposición y un volumen suficiente, son condiciones favorables al libre ejercicio, al vigor de las facultades intelectuales, pero no confundamos el órgano con la función y, sobre todo, hablando del cerebro y del pensamiento, donde esa distinción se vuelve muy importante, porque muchos órganos concurren para ese gran fenómeno de la vida intelectual: la privación del aire la hace cesar inmediatamente y una bala que atraviesa el corazón la destruye con rapidez. 

¿Quién osaría sin embargo dar como causa primaria del pensamiento el aire que respiramos o la sangre que circula por las arterias?” Es lo que dice la ciencia y parece que sus conclusiones no están del todo a favor de Moleschott. No es posible afirmar que el pensamiento esté siempre en armonía con la integridad del cerebro, luego no está producido por el cerebro. Hemos visto anteriormente, al sabio holandés atribuir el pensamiento a una vibración de la materia cerebral. ¿Será esa teoría más justa que las precedentes? Vamos a verlo inmediatamente. Desde luego topamos con una dificultad. Es difícil comprender cómo una sensación genera una idea. 

La sensación es una impresión producida en los nervios sensitivos por una agitación externa. Determina un movimiento ondulatorio que se propaga hasta el cerebro por las fibras nerviosas. Una vez llegado allí, ese movi-miento hace vibrar las células del sensorium. ¿Cómo puede el movimiento mecánico de las células determinar una idea y como comprender que esa agitación sea percibida por el ser pensante? Las células nerviosas, formadas de colesterina, agua, fósforo, ácido húmico, etc., asociados en ciertas proporciones, no son inteligentes por sí mismas. 

El movimiento vibratorio es una simple acción material. ¿Cómo puede el pensamiento nacer de esa agitación de la célula nerviosa? Fue lo que se les olvidó enseñarnos. 
Los espiritualistas interpretan los hechos diciendo que existe en nosotros una individualidad intelectual, que es advertida por esa vibración de que se ejerció una acción sobre el cuerpo, y es cuando el alma tiene consciencia de ese movimiento vibratorio, cuando experimentamos la percepción. Lo que prueba hasta la evidencia que todo lo que así ocurre es el fenómeno tan ordinario de la distracción. Cuando trabajamos en una habitación, ¿no nos ocurre con frecuencia quedarnos insensibles al tic-tac de un reloj? ¿Y no sucede lo mismo al dar las horas? ¿Por qué no las oímos? 

Las vibraciones, producidas por el sonido han impresionado nuestro oído, se han propagado a través del organismo hasta el cerebro, pero, estando el alma preocupada por otros pensamientos, no puede transformar la sensación en percepción, de manera que no somos conscientes de los ruidos provocados por el reloj. Este simple hecho demuestra, de manera concluyente, la existencia del alma. 

 OTRAS OBJECIONES 

Ahora estamos seguros que el pensamiento no es producido, ni por un conjunto del cerebro, ni por un movimiento vibratorio de sus moléculas. Asegurémonos de que no es producto de la materia cerebral. Retomemos para examinarlas, las teorías de Cabanis y Carl Vogt: ¿es posible que el pensamiento sea una secreción del cerebro? Tan falsa se presenta esa idea, tan poco en armonía con la realidad de los hechos, que un declarado materialista como Büchner se resiste a admitirla. Nos dice él: “A pesar del más escrupuloso examen, no podemos encontrar analogía entre la secreción de la bilis o de la orina y el proceso por el que se forma el pensamiento en el cerebro. La orina y la bilis son materias palpables, ponderables y visibles y todavía más, materia de desecho que el cuerpo utilizó y que rechaza. El pensamiento, el espíritu, el alma, por el contrario, no tienen nada de material, no son en sí mismos una sustancia, sino el encadenamiento de fuerzas diversas formando una unidad, el efecto del concurso de muchas sustancias dotadas de fuerza y cualidad. Cuando una máquina hecha por la mano del hombre produce un efecto, pone en movimiento su mecanismo u otros cuerpos, da un golpe, indica la hora o algo semejante, ese efecto, considerado en sí, es una cosa esencialmente diferente de ciertas materias de desecho que produce, quizás, durante esa actividad. 

Así, el cerebro es el principio y la fuente, o mejor dicho, la causa única del espíritu y el pensamiento, pero no por eso es su órgano secretor. Produce algo que no se rechaza ni dura materialmente, pero que se consume a sí mismo en el momento de la producción. La secreción del hígado o de los riñones se realiza sin que lo sepamos, independientemente de la actividad superior de los nervios, produce una materia palpable. La actividad del cerebro no puede existir sin la consciencia completa y no segrega sustancias, sino fuerzas. Todas las funciones vegetativas, la respiración, el latido del corazón, la digestión, la secreción de los órganos excretores se producen tanto en el sueño como en estado de vigilia, pero las manifestaciones de la vida se suspenden en el momento en que el cerebro, bajo la influencia de una circulación más lenta, queda sumergido en el sueño.” 

Para Büchner el pensamiento no es una secreción, procedente de un conjunto de fuerzas diversas que forman unidad, es una resultante, pero ¿una resultante de qué? ¿será del conjunto del cerebro o de una sola de sus partes? ¿podrá algo invisible e imponderable como el pensamiento, ser producido por diferentes órganos que se reúnen para un efecto común? El autor no nos dice nada, ni tenemos necesidad de explicaciones para percibir que esa manera de encarar el pensamiento es todavía errónea. Büchner reconoce que el pensamiento es inmaterial. Nos preguntamos ahora ¿cómo podría ser producido por el cerebro que sólo se compone de materia? Abordemos más de cerca el tema y veremos que, de cualquier forma que lo encaremos, es imposible suponer que el cerebro produzca el pensamiento como una secreción, o que se desprenda de él, como la electricidad de los cuerpos que la contienen. Es evidente, comprobado e innegable que el trabajo cerebral determina una elevación de temperatura en el cerebro. 

Se produce una oxidación de las células, que se puede medir, como hizo Schiff, investigando en perros y en el hombre; como atestiguan los experimentos de Broca en estudiantes de medicina o las de Bayson, que pesaba los sulfatos y fosfatos que entraban en su cuerpo por la alimentación para demostrar que la cantidad de sales, expulsada por las excreciones, aumentaba de forma sensible después de un trabajo cerebral. ¿Cómo pueden estos experimentos, de los que los materialistas han pretendido hacer un argumento, poner en duda la existencia del alma? Demuestran, simple-mente que cuando el cerebro trabaja, la sangre afluye ahí y determina unos movimientos moleculares que se traducen materialmente por acciones químicas. Creer que el pensamiento sea producto de esas reacciones sería un grave error porque si el cerebro produce el pensamiento, es preciso explicar la naturaleza y el resultado de esa secreción. ¿Es un líquido, un sólido, un cuerpo simple o compuesto? Desde el momento que se aparta resueltamente la hipótesis espiritual, se debe establecer que por la elevación de temperatura se obtiene un objeto material. 

Ahora bien, ¿Quién puede pretender que el pensamiento, esa cosa fugitiva, esté en ese caso? Admitiendo que el pensamiento es una fuerza, como la electricidad o el calor, que emana del cerebro en ciertos momentos, y como toda fuerza es un movimiento vibratorio del éter, volveríamos a caer en la teoría de Moleschott, que demostramos era falsa. Se puede observar, cualquiera que sea el proceso analítico empleado, que es imposible suponer el pensamiento como una emanación del cerebro y todavía me-nos como secreciones o vibraciones de la materia cerebral. No podemos admitir los sistemas materialistas sin que nos encontremos en oposición formal con los hechos y la razón, y si comprobamos en el cerebro una serie de actos que preceden, acom-pañan o siguen al pensamiento, es absolutamente ilógico atribuirles la producción de ese pensamiento. Una de las facultades del alma que más han llamado la atención de los filósofos es la memoria. 

Misteriosa facultad que refleja y conserva los accidentes, las formas y las modificaciones del pensamiento, del espacio y el tiempo. En ausencia de los sentidos y lejos de la impresión de los agentes externos, representa esa sucesión de ideas, imágenes y acontecimientos ya desaparecidos, caídos en la nada. Los resucita espiritualmente, tal como el cerebro los sintió, la conciencia los percibió y formó. Para explicar el mecanismo, Aristóteles admite que las impresiones externas se graban en el espíritu, casi en la forma que se reproduce una letra, colocando un punzón sobre la cera. Descartes cree también que esa facultad proviene de los vestigios que dejan en nosotros las impresiones de los sentidos o las modificaciones del pensamiento. 

Adoptemos el punto de vista de esos grandes hombres y vemos como es posible conciliarle con los datos que Moleschott nos proporciona sobre la naturaleza del principio pensante. El sabio químico afirma, que se produce un movimiento incesante de la materia así como transformaciones maravillosas y múltiples en el interior de nuestro cuerpo, y apoyándose en los trabajos de Thompson, Vierodt y Lehumann (que a su vez se basaban en los de Cuvier y Flourens), declara que “los hechos justifican plena-mente la suposición de que el cuerpo renueva la mayor parte de su sustancia en un lapso de veinte a treinta días”. 

Y todavía más: “El aire que respiramos cambia a cada instante la composición del cerebro y de los nervios.” Si esto es verdad, si somos una nueva entidad de treinta en treinta días, si todas las moléculas que componen nuestro cuerpo entran en un torbellino vital ¿cómo conservamos todavía, en la edad madura, el recuerdo de los actos que sucedieron en nuestra juventud? ¿Cómo explicará Moleschott que nos conservamos siempre los mismos, a pesar de esas mutaciones? Es cierto que poseemos la certeza completa de ser siempre idénticos, incluso cuando envejecemos, sabemos que la esencia de nosotros mismos no cambia. En medio de las vicisitudes de la existencia, nuestras facultades pueden aumentar o borrarse, nuestros gustos variar hasta el infinito y nuestra conducta presentar las más singulares contradicciones. Sabemos, sin embargo, que conservamos el mismo ser, tenemos conciencia de que otro no tomó nuestro lugar, y mientras, todos los elementos de nuestro cuerpo han sido renovados muchas veces. 

Ni un átomo, de lo que formaba hace diez años, subsiste en el presente ¿Cómo se mantiene, entonces, la memoria de los acontecimientos pasados? Responden los espiritualistas que existe en nosotros un principio que no cambia y cuya naturaleza indivisible no está, como la materia, sometido a destrucción. Es el alma que conserva el recuerdo de los hechos, las conquistas de la inteligencia y las virtudes adquiridas en la incesante lucha contra las pasiones. No podemos admitir las teorías materialistas, porque tienden simplemente a suprimir la responsabilidad de los actos. Si no somos efectivamente, sino una asociación de moléculas renovadas sin cesar, si nuestras facultades son apenas la traducción exacta del desarrollo que el azar ha dado a ciertas partes del cerebro ¿con qué derecho puede el hombre estar orgulloso de sus cualidades y por qué se condenaría a un malhechor si su inclinación al crimen dependería de cierta disposición orgánica que él no puede modificar? Las luchas mantenidas contra los impulsos que nos arrastran hacia el mal indican que existe en nosotros una fuerza consciente dirigida por las leyes de la moral. 

Esas luchas interiores revelan la acción de la voluntad, a despecho de todos los sofismas con que se pretende establecer que no existe. No somos dueños siempre, es cierto, de dominar nuestras sensaciones, que se nos imponen muchas veces con energía: un espectáculo sensible nos llena de dulce emoción, la visión de una injusticia nos mueve a rebelión, nos encanta una música suave, pero esas impresiones tan diversas son muy diferentes de la voluntad, que es el carácter más íntimo del yo y de la personalidad humana. Cuando vamos a realizar algo, ponderamos los motivos que nos pueden dirigir, se hace oír la voz del interés en oposición a la del deber y lo que realmente es meritorio es el poder que tenemos de escoger entre ambos. Si somos libres, somos responsables. Esta gran verdad está tan firme en la con-ciencia universal que nunca se ha visto castigar a un loco por cometer un crimen. El libre albedrío no es una ilusión. 

Es el que da al hombre honesto la fuerza de preferir la muerte a la infracción de las leyes, y es el que impulsa a los grandes corazones a acciones heroicas. Si el hombre no pasase de ser un juguete ciego de las fuerzas físico-químicas, sería necesario despedirnos de todos los nobles sentimientos y de todas las aspiraciones generosas. Intentaron probar, comparando el peso de un gran número de cerebros humanos, que la inteligencia más desarrollada correspondía siempre a un encéfalo más pesa-do. Se hicieron numerosas estadísticas, pero hasta el momento los resultados no son lo bastante precisos para permitir formular una ley. Es cierto que, a medida que nos aproximamos a las razas inferiores, la capacidad craneana disminuye. En estos últimos tiempos, Bischof, Nicolucci, Hervé, Broca y otros han realizado investigaciones muy curiosas al respecto, pero, al igual que sus predecesores, no han podido deducir una regla de los numerosos casos que observaron, ya que se observaron idiotas con un volumen de cerebro tan considerable como el de las personas que gozaban de la integridad de sus facultades intelectuales. 

En esta clase de investigación es necesario no confundir el órgano con la función. Si vemos que ciertas partes del cuerpo crecen más que otras, es que trabajan más. Se sabe que los herreros tienen el brazo derecho más fuerte que el izquierdo, porque es con el que manejan el martillo, así como los torneros tienen la pierna izquierda más voluminosa que la derecha, porque es la que utilizan constantemente. ¿Se podría decir que estos hombres son herreros o torneros sólo porque sus miembros están más desarrollados? El razonamiento es el mismo con el cerebro. Si, en ciertos casos, se observa una correlación entre su volumen y una gran actividad intelectual, esto prueba tan sólo que el espíritu actúa sobre él con intensidad. 

Dice Hervé: “El encéfalo crece en proporción a la actividad funcional de la cual es la sede. Esa es una ley que se aplica a todos los órganos, en toda la serie animal, ahora bien ¿Cuál es la actividad funcional de cerebro? La intelectual y la moral”. El peso y el volumen del cerebro nada tienen, por tanto, de común con la existencia del alma y no pueden invalidarla. 

CONCLUSIÓN 

Diremos, resumiendo, que del estudio de los hechos resalta la certeza de que poseemos un principio pensante, independiente de la materia, que no está sometido, como ella a las transformaciones de la vida, y en la cual reside la memoria. Para combatir esa verdad tan sencilla los sabios han investigado las más íntimas profundidades del ser, para extraer de ahí sus argumentos. Nos sorprende observar cómo se extravían, cuando abandonan el terreno sólido de la experiencia y se aventuran, guiados por hipótesis, en el dominio filosófico. Y es que no quieren admitir sino lo que es visible, tangible, que se pueda medir. No tendríamos nada que alegar contra ese método, si lo utilizasen siempre, pero lo que no es justo es que sólo lo apliquen a los fenómenos psíquicos. Broussais decía: 
“Diseccioné muchos cadáveres, pero nunca encontré el alma”. 
Pero admitía la vida y las ciencias naturales que sólo reposan sobre entidades. 

Oigamos a Langel:

 “La Química se contenta con palabras, siempre que le resulta imposible penetrar en la esencia misma de los fenómenos. ¿De qué habla sin cesar? De afinidad ¿no es eso una fuerza hipotética tan poco tangible como la vida y el alma? La Química deja a la Fisiología la idea de la vida y rechaza ocuparse de ella. Pero ¿la idea en torno a la que la Química se desarrolla es algo más real? Tal idea es incomprensible muchas veces, no sólo en su esencia, sino en sus efectos. ¿Se puede, por ejemplo, meditar un instante en las leyes de Berthollet, sin comprender que estamos delante de un misterio impenetrable? En los experimentos que le habían servido de fundamento, las reacciones químicas son conducidas en condiciones puramente estáticas e independientes de las afinidades propiamente dichas, pero en el fenómeno de una combinación, en esa atracción que precipita un átomo hacia los otros que se buscan, que se unen, escapando a los compuestos que les aprisionaba ¿hay algo que se pueda confundir con el espíritu? 

Bajo mi punto de vista, opino que cuanto más se estudian las ciencias en su metafísica, más se acentúa la convicción de que ésta nada tiene de irreconciliable con la filosofía más idealista. Las ciencias analizan las reacciones, toman las medidas, descubren las leyes que regulan el mundo de los fenómenos, pero no hay ningún problema, por humilde que sea, que no las coloque delante de dos ideas sobre las cuales el método experimental no tiene ninguna inferencia: en primer lugar, la esencia de la sustancia modificada por los fenómenos, en segundo lugar, la fuerza que provoca esas modificaciones. Sólo conocemos, sólo vemos el exterior, las apariencias, la verdadera realidad, la realidad sustancial y la causa se nos escapan” 

No podemos terminar mejor esta revisión que citando las siguientes palabras del ilustre fisiólogo Claude Bernard: “La materia, cualquiera que sea, siempre está destituida de espontaneidad y no provoca nada, sólo expresa por sus propiedades la idea de quien creó la máquina que funciona. 
De manera que la materia organizada del cerebro, que manifiesta fenómenos de sensibilidad e inteligencia propios del ser vivo, no tiene, del pensamiento y de los fenómenos que manifiesta, más conciencia que de la materia bruta tendría una máquina inerte, de un reloj, por ejemplo, que no tiene conciencia de los movimientos que efectúa o de la hora que indica. Asimismo, los caracteres impresos y el papel no tienen conciencia de las ideas que reproducen. Asegurar que el cerebro produce el pensamiento, sería lo mismo que decir que el reloj produce la hora o la idea del tiempo. 
Es necesario no suponer que fue la materia quien creó la ley del orden y sucesión. Eso sería caer en el craso error de los materialistas”. 

Gabriel Delanne


 1 Insenescencia –expresión utilizada como cualidad de lo que no envejece (lo opuesto de senescente, que significa aquello o aquel que está envejeciendo). Nota del autor. del sentido íntimo en los ancianos.