Tal vez en ningún pueblo fue tan vivo el sentimiento de la
supervivencia como lo Fue en la China.
El culto a los espíritus se impuso
en estas naciones desde la más remota antigüedad. Se creía en el Thian o
Chang-si, nombres que daban los chinos indistintamente al cielo, pero se
honraba preferentemente a los espíritus y a las almas de los antepasados.
Confucio respetó estas antiguas creencias, y admiró un día, junto a los
que le rodeaban, máximas escritas, desde hacía más de quinientos años,
sobre una estatua de oro en el Templo de la Luz; entre las cuales figuraba
la siguiente:
“Hablando, obrando, no penséis, aunque estéis solos, que no sois
vistos ni oídos: los espíritus son testigos de todo.”2
En el Celeste Imperio los cielos están poblados como en la Tierra,
están habitados no solamente por los genios, sino también por las almas
de los hombres que han vivido en este planeta. Al lado del culto a los
espíritus, se colocaba el de los antepasados. “Tenía por objeto no
solamente conservar el precioso recuerdo de los abuelos y de honrarles;
sino más aún, de atraer la atención sobre sus descendientes, que les
pedían consejos en todas las circunstancias importantes de la vida, sobre las cuales se consideraba que ejercían una influencia decisiva, aprobando
o censurando, además, su conducta.”3
En estas condiciones, es evidente que la naturaleza del alma debía
ser bien conocida de los chinos. Confucio no concebía la existencia de
espíritus puros, les atribuía una envoltura semimaterial, un cuerpo
aeriforme, como atestigua esta cita del gran filósofo:
“¡Cuán profundas son las facultades de los Koúci-Chin (espíritus
diversos)
Se procura verles y no se les ve; se trata de oírles y no se les
oye: identificados con la sustancia de los seres no pueden ser separados
de ella. Están en todas partes, por encima de nosotros, por debajo de
nosotros, a nuestra izquierda, a nuestra derecha; nos rodean por todas
partes. Esos espíritus, sin embargo, por sutiles e imperceptibles que sean,
se manifiestan a través de las formas corporales de los seres; siendo su
esencia una esencia real, verdadera, no puede manifestarse bajo una
forma indefinida.”4
El budismo penetró en China y se asimiló las antiguas creencias;
continuó las relaciones establecidas con los muertos.
He aquí un ejemplo de esas evocaciones y de la apariencia tomada
por el alma para hacerse ver por los ojos mortales.
M. Estanislao Julien, que ha traducido del chino la historia de
Hiouen-Thsang, que vivió hacia el año 650 de nuestra era, cuenta así la
aparición de Buda, debida a la plegaria hecha por el santo personaje:
«Después de haber penetrado en la caverna en que vivió el gran
iniciador, animado de una fe profunda Hiouen-Thsang se acusa de sus
pecados con el corazón lleno de sinceridad; recita devotamente sus
oraciones, prostándose después de cada estrofa.
Cuando así hubo hecho cien saludos, vio aparecer un resplandor
sobre el muro oriental.
“Penetrado de alegría y de dolor reemprendió sus salutaciones, y de
nuevo vio una luz de la amplitud de un estanque que brilló y se
desvaneció como un relámpago. Entonces, en un transporte de alegría y
de amor, juró no abandonar aquel sitio antes de haber visto la sombra augusta de Buda. Continuó sus homenajes, y después de doscientas
salutaciones, de pronto, se iluminó la gruta de luz y Buda apareció con
una blancura brillante, dibujándose majestuosamente sobre el muro.
Un
brillo resplandeciente iluminaba los contornos de su faz divina. Hiouen-
Thsang contempló largo tiempo, sumido en éxtasis, el objeto sublime e
incomparable de su admiración. Se prosternó con respeto, celebró las
alabanzas de Buda, esparció flores y perfumes, después de lo cual la luz
celeste se extinguió. El brahmán que le había acompañado quedó tan
encantado como maravillado de aquel milagro. «Maestro —le dijo—, sin
la sinceridad de vuestra fe y la energía de vuestros deseos, no habríais
podido ver tal prodigio.»”
Esta aparición recuerda la transfiguración de Jesús cuando se
mostraron Moisés y Elías. Los espíritus superiores tienen un cuerpo
espiritual de un incomparable esplendor, pues su sustancia fluídica es
más luminosa que las más rápidas vibraciones del éter, como más
adelante podremos asegurarnos.
Gabriel Delanne
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1 Marpéro, Archéologie égyptienne, e Histoire ancienne des peuples de I’Orient.
2 G. Pauthier, La Chine, VI.
3 León Carré, L’ancien Orient.
4 G. Pauthier, La Chine, VII.

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