domingo, 23 de junio de 2019

El Alma es Inmortal - CHINA



Tal vez en ningún pueblo fue tan vivo el sentimiento de la supervivencia como lo Fue en la China. 
El culto a los espíritus se impuso en estas naciones desde la más remota antigüedad. Se creía en el Thian o Chang-si, nombres que daban los chinos indistintamente al cielo, pero se honraba preferentemente a los espíritus y a las almas de los antepasados. Confucio respetó estas antiguas creencias, y admiró un día, junto a los que le rodeaban, máximas escritas, desde hacía más de quinientos años, sobre una estatua de oro en el Templo de la Luz; entre las cuales figuraba la siguiente: “Hablando, obrando, no penséis, aunque estéis solos, que no sois vistos ni oídos: los espíritus son testigos de todo.”2 

En el Celeste Imperio los cielos están poblados como en la Tierra, están habitados no solamente por los genios, sino también por las almas de los hombres que han vivido en este planeta. Al lado del culto a los espíritus, se colocaba el de los antepasados. “Tenía por objeto no solamente conservar el precioso recuerdo de los abuelos y de honrarles; sino más aún, de atraer la atención sobre sus descendientes, que les pedían consejos en todas las circunstancias importantes de la vida, sobre las cuales se consideraba que ejercían una influencia decisiva, aprobando o censurando, además, su conducta.”3 En estas condiciones, es evidente que la naturaleza del alma debía ser bien conocida de los chinos. Confucio no concebía la existencia de espíritus puros, les atribuía una envoltura semimaterial, un cuerpo aeriforme, como atestigua esta cita del gran filósofo: “¡Cuán profundas son las facultades de los Koúci-Chin (espíritus diversos) 

Se procura verles y no se les ve; se trata de oírles y no se les oye: identificados con la sustancia de los seres no pueden ser separados de ella. Están en todas partes, por encima de nosotros, por debajo de nosotros, a nuestra izquierda, a nuestra derecha; nos rodean por todas partes. Esos espíritus, sin embargo, por sutiles e imperceptibles que sean, se manifiestan a través de las formas corporales de los seres; siendo su esencia una esencia real, verdadera, no puede manifestarse bajo una forma indefinida.”4 El budismo penetró en China y se asimiló las antiguas creencias; continuó las relaciones establecidas con los muertos. He aquí un ejemplo de esas evocaciones y de la apariencia tomada por el alma para hacerse ver por los ojos mortales. 

M. Estanislao Julien, que ha traducido del chino la historia de Hiouen-Thsang, que vivió hacia el año 650 de nuestra era, cuenta así la aparición de Buda, debida a la plegaria hecha por el santo personaje: «Después de haber penetrado en la caverna en que vivió el gran iniciador, animado de una fe profunda Hiouen-Thsang se acusa de sus pecados con el corazón lleno de sinceridad; recita devotamente sus oraciones, prostándose después de cada estrofa. Cuando así hubo hecho cien saludos, vio aparecer un resplandor sobre el muro oriental. “Penetrado de alegría y de dolor reemprendió sus salutaciones, y de nuevo vio una luz de la amplitud de un estanque que brilló y se desvaneció como un relámpago. Entonces, en un transporte de alegría y de amor, juró no abandonar aquel sitio antes de haber visto la sombra augusta de Buda. Continuó sus homenajes, y después de doscientas salutaciones, de pronto, se iluminó la gruta de luz y Buda apareció con una blancura brillante, dibujándose majestuosamente sobre el muro. 

Un brillo resplandeciente iluminaba los contornos de su faz divina. Hiouen- Thsang contempló largo tiempo, sumido en éxtasis, el objeto sublime e incomparable de su admiración. Se prosternó con respeto, celebró las alabanzas de Buda, esparció flores y perfumes, después de lo cual la luz celeste se extinguió. El brahmán que le había acompañado quedó tan encantado como maravillado de aquel milagro. «Maestro —le dijo—, sin la sinceridad de vuestra fe y la energía de vuestros deseos, no habríais podido ver tal prodigio.»” Esta aparición recuerda la transfiguración de Jesús cuando se mostraron Moisés y Elías. Los espíritus superiores tienen un cuerpo espiritual de un incomparable esplendor, pues su sustancia fluídica es más luminosa que las más rápidas vibraciones del éter, como más adelante podremos asegurarnos. 


Gabriel Delanne
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1 Marpéro, Archéologie égyptienne, e Histoire ancienne des peuples de I’Orient.
2 G. Pauthier, La Chine, VI.
3 León Carré, L’ancien Orient.
4 G. Pauthier, La Chine, VII.

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