Cuando se dice
que es inmaterial, es preciso entender esta palabra en un sentido relativo
y no absoluto; pues la inmaterialidad perfecta sería la nada; ahora bien, el
alma o el espíritu es algo que piensa, que siente, que quiere; es preciso,
pues, entender por la expresión “inmaterial” que su esencia es de tal
modo diferente de lo que conocemos físicamente, que no tiene analogía
alguna con la materia.
El alma no puede concebirse sin ir acompañada de una materia
cualquiera que la individualice; pues muerta le sería imposible entrar en
relación con el mundo exterior. Sobre la Tierra, el cuerpo humano es ese
medio que nos pone en contacto con la naturaleza; pero después de la
muerte, siendo destruido el organismo, es preciso que tenga otra
envoltura para estar en relación con el nuevo medio que debe habitar.
Esta inducción lógica ha sido fuertemente sentida en todos los tiempos,
tanto más cuando las apariciones de personas muertas, que sin embargo,
se dejaban ver bajo su forma terrestre, venían a robustecer esta creencia.
Lo más frecuente es que, el cuerpo espiritual reproduzca la forma
que el espíritu tenía en su última encarnación; y a esta semejanza del
alma, probablemente, son debidas las primeras nociones de la
inmortalidad.
Si se quiere pensar también que en los sueños se vuelven a ver con
frecuencia a parientes o amigos muertos desde hace largo tiempo; que
esas personas conservan y parecen vivir como antes, se podrá encontrar
tal vez, en esos hechos, la causa de esta fe general en otra vida, que era la
de nuestros antepasados.
Se observa, en efecto, que los hombres de la época prehistórica, a la
que se ha dado el nombre de megalítica, sepultaban a los muertos y
colocaban en las tumbas armas y adornos. Hay, pues, que pensar que las
poblaciones primitivas tenían la intuición de una segunda existencia que
sucedía a la vida terrestre. Pues bien, si hay una concepción opuesta al
testimonio de los sentidos, es en realidad la de una vida futura. Cuando
se ve al cuerpo físico permanecer inerte, insensible a cuantos estímulos
se puedan emplear; cuando se observa que se enfría y luego se
descompone, es difícil suponer que algo sobrevive a esta disgregación
total. Pero si, no obstante esta destrucción, se observa la reaparición
completa del mismo ser, si manifiesta por actos y palabras que vive aún,
entonces, incluso en los seres más débiles, la conclusión de que el
hombre no ha muerto por completo se impone con gran autoridad. Es,
probablemente después de muchas observaciones del mismo género,
cuando se estableció el culto dado a los despojos mortales y la creencia
de que otra vida sería la continuación de ésta.
LA INDIA
Aun en nuestros días las tribus más salvajes creen en cierta
inmortalidad del ser pensante, y los relatos de los viajeros están de
acuerdo en probar que en todas las partes del globo la supervivencia es
afirmada unánimemente. Remontándonos a los más antiguos testimonios
que poseemos, es decir, hasta los tiempos del Rig Veda, vemos que los
hombres que vivían al pie del Himalaya, en el Sapta Sindhou (país de los
siete ríos), tenían intuiciones claras sobre el más allá de la muerte.
Basándose probablemente en las apariciones naturales y en las
visiones de los sueños, los sacerdotes, después de muchos siglos,
llegaron a codificar la vida futura. ¿Cuál sería esta existencia? Un poeta
ario esboza vigorosamente el cielo védico: “Mora da definitiva de los
dioses inmortales, asiento de la luz eterna, origen y base de todo lo que
existe, morada de constante alegría, de placeres sin fin, donde los deseos
se satisfacen desde que nacen, donde el ario fiel vive una eterna vida.”
Desde que el cielo védico fue convertido en morada divina
habitable por el ser humano, la cuestión se encuentra planteada en saber
cómo el hombre podría “elevarse tan alto”, y cómo, con facultades,
restringidas sería “capaz de vivir una vida celeste sin fin”. ¿Es posible
que el cuerpo humano, que tiende tan fuerte mente a la Tierra, tomando
impulso, hecho ligero como una nube, atraviese el espacio para
trasladarse, por sí mismo, a la maravillosa ciudad de los dioses? Sería
precisa la realización de un milagro. Ahora bien, este milagro no se ha
producido jamás visiblemente. ¿Será, pues, que la morada divina está
aún sin huéspedes? ¿Sin prodigio, puede el cuerpo físico perder su
propio peso? De este misterio, de este pensamiento vago, ha surgido, en
cierto modo, la preocupación positiva de los destinos de la materia
después de la muerte, de la supervivencia de una parte del ser. He aquí la
explicación más antigua que se conoce sobre este misterioso más allá.
El cuerpo humano, herido por la muerte, vuelve por entero a los
diversos elementos que participaron en su formación. Los rayos de la
mirada, materia luminosa, son adquiridos por el Sol; el soplo, prestado
por los aires, vuelve a los aires; la sangre, savia universal, va a vivificar
las plantas; los músculos y los huesos, reducidos a polvo, se convierten
de nuevo en tierra. “El ojo vuelve al sol, el soplo a Vayou; el cielo y la
tierra reciben cada uno lo que les es debido; las aguas y las plantas
readquieren las partes del cuerpo humano que les pertenecían.” El
cadáver del hombre es dispersado. Las materias que componían el cuerpo
viviente, privadas del calor vital, vuelven al Gran Todo; servirán para
formar otros cuerpos; nada se pierde, nada es tomado por el cielo.
Y no obstante, el ario muerto santamente recibirá su recompensa;
se elevará hacia las alturas inaccesibles; disfrutará de su glorificación.
¿Cómo es eso? Helo aquí: la piel no es más que la envoltura del cuerpo; y cuando Agni, el dios caliente1, abandona al moribundo, respeta la envoltura corporal, piel y músculos. Las carnes bajo la piel, no son más que materias espesas, groseras, que constituyen una segunda envoltura, consagrada al trabajo, sujeta a funciones determinadas.
¿Cómo es eso? Helo aquí: la piel no es más que la envoltura del cuerpo; y cuando Agni, el dios caliente1, abandona al moribundo, respeta la envoltura corporal, piel y músculos. Las carnes bajo la piel, no son más que materias espesas, groseras, que constituyen una segunda envoltura, consagrada al trabajo, sujeta a funciones determinadas.
Bajo esta doble
envoltura de la piel y del cuerpo, está el hombre verdadero, el hombre
puro, el hombre propiamente dicho, emanación divina susceptible de volver a los dioses, como la mirada del ojo vuelve al Sol, el soplo al aire,
la carne a la tierra. Esta alma, después de la muerte, revestida de un
nuevo cuerpo, luminoso, niebla resplandeciente de forma brillante, “cuyo
propio brillo oculta a la débil vista de los vivos”, esta alma es
transportada a la divina morada. Si el dios ha estado satisfecho de las ofrendas del ario herido de
muerte, viene por sí mismo a darle “la envoltura luminosa” en la cual el
alma será transportada. Un himno expresa rápidamente el mismo
pensamiento bajo la forma de una plegaria: “Desarrolla, oh Dios, tus
esplendores, y da al muerto, así, el cuerpo nuevo en el cual el alma será
transportada a tu antojo.”
Si se reflexiona que estos himnos estaban escritos hace ya 3500
años aproximadamente, en la lengua más rica y más armoniosa que haya
existido jamás, no se puede calcular a qué lejanos períodos se remontan
esas nociones, tan precisas y casi justas, sobre el alma y su envoltura. Se
requiere toda la ignorancia de nuestra época groseramente materialista
para negar una verdad tan vieja como el pensamiento humano y que
encontramos en todos los pueblos. Nuestras experiencias modernas sobre
los espíritus que se hacen fotografiar o que se materializan
temporalmente, como veremos más tarde, demuestran que el periespíritu 2 es una realidad física tan innegable como el cuerpo material mismo. Ésta
era ya la ciencia de los antiguos habitantes del valle del Nilo, y es un
hecho bien notable que en la aurora de todas las civilizaciones se
encuentran creencias fundamentalmente semejantes, cuando no existían,
entre pueblos tan distantes, casi ningún medio de comunicación.
Gabriel Delanne
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1 Fuego aéreo. El fuego estaba representado bajo tres modalidades: Agni, fuego terrestre; Sourya o hidra, el sol; Vayou, fuego aéreo. Rig Véda, 513, número 4, traducción de A. Langlois.
2 El periespíritu. Es el lazo que une al espíritu con el cuerpo, es una especie de envoltorio fluídico que usamos durante el tiempo de nuestra encarnación para envolver el alma encarnada.

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