miércoles, 19 de junio de 2019

LA FUERZA Y LA MATERIA




PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

Misión de la ciencia en la sociedad moderna. - Su poder y su grandeza. - Sus límites; la tendencia a traspasarlos. - Las ciencias no pueden dar ninguna definición de Dios. - Procedimiento general del ateísmo contemporáneo. - Objeciones contra la existencia divina sacadas de la inmutabilidad de las leyes y de la unión íntima entre la fuerza y la materia. - Ilusión de los que afirman o niegan. - Errores de raciocinio. - La cuestión general se reduce a establecer las relaciones reciprocas de la FUERZA, y de la SUSTANCIA. El siglo en que vivimos está desde ahora inscripto con caracteres indelebles en los anales de la historia.

Desde las remotas edades de las civilizaciones antiguas, ninguna época como la nuestra ha visto este despertar magnífico del espíritu humano, afirmando a la vez sus derechos y su poderío. El mundo no es ya ese valle de la Edad Media, donde el alma venia a llorar la culpa del primer padre, y aislándose en el retiro y la oración, creía ganar un lugar en el paraíso castigando su cuerpo con el silicio y la ceniza. Los trabajos de la inteligencia no son ya esas largas, oscuras e interminables discusiones de una metafísica infecunda, fundadas en trivialidades y sustentadas por las sutilezas de la escolástica, a que se entregaron ciegamente grandes genios, consagrándoles una preciosa vida de estudios, sin advertir que perdían a la vez su tiempo y el de un gran número de generaciones.

Allí donde los claustros encerraban en sus muros monjes y reclinatorios, se oyen hoy resonar los pesados martillos de la industria, rechinar las tenazas de hierro, silbar el vapor de las máquinas encendidas. Las instituciones monásticas han tenido su misión en los siglos de las invasiones bárbaras, su fin ha sonado como el de toda obra perecedera: el trabajo fecundo del obrero y del agricultor hace suceder la juventud a la decadencia. En el anfiteatro de las Universidades, en donde se discutía hasta la saciedad sobre los seis días de la creación, las lenguas de fuego de Pentecostés, el milagro de Josué, el paso del Mar Rojo, la forma de la gracia actual, la consustancialidad, las indulgencias parciales o plenarias, etc., y mil asuntos tan difíciles de profundizar, se ve hoy el laboratorio del químico, en el cual los elementos de la materia van dócilmente a dejarse medir y pesar; la mesa del anatomista sobre la cual se descubren el mecanismo del cuerpo y las funciones de la vida; el microscopio del botánico, que permite sorprender los primeros pasos vacilantes de la esfinge de la vida; el telescopio del astrónomo, que descubre más allá de los cielos transparentes los movimientos formidables de soles inmensos, dispuestos por las mismas leyes que rigen la caída de una fruta; la cátedra de la enseñanza experimental, a cuyo alrededor las inteligencias populares van a agrupar sus atentas filas.

La tierra está transformada. Se ha viajado a su alrededor, ha sido medida y ya no es Carlomagno quien la tiene en su mano: el compás del geómetra ha sustituido al cetro imperial. Los Océanos están surcados en todas direcciones por naves de hinchadas velas, por la nave rápida cuya hélice hiende las olas; los continentes son recorridos por el dragón flamígero de la locomotora, y por medio del telégrafo, hablamos en voz baja de un cabo del mundo a otro; el vapor da una vida desconocida a innumerables motores, y la electricidad nos permite contar en un solo momento las pulsaciones de la humanidad entera. No, jamás la humanidad ha asistido a una fase igual; jamás se ha sentido su seno tan lleno de vida y de fuerza como hoy día, jamás su corazón ha enviado con tanta fuerza la luz y el calor hasta las arterias más lejanas; jamás su mirada fue iluminada por un rayo semejante. Por vastos que sean todavía los progresos que se hayan de adquirir, nuestros descendientes se verán eternamente obligados a reconocer que la ciencia debe a nuestra época el estribo de su Pegaso, y que si todavía progresan y ven levantarse el Sol en su cenit, su luz no brillaría sin nuestra aurora. Pero lo que da a la Ciencia su fuerza y su poder, tengámoslo bien presente, es tener por asunto de estudio elementos bien determinados y no ya abstracciones y fantasmas.

Es que la química se ocupa del volumen y del peso de los cuerpos, examina sus combinaciones y determina sus relaciones; la física, busca sus propiedades, observa sus relaciones y las leyes generales que las rigen; la botánica, comienza el estudio de las primeras condiciones de la vida; la zoología, sigue las formas de la existencia y registra las funciones asignadas a los órganos, los principios de la circulación de la materia en los seres vivientes, de su sostenimiento y de sus metamorfosis; la antropología confirma las leyes fisiológicas en acción en el organismo humano, y determina el papel de los diversos aparatos que lo constituyen; la astronomía, inscribe los movimientos de los cuerpos celestes y deduce de ellos la noción de las leyes que dirigen el universo; la matemática, formula estas leyes y lleva a la unidad las relaciones numéricas de las cosas. Esta determinación precisa del objeto de sus estudios, es la que da a la ciencia su valor y su autoridad. He aquí como y por qué es grande. Pero estos últimos títulos le imponen un deber imperioso.

Si olvidando esta condición de su poder, se aparta de estos objetos fundamentales para revolotear en el espacio imaginario, pierde al instante su carácter y su razón de ser. Desde ese momento, los argumentos que pretende imponer en estas regiones fuera de su alcance y de su objeto, no tienen autoridad alguna; pierde entonces hasta su propia cualidad y no merece ya llevar el nombre de ciencia. En esta posición es una soberana que acaba de abdicar. Ya no es a ella a quien se escucha; son sabios que peroran (lo que no siempre es lo mismo). Y estos sabios, cualquiera que sea por otra parte su valor, no son ya los intérpretes de la ciencia, desde el instante en que se lanzan fuera de su esfera. Pues, tal es precisamente la posición de los defensores del materialismo contemporáneo; aplican la astronomía, la química, la física, la fisiología a problemas que dichas ciencias, no pueden ni quieren resolver, y no solamente obligan a las mismas a responder a cuestiones que no son de su competencia, sino que las torturan como a pobres esclavas para hacerlas confesar contra su voluntad y falsamente, proposiciones en las cuales jamás han pensado.

En vez de ser los inquisidores de la palabra, son los inquisidores del hecho. Empero no es la ciencia la que tienen entre sus manos, sino un simulacro de ella. En las siguientes discusiones probaremos que estos sabios están completamente fuera de la ciencia, que se engañan y nos engañan, que sus raciocinios, sus deducciones, sus consecuencias, son ilegítimos, y que, en su gran amor por esta ciencia virginal, la comprometen singularmente, y la perderían del todo en la estimación pública, si no hubiese quien cuidara de manifestar que en vez de la realidad no poseen sino una sombra ilusoria. La circunstancia más lamentable y la razón dominante que nos ordena protestar contra esos supuestos triunfos de un estandarte engañador, es que en nuestra época se siente, o al menos se presiente universalmente la misión y el alcance de la ciencia; compréndese que no hay salvación fuera de ella, y que la humanidad, tanto tiempo agitada por el océano de la ignorancia, no tiene más que un puerto a que arribar: la tierra firme del saber. Así el pensamiento humano tiende con convicción y esperanza sus brazos hacia la ciencia. Desde hace un siglo ha recibido ya tantas pruebas de su poder y de su riqueza, que está dispuesto a acoger con reconocimiento todas sus enseñanzas, todos sus discursos. Aquí es donde, por el momento, hay un lazo para el espiritualismo.

Cierto número de los que cultivan la ciencia, que la representan o que se han hecho sus intérpretes, enseñan falsas y funestas doctrinas: los espíritus inquietos y vacilantes que toman en sus libros los conocimientos de que tienen necesidad, beben en ellos un veneno pernicioso, capaz de destruir en su seno una parte de los beneficios del saber. He aquí por qué es necesario detener un movimiento tan deplorable, que amenaza ser universal. He aquí por qué es sumamente indispensable, discutir estas doctrinas y demostrar que están lejos de derivar de la ciencia, con tanto rigor y con tanta facilidad como quieren decir, sino que son más bien el producto grosero de pensamientos sistemáticos que, repitiéndose perpetuamente, se han formado la ilusión de creerse fecundados por la ciencia, mientras que no habían recibido de este brillante sol sino un rayo pálido y estéril, extraviado de su dirección natural. Hay ciertas cuestiones profundas que, en el curso de la vida humana, en las horas de soledad y de silencio, se presentan ante nosotros, como otros tantos puntos de interrogación, perturbadores y misteriosos. Tales son los problemas de la existencia del alma, de nuestro destino en el porvenir, de la existencia de Dios, y de sus relaciones con la creación.

Estos vastos e imponentes problemas nos envuelven y nos dominan con su inmensidad, porque sentimos que nos atañen, y en la ignorancia que tenemos de ellos, no podemos razonablemente librarnos de un cierto temor de lo desconocido. Como escribía Pascal, uno de estos problemas, el de la inmortalidad del alma, es una cosa tan importante, que es preciso haber perdido todo sentimiento, para que nos sea indiferente saber lo que hay acerca de ello. La misma observación puede aplicarse a la existencia de Dios. Cuando reflexionamos en estas verdades, o solamente en la posibilidad de su existencia, se nos presenta bajo un aspecto tan formidable, que nos preguntamos cómo puede suceder que seres pensadores, hombres, puedan pasar toda su vida preocupados por intereses transitorios, sin salir alguna vez de su apatía en vista de estas implacables interrogaciones.

Si es cierto, como creemos haberlo observado en el mundo, que hay hombres completamente indiferentes, que nunca han comprendido la grandeza de estos problemas, experimentamos respecto a ellos, un verdadero sentimiento de compasión. Pero, si llevando la indiferencia a un grado más brutal todavía, los hay que, deliberadamente, desdeñan elevar jamás su espíritu hacia estos importantes asuntos, porque prefieren los dulces goces de la vida física; a éstos, lo confesamos en alta voz, los dejamos sin escrúpulos en su inercia, considerándolos como fuera de la esfera intelectual: los pensadores reservan sus trabajos y sus estudios para los que juzgan de mayor precio las contemplaciones de la inteligencia. El problema de la existencia de Dios es el más importante de todos. Por eso contra él han dirigido los materialistas, a quienes vamos a combatir, sus primeras y más poderosas baterías. Se quiere probar por la ciencia positiva que Dios no existe, y que esta hipótesis no es más que una aberración del espíritu humano.

Un gran número de hombres graves, convencidos del valor de estos supuestos raciocinios científicos, se han ido poniendo al lado de estos innovadores, y las filas de los materialistas se han engrosado desmesuradamente, primero en Alemania, después en Francia, en Inglaterra, en Suiza y hasta en Italia. Pues bien; no tememos decirlo: todos los que, maestros o discípulos, se apoyan en el testimonio de las ciencias experimentales para negar la existencia de Dios, cometen en esto la más grave de las inconsecuencias. Tenemos derecho para acusarlos de este error, y justificaremos esta acusación, aun cuando aquellos contra quienes va dirigida, puedan ser por otra parte hombres eminentes y respetables En nombre de esa misma ciencia experimental vamos a combatirlos. Dejemos a un lado toda la ciencia especulativa, para colocarnos exclusivamente en el mismo terreno que nuestros adversarios.

No creemos con Demócrito que el mejor medio de ocuparse fructuosamente en la filosofía, sea sacarse los ojos, para librarse de las distracciones y de las observaciones del mundo exterior: al contrario, permanecemos firmemente en la esfera de la observación y de la experiencia. En esta posición, declaramos, por una parte, que la ciencia no se ocupa inmediatamente en el problema de Dios, y por otra, que cuando se aplican a este problema nuestros conocimientos científicos actuales, lejos de tender a la negativa, afirman, al contrario, la inteligencia y la sabiduría de las leyes que rigen la naturaleza. La elevación hacia Dios, por el estudio científico de la naturaleza, nos mantiene a igual distancia de dos extremos; de los que niegan y de los que se permiten definir familiarmente la causa suprema, como si hubiesen sido admitidos a su consejo. Combatimos con las mismas armas a dos poderes opuestos: el materialismo y la ilusión religiosa.

Creemos que es igualmente falso e igualmente peligroso, creer en un Dios infantil, o negar toda causa primera. En vano se nos objetará que no podemos afirmar la existencia de un ser que no conocemos: pongámonos en guardia contra semejantes argumentos. No, no conocemos a Dios, pero sabemos que existe. No conocemos la luz, pero sabemos que irradia de lo alto de los cielos. No conocemos la vida, pero sabemos que despliega sus esplendores en la superficie del mundo. “Estoy muy lejos de creer -decía Goethe a Erckmann- que tengo del Ser supremo una noción exacta. Mis opiniones, sostenidas de palabra o por escrito, se resumen todas en esto: Dios es incomprensible y el hombre no tiene de él sino un testimonio vago, una idea aproximada. Por lo demás, tanto la naturaleza como nosotros los hombres, estamos de tal manera penetrados de la Divinidad, que ella nos sostiene, por ella vivimos, respiramos y somos; sufrimos y nos regocijamos, según las leyes eternas, en cuya presencia ejecutamos un papel a la vez activo y pasivo; poco importa las reconozcamos o no.

El niño se regala con un bollo sin inquietarse por saber quién lo ha hecho, y el gorrión picotea la cereza sin pensar cómo ha brotado. ¿Qué sabemos nosotros de la idea de Dios, y qué significa, definitivamente, esta intuición limitada que tenemos del Ser supremo? Aun cuando yo lo designase como los turcos por un centenar de nombres, todavía me quedaría infinitamente inferior a la verdad, tan innumerables son sus atributos... Como el Ser augusto que nombramos la Divinidad te manifiesta no solamente en el hombre, sino también en el seno de una naturaleza rica y poderosa, y en los grandes sucesos del mundo, la idea que nos formamos de él, según las cualidades humanas, es evidentemente insuficiente.” La idea que nuestros antepasados se han formado de Dios, estuvo, en todas las épocas, en armonía con el grado de ciencia sucesivamente adquirido por la humanidad. Como el saber humano, esta idea es variable y debe necesariamente progresar; por más que se haga, cada una de las nociones que constituyen el dominio del espíritu humano, debe marchar de frente con el progreso general, bajo pena de quedarse atrás.

En el conjunto de un sistema en movimiento, todo punto que se obstinase en permanecer estacionario, retrocedería en realidad. Ya no es, pues, posible en nuestros días declarar dogmáticamente que tal o cual noción es perfecta y debe conservar el statu quo de la infalibilidad. O forma parte de la marcha progresiva del espíritu, o no. En el primer caso, es preciso seguirla íntegramente; en el segundo, es forzoso declararse en retirada. Téngase bien entendido. Digámoslo francamente: en ciencia experimental, Dios no debe admitirse a priori, como tampoco el destino o el fin que creemos comprender en las obras de la naturaleza. Las doctrinas a priori han pasado ya y no son admitidas. Lo confesamos con los materialistas: los que han tomado a Dios por punto de partida y no a la naturaleza, ¿nos han explicado nunca las propiedades de la materia o las leyes por las cuales se gobierna el mundo? ¿Han podido decirnos si el sol andaba o estaba fijo; si la tierra era un globo o una llanura; cuál era el designio de Dios; etc.? No; esto sería imposible. Partir de Dios en la investigación y en el examen de la creación, es un procedimiento que no tiene sentido ni objeto. Este defectuoso método de estudiar la naturaleza y de sacar consecuencias filosóficas, creyendo poder, por una simple teoría, construir el universo y establecer las verdades naturales, ha felizmente perdido todo crédito hace mucho tiempo. Precisamente al método opuesto deben las ciencias naturales los grandes progresos y los resultados tan felices de nuestro tiempo.

Porque en virtud de la ciencia experimental sustituyamos a la hipótesis precedente los resultados a posteriori del examen, ¿es razón para que estemos obligados a cerrar los ojos y a negar la inteligencia, la sabiduría y la armonía reveladas por la observación misma? ¿Es esta una razón para rechazar toda conclusión filosófica y para quedarnos en el camino por temor de llegar al fin? ¿Es esta una razón para dar la mano a los escépticos modernos que, a pesar de la evidencia, rechazan toda luz y toda conclusión? No lo creemos. Por el contrario, en virtud del método que preconizan, afirmamos su negación y su inconsecuencia. Antes de entrar en discusión, importa mucho determinar las posiciones recíprocas, a fin de evitar toda equivocación.

Esperamos que las declaraciones que preceden basten para establecer categóricamente la nuestra. Combatiremos francamente el materialismo, no con las armas de la fe religiosa, no con los argumentos de la fraseología escolástica, no con las autoridades de la tradición, sino con los razonamientos que inspira y fecundiza la contemplación científica del universo. Examinemos, ante todo y en conjunto, el procedimiento general del ateísmo contemporáneo. Este procedimiento ofrece alguna semejanza con el que el barón d’Holbach empleó a fines del siglo pasado, para establecer su famoso Sistema de la Naturaleza, obra de un materialismo vulgar, el cual, según Goethe, nunca podría despreciarse bastante, y al que calificaba de “verdadera quintaesencia de la vejez empalagosa e insípida”. El nuevo procedimiento (más exclusivamente científico, sin embargo) consiste principalmente en declarar que las fuerzas que dirigen el mundo no lo dirigen; que, lejos de ser soberanas de la materia, son sus esclavas y que la materia (inerte, ciega y desprovista de inteligencia) es la que, moviéndose por si misma, se dirige según leyes cuyo alcance, sin embargo, es incapaz de apreciar. Nuestros materialistas actuales pretenden que la materia existe de toda eternidad, que está revestida eternamente de ciertas propiedades, de ciertos atributos, y que estas propiedades calificativas de la materia, bastan con ella para explicar la existencia, el estado y la conservación del mundo. De esta manera sustituyen con un dios-materia al Dios-espíritu.

Enseñan que la materia gobierna el mundo, y que las fuerzas físicas, químicas y mecánicas, no son más que cualidades de la misma. Para refutar este sistema es, pues, necesario tomar exactamente el sistema opuesto, demostrar que un Dios-espíritu es quien rige la creación y no un incomprensible dios-materia; establecer que la sustancia no es la propietaria de la fuerza, sino al contrario, su esclava; probar que la dirección del mundo no pertenece a las moléculas ciegas que lo constituyen, sino a las fuerzas bajo cuya acción aparecen las leyes supremas. En el fondo, el problema se reduce a esta demostración fundamental. Esperamos que ésta resultará claramente de los estudios que forman el objeto de nuestro trabajo. Y puesto que nuestros adversarios se apoyan en los verdaderos hechos científicos, para establecer su error es preciso que también nosotros nos apoyemos en los mismos hechos para combatirlo.

A decir verdad, aun cuando estuviese demostrado que el universo no es más que un mecanismo material, cuyas fuerzas no pertenecen a un motor, sino que se remontan sin cesar a la matera, y descienden de ella incesantemente, como un sistema de movimiento perpetuo, no por eso la causa de Dios estaría perdida. Pero desde los orígenes de la filosofía, desde Heráclito y Demócrito, el sistema mecánico del mundo fue generalmente el refugio y la razón de los ateos, mientras que el sistema dinámico fue el apoyo de los espiritualistas. Nosotros pertenecemos en principio a la concepción dinámica del mundo y combatimos el sistema incompleto de un mecanismo sin constructor. Como lo expresa juiciosamente M. Caro (La Philosophie de Goethe, cap. VI.), por un lado el “mecanismo” lo explica todo por combinaciones y agrupaciones de átomos primitivos, eternos.

Todas las variedades de los fenómenos, el nacimiento, la vida, la muerte, no son más que el resultado mecánico de composiciones y descomposiciones, la manifestación de sistemas, de átomos, que se reúnen o separan. El “dinamismo”, por el contrario, refiere todos los fenómenos y todos los seres a la idea de fuerza. El mundo es la expresión, ya de fuerzas opuestas y armonizadas entre sí, ya de una fuerza única, cuya perpetua metamorfosis constituye la universalidad de los seres. Puede asegurarse que aunque la explicación segunda de las cosas sea hasta cierto punto independiente de la explicación primera o metafísica, la historia atestigua el hecho constante de que hay afinidad natural: por una parte entre la explicación mecánica del mundo y la hipótesis que suprime a Dios; por otra entre la teoría dinámica del mundo y la hipótesis que lo diviniza en su principio. La teoría mecánica, estableciendo la pura necesidad matemática en las acciones y reacciones que forman la vida del mundo, es incompleta, por cuanto suprime la idea de causa y disipa en humo el mundo moral.

La teoría de una fuerza única, universal, siempre en acción, formando la variedad de los seres por sus metamorfosis, refiere esta universalidad misteriosa a una fuerza primordial. Podría, pues, sencillamente acusarse al procedimiento general de nuestros contradictores de consistir en una falta gramatical: atribuir a la materia un poder que sólo pertenece a la fuerza, y pretender que la fuerza no es más que un adjetivo calificativo, mientras que tiene los mismos derechos que la materia a la categoría de sustantivo. Examinemos ahora en conjunto cuáles son los grandes errores que acompañan a este procedimiento y le sostienen, y que encontraremos de nuevo bajo diferentes formas en el pormenor de nuestras discusiones.

El primer error general en que incurren los materialistas es imaginar que para que Dios exista, es preciso que goce de una voluntad caprichosa y no de una voluntad constante e inmutable en su perfección. Por ejemplo, Ærsted, el sabio escrutador del mundo físico, ha expresado cuerdamente las relaciones de Dios con la naturaleza, diciendo que “el mundo está gobernado por una razón eterna que nos manifiesta sus efectos en las leyes inmutables de la naturaleza”. El doctor Búchner opone a esta proposición la siguiente especiosa objeción: “Nadie podría comprender -dice- cómo una razón eterna que gobierna, ha de avenirse con leyes inmutables. O son las leyes de la naturaleza las que gobiernan, o es la razón eterna; las unas al lado de la otra entrarían a cada momento en colisión. Si la razón eterna gobernase, las leyes de la naturaleza serían superfluas; si por el contrario, gobiernan las leyes inmutables de la naturaleza, excluyen toda intervención divina.” “Si una personalidad gobierna la materia con un fin -dice Moleschott-, la ley de la necesidad desaparece de la naturaleza. Cada fenómeno será objeto de un juego de azar y de un arbitrarismo sin freno (¡!)”. Hay que convenir en que esta grave objeción es bastante singular.

Este extraño raciocinio vacila por su propia base. Parécenos, al contrario, que la inteligencia que se revela en las leyes de la naturaleza, demuestra por lo menos la inteligencia de la causa a que son debidas estas leyes, y que son precisamente la expresión inmutable de esta inteligencia eterna. ¿No es algo ridículo pretender que esta causa debe dejar de existir por la razón de que está íntimamente acorde con estas mismas leyes? Véase, por ejemplo, a un excelente arpista, de habilidad tan perfecta que los acordes que saca de las cuerdas vibrantes parecen identificados con la poesía de su alma: pues, esta alma, no existe, porque para admitir su existencia, sería preciso que se pusiese a veces arbitrariamente en desacuerdo con las leyes de la armonía.

Este modo de raciocinar es tan evidentemente falso, que los mismos que lo emplean lo reconocen implícitamente. Así, refiriendo Büchner, a propósito de los milagros, el hecho de que el clero inglés había pedido al gobierno que ordenase un día general de ayuno y de oración para alejar el cólera, alaba a lord Palmerston por haber respondido que la propagación del cólera dependía de condiciones naturales, conocidas en parte, y podría mejor detenerse con medidas sanitarias que con oraciones. ¡Muy bien! Todavía añade más el autor: “Esta respuesta -dice- le acarreó la acusación de ateísmo, y el clero declaró que era un pecado mortal no querer creer que la Providencia puede en todo tiempo contrariar las leyes de la naturaleza. ¡Qué singular idea se forman estas gentes del Dios que se han creado! ¡Un legislador supremo, capaz de dejarse ablandar por súplicas y sollozos para trastornar el orden inmutable que ha creado, violar sus propias leyes y destruir con su mano la acción de las fuerzas de la naturaleza!” “Todo milagro -dice también Cotta-, si los hubiera, probaría que la creación no merece la veneración que por ella sentimos; y el místico debería necesariamente deducir de la imperfección de la creación la imperfección del Creador.”

Véase, pues, a nuestros adversarios en contradicción consigo mismos, puesto que por una parte no quieren admitir que una razón eterna pueda estar acorde con leyes inmutables, y por otra piensan con nosotros que la idea de inmutabilidad o cuando menos de regularidad conviene mucho mejor con la perfección ideal del ser desconocido que llamamos Dios, que la idea de mudanza o de arbitrariedad que ciertas creencias pretenden imponerle. Un segundo error general no menos funesto que el precedente y que engaña igualmente a nuestros contradictores, es creer que para que Dios exista, es preciso que esté fuera del mundo. No vemos bajo ningún concepto la razón de esta pretendida necesidad. Y ante todo, ¿qué idea es esa de una causa soberana fuera del mundo? ¿Dónde limitáis el mundo para que esta idea tenga algún fundamento?

El mundo, es decir, el espacio en el cual se mueven las estrellas y las tierras, ¿no es infinito por su esencia misma? En cualquier lugar en que imaginéis un límite a este espacio, acaso más allá del mismo espacio, ¿no se renueva éste? ¿Es posible fijar límites a la extensión? ¿En dónde, pues, se imaginaría este Dios fuera del mundo? ¿Tal vez se quiere decir que fuera de la materia? Pero, ¿qué es la materia misma? Agrupaciones de moléculas impalpables. Es imposible, pues, precisar semejante posición. Dios no puede estar fuera del mundo, sino que está en el mismo lugar que el mundo, del cual es el sostén y la vida. Si no temiésemos que se nos acusara de panteístas, añadiríamos que es “el alma del mundo”. El universo vive por Dios como el cuerpo obedece al alma. En vano pretenden los teólogos que el espacio no puede ser infinito; en vano se esfuerzan los materialistas en suponer a Dios fuera del mundo: nosotros sostenemos que Dios, infinito, está en el mundo, en cada átomo del universo. Nosotros adoramos a Dios en la Naturaleza.

Sin embargo, nuestros adversarios combaten desatinadamente su fantasma. “No se debe considerar el gobierno del universo, como un orden regulado por un espíritu fuera del mundo -dice Strauss-, sino como la razón inmanente a las fuerzas cósmicas y a sus relaciones.” En cuanto a nosotros, a esta razón, la llamamos Dios, en tanto que los ateos modernos se sirven de esta declaración para afirmar que, no estando Dios fuera del mundo, no existe. “Todo -dice H. Tuttle-, desde la polilla (perdónesenos la expresión) que revolotea a los rayos del sol, hasta la inteligencia humana que emana de las masas medulosas del cerebro, todo está sujeto a principios fijos. Luego Dios no existe.” Luego Dios existe, deducimos nosotros. “Cada uno es libre de traspasar los límites del mundo visible -dice Büchner-, y buscar fuera una razón que gobierna, un poder absoluto, un alma del mundo, un Dios personal”; etc. Pero, ¿quién os habla de esto? “Nunca y en ninguna parte -dice el mismo literato-, ni aun en los espacios más lejanos que el telescopio ha descubierto, se ha podido observar un hecho que forme excepción y que pueda hacer admitir la necesidad de una fuerza absoluta, que ejerza su acción fuera de las cosas.” Pero, digámoslo una vez más, ¿quién os habla de esto?

“La fuerza no es un Dios que impele -dice Moleschott-, no es una esencia de las cosas aisladas del principio material.” “Nadie será tan corto de vista -dice el mismo en otra parte-, que vea en las acciones de la naturaleza fuerzas que no estén ligadas a un sustrato material. Una fuerza que se cerniese libremente por encima de la materia sería una idea absolutamente vacía.” Decididamente, hay todavía hoy día caballeros andantes, que guerrean alrededor de los viejos castillos del Rhin y que se entretienen en pelear contra molinos de viento, a la manera del héroe de Cervantes. Porque en fin, ¿cuál es el filósofo de hoy que enseña que hay un Dios o fuerzas fuera de la naturaleza? Nosotros vemos en Dios la esencia virtual que sostiene el mundo en cada una de sus partes infinitamente pequeñas; de donde resulta que el mundo está de ella como bañado, empapado en todas sus partes, y que Dios está presente en la composición misma de cada cuerpo.

De modo que la primera trinchera abierta por nuestros adversarios para el sitio del espiritualismo, ha sido cegada por ellos mismos; la segunda, ni aun se dirige contra la ciudadela, y nuestros soldados alemanes no hacen más que delirar. Un tercer error capital e imperdonable para sabios de cierta edad, es que imaginan tener el derecho de afirmar sin pruebas, y se mantienen en la cándida confianza de que uno está forzado a creerlos bajo su palabra. Ellos afirman en donde la verdadera ciencia guarda el más profundo silencio. Afirman, como si hubiesen asistido al consejo de la creación, o como si ellos mismos hubiesen creado el mundo. He aquí algunas muestras de este género de razonamientos, cuya infalibilidad ha sido tan orgullosamente proclamada. Tómense las personas un poco acostumbradas a la práctica de la ciencia, el trabajo de analizar las siguientes afirmaciones:
“La fuerza -dice Moleschott-, no es un dios, que da el impulso, no es un ser separado de la sustancia material de las cosas. (¿Queréis decir separado o distinto?) La propiedad, inseparable de la materia, es la que le es inherente de toda eternidad. Una fuerza que no estuviese unida a la materia, sería una idea absurda. El ázoe, el carbono, el hidrógeno y el oxígeno, el azufre y el fósforo tienen propiedades que les son inherentes de toda eternidad... Luego, la materia gobierna al hombre.” Cada una de estas afirmaciones o de estas negaciones es una petición de principio; todo depende del sentido que se dé a los términos discutibles, empleados aquí; se reducen a declarar que la fuerza es una propiedad de la materia. Pero precisamente en esto está la cuestión.

Estos fieros campeones que pretenden representar la ciencia y hablar en nombre de ella, ni aun se dignan seguir el método científico, que consiste en no afirmar nada sin pruebas. Han estereotipado una máxima que brilla en letras de oro al desplegar su bandera: “Toda proposición no demostrada experimentalmente merece desdén”, y la olvidan desde el principio de sus discursos. Son predicadores de un género nuevo: “Haced lo que digo y no lo que hago.” Probaremos en efecto que los que afirman que la fuerza no da el impulso a la materia, toman esta idea de su imaginación, y no de la ciencia. Oigamos algunas otras afirmaciones generales: “La materia -dice Dubois-Reymond-, no es un vehículo al cual, como a un caballo, se dan y se quitan alternativamente las fuerzas. Las propiedades son de toda eternidad inalienables, intransmisibles.” Sobre el destino del hombre se expresa así Moleschott: “Cuanto más claramente concebimos que trabajamos para el mayor desarrollo de la humanidad por una juiciosa (?) asociación de ácido carbónico, de amoníaco y de sales, de ácido húmico y de agua, tanto más nobles llegan a ser la lucha y el trabajo”; etc. Y en nuestro mismo país: “Una idea -dice la Revista médica-, es una combinación análoga a la del ácido fórmico; el pensamiento depende del fósforo; la virtud, el sacrificio y el valor, son corrientes de electricidad orgánica”; etc.

¿Quién os ha dicho esto, señores redactores? Vuestros lectores deben imaginar que vuestros maestros enseñan semejantes majaderías. Y sin embargo, no es así. Desde el punto de vista científico, estos raciocinios son absolutamente nulos. Verdaderamente, no se sabe qué admirar más: si la audacia de estos singulares representantes de la ciencia, o la tontería de sus pretensiones. Newton decía: Nos parece... Kepler decía: Os someto estas hipótesis... Estos señores dicen: Yo afirmo, yo niego, esto es, esto no es, la ciencia ha juzgado, la ciencia ha pronunciado, la ciencia condena, aunque en lo que aleguen no haya ni sombra de argumento científico. Semejante método puede tener el mérito de la claridad, pero de seguro no se le acusará de ser ni demasiado modesto ni verdaderamente científico. Tenéis el atrevimiento de imputar a la ciencia la pesada carga de vuestras herejías.
Si la ciencia os oye, señores -y debe oíros, porque sois sus hijos- si la ciencia os oye, debe sonreírse de vuestra ilusión. La ciencia afirma, decís; la ciencia niega; la ciencia ordena; la ciencia prohibe. . . A esta pobre ciencia le atribuís palabras exageradas, le suponéis un gran orgullo en el corazón. No, señores, y bien lo sabéis vosotros (aquí en confianza), en estas materias la ciencia no afirma nada, no niega nada, ¡la ciencia busca!

Reflexionad, pues, que la forma de vuestras frases engaña a los ignorantes, y puede inducir a error a todos los que no han tenido la facultad de hacer los mismos estudios que vosotros; y tened entendido que cuando uno se presenta con el titulo de intérprete de la ciencia, no se le debe disfrazar y hay que ser los fieles y, por consiguiente, los modestos traductores de una causa cuyo primer mérito es la modestia. Si de la cuestión de la fuerza en general, pasásemos a la del alma, observaríamos que en el dominio de la vida animal o humana, nuestros adversarios no temen afirmar, sin más pruebas que antes, que la personalidad de ser viviente y pensador no existe, que el espíritu, como la vida, no es más que el resultado físico de ciertos agrupamientos de átomos, y que materia gobierna al hombre tan exclusivamente corno gobierna, según ellos, a los astros y a los cristales.

El fenómeno más curioso es que se imaginan ilustrar el problema con sus oscuras explicaciones:
“El espíritu -dice el Dr. Hermaun Scheffier (Körper un Geist) -, no es otra cosa que una fuerza de la materia, resultante inmediata de la actividad nerviosa.” Pero, ¿de dónde viene esta actividad nerviosa? Del éter (?) en movimiento en los nervios. De manera que los actos del espíritu son el producto inmediato del movimiento nervioso determinado por el éter o del movimiento del éter en los nervios, a lo cual hay que añadir un cambio mecánico, físico o químico, de la sustancia imponderable de los nervios y de los demás elementos de los cuerpos... He aquí, creo, la cuestión bien clara. “Vivir -dice Virchow-, no es más que una forma particular de la mecánica.” “El hombre no es más que un producto de la materia -dice Büchner-, no es el ser que pintan los moralistas; no tiene el privilegio de ninguna facultad intelectual.” “Hay en todos los nervios una corriente eléctrica -dice Dubois-Reymond-, y el pensamiento no es más que un movimiento de la materia.” “Las facultades del alma -dice Vogt- no son otra cosa que funciones de la sustancia cerebral; ellas tienen con el cerebro la misma relación casi que la orina con los riñones (Philogische Briefe).”

“El sentimiento de sí mismo, la conciencia -dice Moleschotr-, no es más que una sensación de movimientos materiales, dependiendo en los nervios de corrientes eléctricas que son percibidas por el cerebro” Tendremos ocasión de citar más adelante un ditirambo del mismo autor sobre el fósforo del cerebro, sobre los guisantes, las habichuelas y las lentejas. Por ahora, limitémonos a estos edificantes testimonios. Pero admiremos la conclusión fundamental: “Por estos motivos los sabios definen la fuerza como una simple propiedad de la materia. ¿Cuál es la consecuencia general y filosófica de esta noción, tan sencilla como natural? Que los que hablan de una fuerza creatriz, que hubo de crear el mundo de sí misma o de la nada, ignoran el primero y más sencillo principio del estudio de la naturaleza, basado sobre la filosofía y sobre el empirismo”. “Y -añaden- ¿cuál es el hombre instruido, cuál el que, con un conocimiento solamente superficial de los resultados de las ciencias naturales, podría dudar que el mundo no está gobernado, como se dice habitualmente, sino que los movimientos de la materia están sometidos a una necesidad absoluta e inherente a la materia misma?”

Así mediante la autoridad de algunos alemanes, que vienen cándidamente a declarar, desde la primera página, que no quieren a ningún precio ni la existencia de Dios ni la del alma, y a prestar una sombra de noción científica a la supuesta justificación de su fantasía, nos sería preciso, o dejar de ocuparnos en la ciencia, o dejar de creer en Dios. Si, cuando menos, hubiesen tenido la precaución de aplicar las reglas del silogismo a su método, si hubiesen tenido cuidado de sentar desde luego, premisas irrefutables, y de no sacar de ellas sino una conclusión legítima, podría seguírseles en su raciocinio y concedérseles un premio de retórica. Pero obsérvese en qué consiste su procedimiento.

Mayor: La fuerza es una propiedad de la materia. Menor: Pero una propiedad de la materia no puede ser considerada como superior, creadora u organizadora de esta materia. Conclusión: Luego, la idea de Dios es una concepción absurda. De esta manera sientan desde luego como principio el asunto que se va a discutir. Combatiendo el método del cristianismo, se parecen mucho a los que, para probar a los romanos la divinidad de Jesús, principiaban así: Jesús es Dios; y después sacaban sus deducciones de este principio no probado. Y nosotros hacemos mucho honor a estos escritores, aplicando a sus alegaciones, las reglas del raciocinio, porque ellos quizás no han pensado jamás en seguir estas reglas. Todavía podríamos presentar sus pretensiones bajo otra forma más sencilla: Antecedente: La materia y la fuerza se encuentran siempre juntas. Consecuente: Luego, la fuerza es una cualidad de la materia. He aquí, según mi opinión, un entinema de nuevo genero, y la consecuencia es muy evidente; ¿no es verdad? Pues, así es como raciocinan los señores alemanes y sus perspicaces imitadores de la joven Francia. En el primer caso, el razonamiento peca por su base; en el segundo, ni aun merece este cargo: es una niñería. Es penoso escribirlo; pero, verdaderamente, a esta puerilidad, o por mejor decir, a esta perversión de la facultad razonable, es a lo que se reduce el formidable movimiento del materialismo contemporáneo.

Y o ahora o nunca es el caso de aplicar el dicho de un misántropo que, modificando ligeramente la calificación de nuestra especie, decía, que el hombre no es un animal razonable, sino razonador. Todo el fundamento de esta gran disputa, toda la base de este edificio heterogéneo cuya caída inminente podrá aplastar a muchos cerebros con sus ruinas, toda la fuerza de este sistema que pretende dominar el mundo y el porvenir, todo su valor y todo su poder, estriban en esta aserción fantástica, arbitraria y en manera alguna demostrada: que la fuerza es una propiedad de la materia. Fingiendo seguir rigurosamente las demostraciones científicas y no apoyarse sino sobre verdades reconocidas; cubriéndose con el estandarte de la ciencia, tomando sus fórmulas y sus hechos, y ocultándose bajo su máscara, es como los oradores del ateísmo y de la nada proclaman sus bellas e interesantes doctrinas. Pero la ciencia no es una máscara.

Habla con el rostro descubierto, no echa mano de falsas maniobras ni de declaraciones engañadoras: tranquila y pura en su grandeza, se expresa sencilla y humildemente, como un ser que tiene conciencia de su valor íntimo, que no trata de imponerse y sobre todo, no afirma las cosas de que no está segura, y en lugar de afirmar o de negar, busca y prosigue laboriosamente su obra. Lo expuesto anteriormente ha dejado ya adivinar, sin duda, la táctica del ateísmo contemporáneo, que no es el resultado directo del estudio científico, pero procura insinuarse bajo esta apariencia. En esto, esos filósofos son víctimas evidentemente de una ilusión, porque sabemos que cierto número de ellos tienen una convicción sincera; a fuerza de desear enlazar sus teorías con la ciencia, es como han concluido por ver realizada en su espíritu esta unión, esta alianza imposible. Estas teorías no pueden invocar en su favor uno sólo de los grandes experimentos científicos de nuestro tiempo.

No importa; a pesar de esto, se presentan como el resultado de todo el trabajo científico moderno: ellos lo repiten, y por medio de estas palabras engañan a los ignorantes y a la juventud ligera, y tienden a hacerles creer que las ciencias, a fuerza de progresar, han concluido por descubrir y demostrar que no hay ni Dios ni alma. Son ellos los que forman la ciencia. Al oírlos se diría que no hay nada fuera de ellos. Los grandes hombres de la antigüedad, de la Edad Media y de los tiempos modernos, no son más que fantasmas y la filosofía debe desaparecer por completo ante el ateísmo titulado científico. Es preciso que las imaginaciones populares no se dejen engañar por un juego de palabras, que verdaderamente parece a veces una comedia. Conviene que las inteligencias piensen por sí mismas, juzguen con conocimiento de causa, y adquieran la certidumbre de que los hechos científicos, interrogados sin previa resolución, no consienten las consecuencias dogmáticas que se les imponen. Vista de cerca, la piedra angular sentada con grandes esfuerzos por el materialismo contemporáneo, permite adivinar que no es otra cosa que un antiguo pedazo de madera carcomida; y en el fondo los partidarios de este sistema no están más seguros de la solidez de su escepticismo, que lo estaban los calvos discípulos de Heráclito o de Epicuro.

Por más que ellos quieran hacernos creer otra cosa, todo su sistema no es nada más que una hipótesis, más vana y menos fundada que muchas novelas científicas. Y puesto que ellos mismos declaran que toda hipótesis debe desterrarse de la ciencia, es preciso comenzar por expulsar la suya. En efecto, ¿con qué derecho vienen a hacer de la fuerza un atributo de la materia? ¿Con qué derecho afirman que la fuerza está sometida a la materia, que obedece humildemente a los caprichos de ésta, y que es la esclava absoluta de los elementos inertes, muertos, indiferentes y ciegos? Parécenos que tenemos un derecho, mejor fundado y más evidente, de proponer lo contrario, y de derribar así por su base su famoso edificio. Terminaremos, pues, esta exposición del problema, diciendo que la cuestión debe plantearse en estos términos fundamentales: La fuerza ¿está sometida a la materia, o bien, la materia a la fuerza? Trátase de discutir lo uno y lo otro y escoger; o para hablar con más exactitud, trátase de observar la naturaleza y decidirse según la observación. Pero, puesto que los respetables campeones de la materia afirman con tanta seguridad el primer punto, principiemos por ponerlo en duda y por proponer la alegación contraria.

En la portada de esta obra inscribimos, pues, esta pregunta: ¿La fuerza está sometida a la materia, o por el contrario, la materia está regida por la fuerza? Este es el dilema que debe ser resuelto por los hechos mismos. El espectáculo general del universo va a ofrecernos una primera demostración de la soberanía de la fuerza y de la ilusión de los materialistas. De la materia nos elevamos a las fuerzas que la rigen, de las fuerzas a las leyes que las gobiernan, de estas leyes a su misterioso autor.
La armonía llena el mundo con sus acordes y el oído de ciertos pequeños seres humanos rehusa oírla. La mecánica celeste lanza atrevidamente en el espacio el arco de las órbitas estelares, y la vista de un parásito de estos globos desconoce la grandeza de su arquitectura.

La luz, el calor, la electricidad, puentes invisibles echados de una esfera a otra, hacen circular al través de los infinitos, el movimiento, la actividad, la vida, la radiación del esplendor y de la belleza; y débiles criaturas apenas salidas a la superficie de una pobre esfera, prefieren más bien tiritar en la sombra, a confesar la radiación celeste. ¿Es esto locura, o necedad? ¿Es orgullo, o ignorancia? ¿Cuál puede ser el origen y cuál el objeto de tan singular aberración? ¿Por qué, cuando la fuerza vital, gozosa y fecunda, palpita lo mismo en el paternal sol que en la linda mariposa que nace y muere en la misma mañana, en la encina secular de nuestros bosques como en la violeta primaveral; ¿por qué, cuando la vida brillante y magnífica dora las mieses de Julio, acaricia los rubios cabellos de la bulliciosa juventud y se estremece en el seno virginal de la prometida; por qué negar la belleza, por qué disfrazar la bondad, por qué desconocer la inteligencia?

¿Por qué emponzoñar las virtudes eternas que sostienen el edificio del mundo, y eclipsar tristemente la luz inmaculada que desciende de los cielos? Antes de penetrar los misterios del reino tan rico y tan interesante de la vida, debemos, en primer lugar, considerar el bosquejo material del universo y comenzar por demostrar la soberanía de la fuerza en el trazado de este bosquejo mismo. Dividiremos esta primera consideración en dos secciones: el Cielo y la Tierra a fin de establecer, primero por las leyes astronómicas, después por las leyes terrestres, que en toda la creación, la materia no ha sido nunca más que una esclava servil, dominada universalmente por la soberanía de las fuerzas que la rigen. Esta división no debe un sólo instante recordarnos la antigua comparación del cielo y de la Tierra; ya todos sabemos que son dos términos no comparables.

En valor absoluto, el cielo es todo, la Tierra es nada. La Tierra es un átomo imperceptible perdido en el seno del infinito; el cielo la rodea, la envuelve sin límites; ella forma parte de la población celeste, sin excepción, sin privilegio particular. Unir estas dos expresiones: el cielo y la tierra, es como decir: los Alpes y un pequeño guijarro; el océano y una gota de agua; el Sahara y un grano de arena.
Es comparar la mínima parte de un todo a este mismo todo. Importa, pues, no dar una interpretación literal a nuestra división; ésta no tiene otra razón de ser que la claridad del asunto.
Para nosotros, habitantes de la Tierra, este astro es alguna cosa, lo mismo que para la pequeña oruga que nace sobre una brizna de hierba, esta brizna es alguna cosa a pesar de su insignificancia en la pradera entera. Nuestra esfera de observación se divide naturalmente en dos partes: la que pertenece a nuestro mundo y lo que no le pertenece.

Pues, vamos a establecer que fuera de nuestro mundo, lo mismo que en él, la materia en todo y por todo, no es más que una cosa inerte, ciega, muerta, compuesta de elementos incapaces de dirigirse por sí mismos, que no piensan ni obran por su propio impulso, y que en los senderos invisibles del espacio, lo mismo que en los canales de la savia o de la sangre, lo que agrupa los átomos, lo que dirige las moléculas, lo que conduce los mundos, es una fuerza, que manifiesta a la vez el plan, la voluntad, la inteligencia, la sabiduría y el poder de su autor.


CAMILO FLAMMARION

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