¿Tenemos alma? Esa es la pregunta que nos proponemos estudiar en este capítulo. Parece, a primera vista, que este problema puede ser fácilmente resuelto, porque desde la más remota antigüedad, las investigaciones de los filósofos han tenido como objeto al hombre, su naturaleza física e intelectual. ¿Llegaron a alguna conclusión? Pues bien, según algunos sabios modernos, parece que no es así. Los antiguos, que habían tomado por divisa la célebre máxima “conócete a ti mismo”, no se conocían. Imaginaban que el hombre estaba compuesto de dos elementos distintos: el alma y el cuerpo. Basaron, en esa dualidad, todas las deducciones de la filosofía y al final, en nuestra época, una escuela nueva encuentra que estaban equivocados, que todo es materia en nosotros, que la antigua entidad llamada “alma” no existe y que es preciso abjurar de ese viejo error, hijo de la ignorancia y la superstición. Antes de someternos pasivamente a esa afirmación, examinemos si los argumentos proporcionados por los materialistas poseen realmente el valor que les quieren atribuir. Intentaremos acompañarles en su propio terreno y discriminar lo que de verdadero o falso existe en sus teorías. Antepondremos, en relación a sus trabajos, las conclusiones imparciales de la ciencia y de las especulaciones modernas.
De esa comparación nacerá, así lo esperamos, la certeza de que existe en
nosotros un principio independiente de la materia, que dirige el cuerpo, y al que
llamamos “alma”.
A los que han dudado de la utilidad del principio espiritual para el hombre, les
diremos que no existe asunto más digno de nuestra atención, porque nada nos
interesa más que saber quiénes somos, adonde vamos y de dónde venimos.
Tales preguntas se imponen al espíritu, después de los dolorosos acontecimientos, de los que nadie está exento en este mundo.
El alma, engañada y mutilada, se recoge en sí misma, después de las luchas de
la existencia, y pregunta el porqué de estar el hombre en la Tierra, si su destino es
el de sufrir siempre.
Cuando se ve al vicio triunfante ostentar su esplendor, ¿a quién no se le presenta
la idea de que los sentimientos de justicia y honestidad son palabras vacías? A fin
de cuentas ¿no es la satisfacción de los sentidos el fin supremo al que aspiran todos
los seres?
¿Quién de nosotros, habiendo perseguido ardientemente la realización de un
sueño, no sintió el corazón vacío y el alma desengañada después de haberlo
alcanzado? ¿Quién de nosotros no preguntó, cuando el torbellino de la existencia le
haya dejado un instante de reposo: por qué estamos en la Tierra y cuál es nuestro
futuro?
El sentimiento que nos impulsa a esa investigación está determinado por la razón que quiere, imperiosamente, conocer el porqué y el cómo de los acontecimientos que se producen en torno de nosotros.
Es la que nos pone en el corazón el
deseo de profundizar en el misterio de nuestra existencia. Si en medio del ruido de
las ciudades esa necesidad se impone a veces a nuestro espíritu, con mucha mayor
fuerza todavía, se apodera de nosotros, cuando al dejar los centros populosos nos
encontramos cara a cara con la naturaleza eterna, inmutable. Al contemplar los amplios horizontes del paisaje, los cielos profundos, tachonados de estrellas, comprobamos nuestra pequeñez en el conjunto de la creación. Y al recordar que esos
mismos lugares donde nos encontramos ahora fueron pisados por innumerables
legiones de hombres, que no dejaron más vestigio que el polvo de sus huesos, nos
preguntamos angustiados porqué esos hombres vivieron, amaron y sufrieron.
Cualquiera que sean nuestras ocupaciones y estudios, estamos forzados a
ocuparnos de nuestro destino, sentimos la necesidad de conocernos y de saber en
virtud de qué leyes existimos.
¿Seremos un juguete de las fuerzas ciegas de la naturaleza?
Nuestra raza, que apareció en la Tierra después de tantas otras ¿no será más que un eslabón de esa inmensa cadena de seres que se suceden en su superficie? O, efectivamente ¿será la plena eclosión de la fuerza vital que emana de nuestro globo? La muerte, ¿disolverá los elementos constitutivos de nuestro cuerpo para sumergirles de nuevo en el crisol universal o conservaremos después de esa transformación una individualidad para amar y recordar? Todas esas preguntas acuden a nosotros en los momentos de duda y reflexión y cautivan nuestro espíritu en la red de ideas que impulsan y obligan al más indiferente de los hombres a indagar: ¿Existe el alma?
Nuestra raza, que apareció en la Tierra después de tantas otras ¿no será más que un eslabón de esa inmensa cadena de seres que se suceden en su superficie? O, efectivamente ¿será la plena eclosión de la fuerza vital que emana de nuestro globo? La muerte, ¿disolverá los elementos constitutivos de nuestro cuerpo para sumergirles de nuevo en el crisol universal o conservaremos después de esa transformación una individualidad para amar y recordar? Todas esas preguntas acuden a nosotros en los momentos de duda y reflexión y cautivan nuestro espíritu en la red de ideas que impulsan y obligan al más indiferente de los hombres a indagar: ¿Existe el alma?

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