domingo, 9 de junio de 2019

ALMA: UN VISTAZO A LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA



Los más antiguos filósofos que la historia recuerda creían que éramos dobles y que en nosotros residía un principio inteligente, director de la máquina humana. Sin embargo, no profundizaron en las condiciones de su funcionamiento. Las vistas generales que poseían eran bastante vagas, porque querían descubrir la causa primaria de los fenómenos del universo. En sus investigaciones sólo se apoyaban en hipótesis. Por eso la teoría de los cuatro elementos, resultante de sus trabajos, fue abandonada. Sin embargo, un hecho digno de atención es el de haber admitido Leucipo tres cosas para explicar el mundo sensible: el vacío, los átomos y el movimiento, y vemos hoy, esas deducciones, en gran parte, adoptadas por la ciencia contemporánea. 

Con Sócrates apareció el estudio metódico del hombre: ese gran espíritu estableció la existencia del alma y se basó en razones de una lógica extrema. Platón, su discípulo, llevó todavía más lejos esa creencia. El filósofo de la Academia admitía, a ejemplo de Pitágoras, un mundo distinto de los seres materiales: el mundo de las ideas. Según Platón, el alma conoce las ideas por la razón porque las contempló en una vida anterior a la actual existencia. Aquí nos encontramos con una novedad: hasta entonces, todos se limitaban a creer que el alma se hacía al mismo tiempo que el cuerpo. 

La teoría platónica enseñaba que el alma vivía anteriormente y más adelante veremos cuan justas y razonables son sus deducciones. Aristóteles, apellidado el príncipe de los filósofos, es tan espiritualista como sus predecesores y hay que reconocer que toda la antigüedad creyó en la existencia del alma, así como en su inmortalidad. Las luchas entre las diferentes escuelas provenían más de las divergencias en la explicación de los fenómenos de la razón que del alma en sí misma. 
Así se creó la fracción sensualista, cuyos representantes más ilustres fueron Leucipo y Epicuro. 

Este último hacía derivar todos los conocimientos de la sensación. Admitía el alma, pero la suponía formada de átomos y, por consiguiente, incapaz de sobrevivir a la muerte del cuerpo. 
En realidad era un materialista y se encontraba en oposición formal con los idealistas representados por Sócrates, Platón y Aristóteles Zenón no se puede considerar de esa escuela, ya que separaba la sensación de las ideas generales y es más, los sentidos de la razón. En esto era distinto a Epicuro. Sin ir tan lejos como los cínicos, los estoicos consideraban indiferentemente los placeres y las penas. Juzgaban inmorales todas las acciones que se apartaban de la ley y del deber. Esta severidad de principios fue, durante muchos siglos, la fuerza de la humanidad y el único dique contra las pasiones desenfrenadas de la antigüedad pagana. La escuela neoplatónica de Alejandría proporcionó grandes genios, como Orígenes, Porfirio y Jamblico, que supieron elevarse hasta las más sublimes concepciones de la filosofía. Ellos admiten la preexistencia del alma y la necesidad de su regreso a la Tierra. 

Ven al hombre incapaz de adquirir, de una sola vez, la suma de los conocimientos que le pueda elevar a una condición superior, y defendieron esa noble doctrina, con coraje y audacia sin igual, contra los sectarios del naciente Cristianismo. Proclus fue el último reflejo de ese foco intelectual, y la humanidad quedó, durante largos siglos, amortajada bajo las espesas tinieblas de la Edad Media. 

En esa época de creencia no se dudaba del alma ni de la inmortalidad, pero los dogmas de la Iglesia, que se adaptaban maravillosamente al espíritu bárbaro de las naciones atrasadas, se habían vuelto impotentes de cara a despertar las conciencias. 
La antigua filosofía se apoyaba en la razón. 

La teología de Santo Tomás de Aquino sólo reposaba en la fe y los intentos de liberación, que provenían del divorcio entre la fe y la razón, eran cruelmente castigados. Siendo el progreso una ley de nuestro globo, debía llegar el momento en que se produjese el despertar de las inteligencias: esto se dio con Bacon. Este sabio, fatigado con las disputas de los escolásticos que se agotaban en discusiones estériles, atrajo la atención hacia el estudio de la naturaleza. Se creó con él la ciencia inductiva. El sabio recomendó sobre todo, el orden y la clasificación en las investigaciones, quiso que la filosofía saliese de sus antiguos límites, abrió un campo nuevo a las investigaciones y sugirió la observación como el medio más seguro de llegar a la verdad. Muerto Bacon, en Francia se reveló Descartes. Ese profundo pensador rechazó todos los datos antiguos para adquirir conocimientos nuevos por medio de un método que descubrió. 

Partiendo del principio: pienso, luego existo, Descartes establecía la existencia y la espiritualidad del alma porque, si es posible suponer que el cuerpo no existe, es imposible negar el pensamiento, que se afirma por sí mismo, y cuya existencia se comprueba a medida que se ejerce. En una palabra, somos algo que oye, que concibe, que afirma, que niega, que quiere o no quiere. En estas condiciones, la facultad de pensar pertenece al individuo, una vez hecha abstracción de los órganos del cuerpo. 
El método preconizado por ese poderoso renovador inspiró a una pléyade de grandes hombres, entre los que podemos citar a Bossuet, Fenelon, Malebranche y Spinoza. Al mismo tiempo, el impulso baconiano formaba a Hobbes, Gassendi y Locke
Según Hobbes, no existe otra realidad aparte del cuerpo, otro origen de nuestras ideas más allá de la sensación, otro fin en la naturaleza además de la satisfacción de los sentidos. Su modo de ver también llevaba directamente a la apología del despotismo como forma social. 

 Gassendi fue un discípulo de Epicuro, que renovó sus doctrinas, pero el más célebre filósofo de esa época es Locke, que puede ser citado, razonablemente como el fundador de la Psicología. Combatió el sistema cartesiano de las ideas innatas y proporcionó, en Inglaterra y Francia, un gran impulso a los estudios filosóficos. Casi en la misma época vivieron Bossuet y Fenelon, que escribieron libros admirables sobre Dios y el alma. En esas obras, llenas de la lógica más elevada, podemos convencernos de la existencia de las grandes verdades tan bien puestas de relieve por aquellos eminentes espíritus. 

La profundidad de los pensamientos está reforzada también por un lenguaje admirable y nunca el espíritu francés mostró más claridad, elegancia y fuerza que en esos libros inmortales. Leibnitz, la inteligencia más amplia producida en los tiempos modernos, se colocó entre las dos escuelas que se disputaban el imperio de los espíritus, entre Locke y Descartes. 

Refutó lo que ambos tenían de absoluto, pero con su muerte, su sistema no tardó en ser abandonado, incluso en Alemania, donde inicialmente había sido acogido con gran simpatía. En Francia, los enciclopedistas hicieron triunfar las ideas de Locke, que condujeron, con Condillac, Helvetius y d’Holbach, a un materialismo absoluto. Ese materialismo es la consecuencia inevitable de las teorías que, reduciendo al hombre a pura sensación, no pueden marcarle otro fin que no sea el de la felicidad material. No tardó en comprobarse que ese método, llamado empirismo, llevaba a tristes resultados. Se sintió, imperiosamente, la necesidad de una reforma y ésta fue realizada por Thomas Reid en Escocia y por Emmanuel Kant en Alemania. En Francia, la escuela ecléctica admitió el racionalismo de Descartes y brilló con viva claridad, sustentando la tesis espiritualista. 

Las voces elocuentes de Jouffroy, Cousin y Villemain demostraron la existencia e inmortalidad del alma, con tal evidencia, que les cupo la victoria en el terreno filosófico. Pero la escuela materialista dio un gran cambio, dejando el dominio de la especulación, descendió al estudio del cuerpo humano y pretendió demostrar que, en nosotros, lo que piensa, siente y ama, no es una entidad llamada alma, sino el organismo humano, la materia, que sólo ella puede sentir y percibir. Debemos confesar que, para la mayoría de los lectores, es difícil tomar partido, en medio de las contradicciones, por los sistemas y las utopías empleadas por los sabios. Cansan las investigaciones metafísicas que se agitan en el vacío y se exige el retorno al estudio meticuloso de los hechos: de ahí el éxito de los positivistas. Sin embargo, es preciso situar nítidamente la pregunta. 

Para que no se siga en el error, vamos a hacerlo lo más claramente que podamos. Sólo pueden existir dos suposiciones en cuanto a la naturaleza del principio pensante: materia o espíritu, una sujeta a destrucción, la otra imperecedera Todos los términos, por más sutiles que sean, epicureísmo, espinozismo, panteísmo, sensualismo, idealismo, espiritualismo vienen a mezclarse en estas dos opiniones. “¿Qué importa –dice Foissac– que los epicúreos admitan un alma racional formada de los átomos más pulidos y perfectos, si ese alma muere con los órganos, o si, los átomos que las forman se disgregan y vuelven al estado elemental? ¿Qué importa que Spinoza y los panteístas reconozcan que un Dios vive en mí, que mi alma es una parte del inmenso todo? 

No puedo concebir el alma sino con carácter de unidad indivisible y la conservación de la individualidad del yo. Si mi alma, después de haber sentido, sufrido, pensado, amado, esperado, se va a perder en ese océano fabuloso llamado el alma del mundo, el yo se disuelve y desaparece, esto significa la extinción y muerte de mis afectos, recuerdos, esperanzas, es el abismo de los consuelos de esta vida y el verdadero “nada” del alma”. 

La alternativa, por tanto, es esta: o con la muerte terrestre, todo ser desaparece y se disgrega, o queda de él una emanación, una individualidad que conserva lo que constituía la personalidad, es decir, la memoria, y como consecuencia, la responsabilidad. Pues bien, limitándonos al terreno de los hechos, vamos a pasar revista a las objeciones que nos oponen y demostrar que el alma es una realidad que se confirma por el estudio de los fenómenos del pensamiento, que jamás se podría confundir con el cuerpo, al que domina, y que cuanto más se penetra en la profundidad de la Fisiología, tanto más se revela, luminosa y clara, a los ojos del investigador imparcial, la existencia de un principio pensante. 

Gabriel Delanne

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